Durante demasiado tiempo, la Argentina convirtió el índice de precios en la medida excluyente de su salud nacional. Cuando el dinero pierde valor a velocidad cotidiana, cualquier otra conversación parece ornamental y entonces la urgencia devora al debate sobre el porvenir. Sin embargo, reducir el fenómeno a una cifra mensual puede impedir la observación de la magnitud del proceso en marcha. Domar la nominalidad no constituye una meta autosuficiente sino que puede ser la llave que abre puertas clausuradas.
La primera consecuencia es obviamente fiscal. Un Estado que deja de gastar por encima de sus recursos ya no necesita financiar su desmesura con emisión, deuda compulsiva o impuestos futuros. El equilibrio de las cuentas, sostenido en estos dos años consecutivos, modificó una regla que parecía sagrada. No se trata de una cuestión contable sino que significa que la política empieza a reconocer ciertos límites.
"La mejora social tampoco debería analizarse separadamente. La pobreza retrocedió con fuerza desde el pico provocado por la corrección inicial. Los ingresos recuperaron capacidad de compra y la actividad volvió a expandirse, aunque de manera heterogénea. Persisten sectores rezagados, informalidad y familias que todavía no sienten alivio suficiente pero admitirlo no invalida el rumbo. Por el contrario, recuerda que las reformas deben sostenerse para llegar a quienes aún esperan resultados tangibles."
La segunda aparece en la moneda ya que al desaparecer la fabricación de pesos para cubrir el agujero presupuestario, se debilita el mecanismo que alimentó la depreciación permanente. El Banco Central comenzó a recomponer reservas y desmontar pasivos que condicionaban cada decisión. Es innegable que queda camino por recorrer, pero ya no se administra una bomba, más bien se reconstruye solvencia donde antes solo había improvisación.
Ese orden habilita el regreso del crédito de la mano de los préstamos hipotecarios, se extienden los plazos, reaparece el financiamiento productivo y las compañías pueden calcular sin adivinar. Ninguna economía prospera pagando todo al contado. Cuando existe una referencia razonable, el ahorro deja de buscar refugios defensivos y puede transformarse en vivienda, equipamiento, capital de trabajo o nuevos emprendimientos.
También cambió la relación con el mundo. El superávit comercial dejó de depender del perverso mecanismo consistente en cerrar importaciones y comenzó a convivir con un intercambio creciente. Energía, minería, agroindustria y servicios basados en el conocimiento ofrecen una plataforma exportadora más diversa. Vaca Muerta pasó de promesa repetida a generadora concreta de divisas, el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones impulsó proyectos que requieren horizontes largos y la infraestructura privada empezó a ocupar el espacio que el tesoro ya no puede solventar.
"En política exterior se abandonó la ambigüedad moral. La Argentina eligió una inserción definida junto a las democracias occidentales, condenó dictaduras que antes recibían indulgencia ideológica y recuperó interlocución con centros decisivos. Podrán discutirse formas, énfasis o gestos; lo difícil es negar que el país volvió a ofrecer una identidad reconocible. La confianza internacional no nace de campañas publicitarias, sino de coherencia, contratos respetados y reglas que sobreviven al entusiasmo de una temporada."
En el mercado interno, la desregulación removió permisos, intermediaciones obligatorias y privilegios sectoriales. Abrir competencia incomoda a quienes hicieron negocios al amparo de una ventanilla, pero beneficia al consumidor, obliga a innovar y expone costos artificiales. La libertad comercial no garantiza que cada actor sobreviva pero asegura algo más relevante y es que nadie tenga derecho a trasladar su ineficiencia a toda la sociedad.
La mejora social tampoco debería analizarse separadamente. La pobreza retrocedió con fuerza desde el pico provocado por la corrección inicial. Los ingresos recuperaron capacidad de compra y la actividad volvió a expandirse, aunque de manera heterogénea. Persisten sectores rezagados, informalidad y familias que todavía no sienten alivio suficiente pero admitirlo no invalida el rumbo. Por el contrario, recuerda que las reformas deben sostenerse para llegar a quienes aún esperan resultados tangibles.
Existe, además, una dinámica institucional. Los piquetes dejaron de apropiarse rutinariamente de las calles, circular volvió a ser un derecho y no una concesión de organizaciones con capacidad de extorsión. La asistencia social comenzó a llegar sin gerentes de la pobreza, la reducción de homicidios y robos, junto con el combate al narcotráfico en territorios críticos, demuestra que recuperar autoridad democrática no equivale a promover autoritarismo y que cumplir la ley también protege a los más vulnerables.
"La inflación importa, por supuesto y mucho. Castigó durante años a quienes menos herramientas tenían para protegerse y destruyó toda noción de futuro. Pero su descenso vale, sobre todo, porque permite algo mayor que es volver a pensar, elegir, invertir, producir y proyectar. El logro no está encerrado en una planilla sino que vive en las posibilidades que reaparecen cuando un país deja de correr detrás de sus urgencias y comienza, finalmente, a construir un destino. Invisibilizar esta circunstancia es además de intelectualmente deshonesto extremadamente temerario en términos de las alternativas de avanzar como sociedad."
En política exterior se abandonó la ambigüedad moral. La Argentina eligió una inserción definida junto a las democracias occidentales, condenó dictaduras que antes recibían indulgencia ideológica y recuperó interlocución con centros decisivos. Podrán discutirse formas, énfasis o gestos; lo difícil es negar que el país volvió a ofrecer una identidad reconocible. La confianza internacional no nace de campañas publicitarias, sino de coherencia, contratos respetados y reglas que sobreviven al entusiasmo de una temporada.
Hay otras señales adicionales como las auditorías que revelaron abusos o la reducción de estructuras estatales superpuestas, la revisión de fondos discrecionales y la digitalización de trámites, una mayor transparencia en transferencias y una discusión cultural sobre el costo de cada privilegio. Ninguna de estas cuestiones produce una épica intocable, pero juntas describen una administración que intenta devolver al ciudadano responsabilidades secuestradas por la burocracia.
Nada de esto implica que el trabajo esté terminado. Evidentemente faltan reformas profundas, como la tributaria y una mayor modernización laboral, hay que seguir generando infraestructura, mejor educación, federalismo auténtico y mayor calidad institucional. No menos cierto es que tampoco todos los avances son irreversibles. La vieja Argentina conserva defensores, recursos y reflejos. Precisamente por eso resulta inadmisible evaluar esta etapa mirando únicamente la próxima publicación del IPC. La inflación importa, por supuesto y mucho. Castigó durante años a quienes menos herramientas tenían para protegerse y destruyó toda noción de futuro. Pero su descenso vale, sobre todo, porque permite algo mayor que es volver a pensar, elegir, invertir, producir y proyectar. El logro no está encerrado en una planilla sino que vive en las posibilidades que reaparecen cuando un país deja de correr detrás de sus urgencias y comienza, finalmente, a construir un destino. Invisibilizar esta circunstancia es además de intelectualmente deshonesto extremadamente temerario en términos de las alternativas de avanzar como sociedad.