En estos tiempos en que la cuestión de Malvinas vuelve a entrar en foco, es pertinente recordar que Corrientes fue la provincia que, en proporción a su población, aportó la mayor cantidad de combatientes y fallecidos en la guerra de 1982. Esa dolorosa circunstancia establece un vínculo único entre las Malvinas y nuestra provincia y un compromiso especial de los correntinos con la causa de su recuperación.
Desde la restauración democrática en 1983 – efecto directo de aquella guerra y del sacrificio de nuestros chicos –, la Argentina ha mantenido una política consistente de reivindicación y búsqueda de una salida diplomática a la disputa. Para ello ha desplegado una acción intensa en foros internacionales y a nivel bilateral, rechazando con los recursos diplomáticos, políticos y legales a su alcance todo intento del Reino Unido (RU) de consolidar su posición.
Aunque esta línea de acción atravesó a todos los gobiernos democráticos, existieron diferencias, en algunos casos contrastantes. De modo impresionista y poco matizado, se podría distinguir en el estilo y la sustancia de las administraciones democráticas, dos grandes tendencias: quienes apostaron al diálogo con Londres y quienes privilegiaron la confrontación. Entre los primeros se anotan los gobiernos de Carlos Menem, con la política de seducción a los kelpers de su Canciller Guido Di Tella, y el de Mauricio Macri, enfocado en generar confianza recíproca. En el otro campo se ubicó el kirchnerismo, que combinó retórica y acción más confrontativa y, en ocasiones, hostil hacia el RU.
Con respecto al actual Gobierno, hasta el discurso por cadena nacional del Presidente Milei del pasado jueves 3, su postura encuadraba en la tradición dialoguista de Menem y Macri. A partir de ese momento, sintoniza mejor con la línea de Néstor, Cristina y Alberto.
Ese giro se explica, fundamentalmente, por lo que el mandatario llamó “vientos de cambio internacionales”, una alusión a la declaración del Presidente Donald Trump sobre su disposición a revisar la neutralidad de su país en el conflicto. Otros vientos auspiciosos que habrían determinado el brusco golpe de timón sería el de Vaca Muerta, utilizado como incentivo para persuadir a inversores del sector energético para que no se involucren en proyectos en las islas bajo pena de exclusión en los ricos yacimientos continentales .
Esta “nueva política” del Gobierno básicamente consiste en intensificar y poner en valor elementos ya existentes, favoritos del kirchnerismo, como la llamada Ley Solanas de sanciones a empresas que operen en Malvinas y la aceleración de la construcción de la Base Naval Integrada en Tierra del Fuego.
Más allá de la discusión política sobre motivaciones cándidas y patrioticas u oportunistas y cínicas, resulta positiva la elevación de la cuestión Malvinas en la agenda pública, a tono con un sentimiento popular de fuerte arraigo, como quedó demostrado en los ecos que produjo el episodio de la bandera malvinera desplegada por la Selección en la Copa del Mundo.
Sin embargo hay dos cuestiones cuya incidencia relativa debería ser calibrada para que no se constituyan en obstáculos al nuevo rumbo: por un lado, el riesgo de dejar descansar todo el andamiaje de la nueva política en un supuesto apoyo estadounidense. Y por el otro, el eventual abuso de una cierta tendencia hacia la militarización del discurso reivindicativo.
Respecto a lo primero, las referidas reflexiones del mandatario norteamericano fueron unánimente leídas más como despecho hacia Londres por retacear ayuda en su guerra con Irán, que como reconocimiento a la justicia del reclamo argentino. Por otra parte, es sabido que las opiniones y decisiones de Trump suelen adolecer de cierta provisionalidad que los analistas atribuyen a su concepción transaccional de la política. Así, en su reciente visita a Irlanda, pasó de la insinuación del abandono de neutralidad a una oferta de mediación, que implicaría confirmación de la neutralidad que antes había sido puesta en cuestión. Pero no habría que descartar que esa última postura también sea objeto de ulterior revisión.
Algunos analistas avanzan especulaciones sobre condiciones estructurales que pueden explicar un involucramiento activo de Wasnington, más allá de los dichos ocasionalmente provisorios del Presidente. En particular, refieren el valor estratégico que las aguas del sur del continente tendrían en el marco del enfrentamiento de Estados Unidos (EUA) con China , necesidades que supuestamente estarían mejor cubiertas con la distensión en la relación entre Argentina y los ocupantes de las Islas y que, consecuentemente, el gobierno norteamericano trataría de promover.
Si bien el apoyo de EUA a la posición argentina y aún su voluntad de mediar pueden ser desarrollos alentadores, no necesariamente gatillarían un proceso que lleve al reconocimiento de la soberanía total o parcial de Argentina sobre las Islas por parte del RU. Situaciones como las de Groenlandia, Ucrania y Ormuz muestran los límites de la acción exterior de la gran potencia del norte y las crecientes dificultades que enfrenta cuando busca traducir su voluntad en realidades.
En cuanto a la introducción de alusiones a la fuerza militar en el discurso que se percibe en algunas fuentes y voceros gubernamentales (pero que el Presidente ha escrupulosamente evitado en su cadena nacional del jueves 3), cabe recordar que la posición histórica de Argentina fue la de rechazar el recurso a la fuerza para resolver la cuestión, actitud reafirmada luego de la guerra de 1982 por los sucesivos Gobiernos democráticos. En esta línea, tampoco ayuda la referencia hecha porTrump en Irlanda sobre un supuesto “desastre potencial” entre Argentina y RU, crisis que no está – ni debería estar - en la mente de los involucrados.
La prudencia aconseja mantener aquel temperamento pacífico tradicional e incorporarlo con énfasis en la narrativa de la “nueva política”. Ello no significa renunciar a equipar a las Fuerzas Armadas para la defensa del territorio continental y marítimo sino reafirmar el principio básico de la organización internacional – dramáticamente erosionado en estos tiempos, pero que habría que esforzarse por recuperar –, que es la solución pacífica de los conflictos.
Nuestra capacidad negociadora debería provenir de la estabilidad y fortaleza institucional, el desarrollo económico y el respaldo de la comunidad internacional, en particular el de países de la región, incluido Estados Unidos.
Como se ha demostrado históricamente, desde la decisiva intervención de los Cazadores Correntinos en las Invasiones Inglesas hasta los más de mil combatientes correntinos de Malvinas, “si Argentina entra en guerra, Corrientes la va a ayudar”. Pero hoy, Corrientes, la provincia probablmente más afectada por el dolor de la guerra, puede ayudar desde la paz, a través de sus dirigentes y de la movilización de su ciudadanos, para que el país recupere “las hermanitas perdidas”, por la vía de la política, la diplomacia y la legalidad internacional.