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/Ellitoral.com.ar/ Opinión

Heráclito lo dijo: somos el cambio

Por Emilio Zola

Especial

Para El Litoral

El devenir es lo dinámico, el cambio constante, el que ayer fuimos y no volveremos a ser. ¿Cómo existir en ese medio tan volátil? La respuesta parece simple, pero es compleja: adaptándonos a las circunstancias para sacar provecho de ellas en la medida del propio talento, porque si hay algo cierto en esta dimensión de la vida es que nadie es bueno para todo, pero todos somos buenos para algo.

Luego de la reflexión de apertura, este informe llega para abordar tangencialmente el drama de la pobreza y la amenorrea política de una oferta electoral tan estimulante como una camionada de clonazepam, para desembocar en las oportunidades que emergen de la era digital que ya es considerada como la cuarta revolución industrial.

Una pequeña de tres meses muere de hambre a pocos metros de la Casa Rosada. Sus padres son víctimas de un sistema que agoniza mientras nace otro en el que se pueden observar claros indicios de que hay una vida mejor a la vuelta de la esquina, sin necesidad de que nadie deba ser tocado por una varita mágica del destino.

El cuerpito desnutrido de la beba homeless, así como sus padres condenados al dolor eterno de sentirse responsables por ese futuro que no pudieron darle, son la prueba del fracaso de un modelo de administración que avanza hacia su propio epílogo. Es un estilo de vida que comienza a esfumarse a medida que surgen mentes creativas capaces de vender ideas sin necesidad de un capital inicial como el que antes se requería para crear una empresa.

Jóvenes que ven el mundo como una aldea global, que no persiguen la casa propia como el epicentro de la realización personal, capaces de cultivar lazos afectivos en condiciones de trashumancia, de articular sus economías conforme los ingresos que pueden provenir de un centenar de consumidores dispuestos a pagar por una historia en la que se mezclen realidad y fantasía, de la cual emanen algoríticamente las soluciones distributivas que ni el comunismo ni el capitalismo han podido proporcionar en 200 años de historia.

¿Quieren un ejemplo? José Calero, un periodista español que nunca logró ser contratado por los grandes diarios ibéricos para escribir en las contratapas (como era su sueño en tiempos de universidad), a sus 45 años comunica a miles de personas sus disquisiciones sobre la realidad mundial en Youtube. Ha monetizado su canal y percibe ingresos suficientes para llevar una vida cómoda, pero observa y advierte: “Youtube ha dejado de ser lo que era. Hoy el video corto de Tik Tok y otras plataformas se impone; aquí sólo quedamos los que pertenecemos a una generación anterior, atados a 15 minutos de videos largos para obtener conclusiones con las que quizás no estemos de acuerdo. Tenemos que estar listos para el cambio. Porque lo único que no cambia es el cambio”.

La conclusión de Calero, cuyo afán de ser un comunicador de masas se plasmó no porque las editoriales consagradas de los años 90 lo contrataran, sino gracias a las tecnologías digitales, se inscribe en la capacidad de adaptación de las especies, una teoría darwiniana que se ha visto dramáticamente actualizada con la tragedia del Covid-19, entendida como síntesis de un constante proceso de selección natural en el que solamente sobreviven los más aptos.

Es que siempre fue así. En la revolución industrial del siglo XVIII, con la irrupción de los motores a vapor y la desaparición de los oficios artesanales. Luego con la llegada de la electrificación a los hogares y las industrias, que a mediados del siglo XX produjo ese artefacto revolucionario llamado lavarropas, auténtico emancipador de la mujer ama de casa. Y posteriormente con el advenimiento de la informática en reemplazo de las Olivetti Lexicon, últimas mohicanas de una generación analógica que arrasó con gigantes como Kodak.

Hoy la pobreza del 40 por ciento en una Argentina cada vez más desigual obliga a buscar vías de escape. Ese viejo refrán sarcástico de que “el país tiene salida y se llama Ezeiza” se podría reciclar con un sentido positivo, pues la salida es el conocimiento. Y no se trata de convertirse en una saeta de la programación, sino de operar una notebook y una cámara web con la pericia que podría adquirir cualquier chico de los beneficiados con las computadoras que entrega el programa provincial “Incluir Futuro”.

Está visto que las distintas recetas de un ejercicio tradicionalista y anquilosado de la política no funcionaron. O por lo menos no para la mayoría. Hay una minoría que vive con comodidad en los entresijos de un aparato estatal que sigue dando leche a pesar de la sequía, pero cada vez menos. Ya no cuaja eso de que el hijo de un empleado de carrera en Vialidad (por citar un organismo cualquiera) está predestinado a heredar el lugar del padre. Y si así lo hiciere, lo más probable es que termine ganando menos que su progenitor, en una habitación adicional construida en el fondo del mismo terreno familiar.

Los sistemas previsionales quebrados por una ecuación trastocada por la biología, con personas de 70 años en plenitud mental y aptas para cumplir con las mismas tareas (digitales) que un joven de 20, encarnan el testimonio viviente de que el Estado constitucional que supieron construir los padres de la separación tripartita del poder no alcanza para satisfacer necesidades esenciales. Puede regular, generar condiciones, propender a la inclusión de los sectores más vulnerables, pero no da abasto para resolverlo todo.

¿Se jubilarán nuestros hijos? Es probable que muchos de ellos no, aunque las caja previsionales existan y las administraciones de lo público ofrezcan ese presunto premio del retiro interpretado como el tiempo de disfrutar en reposo, a la espera del ocaso. Para las nuevas generaciones, dúctiles en generación de contenidos, interacción remota y emprendedurismo start up, puede que el convertirse en pensionado sea un pésimo negocio no solamente porque descenderán en calidad de vida sino porque dejar de hacer es, en cierto modo, dejar de vivir.

El techo propio, el sindicato, la obra social, la hipoteca a 50 años, son instituciones sagradas de una economía que no resiste el nuevo paradigma de una revolución naciente en la que los trabajos son temporarios y en algunos casos de alta rentabilidad.

La peor cara del nuevo sistema es la esclavitud posmoderna del pibe que se juega la vida en una moto para ganar la comisión que paga Rappi, pero hay otros ejemplos como los dados por el economista Claudio Zuchovicki: hoy para vender millones de metros cuadrados no hace falta tener ni siquiera un local propio (caso Airbnb), y para vender millones de viajes en taxi no hace falta tener un auto propio (caso Uber).

La era de la inteligencia artificial ha llegado y propone la diversificación infinita, la opción de encontrarlo todo a gusto y paladar, a un click de distancia. Y si hay quien compre, necesariamente deberá haber quien venda. Allí se resumirá el nuevo equilibrio de una sociedad transformada al punto de que un streamer sin la chapa de las grandes corporaciones multimediales logre las principales primicias sobre la vida de Leonel Messi (aplausos para Ibai Llanos).

En la antigua Grecia Heráclito de Éfeso propuso una teoría que contradijo el orden preestablecido de las cosas, como predicaba Pitágoras. También contrapuso su argumento a la idea de Parménides, filósofo que abonaba la existencia de ser originario absoluto, tan grande y conciso como grande pudo haber sido pensado el universo en aquellos años. De ese bloque estático e incorruptible, surgían los demás seres.

Dijo Heráclito: el origen de nuestra existencia es el devenir. Somos el cambio y fluimos a medida que transcurrimos en el tiempo. No somos la permanencia, sino la dinámica de los procesos que modifican la realidad a cada instante. “No podemos bañarnos dos veces en el mismo río”, insistía para sostener sus convicciones que, increíblemente, cobran una vigencia sobrecogedora en esta instancia crucial de un Estado que pierde atributos patriarcales a medida que el ser humano adquiere una autonomía inesperada. De lo que cada uno haga con ella dependerá todo.

 

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