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La disminución de las clases medias

La economía mundial está atravesando por una situación compleja cuya manifestación más evidente es una desaceleración en el crecimiento. La  Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (Ocde) confirmó en un informe que el PIB europeo crecerá este año en torno al 1%, un avance muy escaso que augura, entre otros daños, una creación menor de empleo. La desaceleración económica, esto es un hecho, está provocando una cierta inquietud en países como Alemania, Francia y Holanda, que ya han puesto en marcha planes para incentivar la economía. Los sospechosos de causar esta desaceleración son los habituales: la conmoción del Brexit y la guerra comercial que, como suele suceder, perjudica mucho más a terceros países que a los Gobiernos que la iniciaron.
La gran prueba de la preocupación europea por la desaceleración la proporcionó el Banco Central Europeo (BCE). Mario Draghi anunció su intención de inyectar más liquidez en el sistema y aplazar la prevista subida de tipos. La posición del BCE forma parte de la complejidad del momento económico, porque debido al frenazo económico de la eurozona tiene que modificar su calendario para retornar a la ortodoxia monetaria.
Pero no es sólo la eurozona la que vive momentos de inquietud. Las drásticas y selectivas barreras comerciales que se están imponiendo en los intercambios internacionales han reducido las perspectivas de crecimiento chino. Menos consumo interno y una caída de las inversiones han obligado al Gobierno de Pekín a introducir cambios significativos en su política económica, que van desde una rebaja fiscal para las manufacturas hasta un aumento del crédito para la industria estatal. 
A todo esto y lo más preocupante es un reciente informe de la Ocde (Bajo presión, la clase media exprimida): corroboró lo que ya venía observándose por otros estudios, la disminución de las clases medias en todos los países ricos. Por tal se entienden aquellos cuyos ingresos medios están entre el 75% y el 200% de la renta nacional. Sigue siendo el grueso de la población, pero su número se estrecha, y -este es quizá el aspecto más preocupante- no se aprecian indicios de un movimiento en dirección contraria. Es más, sus salarios permanecen casi iguales desde hace varias décadas, con el agravante de que deben hacer frente a un considerable aumento en los costes de vivienda y educación. El sector de salarios más altos, por el contrario, no ha dejado de crecer, creándose así una asimetría creciente entre los ricos, la clase media, y un cada vez más amplio sector que está por debajo del 50% de los ingresos medios, el grupo de los “pobres”.
En uno de los países más afectados por esta tendencia, los Estados Unidos, el sector de clase media no supera ya el 50% de la población, y tiene los grupos de ricos y de pobres más extensos de la Ocde. Algo parecido ocurre en España, con un porcentaje de ricos similar al del Reino Unido, pero con el también más amplio grupo de pobres entre los países de nuestro entorno. 
Y, lo que es preocupante, los datos sobre España se parecen ya más a los de Estados Unidos que a los de otros países vecinos como Francia, Holanda, Alemania e incluso Italia.
Los datos recogidos en el informe de la Ocde abonarían la conexión que viene estableciéndose entre la frustración de expectativas vitales y la percepción de injusticia social y el reverdecimiento del populismo. Puede que no sea la única variable, pero no cabe duda de que hay una correlación directa entre desestabilización democrática y malestar económico. 
Hasta el punto de que, si persisten las desigualdades, podrían producirse estallidos sociales.

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La disminución de las clases medias

La economía mundial está atravesando por una situación compleja cuya manifestación más evidente es una desaceleración en el crecimiento. La  Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (Ocde) confirmó en un informe que el PIB europeo crecerá este año en torno al 1%, un avance muy escaso que augura, entre otros daños, una creación menor de empleo. La desaceleración económica, esto es un hecho, está provocando una cierta inquietud en países como Alemania, Francia y Holanda, que ya han puesto en marcha planes para incentivar la economía. Los sospechosos de causar esta desaceleración son los habituales: la conmoción del Brexit y la guerra comercial que, como suele suceder, perjudica mucho más a terceros países que a los Gobiernos que la iniciaron.
La gran prueba de la preocupación europea por la desaceleración la proporcionó el Banco Central Europeo (BCE). Mario Draghi anunció su intención de inyectar más liquidez en el sistema y aplazar la prevista subida de tipos. La posición del BCE forma parte de la complejidad del momento económico, porque debido al frenazo económico de la eurozona tiene que modificar su calendario para retornar a la ortodoxia monetaria.
Pero no es sólo la eurozona la que vive momentos de inquietud. Las drásticas y selectivas barreras comerciales que se están imponiendo en los intercambios internacionales han reducido las perspectivas de crecimiento chino. Menos consumo interno y una caída de las inversiones han obligado al Gobierno de Pekín a introducir cambios significativos en su política económica, que van desde una rebaja fiscal para las manufacturas hasta un aumento del crédito para la industria estatal. 
A todo esto y lo más preocupante es un reciente informe de la Ocde (Bajo presión, la clase media exprimida): corroboró lo que ya venía observándose por otros estudios, la disminución de las clases medias en todos los países ricos. Por tal se entienden aquellos cuyos ingresos medios están entre el 75% y el 200% de la renta nacional. Sigue siendo el grueso de la población, pero su número se estrecha, y -este es quizá el aspecto más preocupante- no se aprecian indicios de un movimiento en dirección contraria. Es más, sus salarios permanecen casi iguales desde hace varias décadas, con el agravante de que deben hacer frente a un considerable aumento en los costes de vivienda y educación. El sector de salarios más altos, por el contrario, no ha dejado de crecer, creándose así una asimetría creciente entre los ricos, la clase media, y un cada vez más amplio sector que está por debajo del 50% de los ingresos medios, el grupo de los “pobres”.
En uno de los países más afectados por esta tendencia, los Estados Unidos, el sector de clase media no supera ya el 50% de la población, y tiene los grupos de ricos y de pobres más extensos de la Ocde. Algo parecido ocurre en España, con un porcentaje de ricos similar al del Reino Unido, pero con el también más amplio grupo de pobres entre los países de nuestro entorno. 
Y, lo que es preocupante, los datos sobre España se parecen ya más a los de Estados Unidos que a los de otros países vecinos como Francia, Holanda, Alemania e incluso Italia.
Los datos recogidos en el informe de la Ocde abonarían la conexión que viene estableciéndose entre la frustración de expectativas vitales y la percepción de injusticia social y el reverdecimiento del populismo. Puede que no sea la única variable, pero no cabe duda de que hay una correlación directa entre desestabilización democrática y malestar económico. 
Hasta el punto de que, si persisten las desigualdades, podrían producirse estallidos sociales.