La memoria de cuerpos que sobrevivieron a la dictadura militar en Corrientes 
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La memoria de cuerpos que sobrevivieron a la dictadura militar en Corrientes 

La provincia contó con nueve centros clandestinos de detención que fueron escenario de la violencia perpetrada por el terrorismo de Estado. En esta nota tres presos políticos correntinos cuentan algunas experiencias del paso por esos lugares lo que sienten hoy al volver a pasar por allí y remarcan la importancia de conservar esos espacios para enseñar a las próximas generaciones la historia de nuestro país.  
 

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Por Melisa Vega
@_melijota

Al cumplirse 43 años del golpe militar, las historias de quienes fueron víctimas del terrorismo de estado son hoy una clave para conservar la memoria y entender cómo fue sistematizado el accionar de los militares en nuestro país. Corrientes, como tantas otras provincias, fue escenario de torturas, secuestros y desaparición.  Contó con nueve centros clandestinos de detención.  Muchos de ellos hoy son usados por distintas fuerzas de seguridad como la policía, gendarmería y el ejército. 
ellitoral.com.ar conversó con tres correntinos que fueron presos políticos durante  la última dictadura militar. ¿Qué recuerdan de sus pasos por los centros clandestinos de detención? ; ¿Qué sienten hoy al pasar por allí? fueron las dos preguntas que respondieron Gladys Hanke, Arturo Helman y Mario Arqueros.

Arturo Helman fue secuestrado el 24 de noviembre de 1975. Tenía apenas 18 años y estudiaba derecho. Era militante de la JUP y fue candidato por esa lista en las elecciones del centro de estudiante. Supo que todos sus compañeros de aquella agrupación fueron presos.
Helman cuenta que al primer lugar donde lo llevaron fue el Regimiento de Infantería 9, allí estuvo con los ojos vendados dos o tres días. Luego fue trasladado a la “alcaidía” que hoy es la Jefatura de Policías de Corrientes, lugar donde estuvo seis meses detenido. 
“Cuando llegué me di cuenta que era un lugar muy grande. Me vendaron los ojos y estuve en las escalinatas parado cerca de  3 horas y con las manos esposadas. Trataba de ver debajo de la venda. Luego me subieron al segundo piso a la derecha. En el fondo tenían una habitación que era la sala de tortura. Ahí nos desvestían y nos torturaban con una picana y agua”, dice. 
Recuerda que de ese suceso siempre salía mareado. Que había mucha gente, todos tirados en el suelo y con las manos vendadas. Sabe que cerca de 2000 personas pasaron por la Jefatura. A él le tocó pasar navidad y año nuevo entre vendas y torturas.
Ante la pregunta de qué siente al pasar hoy por el lugar afirma que tuvo que volver porque escribió un libro. Que si bien el edificio ya no está igual, se siente la incomodidad o más bien como una aprehensión en su interior. 
Helman sostiene que los espacios de memoria deben ser resguardados porque  “el que no aprende de la historia, está condenado a repetirla”. 

Por su parte, Gladys Hanke fue detenida en Bella Vista el 19 de septiembre de 1976 en el marco del operativo “Toba”,en el cual los militares brindaban asistencia a la sociedad pero a su vez hacían tareas de represión. Estaba embarazada de cinco meses y militaba en los barrios con la Juventud Peronista. 
El primer lugar donde la llevaron fue en la comisaría local y luego la trasladaron al Regimiento de Infantería 9. Allí estuvo durante 15 días en el galpón con los ojos vendados y sin tener contacto con otros detenidos. Sólo oía voces y así lograba reconocer a algunos compañeros. 
Como mujer debió atravesar junto a otras, experiencias incómodas y violentas que funcionaban también con un sentido correctivo. Debían soportar que los militares las espiaran mientras ellas se bañaban o que las presionaran a tener sexo.  Las violaciones no fueron una excepción en esos tiempos.

“Me acuerdo que una vez un militar me insinúo a tener relaciones sexuales. Le dije que estaba embarazada y me decía que así era mejor porque sería de menos problema”, relata mientras se ríe sorprendida de lo que debió vivir.

Estuvo una semana en la Policía Federal totalmente aislada. Le daban una comida por día. Las campanadas de la Iglesia la Merced le hacían ubicarse en tiempo y espacio. En su soledad pensaba que quizás la matarían del hambre.  “A veces guardaba un poco de la polenta que me daban para comerla después pero se me llenaba de hormigas”, afirma. 
Dice que si no fuera por la presencia de su madre, que se instaló en el lugar, quizás esa muerte ocurriría. Luego de esa semana la llevaron al Pelletier, la cárcel de mujeres.
El 21 de enero, entre un gran operativo, tuvo a su hijo en el hospital. Estuvo con él hasta el 14 de septiembre de 1977 porque la trasladaron al penal de Devoto, Buenos Aires donde estuvo hasta unos días antes a la navidad.  El niño quedó a cargo de su abuela.
“Salí con libertad vigilada. Éramos cuatro de Corrientes y nos llevaron al aeropuerto entre amenazas y golpes. Yo tenía miedo porque no sabía si nos iban a tirar al río o qué harían con nosotros”, explica. 
De allí fue a parar a Santa Fe donde el propio General Galtieri las despidió. “Con un whisky en la manos nos dijo que nos portaramos bien, que seamos buenas madres y esposas. Era todo muy tragicómico”, asegura. 
Viajó hasta Resistencia donde pidió ayuda económica al Arzobispado para poder llegar a su casa. Le dieron 50 pesos y con eso volvió a Bella Vista con su familia que entre tanta desesperanza la esperaba para festejar la navidad. 
Si hoy vuelve a pasar por los lugares donde estuvo, piensa en la importancia de que se recuerden esos sitios para siempre. Siente que lo que vivieron pasó ayer. Que la sensación de ese sufrimiento no se borra. Comenta que aprendió la necesidad de hacer terapia para ir superando ciertos traumas. Hoy sigue militando los derechos humanos para recuperar la memoria.

Mario Arqueros fue otro correntino víctima del terrorismo de Estado. Lo secuestraron el 17 de noviembre de 1976. Estuvo como desaparecido nueve días en el Regimiento de Infantería 9. 
Si tiene que pensar en algo que recuerde de esos días piensa en los ruidos, en los silencios, en espiar debajo de las vendas y en los perfumes. 
“Cuando estas vendado se agudiza todos los sentidos, sobre todo el olfato y el oído. Entonces nos dábamos cuenta cuando entraba gente de inteligencia, porque se producía un silencio y se sentía  el perfume de ellos. Eso nos ponía muy tensos”, cuenta.

De su estadía en el RI9 recuerda una anécdota con el “Pollo” Miño, otro preso político correntino. 
“Me acuerdo que estábamos sentados en un banco. Estábamos vendados y no sabíamos que estábamos uno al lado del otro. Escuchábamos como los militares hablaban de armar un equipo de fútbol. Hasta que uno se acerca y le pregunta a él si era arquero, y él le responde que no pero que atajaba más o menos. Pero en realidad se referían a mi”, recuerda entre risas y dice “eran tantas las ganas de irse que tenía que entendió cualquier cosa”. 
El 26 de noviem/bre, nueve días después de estar como desaparecido lo llevaron a la Jefatura de Policía donde permaneció hasta mediados de febrero del ‘77. Su próximo destino fue la Unidad Penal 7 de Resistencia donde siguió detenido hasta abril del 1979 hasta que fue trasladado a  la La Plata.

En Junio de 1979 Arqueros recuperó su libertad pero a los diez días vuelve a caer detenido por orden del Jefe de la Brigada y regresa a La Plata. Recién en el ‘83, luego de pasar por varios lugares, es liberado en Resistencia. 

Arqueros dice no tener mayores traumas si vuelve a pasar por los lugares donde estuvo detenido. Pero sí cree, al igual que los otros dos entrevistados, que deben ser espacios reservados para conservar la memoria y contar a otras generaciones lo que se pasó en esos lugares. 

Por la Memoria, Verdad y Justicia.

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La memoria de cuerpos que sobrevivieron a la dictadura militar en Corrientes 

La provincia contó con nueve centros clandestinos de detención que fueron escenario de la violencia perpetrada por el terrorismo de Estado. En esta nota tres presos políticos correntinos cuentan algunas experiencias del paso por esos lugares lo que sienten hoy al volver a pasar por allí y remarcan la importancia de conservar esos espacios para enseñar a las próximas generaciones la historia de nuestro país.  
 

Por Melisa Vega
@_melijota

Al cumplirse 43 años del golpe militar, las historias de quienes fueron víctimas del terrorismo de estado son hoy una clave para conservar la memoria y entender cómo fue sistematizado el accionar de los militares en nuestro país. Corrientes, como tantas otras provincias, fue escenario de torturas, secuestros y desaparición.  Contó con nueve centros clandestinos de detención.  Muchos de ellos hoy son usados por distintas fuerzas de seguridad como la policía, gendarmería y el ejército. 
ellitoral.com.ar conversó con tres correntinos que fueron presos políticos durante  la última dictadura militar. ¿Qué recuerdan de sus pasos por los centros clandestinos de detención? ; ¿Qué sienten hoy al pasar por allí? fueron las dos preguntas que respondieron Gladys Hanke, Arturo Helman y Mario Arqueros.

Arturo Helman fue secuestrado el 24 de noviembre de 1975. Tenía apenas 18 años y estudiaba derecho. Era militante de la JUP y fue candidato por esa lista en las elecciones del centro de estudiante. Supo que todos sus compañeros de aquella agrupación fueron presos.
Helman cuenta que al primer lugar donde lo llevaron fue el Regimiento de Infantería 9, allí estuvo con los ojos vendados dos o tres días. Luego fue trasladado a la “alcaidía” que hoy es la Jefatura de Policías de Corrientes, lugar donde estuvo seis meses detenido. 
“Cuando llegué me di cuenta que era un lugar muy grande. Me vendaron los ojos y estuve en las escalinatas parado cerca de  3 horas y con las manos esposadas. Trataba de ver debajo de la venda. Luego me subieron al segundo piso a la derecha. En el fondo tenían una habitación que era la sala de tortura. Ahí nos desvestían y nos torturaban con una picana y agua”, dice. 
Recuerda que de ese suceso siempre salía mareado. Que había mucha gente, todos tirados en el suelo y con las manos vendadas. Sabe que cerca de 2000 personas pasaron por la Jefatura. A él le tocó pasar navidad y año nuevo entre vendas y torturas.
Ante la pregunta de qué siente al pasar hoy por el lugar afirma que tuvo que volver porque escribió un libro. Que si bien el edificio ya no está igual, se siente la incomodidad o más bien como una aprehensión en su interior. 
Helman sostiene que los espacios de memoria deben ser resguardados porque  “el que no aprende de la historia, está condenado a repetirla”. 

Por su parte, Gladys Hanke fue detenida en Bella Vista el 19 de septiembre de 1976 en el marco del operativo “Toba”,en el cual los militares brindaban asistencia a la sociedad pero a su vez hacían tareas de represión. Estaba embarazada de cinco meses y militaba en los barrios con la Juventud Peronista. 
El primer lugar donde la llevaron fue en la comisaría local y luego la trasladaron al Regimiento de Infantería 9. Allí estuvo durante 15 días en el galpón con los ojos vendados y sin tener contacto con otros detenidos. Sólo oía voces y así lograba reconocer a algunos compañeros. 
Como mujer debió atravesar junto a otras, experiencias incómodas y violentas que funcionaban también con un sentido correctivo. Debían soportar que los militares las espiaran mientras ellas se bañaban o que las presionaran a tener sexo.  Las violaciones no fueron una excepción en esos tiempos.

“Me acuerdo que una vez un militar me insinúo a tener relaciones sexuales. Le dije que estaba embarazada y me decía que así era mejor porque sería de menos problema”, relata mientras se ríe sorprendida de lo que debió vivir.

Estuvo una semana en la Policía Federal totalmente aislada. Le daban una comida por día. Las campanadas de la Iglesia la Merced le hacían ubicarse en tiempo y espacio. En su soledad pensaba que quizás la matarían del hambre.  “A veces guardaba un poco de la polenta que me daban para comerla después pero se me llenaba de hormigas”, afirma. 
Dice que si no fuera por la presencia de su madre, que se instaló en el lugar, quizás esa muerte ocurriría. Luego de esa semana la llevaron al Pelletier, la cárcel de mujeres.
El 21 de enero, entre un gran operativo, tuvo a su hijo en el hospital. Estuvo con él hasta el 14 de septiembre de 1977 porque la trasladaron al penal de Devoto, Buenos Aires donde estuvo hasta unos días antes a la navidad.  El niño quedó a cargo de su abuela.
“Salí con libertad vigilada. Éramos cuatro de Corrientes y nos llevaron al aeropuerto entre amenazas y golpes. Yo tenía miedo porque no sabía si nos iban a tirar al río o qué harían con nosotros”, explica. 
De allí fue a parar a Santa Fe donde el propio General Galtieri las despidió. “Con un whisky en la manos nos dijo que nos portaramos bien, que seamos buenas madres y esposas. Era todo muy tragicómico”, asegura. 
Viajó hasta Resistencia donde pidió ayuda económica al Arzobispado para poder llegar a su casa. Le dieron 50 pesos y con eso volvió a Bella Vista con su familia que entre tanta desesperanza la esperaba para festejar la navidad. 
Si hoy vuelve a pasar por los lugares donde estuvo, piensa en la importancia de que se recuerden esos sitios para siempre. Siente que lo que vivieron pasó ayer. Que la sensación de ese sufrimiento no se borra. Comenta que aprendió la necesidad de hacer terapia para ir superando ciertos traumas. Hoy sigue militando los derechos humanos para recuperar la memoria.

Mario Arqueros fue otro correntino víctima del terrorismo de Estado. Lo secuestraron el 17 de noviembre de 1976. Estuvo como desaparecido nueve días en el Regimiento de Infantería 9. 
Si tiene que pensar en algo que recuerde de esos días piensa en los ruidos, en los silencios, en espiar debajo de las vendas y en los perfumes. 
“Cuando estas vendado se agudiza todos los sentidos, sobre todo el olfato y el oído. Entonces nos dábamos cuenta cuando entraba gente de inteligencia, porque se producía un silencio y se sentía  el perfume de ellos. Eso nos ponía muy tensos”, cuenta.

De su estadía en el RI9 recuerda una anécdota con el “Pollo” Miño, otro preso político correntino. 
“Me acuerdo que estábamos sentados en un banco. Estábamos vendados y no sabíamos que estábamos uno al lado del otro. Escuchábamos como los militares hablaban de armar un equipo de fútbol. Hasta que uno se acerca y le pregunta a él si era arquero, y él le responde que no pero que atajaba más o menos. Pero en realidad se referían a mi”, recuerda entre risas y dice “eran tantas las ganas de irse que tenía que entendió cualquier cosa”. 
El 26 de noviem/bre, nueve días después de estar como desaparecido lo llevaron a la Jefatura de Policía donde permaneció hasta mediados de febrero del ‘77. Su próximo destino fue la Unidad Penal 7 de Resistencia donde siguió detenido hasta abril del 1979 hasta que fue trasladado a  la La Plata.

En Junio de 1979 Arqueros recuperó su libertad pero a los diez días vuelve a caer detenido por orden del Jefe de la Brigada y regresa a La Plata. Recién en el ‘83, luego de pasar por varios lugares, es liberado en Resistencia. 

Arqueros dice no tener mayores traumas si vuelve a pasar por los lugares donde estuvo detenido. Pero sí cree, al igual que los otros dos entrevistados, que deben ser espacios reservados para conservar la memoria y contar a otras generaciones lo que se pasó en esos lugares. 

Por la Memoria, Verdad y Justicia.