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“Escribir todos los días me sostiene el ser”

Esta tarde, la escritora se presentará en la 5ª Feria del Libro de Caá Catí. Lo hará en el marco de una entrevista pública con Flavia Pitella. Betina González presentará su libro “El amor es una catástrofe natural”. En esta nota hablamos de este y otros temas.
 

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Paulo FerreyraPaulo Ferreyra

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Por Paulo Ferreyra
Especial para El Litoral

Ella lleva una sonrisa luminosa, una extensión de sus rasgos faciales, ojos que reverberan ante los temas que la movilizan. Betina es además una escritora multipremiada. Ganadora del Premio Clarín Novela 2006 con “Arte menor”, publicó también el libro de relatos “Juegos de playa”, ganador del Segundo Premio Fondo Nacional de las Artes en el mismo año y con “Las poseídas” ganó el Premio Tusquets de Novela. 
Empezamos la charla telefónica con la inquietud de conocer su impresión de llegar a esta tierra. “Me encantó la invitación de ir a Corrientes porque la ciudad no la conozco. Hace unos años atrás fui a los Esteros del Iberá y me gustó su naturaleza. Pero me encantó esta invitación porque siempre aprovecho cualquier oportunidad para viajar. No hay nada más lindo que los libros nos hagan viajar y conocer lugares. A veces con los trabajos es complicado salir pero los libros son esas puertas que se abren para viajar, conocer lugares y personas”, cuenta Betina González con la voz exultante, alegre, feliz.
“Me embelesa además la idea de ir a este festival de Caá Catí. Tengo la sensación, por lo que me cuentan, de que no es un lugar solemne de la escritura. Los escritores estamos acostumbrados a ir a ferias de libros donde el público y la producción en torno al libro se hacen solemnes. En cambio aquí, por lo que entendí, hay baile, comida, música, hay una fiesta en torno a la palabra y me parece que la literatura tiene que aprender a compartir con otras expresiones culturales y ser más vivencial”.

—A menudo realizás talleres literarios y en algunas ocasiones partís de “los recuerdos”. ¿Cuánto inciden los recuerdos o las vivencias en tu escritura?
—Realizo talleres bajo diferentes formas: te cuento antes que este taller sobre “los recuerdos” lo repetí varias veces porque tuvo mucha resonancia, hubo mucha gente interesada en participar.  El taller fue específico en el sentido de que ayudaba a las personas a que si tenían ganas de escribir a partir de sus recuerdos, lo pudiera hacer con determinadas herramientas. La intención era que ese recuerdo termine en una forma narrativa literaria, de no ficción, una crónica o una memoria.
Creo que casi ningún escritor escribe sin recurrir a un recuerdo. Incluso los escritores de ciencia ficción, si uno se pone a revisar sus vidas, vislumbra ahí los recuerdos o las vivencias personales.
Obviamente que los recuerdos inciden, pero en mi escritura no es un lugar deliberadamente buscado o un punto de origen para comenzar algún tema. En general me motivan a escribir más las historias de los otros, a veces por historias que escucho o noticias que me llegan. En ocasiones puede surgir una idea de una noticia que me impacta o me deja pensando. Hay noticias que resuenan en mi cabeza y despiertan preguntas.
La escritura es una forma de interrogación. Entonces no escribo sobre mi vida pero sí en algunas novelas, como por ejemplo, en “Las Poseídas” recurrí indefectiblemente a mis recuerdos de los años 80. Aparece ahí una especie de subjetividad de los sentidos y de la memoria que siempre alimenta la escritura.
—Has participado y ganado dos importantes premios como Clarín y Tusquets de novela. ¿Qué buscabas al participar en cada uno de ellos?
—Bueno, en principio son dos premios diferentes y los gané en momentos muy diferentes de mi vida. En el caso del premio Clarín 2006 el objetivo central era publicar mi primera novela. En este caso tenía la mirada pura y exclusivamente en publicar mi primera novela. Me había contactado con distintas editoriales para conseguir editores que la leyeran y no lo había logrado.  En ese momento le pedí un consejo a la escritora Paola Kaufmann. Ella me aconsejó que lo mejor era presentar la novela en un concurso, eso era algo que lo venía pensando y en ese momento yo no estaba viviendo en Argentina. El premio Clarín no era para escritores consagrados, tuve esa impresión en ese momento y así fue como me presenté.
Jamás pensé que iba a ganar, hasta el último momento no te lo dicen, estás ahí con los finalistas en la ceremonia mordiéndote las uñas y no sabés nada. Fue una gran sorpresa obtener ese premio. Por otra parte, no estaba preparada para lo que vino después. Uno escribe en su casa, en pijamas, pasa un montón de días en soledad haciendo un libro y después tenés que hacer entrevistas, salir en la tele y todas esas cosas.  
Pasaron unos meses del premio y me tomé un tiempo para reflexionar. Un tiempo para volver a mí misma, a esa que escribe a escondidas, en soledad y en pijamas. Años después salió mi segundo libro. 
Para el tercer libro me presenté en Tusquets con “Las Poseídas”. Aquí era otra etapa de mi vida, tenía la intención deliberada de cambiar de editor. Además había dado un salto en la ficción.
—Dentro de las lecturas que te han marcado mencionaste en una oportunidad el libro Nunca Más, que lo leíste a los 12 años. ¿Cómo y por qué llega este libro a tus manos a esa edad?
—Este libro lo leí en la casa de mi abuela a escondidas. Ni bien lo agarré al libro me di cuenta de que me lo iban a sacar, sentía que si los adultos me veían leyéndolo me lo iban a sacar. Fui leyendo los testimonios y leía salteado, las partes de las torturas... Por un lado había un costado de mí que no entendía qué era eso, pero por otro lado entendía todo. Entendía que había pasado de verdad en Argentina y que ese era un libro de terror.
En mi casa no había biblioteca, no había muchos libros, no era esas casas donde está la biblioteca de la tercera generación y súper grande. Nosotros no teníamos esos libros. Mi viejo no terminó el secundario, mis abuelos no terminaron la primaria, leía lo que caía en mis manos. Iba a una escuela de monjas y leía lo que podía. En la escuela leía la vida de los santos, ahí había una truculencia porque mucho de lo que te cuentan son las autoflagelaciones, los martirios, creo que lo leía porque también había una pulsión de leer narrativa. Una pulsión legítima por el terror.
Cuando leí el Nunca Más en parte lo conecté con varias cosas. Me acuerdo que comencé a entender bien que eso había pasado en el país y fue desbastador en el sentido de que despertó en mí una bronca con los adultos. ¿Cómo era posible que esto estuviera pasando y nosotros no lo sabíamos? Después fui atando cabos. Los adultos sabían lo que pasaba.
—¿Hubo tiempo después otro libro que te marcara tanto en la vida?
—No. Sucede que las lecturas de esa edad también marcan de una manera indeleble. No recuerdo un libro de esa magnitud y de esa fuerza testimonial que me marcara tanto en la vida.
Pero sí te puedo decir de un libro que leía de muy chica y que lo leí porque no sabía muy bien qué era. Un año después del Nunca Más leí “Ficciones” de Borges. Lo que más leía en esos años eran novelas de aventura, Salgari, Verne. El libro “Ficciones” de Borges estaba en casa. Recuerdo leerlo y leer “La biblioteca de Babel” que no lo entendí pero me fascinó su escritura, era algo diferente a lo que venía leyendo. Me fascinaban las imágenes, lo que se contaba, tengo presente cerrar el libro y tener la sensación de que estaba ante otra literatura.
Lo bueno fue que mi abuela a esa edad se dio cuenta de que me gustaba leer y me inscribió en la biblioteca popular del barrio. A partir de ahí se abrió un paraíso; entrar y que las bibliotecarias me orientaran fue maravilloso.
—Mencionabas tu pulsión por la narrativa, sin embargo también leés poesía.
—Creo que no se puede escribir narrativa sin leer poesía.  Todavía no se me da por la poesía pero como lectora me gusta. Mi primer acercamiento a la escritura fue la poesía, me dieron un poema en la escuela y recuerdo que volví a casa maravillada, asombrada.
A través de la poesía me di cuenta de que las palabras, además de servir para decir cosas, tienen música. Esa fue una de las primeras pulsiones hacia la escritura: probar la música de las palabras.
En la adolescencia ya hubo poesía más importante, Alejandra Pizarnik es una poeta que me marcó en mi generación y que fue tan mal leída en su momento, por suerte ahora se la vuelve a leer. Después César Vallejos y Fernando Pessoa son los poetas que me marcaron mucho.
En la lectura trato de leer todo. Si bien es cierto que al escribir narrativa tiendo a buscar en torno a esas formas, siempre estoy leyendo poesía. Otras poetas que sigo y leo mucho son Beatriz Vignoli, Diana Bellesi y María Negroni, poetas que leo y releo porque siempre encuentro cosas ahí.
También podría mencionar a Juan L. Ortiz. El también está presente, lo leí en la facultad y desde entonces me impactó mucho. Es el poeta del litoral, con sus imágenes y con esa cosa tan fuerte del paisaje. Tiene además textos que llaman al narrador por esa cosas poéticas de la naturaleza. 
—Uno de los motivos de tu visita a Caá Catí es la presentación del libro “El amor es una catástrofe natural” y se lee en la difusión esta cuestión de si el odio es más fuerte que el amor. ¿Cómo surgió este libro?
—En la contratapa va esta pregunta: ¿el odio es más fuerte que el amor? Es una pregunta que está tomada de un cuento donde una chica espía a su vecina. La empieza a espiar porque le parece una mujer rara, interesante, no entiende qué le pasa a la vecina. Además, la vecina recibe mucha correspondencia, entonces un día roba una carta de la vecina para ver por qué recibía tantas cartas. Cuando abre la carta se da cuenta de que era una carta de alguien que la odiaba, era una carta de odio.
Entonces empieza a lucubrar como puede ser el odio más fuerte que el amor que produce que alguien se gaste en escribir cartas de odio, esa pregunta está sacada de este cuento un poco fuerte - determinante- pero tiene sentido del humor.
El libro tiene 13 cuentos, tres están basados en noticias, este no. Este está basado en una experiencia real pero a la vez es una experiencia de segunda mano. Surgió de observar a una vecina rara cuando vivía en Estados Unidos. Esta es la parte hermosa de la literatura, cuando tomás un dato cualquiera y después podés dar el salto al vacío. Esto es literatura pura.
—Este año la Feria del Libro de Caá Catí tiene toda su mirada puesta en la crónica. ¿Podrías mencionar dos tips que te permiten diferenciar una buena crónica?
—Claro, la primera cosa es el uso del lenguaje: ningún escritor o ninguna escritora que se precie de tal puede salirse con la suya sin trabajar el lenguaje. En ese sentido es la materia número uno que tenés que dominar, entonces esta idea de que el lenguaje es transparente y que tenés que escribir como la gente habla no la comparto. Los buenos cronistas son conscientes del trabajo del lenguaje y trabajan el lenguaje, no dan por sentado la lengua, creo que ahí hay algo que define una buena crónica. 
Después el uso de la información, esta cuestión de la veracidad, sino no habría diferencia entre ficción pura y crónica. Lo fáctico tiene que estar presente. La investigación tiene que estar pero no tiene que ser una sobrecarga en el texto. Tiene que haber un equilibrio porque hay que dosificar la información.
El escritor tiene que saber hacer esa dosificación. La crónica tiene que tener intriga, tiene que tener inteligencia narrativa. La inteligencia narrativa es cómo vos armás la intriga en el texto. Generar esa intriga no es fácil de lograr pero es necesaria para una buena crónica.

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“Escribir todos los días me sostiene el ser”

Esta tarde, la escritora se presentará en la 5ª Feria del Libro de Caá Catí. Lo hará en el marco de una entrevista pública con Flavia Pitella. Betina González presentará su libro “El amor es una catástrofe natural”. En esta nota hablamos de este y otros temas.
 

Por Paulo Ferreyra
Especial para El Litoral

Ella lleva una sonrisa luminosa, una extensión de sus rasgos faciales, ojos que reverberan ante los temas que la movilizan. Betina es además una escritora multipremiada. Ganadora del Premio Clarín Novela 2006 con “Arte menor”, publicó también el libro de relatos “Juegos de playa”, ganador del Segundo Premio Fondo Nacional de las Artes en el mismo año y con “Las poseídas” ganó el Premio Tusquets de Novela. 
Empezamos la charla telefónica con la inquietud de conocer su impresión de llegar a esta tierra. “Me encantó la invitación de ir a Corrientes porque la ciudad no la conozco. Hace unos años atrás fui a los Esteros del Iberá y me gustó su naturaleza. Pero me encantó esta invitación porque siempre aprovecho cualquier oportunidad para viajar. No hay nada más lindo que los libros nos hagan viajar y conocer lugares. A veces con los trabajos es complicado salir pero los libros son esas puertas que se abren para viajar, conocer lugares y personas”, cuenta Betina González con la voz exultante, alegre, feliz.
“Me embelesa además la idea de ir a este festival de Caá Catí. Tengo la sensación, por lo que me cuentan, de que no es un lugar solemne de la escritura. Los escritores estamos acostumbrados a ir a ferias de libros donde el público y la producción en torno al libro se hacen solemnes. En cambio aquí, por lo que entendí, hay baile, comida, música, hay una fiesta en torno a la palabra y me parece que la literatura tiene que aprender a compartir con otras expresiones culturales y ser más vivencial”.

—A menudo realizás talleres literarios y en algunas ocasiones partís de “los recuerdos”. ¿Cuánto inciden los recuerdos o las vivencias en tu escritura?
—Realizo talleres bajo diferentes formas: te cuento antes que este taller sobre “los recuerdos” lo repetí varias veces porque tuvo mucha resonancia, hubo mucha gente interesada en participar.  El taller fue específico en el sentido de que ayudaba a las personas a que si tenían ganas de escribir a partir de sus recuerdos, lo pudiera hacer con determinadas herramientas. La intención era que ese recuerdo termine en una forma narrativa literaria, de no ficción, una crónica o una memoria.
Creo que casi ningún escritor escribe sin recurrir a un recuerdo. Incluso los escritores de ciencia ficción, si uno se pone a revisar sus vidas, vislumbra ahí los recuerdos o las vivencias personales.
Obviamente que los recuerdos inciden, pero en mi escritura no es un lugar deliberadamente buscado o un punto de origen para comenzar algún tema. En general me motivan a escribir más las historias de los otros, a veces por historias que escucho o noticias que me llegan. En ocasiones puede surgir una idea de una noticia que me impacta o me deja pensando. Hay noticias que resuenan en mi cabeza y despiertan preguntas.
La escritura es una forma de interrogación. Entonces no escribo sobre mi vida pero sí en algunas novelas, como por ejemplo, en “Las Poseídas” recurrí indefectiblemente a mis recuerdos de los años 80. Aparece ahí una especie de subjetividad de los sentidos y de la memoria que siempre alimenta la escritura.
—Has participado y ganado dos importantes premios como Clarín y Tusquets de novela. ¿Qué buscabas al participar en cada uno de ellos?
—Bueno, en principio son dos premios diferentes y los gané en momentos muy diferentes de mi vida. En el caso del premio Clarín 2006 el objetivo central era publicar mi primera novela. En este caso tenía la mirada pura y exclusivamente en publicar mi primera novela. Me había contactado con distintas editoriales para conseguir editores que la leyeran y no lo había logrado.  En ese momento le pedí un consejo a la escritora Paola Kaufmann. Ella me aconsejó que lo mejor era presentar la novela en un concurso, eso era algo que lo venía pensando y en ese momento yo no estaba viviendo en Argentina. El premio Clarín no era para escritores consagrados, tuve esa impresión en ese momento y así fue como me presenté.
Jamás pensé que iba a ganar, hasta el último momento no te lo dicen, estás ahí con los finalistas en la ceremonia mordiéndote las uñas y no sabés nada. Fue una gran sorpresa obtener ese premio. Por otra parte, no estaba preparada para lo que vino después. Uno escribe en su casa, en pijamas, pasa un montón de días en soledad haciendo un libro y después tenés que hacer entrevistas, salir en la tele y todas esas cosas.  
Pasaron unos meses del premio y me tomé un tiempo para reflexionar. Un tiempo para volver a mí misma, a esa que escribe a escondidas, en soledad y en pijamas. Años después salió mi segundo libro. 
Para el tercer libro me presenté en Tusquets con “Las Poseídas”. Aquí era otra etapa de mi vida, tenía la intención deliberada de cambiar de editor. Además había dado un salto en la ficción.
—Dentro de las lecturas que te han marcado mencionaste en una oportunidad el libro Nunca Más, que lo leíste a los 12 años. ¿Cómo y por qué llega este libro a tus manos a esa edad?
—Este libro lo leí en la casa de mi abuela a escondidas. Ni bien lo agarré al libro me di cuenta de que me lo iban a sacar, sentía que si los adultos me veían leyéndolo me lo iban a sacar. Fui leyendo los testimonios y leía salteado, las partes de las torturas... Por un lado había un costado de mí que no entendía qué era eso, pero por otro lado entendía todo. Entendía que había pasado de verdad en Argentina y que ese era un libro de terror.
En mi casa no había biblioteca, no había muchos libros, no era esas casas donde está la biblioteca de la tercera generación y súper grande. Nosotros no teníamos esos libros. Mi viejo no terminó el secundario, mis abuelos no terminaron la primaria, leía lo que caía en mis manos. Iba a una escuela de monjas y leía lo que podía. En la escuela leía la vida de los santos, ahí había una truculencia porque mucho de lo que te cuentan son las autoflagelaciones, los martirios, creo que lo leía porque también había una pulsión de leer narrativa. Una pulsión legítima por el terror.
Cuando leí el Nunca Más en parte lo conecté con varias cosas. Me acuerdo que comencé a entender bien que eso había pasado en el país y fue desbastador en el sentido de que despertó en mí una bronca con los adultos. ¿Cómo era posible que esto estuviera pasando y nosotros no lo sabíamos? Después fui atando cabos. Los adultos sabían lo que pasaba.
—¿Hubo tiempo después otro libro que te marcara tanto en la vida?
—No. Sucede que las lecturas de esa edad también marcan de una manera indeleble. No recuerdo un libro de esa magnitud y de esa fuerza testimonial que me marcara tanto en la vida.
Pero sí te puedo decir de un libro que leía de muy chica y que lo leí porque no sabía muy bien qué era. Un año después del Nunca Más leí “Ficciones” de Borges. Lo que más leía en esos años eran novelas de aventura, Salgari, Verne. El libro “Ficciones” de Borges estaba en casa. Recuerdo leerlo y leer “La biblioteca de Babel” que no lo entendí pero me fascinó su escritura, era algo diferente a lo que venía leyendo. Me fascinaban las imágenes, lo que se contaba, tengo presente cerrar el libro y tener la sensación de que estaba ante otra literatura.
Lo bueno fue que mi abuela a esa edad se dio cuenta de que me gustaba leer y me inscribió en la biblioteca popular del barrio. A partir de ahí se abrió un paraíso; entrar y que las bibliotecarias me orientaran fue maravilloso.
—Mencionabas tu pulsión por la narrativa, sin embargo también leés poesía.
—Creo que no se puede escribir narrativa sin leer poesía.  Todavía no se me da por la poesía pero como lectora me gusta. Mi primer acercamiento a la escritura fue la poesía, me dieron un poema en la escuela y recuerdo que volví a casa maravillada, asombrada.
A través de la poesía me di cuenta de que las palabras, además de servir para decir cosas, tienen música. Esa fue una de las primeras pulsiones hacia la escritura: probar la música de las palabras.
En la adolescencia ya hubo poesía más importante, Alejandra Pizarnik es una poeta que me marcó en mi generación y que fue tan mal leída en su momento, por suerte ahora se la vuelve a leer. Después César Vallejos y Fernando Pessoa son los poetas que me marcaron mucho.
En la lectura trato de leer todo. Si bien es cierto que al escribir narrativa tiendo a buscar en torno a esas formas, siempre estoy leyendo poesía. Otras poetas que sigo y leo mucho son Beatriz Vignoli, Diana Bellesi y María Negroni, poetas que leo y releo porque siempre encuentro cosas ahí.
También podría mencionar a Juan L. Ortiz. El también está presente, lo leí en la facultad y desde entonces me impactó mucho. Es el poeta del litoral, con sus imágenes y con esa cosa tan fuerte del paisaje. Tiene además textos que llaman al narrador por esa cosas poéticas de la naturaleza. 
—Uno de los motivos de tu visita a Caá Catí es la presentación del libro “El amor es una catástrofe natural” y se lee en la difusión esta cuestión de si el odio es más fuerte que el amor. ¿Cómo surgió este libro?
—En la contratapa va esta pregunta: ¿el odio es más fuerte que el amor? Es una pregunta que está tomada de un cuento donde una chica espía a su vecina. La empieza a espiar porque le parece una mujer rara, interesante, no entiende qué le pasa a la vecina. Además, la vecina recibe mucha correspondencia, entonces un día roba una carta de la vecina para ver por qué recibía tantas cartas. Cuando abre la carta se da cuenta de que era una carta de alguien que la odiaba, era una carta de odio.
Entonces empieza a lucubrar como puede ser el odio más fuerte que el amor que produce que alguien se gaste en escribir cartas de odio, esa pregunta está sacada de este cuento un poco fuerte - determinante- pero tiene sentido del humor.
El libro tiene 13 cuentos, tres están basados en noticias, este no. Este está basado en una experiencia real pero a la vez es una experiencia de segunda mano. Surgió de observar a una vecina rara cuando vivía en Estados Unidos. Esta es la parte hermosa de la literatura, cuando tomás un dato cualquiera y después podés dar el salto al vacío. Esto es literatura pura.
—Este año la Feria del Libro de Caá Catí tiene toda su mirada puesta en la crónica. ¿Podrías mencionar dos tips que te permiten diferenciar una buena crónica?
—Claro, la primera cosa es el uso del lenguaje: ningún escritor o ninguna escritora que se precie de tal puede salirse con la suya sin trabajar el lenguaje. En ese sentido es la materia número uno que tenés que dominar, entonces esta idea de que el lenguaje es transparente y que tenés que escribir como la gente habla no la comparto. Los buenos cronistas son conscientes del trabajo del lenguaje y trabajan el lenguaje, no dan por sentado la lengua, creo que ahí hay algo que define una buena crónica. 
Después el uso de la información, esta cuestión de la veracidad, sino no habría diferencia entre ficción pura y crónica. Lo fáctico tiene que estar presente. La investigación tiene que estar pero no tiene que ser una sobrecarga en el texto. Tiene que haber un equilibrio porque hay que dosificar la información.
El escritor tiene que saber hacer esa dosificación. La crónica tiene que tener intriga, tiene que tener inteligencia narrativa. La inteligencia narrativa es cómo vos armás la intriga en el texto. Generar esa intriga no es fácil de lograr pero es necesaria para una buena crónica.