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“La verdadera revolución de la inteligencia artificial no consiste en que las máquinas sean más inteligentes que los humanos, sino en que puedan sustituirnos en una cantidad cada vez mayor de tareas.”
Yuval Noah Harari
La inteligencia artificial no será simplemente una nueva tecnología. Puede terminar siendo una de esas transformaciones históricas que modifican las reglas con las que una sociedad organiza su existencia.
La humanidad ya atravesó revoluciones tecnológicas capaces de cambiar la producción. Pero existe una diferencia sustancial. La máquina de vapor sustituyó fuerza física; la computadora reemplazó buena parte del trabajo intelectual rutinario.
La inteligencia artificial, en cambio, puede avanzar sobre algo mucho más profundo: la capacidad de pensar, decidir, crear, analizar y ejecutar tareas que hasta ahora considerábamos exclusivamente humanas.
Y allí aparece una pregunta que parece económica, pero en realidad es política, social y hasta filosófica: ¿qué ocurrirá cuando producir riqueza requiera cada vez menos seres humanos?
Imaginemos un escenario posible: que dentro de algunos años el 10 por ciento de los trabajadores, auxiliados por inteligencia artificial, robótica y sistemas autónomos, pueda realizar tareas que hoy requieren del 100 por ciento de ellos.
No se trata solamente de una hipótesis sobre el empleo. Es la posibilidad de que se rompa una relación que durante siglos pareció natural: trabajo, salario, consumo y bienestar.
“Si la tecnología permite producir abundancia con una mínima participación humana, el problema dejará de ser producir riqueza y pasará a ser distribuirla”
Ese cambio obligará a revisar tanto las respuestas del capitalismo de mercado como las del tradicional Estado de bienestar.
El pensamiento libertario parte de una premisa poderosa: la libertad económica, la propiedad privada y la competencia generan riqueza y permiten que la sociedad prospere.
Pero aparece una dificultad que la inteligencia artificial puede convertir en una paradoja gigantesca: ¿qué ocurre con quien no tiene nada que vender porque su trabajo ya no resulta necesario?
El mercado puede ser extraordinariamente eficiente para producir. Pero no necesariamente garantiza que todos participen de lo producido.
Del otro lado, el Estado de bienestar tampoco tiene una respuesta automática. Su arquitectura histórica se construyó alrededor del trabajo: salarios, aportes, impuestos, jubilaciones, seguridad social. ¿Qué sucederá cuando disminuya significativamente la masa salarial sobre la cual se sostiene ese sistema?
Por eso el debate del futuro no debería limitarse a preguntar cuánto empleo destruirá la inteligencia artificial. La pregunta verdaderamente trascendente será quién será dueño de la productividad que genere.
Porque allí puede aparecer una nueva forma de desigualdad mucho más profunda que la actual.
Si las máquinas, los algoritmos, los robots, los datos y las plataformas quedan concentrados en unas pocas empresas o individuos, podríamos ingresar en una suerte de tecno-feudalismo, donde una minoría controle los instrumentos de producción y una mayoría dependa de las decisiones de sus propietarios.
Pero existe otra posibilidad. Una parte de la riqueza extraordinaria generada por la automatización podría alimentar fondos soberanos o ciudadanos, cuyos rendimientos se distribuyan entre la población. No necesariamente como una dádiva estatal, sino como una suerte de dividendo tecnológico.
“La cuestión no será solamente quién controla las máquinas, sino quién participa de la riqueza que esas máquinas produzca”
La diferencia no es menor. Un subsidio puede convertir al ciudadano en dependiente de quien lo otorga. Participar de la riqueza producida por una sociedad, en cambio, supone reconocer una suerte de ciudadanía económica.
También habrá que discutir una reducción sustancial de la jornada laboral. Si necesitamos menos horas de trabajo humano para producir lo mismo o incluso mucho más, ¿por qué deberíamos conservar jornadas concebidas para una economía industrial de hace dos siglos?
El problema será que el trabajo no es solamente una manera de obtener dinero. Trabajar también organiza la vida, proporciona identidad, reconocimiento, pertenencia y una sensación de utilidad.
Para millones de personas, dejar de trabajar no significaría automáticamente comenzar a vivir mejor. Podría significar también sentirse innecesarias. Por eso el desafío será doble: garantizar ingresos y encontrar nuevas formas de darle sentido al tiempo liberado.
“El futuro podrá liberarnos de la obligación de trabajar para sobrevivir, pero deberá ofrecernos nuevas razones para sentirnos útiles, necesarios y parte de la sociedad”
La educación, la cultura, el arte, la ciencia, el cuidado de otros, el voluntariado, la participación comunitaria y la creatividad podrían adquirir una importancia que hoy muchas veces subordinamos al empleo.
En definitiva, tendremos que aprender a separar dos cosas que durante siglos estuvieron unidas: trabajar para vivir y vivir para trabajar.
El nuevo contrato social no debería consistir simplemente en repartir dinero entre quienes queden fuera del mercado laboral.
Debería garantizar derechos básicos, educación, salud, vivienda, conectividad y oportunidades de participación. Y, fundamentalmente, debería permitir que la riqueza generada por la revolución tecnológica no quede exclusivamente en manos de quienes poseen sus instrumentos.
No se trata de demonizar al mercado ni de entregar toda la economía al Estado. Ambos extremos pueden conducir a nuevas formas de concentración.
Tal vez la fórmula del futuro sea más sencilla y, al mismo tiempo, más difícil de construir: el mercado para producir, el Estado para garantizar derechos y la sociedad para participar de la riqueza tecnológica.
Porque la inteligencia artificial no nos enfrentará solamente al desafío de conseguir empleo. Nos enfrentará a una pregunta mucho más incómoda: ¿qué significa ser humano en una sociedad donde nuestra capacidad de trabajar ya no sea indispensable?
Y quizás allí se encuentre la verdadera revolución.
La tecnología podrá construir una abundancia nunca imaginada. Podrá hacer innecesario mucho del trabajo que hoy realizamos. Podrá liberarnos de una parte considerable de las obligaciones que durante siglos condicionaron nuestra existencia.
Pero nada de eso resolverá por sí mismo cómo distribuir la riqueza, cómo preservar la dignidad o cómo encontrarle sentido a una vida con más tiempo y menos obligaciones.
La inteligencia artificial podrá cambiar la economía. Lo que todavía no sabemos es si nosotros tendremos la inteligencia suficiente para cambiar las reglas de la sociedad antes de que la tecnología las cambie por nosotros.