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Hoy, escuchar es un acto revolucionario

Cuando el relato reemplaza a los hechos, el marketing a las ideas, la simplificación a la complejidad, cuando la información excede la capacidad humana de procesarla, cuando la atención se acorta y diluye, allí la democracia comienza a empobrecerse.

Martes, 29 de septiembre de 2026 a las 18:43

Jorgesimonetti.com

“El problema contemporáneo no es la escasez de información, sino su exceso”

Byung-Chul Han

En la Atenas de los filósofos, Sócrates hacía un culto de la escucha. Luego ingresaba con su interlocutor en un diálogo profundo.

Escuchar para responder es un mero acto mecánico del que solo espera su turno para hablar. Escuchar para entender al interlocutor busca una conexión genuina.

Esta escena de la Grecia clásica hoy parece ciencia ficción En nuestra era del scrolling infinito, del ruido digital, de los monólogos simultáneos en redes sociales, hemos sustituido la lectura reposada por el consumo en ráfagas, y la escucha activa por la urgencia de opinar. Ya no dialogamos para entender, emitimos ruido para ser vistos.

Digo en mi libro “Crítica de la Razón Idiota” (2018) que “una de las cuestiones más destacables en el “idiota cibernético” es principalmente su dificultad de separar el mundo real del virtual, confundiendo información con conocimiento, amigos con contactos, exhibición con relacionamiento, lectura superficial con estudio. Sentado en el sillón frente a la computadora, con el ratón en la mano, o utilizando los pulgares en el smartphone, el idiota construye su propia monarquía, sintiéndose con la autoridad del poderoso y los conocimientos del sabio” (p.69).

El cuello de botella de la democracia es la batalla por tu atención. Hoy, hablamos mucho, escuchamos poco y leemos menos.

Durante el siglo XX, la gran obsesión de la política era la persuasión. En un ecosistema de medios masivos y estables, el desafío consistía en convencer al votante de que una ideología, un programa o un liderazgo eran superiores.

Hoy, las reglas del juego han cambiado drásticamente. En la era digital, antes de intentar convencer a alguien, el político debe lograr algo mucho más elemental y complejo: que el ciudadano le dedique unos segundos de su tiempo.

Hemos pasado de la lucha por la opinión pública a la feroz batalla por la atención pública. Vivimos sumergidos en una paradoja.

En teoría, Internet democratizó la difusión de mensajes; en la práctica, generó una sobreoferta de contenidos que transformó a la atención en el recurso más escaso del mercado. El verdadero cuello de botella ya no es la emisión del mensaje, sino la capacidad de hacerse escuchar en medio del ruido de las redes, los memes y los algoritmos.

"La pregunta decisiva ya no es quién tiene la mejor propuesta, sino quién logra que la gente lo mire"

 Esto configura un embudo implacable para la competencia política: atención-interés-opinión-voto.

Si un mensaje no supera la primera etapa, el resto del camino ni siquiera existe. Un economista puede diseñar el plan previsional más brillante y técnicamente perfecto, pero si su explicación queda sepultada por el flujo incesante de estímulos digitales, su propuesta se vuelve electoralmente irrelevante.

Por eso, no es casual que liderazgos como los de Javier Milei, Donald Trump o Nayib Bukele dominen la escena. No se trata simplemente de una cuestión de superficialidad individual, sino de una adaptación sistémica.

Son dirigentes que comprendieron que el ecosistema actual premia el impacto, la polémica y la personalización. Saben que la atención suele dirigirse más rápido hacia el conflicto que hacia el consenso, y hacia el relato emocional que hacia el

​programa de gobierno.

El riesgo latente es que la democracia se desplace desde una competencia de argumentos hacia una competencia de visibilidad. La pregunta decisiva deja de ser ¿quién tiene la mejor propuesta? para convertirse en ¿quién logra que la gente lo mire?

Aquí es donde el marketing político amenaza con devorarse al contenido. Antes, las técnicas de comunicación eran el vehículo para transmitir ideas; hoy las ideas son solo un accesorio del marketing.

 Esta degradación tiene un costo altísimo para la calidad democrática.

“Antes, el marketing era el vehículo de las ideas, hoy éstas son apenas un accesorio. Sumarse, acríticamente, a los contenidos viralizados de las redes, deforman la capacidad de abstracción para comprender la realidad”

Johann Hari plantea una metáfora potente al definir a la democracia como "una forma de atención colectiva sustained (sostenida)".

Para gobernar, legislar y deliberar racionalmente, una sociedad necesita concentrarse durante períodos prolongados sobre problemas comunes y complejos.

Si la atención ciudadana se fragmenta continuamente en estímulos instantáneos, la deliberación se debilita y los asuntos públicos quedan reducidos a consignas vacías o indignación pasajera.

Frente a este escenario, la filósofa Simone Weil nos ofrece un rescate ético fundamental. Para Weil, la atención no es mera concentración intelectual, sino una disposición moral: el acto de salir de uno mismo para escuchar y percibir verdaderamente la realidad del otro.

En un mundo diseñado para la interrupción constante y la reacción visceral, recuperar la capacidad de prestar atención es un acto de resistencia y de profunda generosidad humana. 

La democracia contemporánea asiste a una contradicción permanente. Su subsistencia requiere tiempo, matices y reflexión; sin embargo, su principal canal de comunicación recompensa la velocidad, la simplificación y la espectacularidad.

Reconocer que la atención es hoy el insumo más escaso y codiciado es el primer paso para evitar que los ciudadanos quedemos reducidos a una audiencia distraída, vulnerable a la manipulación y atrapada en el parpadeo de una pantalla.

 

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