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“Primero damos forma a nuestras herramientas, y luego nuestras herramientas nos dan forma a nosotros.”
Marshall McLuhan, filósofo canadiense
Hay una revolución laboral en marcha. No es la primera vez que la tecnología modifica el trabajo, pero probablemente sea la primera en la que la velocidad del cambio supera la capacidad de las sociedades para adaptarse.
La inteligencia artificial, la automatización, la robótica y las plataformas digitales están modificando profesiones enteras. Algunas tareas desaparecen, otras se transforman y aparecen nuevas ocupaciones que hasta hace pocos años no existían.
Pero hay una conclusión importante: por ahora, la tecnología no está provocando una desaparición masiva del empleo. La Organización Internacional del Trabajo proyecta para 2026 una tasa mundial de desempleo del 4,9%.
El problema está en otro lugar: la calidad del trabajo. La OIT estima que unos 2.100 millones de personas continúan desempeñándose en la informalidad y que 408 millones forman parte de la llamada “brecha mundial de empleo”, personas que desean trabajar pero no encuentran una oportunidad suficiente.
“El gran cambio no consiste necesariamente en que las máquinas sustituyan al hombre, sino en que el hombre que no pueda trabajar con las máquinas tendrá cada vez más dificultades para competir”
Por eso la palabra clave es reconversión. El trabajador del futuro deberá aprender nuevas habilidades durante toda su vida laboral. No alcanzará con estudiar una profesión y ejercerla durante treinta años. La capacitación permanente dejará de ser una ventaja para convertirse en una necesidad.
Pero aquí aparece una primera paradoja argentina. Nuestros jóvenes crecieron en un mundo digital, pero ingresan a una economía que continúa siendo mucho más tradicional.
Una reciente investigación publicada por La Nación muestra que entre 2003 y 2025 la participación de la industria en el empleo de los jóvenes de 18 a 29 años cayó del 14% al 10%. En cambio, gastronomía y alojamiento pasaron del 4,8% al 9,9%. Los servicios profesionales crecieron del 8,1% al 10,3%, mientras el comercio continúa concentrando aproximadamente una cuarta parte del empleo joven.
El dato es revelador. La generación que nació con Internet no está ingresando masivamente a una economía dominada por programadores, ingenieros, diseñadores digitales o especialistas en inteligencia artificial.
Está ingresando, en gran medida, al comercio, la gastronomía, el transporte y los servicios personales. No porque todos los jóvenes prefieran esos trabajos. También porque son los sectores donde la economía está creando oportunidades.
La tecnología avanzó mucho más rápido que la estructura productiva. Y eso nos lleva al problema argentino del empleo. La tasa de desocupación llegó al 7,9% en el segundo trimestre de 2026. Había sido del 7,8% en el primero. Al mismo tiempo, la industria manufacturera registró en julio una caída interanual del 5% y la utilización de la capacidad instalada industrial fue del 58,2%.
No son datos menores. Porque una economía puede estabilizar algunas variables macroeconómicas y, sin embargo, no generar suficiente empleo de calidad.
El Gobierno ha impulsado una reforma laboral que incluye mecanismos para favorecer la formalización. La Ley de Modernización Laboral creó un Régimen de Incentivo a la Formalización Laboral para nuevas incorporaciones y un Régimen de Promoción del Empleo Registrado destinado a regularizar trabajadores no registrados o deficientemente registrados.
Pero aquí corresponde formular una pregunta incómoda: ¿puede una reforma laboral, por sí sola, crear el empleo formal que la economía no está generando? Los incentivos pueden facilitar una contratación. La reducción de costos puede favorecer la registración. La simplificación administrativa puede ayudar.
Pero ninguna reforma laboral puede sustituir la ausencia de inversión productiva. Si no se crean empresas, si no aumenta la producción, si no aparecen nuevos mercados y si no crece la demanda de trabajadores, resulta difícil que una modificación de las normas laborales produzca por sí misma una transformación profunda de la informalidad.
“El primer empleo no es solamente un salario: es el comienzo de una trayectoria, una experiencia, una identidad y, muchas veces, la primera posibilidad de independencia”
Y hay otro problema que merece especial atención: el empleo joven. La puerta de entrada al mercado laboral se está haciendo cada vez más difícil para muchos jóvenes. Y cuando esa puerta no se abre, aparecen consecuencias que exceden largamente la cuestión económica: dependencia familiar, frustración, postergación de proyectos personales y dificultad para construir un futuro autónomo.
Por eso el futuro del empleo argentino dependerá de algo más que de la cantidad de inversiones. Dependerá de qué inversiones consigamos.
La Argentina apuesta buena parte de sus expectativas futuras al agro, la minería, la energía, Vaca Muerta y otros sectores vinculados con los recursos naturales y las exportaciones. Son actividades capaces de generar enormes inversiones, exportaciones, divisas y aumentos de productividad.
Pero tienen una característica que no podemos ignorar: muchas de ellas son intensivas en capital y tecnología y, por lo tanto, pueden aumentar muchísimo la producción sin generar una cantidad equivalente de puestos de trabajo.
Ese puede ser uno de los grandes dilemas de la Argentina que viene. Podemos tener una economía que produzca más, exporte más y sea tecnológicamente más eficiente, pero que no genere suficientes empleos para todos aquellos que necesitan incorporarse al mercado laboral.
Y entonces la pregunta deja de ser cuánto crecerá la Argentina. La pregunta es cuántos argentinos podrán participar de ese crecimiento a través del trabajo. Porque una economía puede ser más rica y, al mismo tiempo, tener dificultades para distribuir.
“El desafío no será solamente producir más, sino conseguir que ese crecimiento genere suficientes empleos de calidad para las nuevas generaciones participen de esa riqueza mediante el empleo”
El desafío, entonces, no es elegir entre tecnología o trabajo. Tampoco entre industria o recursos naturales.Es construir una estructura productiva capaz de aprovechar la tecnología, aumentar la productividad y, al mismo tiempo, generar suficientes empleos de calidad.
La revolución tecnológica ya llegó. Lo que todavía no sabemos es si la Argentina llegará a tiempo para preparar a sus trabajadores. Porque quizá el verdadero peligro del futuro no sea que las máquinas nos quiten el trabajo.
Quizá sea que produzcamos cada vez más con cada vez menos trabajadores, sin haber encontrado todavía la manera de incorporar dignamente a quienes necesitan trabajar.
Y esa no es una discusión sobre el futuro. Es una discusión sobre el país que estamos construyendo hoy.