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Una oportunidad histórica

Por El Litoral

Sabado, 05 de septiembre de 2026 a las 18:01

La visita del papa León XIV a la Argentina representa mucho más que un acontecimiento religioso. Para un país acostumbrado a discutir casi todo en términos de coyuntura política, la llegada de un pontífice ofrece una oportunidad excepcional para detenerse, mirar más allá de las urgencias inmediatas y preguntarse qué sociedad se quiere construir.

La agenda todavía está en proceso de definición, pero algunos de los lugares que se proyectan para el viaje permiten anticipar una característica central: habrá una fuerte presencia de contenido social. La posibilidad de que León XIV visite el Pequeño Cottolengo Don Orione, en Claypole, y la cárcel de Devoto no es un dato menor. Tampoco lo es la celebración prevista en la Basílica de Luján.

En esos lugares hay una Argentina concreta. Están las personas con discapacidad, quienes viven situaciones de vulnerabilidad, quienes cumplen una condena y quienes trabajan diariamente para acompañarlos. Allí aparece una dimensión de la realidad que muchas veces queda desplazada por las discusiones de poder, los enfrentamientos partidarios y la lógica de las redes sociales.

Por eso la visita puede convertirse en una oportunidad de enorme dimensión para el país. No solamente por la posibilidad de fortalecer su inserción internacional, sino también porque permitirá escuchar a un líder religioso cuya palabra trasciende las fronteras de la Iglesia Católica.

Una visita papal tiene, además, una particularidad que no debería ser desaprovechada: obliga a mirar. Obliga a prestar atención a aquellos que habitualmente no ocupan el centro de la escena. Y cuando esa mirada se transforma en palabra, puede instalar preguntas que permanezcan mucho después de que el Papa haya abandonado el país.

Argentina necesita precisamente eso: recuperar la capacidad de escuchar mensajes que no estén diseñados exclusivamente para ganar una elección, defender una gestión o derrotar a un adversario. Un Papa puede hablar desde una perspectiva religiosa, pero sus reflexiones sobre la dignidad humana, la solidaridad, la pobreza, la justicia, la convivencia y la responsabilidad colectiva tienen necesariamente una dimensión pública.

También sería un error reducir la visita a la cantidad de personas que concurran a una misa o a la magnitud de los operativos de seguridad. La verdadera trascendencia del acontecimiento debería medirse por aquello que quede después.

La preparación del viaje ya está generando espacios de coordinación entre autoridades nacionales, provinciales, porteñas y representantes de la Iglesia. Esa articulación, incluso antes de la llegada del pontífice, ofrece una señal valiosa: distintas instituciones pueden trabajar juntas cuando existe un objetivo que las trasciende.

Ese debería ser uno de los aprendizajes centrales. Argentina necesita recuperar ámbitos de encuentro. No necesariamente acuerdos sobre todas las cosas, sino la capacidad de reconocer que existen problemas cuya solución requiere cooperación y no confrontación permanente.

La presencia de León XIV puede contribuir a colocar nuevamente en el centro una idea que parece sencilla, pero que suele quedar relegada: el bien común no pertenece a un partido, a una ideología ni a una institución. Es una responsabilidad compartida.

El desafío será entonces no convertir la visita en una disputa política ni en una competencia por apropiarse de la imagen del Papa. Tampoco utilizar sus palabras selectivamente para justificar posiciones previamente tomadas.

Habrá que escucharlo en conjunto. Con atención. Con respeto. Y también con espíritu crítico.

Porque la mayor oportunidad que ofrece una visita papal no consiste solamente en recibir a una figura de relevancia mundial. Consiste en permitir que su presencia ayude a formular preguntas que Argentina necesita responder: cómo cuidar a los más vulnerables, cómo reconstruir vínculos sociales, cómo recuperar la confianza en las instituciones y cómo transformar la convivencia en un objetivo concreto.

Si la visita de León XIV consigue dejar esas preguntas instaladas, su paso por la Argentina habrá tenido un valor que excederá largamente los cuatro días de noviembre. Y allí estará, quizás, su aporte más importante: recordarnos que una nación no se construye solamente con crecimiento económico, leyes o decisiones políticas, sino también con la capacidad de reconocer al otro y trabajar por un futuro compartido.

 

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