La inflación que devoraba el salario mes a mes dejó de ser la protagonista excluyente de la vida en comunidad. El déficit fiscal, aquel monstruo financiado con emisión a lo largo de generaciones enteras, empezó a ceder terreno de forma consistente. Volvió a hablarse de inversión en base a reglas de juego estables, a edificar sobre la previsibilidad, términos que habían sido desterrados del vocabulario coloquial en épocas de improvisación, controles cambiarios y parches de urgencia. Nada de esto es magia ni es gratis, de hecho, implicó costos reales, ajustes dolorosos y también sectores golpeados. Pero es un rumbo verificable, medible, y no una promesa de campaña de rutina.
A eso hay que sumarle algo de lo que se habla menos y que sin embargo pesa bastante más. Tiene que ver con el amplio marco de libertades que durante décadas estuvieron restringidas cuando pocos se animaban a cuestionarlo en voz alta.
"La inflación que devoraba el salario mes a mes dejó de ser la protagonista excluyente de la vida en comunidad. El déficit fiscal, aquel monstruo financiado con emisión a lo largo de generaciones enteras, empezó a ceder terreno de forma consistente. Volvió a hablarse de inversión en base a reglas de juego estables, a edificar sobre la previsibilidad, términos que habían sido desterrados del vocabulario coloquial en épocas de improvisación, controles cambiarios y parches de urgencia. Nada de esto es magia ni es gratis, de hecho, implicó costos reales, ajustes dolorosos y también sectores golpeados. Pero es un rumbo verificable, medible, y no una promesa de campaña de rutina."
Comprar dólares sin pedir permiso ni recurrir a trampas, importar sin depender de una autorización discrecional que demoraba meses o no llegaba nunca, elegir sin que un funcionario decida por los demás qué conviene comprar, vender o en qué ahorrar. Son conquistas que se perdieron de vista de tanto naturalizar su ausencia, tan incorporadas a la claudicación habitual que hoy, recuperadas, muchos ni siquiera las registran como tales.
Los números oficiales acompañan esa sensación de libertad recobrada. El riesgo país, que supo tocar niveles que expulsaban cualquier inversión, bajó de manera inobjetable. Las reservas del Banco Central, motivo de zozobra cíclica, se recomponen a un ritmo envidiable. La pobreza, que había escalado a niveles alarmantes, disminuye.
Ninguno de estos indicadores resuelve por sí solo los complejos dramas estructurales, y sería ingenuo pretender lo contrario, pero todos apuntan en la dirección de una economía que deja de vivir al borde del abismo para convertirse en una en la que, de a poco, se puede planificar.
Y sin embargo, ahí sigue intacto el espasmo nacional, ese de la queja como identidad, el "no es suficiente" como respuesta automática frente a cualquier mejora, sin comparación sería con el punto de partida ni memoria real de dónde estábamos parados hace apenas un puñado de años. Es la vieja cadena del desánimo de siempre, parecida a la que supo denunciar el propio kirchnerismo cuando gobernaba. La diferencia sustancial es que aquellos reclamos, tenían sustento en información veraz concreta y este esquema actualizado repite el libreto sin tener argumentos con qué convalidarlo. La melodía cambió abrumadoramente de arreglo, pero la letra sigue siendo exactamente la misma.
"Los países que consiguieron transformaciones profundas y duraderas no lo hicieron negando sistemáticamente sus triunfos parciales, sino usándolos como plataforma para pedir todavía más. Reconocer el progreso alcanzado no es conformismo ni sumisión, sino el primer paso indispensable para exigir con seriedad y con elementos a la mano lo que aún falta resolver. El reproche endémico, en cambio, no construye absolutamente nada, iguala todo hacia abajo sin distinguir méritos y termina regalándole al relato derrotista de siempre la última herramienta que necesita para sobrevivir un poco más."
Esa costumbre cultural no se desarma por decreto ni con un discurso presidencial. La tarea consiste en desaprender entre todos, de a poco, con paciencia, pero también con conciencia. El problema no es reclamar más. Muy por el contrario, demandar más es sano, es exactamente lo que corresponde en cualquier democracia que se precie de madura y exigente con sus dirigentes. El dilema aparece cuando se reclama negando lo ya conseguido, como si reconocer un avance fuera sinónimo de rendición o de complicidad. Se puede pedir más libertad económica, más previsibilidad institucional, más crecimiento genuino, sin necesidad de borrar de un plumazo lo que efectivamente cambió para mejor. Esa es, precisamente, la diferencia central entre una demanda constructiva y el lamento reflejo de siempre, ese que no distingue matices ni admite grises o instancias secuenciales.
Los países que consiguieron transformaciones profundas y duraderas no lo hicieron negando sistemáticamente sus triunfos parciales, sino usándolos como plataforma para pedir todavía más. Reconocer el progreso alcanzado no es conformismo ni sumisión, sino el primer paso indispensable para exigir con seriedad y con elementos a la mano lo que aún falta resolver. El reproche endémico, en cambio, no construye absolutamente nada, iguala todo hacia abajo sin distinguir méritos y termina regalándole al relato derrotista de siempre la última herramienta que necesita para sobrevivir un poco más.
"Apagar esta versión remasterizada de la cadena nacional del desánimo no depende de ningún líder ni de ninguna medida económica adicional, sino ante todo, de animarse por una vez a mirar la realidad con honestidad intelectual, a valorar sin culpa las libertades recobradas y a requerir con firmeza lo que aún falta sin revalorizar lo que efectivamente se logró. Ese es el verdadero cambio cultural pendiente, el más difícil de todos, y está, como suele ocurrir con lo importante, en cada uno de los ciudadanos tomar la decisión de ponerle voluntad a la labor de sintonizar el canal adecuado."
Apagar esta versión remasterizada de la cadena nacional del desánimo no depende de ningún líder ni de ninguna medida económica adicional, sino ante todo, de animarse por una vez a mirar la realidad con honestidad intelectual, a valorar sin culpa las libertades recobradas y a requerir con firmeza lo que aún falta sin revalorizar lo que efectivamente se logró. Ese es el verdadero cambio cultural pendiente, el más difícil de todos, y está, como suele ocurrir con lo importante, en cada uno de los ciudadanos tomar la decisión de ponerle voluntad a la labor de sintonizar el canal adecuado.