El Reino Unido fue durante siglos una de las mayores arquitecturas de poder de la historia, gobernó territorios en todos los continentes, controló rutas marítimas, construyó un formidable sistema financiero y comercial y llegó a administrar aproximadamente una cuarta parte de la superficie terrestre y de la población mundial. Sin embargo, después de la Segunda Guerra Mundial comenzó otro tiempo, no fue simplemente una caída, fue una larga y, muchas veces, pragmática administración de pérdida relativa de poder.
La independencia de la India en 1947 marcó uno de los grandes puntos de inflexión, después se producen sucesivos procesos de descolonización y diferentes fórmulas para resolver territorios, bases militares, autonomías y controversias de soberanía.
Entonces se presenta una característica fundamental de la política exterior británica que la Argentina debería mirar atentamente, Londres nunca utilizó una única doctrina para administrar los problemas de soberanía, todo lo contrario, cuando cambiaron las circunstancias, también lo hicieron las herramientas.
Como muestra, seis problemas con seis respuestas, así, en el caso de Hong Kong que constituye quizá el ejemplo más contundente de esta política exterior, Gran Bretaña negoció con China, acordó una transición y finalmente transfirió el territorio en 1997 bajo la fórmula de “un país, dos sistemas”. Su historia y situación jurídica eran particulares, pero existe una conclusión política evidente, cuando las circunstancias lo exigieron, Londres negoció soberanía.
En el caso de Irlanda del Norte eligió otra arquitectura, en el acuerdo de Viernes Santo de 1998 reconoció el principio de consentimiento y estableció un mecanismo democrático mediante el cual su estatus constitucional puede modificarse si así lo decide una mayoría. No congeló eternamente el conflicto, construyó un procedimiento para administrarlo pacíficamente.
En Chipre utilizó una tercera fórmula, cuando la isla alcanzó su independencia en 1960, el Reino Unido conservó Akrotiri y Dhekelia como áreas de bases soberanas. Terminó con el régimen colonial, pero preservó mediante una arquitectura jurídica específica aquello que consideraba esencial para sus intereses estratégicos.
En la Antártida aceptó otra solución, el Tratado Antártico permitió mantener las reclamaciones territoriales sin resolverlas, evitando que impidieran la cooperación científica y la estabilidad internacional. Con España mantiene desde hace décadas la controversia sobre Gibraltar, Londres sostiene su posición, pero ello no impidió negociaciones, acuerdos y fórmulas especiales.
Y finalmente en el caso de Chagos, con Mauricio, el Reino Unido aceptó transformar el régimen de soberanía del archipiélago mientras procura preservar, mediante acuerdos específicos, el valor estratégico de Diego García.
Como se puede ver, negociación, transición, consentimiento, bases soberanas, congelamiento de pretensiones y regímenes especiales, fueron arquitecturas que utilizo Reino Unido según fuera el contexto y las posibilidades de éxito o no.
Para analizar Islas Malvinas, parece una excepción a esa regla pragmática de Reino Unido en la que Londres sostiene una posición mucho más rígida, la soberanía no está en discusión y cualquier modificación del statu quo depende de la voluntad de sus habitantes. Sin embargo, si Gran Bretaña pudo negociar soberanía con China y Mauricio; reconocer mecanismos de consentimiento en Irlanda del Norte; conservar intereses militares mediante una arquitectura especial en Chipre; congelar reclamaciones territoriales en la Antártida y convivir durante décadas con una controversia respecto de Gibraltar, por qué en Malvinas la única arquitectura imaginable sería perpetuar indefinidamente el statu quo?
La comparación debe ser rigurosa, es verdad que ninguno de esos antecedentes puede trasladarse mecánicamente a Malvinas, cada territorio posee una historia, una población, una geografía y un régimen jurídico propio, pero esos antecedentes destruyen un falso dilema, que frente a Malvinas solamente existirían dos caminos, aceptar el statu quo o desconocer los intereses de sus habitantes.
Pero cabe destacar aquí, que entre ambos extremos existe la diplomacia, la propia historia británica demuestra que diferentes arquitecturas y soluciones imaginativas forman parte también de su tradición en política internacional.
Existe además una segunda cuestión que la Argentina debería colocar sistemáticamente sobre la mesa, las islas Georgias del Sur y Sándwich del Sur, en ellas no existe una población permanente comparable con la de Malvinas cuya voluntad pueda presentarse como fundamento del statu quo, lo que demuestra la contradicción en la utilización británica del principio de autodeterminación como argumento central para todo el conflicto del Atlántico Sur. Por esto, no alcanza con repetir nuestros argumentos, una estrategia diplomática inteligente también debe obligar al otro a explicar sus contradicciones.
En 2016 apareció otro hecho extraordinario, el Brexit fue presentado mediante una consigna políticamente “Take Back Control”, Recuperar el control, Gran Bretaña debía recuperar competencias cedidas a Bruselas, controlar sus fronteras, sus leyes, su política migratoria y sus decisiones económicas. Sin embargo, apareció una paradoja, el mismo país que abandonó la Unión Europea para recuperar soberanía terminó reabriendo la discusión sobre la soberanía dentro de su propia unión. Escocia había decidido en 2014 permanecer en el Reino Unido pero apenas dos años después votó mayoritariamente por permanecer dentro de la Unión Europea, a pesar que debió abandonarla porque el resultado agregado británico decidió el Brexit.
Con este hecho, permanece una pregunta constitucional difícil de ignorar, hasta dónde una nación integrante del Reino Unido debe quedar vinculada por una decisión estratégica que mayoritariamente rechazó?
Irlanda del Norte presenta una complejidad todavía mayor. Su historia, la frontera con la República de Irlanda y la delicada arquitectura construida por el Acuerdo de Viernes Santo hicieron que el Brexit adquiriera allí una dimensión que excede ampliamente una discusión comercial.
También existen en Gales fuerzas políticas que cuestionan la continuidad de la Unión pero no por ello se puede inferir una inevitable desaparición del Reino Unido, sin embrago sería igualmente equivocado minimizar lo ocurrido.
Otro capítulo importante de tener en cuenta en la visión del imperio hacia adentro, durante siglos Londres administró discusiones sobre el destino de territorios situados a miles de kilómetros de sus costas, hoy algunas preguntas sobre soberanía se escuchan dentro de las propias islas británicas.
El recorrido puede sintetizarse, imperio, descolonización, soluciones territoriales múltiples, integración europea, el brexit y estas nuevas tensiones internas de la Unión. No constituyen una línea recta ni determina necesariamente un desenlace, pero tampoco estamos ante acontecimientos completamente desconectados.
El Reino Unido posterior a 1945 fue perdiendo progresivamente la dimensión territorial de su antiguo imperio mientras conservaba enormes instrumentos de poder, asiento permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, capacidad nuclear, inteligencia, diplomacia, fuerzas armadas, poder financiero y una relación estratégica privilegiada con Estados Unidos.
El Brexit introdujo algo diferente, ya no se trataba de abandonar una colonia, se trataba de abandonar voluntariamente un espacio de integración en nombre de recuperar soberanía. No obstante, la experiencia británica deja de ser solamente británica y se convierte también en un espejo para los nuevos soberanistas, que imaginan un Brexit para sus propios países deberían mirarse detenidamente en ese espejo.
Hay que preguntarse qué ocurre cuando la consigna de “recuperar el control” debe enfrentarse con la complejidad de la economía, el comercio, las cadenas productivas, las inversiones, las fronteras y las diferentes identidades nacionales que conviven dentro de un mismo Estado. Porque cabe analizar para abandonar o permanecer dentro de una organización política, qué ocurre si, en nombre de recuperar soberanía, un país termina reduciendo su capacidad económica, su influencia internacional o su cohesión interna.
Ese interrogante resulta particularmente necesario para las nuevas derechas soberanistas europeas que convierten a la integración en enemigo, exaltan un nacionalismo cerrado y, en algunas de sus expresiones más radicalizadas, presentan a la inmigración y a la diversidad como amenazas de sustitución cultural o étnica.
Las crisis económicas ofrecen terreno fértil para esas simplificaciones, cuando una democracia deja de generar crecimiento, movilidad social, seguridad y expectativas de futuro aparece la tentación refugiarse en las cavernas del nacionalismo extremo, levantar fronteras, encontrar culpables externos, señalar al diferente y prometer que una nación recuperará su antigua grandeza simplemente quedándose sola.
La experiencia británica parece obligar a analizar esa ecuación, porque soberanía formal y poder real no son necesariamente la misma cosa, un Estado puede recuperar jurídicamente determinadas competencias y simultáneamente reducir su capacidad efectiva para influir sobre mercados, tecnologías, cadenas productivas, finanzas, seguridad o decisiones internacionales.
La soberanía del siglo XXI no puede medirse solamente por las atribuciones que formalmente conserva un Estado sino también por su capacidad real para decidir.
Este contexto parece interpelar directamente a América latina, porque sería irreal políticamente imaginar que Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay o cualquiera de nuestros países puede responder aisladamente a todos los desafíos tecnológicos, financieros, energéticos, ambientales, productivos y comerciales del nuevo orden mundial.
La experiencia iniciada por Raúl Alfonsín y José Sarney en 1985 mostró otra dirección, construir confianza e integración progresivamente, sector por sector, hasta transformar antiguos competidores estratégicos en socios. Cuarenta años después necesitamos recuperar aquella lógica para problemas completamente nuevos.
La Energía, infraestructura, las cadenas productivas, política comercial, la ciencia, inteligencia artificial, protección de datos, recursos naturales, finanzas, defensa, y la capacidad negociadora internacional son ítems para analizar con esta mirada
No se trata de construir una burocracia supranacional que borre las identidades nacionales sino de comprender una realidad elemental, hay soberanías que se debilitan cuando se ejercen en soledad y se fortalecen cuando coordinan capacidades.
Frente a Estados continentales, corporaciones tecnológicas globales y movimientos financieros capaces de atravesar fronteras en segundos, integración y soberanía ya no pueden pensarse necesariamente como términos antagónicos. La integración puede convertirse en un multiplicador de soberanía.
Volviendo al contexto internacional de Malvinas, Argentina cometería un error si interpretara las tensiones internas británicas como una revancha histórica esperando pasivamente que una fragmentación del Reino Unido resolviera nuestro conflicto. Por el contrario, analizar las diferentes hojas de ruta utilizadas por el propio Reino Unido, en Hong Kong, Chagos, Chipre, Gibraltar, Irlanda del Norte y la Antártida, no para reproducirlas pero si para aprender algo mucho más importante, la diplomacia británica ha demostrado que, cuando existe voluntad política, puede construir arquitecturas diferentes para problemas diferentes.
Para ello negociar gradualmente, pactar transiciones, buscar garantías y escenarios de cooperación, regímenes especiales mientras se intente preservar posiciones jurídicas mientras se construyen soluciones políticas, pueden constituir estrategias oportunas en cada caso. Argentina necesita una política de Estado de décadas, una diplomacia profesional, presencia científica y logística permanente en el Atlántico Sur y la Antártida, cooperación regional, defensa de los recursos naturales, aplicación consistente de nuestra legislación y una estrategia internacional capaz de volver a colocar la cuestión de soberanía dentro de la negociación reclamada por las Naciones Unidas. Dejar atrás las falsas dicotomías, elegir entre soberanía o negociación, se negocia precisamente porque reivindicamos soberanía.
No constituye una estrategia opuesta elegir entre defender nuestros derechos o contemplar los intereses de quienes habitan las islas, se puede hacer ambas cosas con firmeza y a la vez creatividad diplomática. Ni retórica vacía ni resignación pasiva
Después de la Segunda Guerra Mundial, Gran Bretaña administró la transformación de un imperio que parecía eterno, negoció independencias, conservó bases, en fin construyó regímenes especiales. Décadas después abandonó Europa prometiendo recuperar el control pero actualmente dentro de sus propias fronteras se formulan cuestionamientos acerca de qué significa continuar formando parte del Reino Unido.
La paradoja que produjo el Brexit quiso recuperar el control de las fronteras británicas y terminó reabriendo la discusión sobre cuáles podrían ser mañana esas fronteras.
Esto no significa concluir que toda integración es buena ni que toda reivindicación soberana es equivocada, el análisis es más profundo porque salir de la grieta también significa salir de las falsas dicotomías y buscar arquitecturas superiores.
Malvinas necesita precisamente eso, una política argentina que no abandone un centímetro de su reivindicación de soberanía, pero que tampoco quede prisionera de la repetición. Una estrategia capaz de estudiar las soluciones que el propio Reino Unido utilizó en otros conflictos, construir poder regional, generar intereses compartidos, proteger nuestros recursos, fortalecer nuestra presencia en el Atlántico Sur y colocar sobre la mesa alternativas que hagan cada vez más difícil justificar la excepcionalidad del statu quo.
Porque soberanía significa conservar capacidad real para decidir, sin embargo no significa quedarse solo en un mundo de potencias continentales, inteligencia artificial, corporaciones globales, cadenas transnacionales de producción y mercados financieros que no reconocen fronteras, esa capacidad muchas veces no se consigue levantando nuevos muros sino construyendo mejores alianzas y mejores instituciones.
La soberanía proclamada se declara pero la soberanía efectiva se construye, esto debería ser también nuestro desafío con Malvinas.
Por Noel Breard - Senador Provincial