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/Ellitoral.com.ar/ Opinión

Cara y contracara del parón

Temo que el paro del jueves pasado, en nada cambia las cosas. Un gremialismo desacreditado, que gasta sus escasas balas de plata. Un gobierno que necesita de resultados para sostener su buena imagen. Lo bueno sería que ambos sectores bajen sus defensas y pueda haber una mesa de negociación, porque la carestía golpea duro la mesa de los argentinos.

¿Saben cómo se dice faraón en hebreo? Les cuento... PARO. A buen entendedor pocas palabras bastan...”

Presidente Javier Milei, en su cuenta de X

 

Que la Argentina sigue dividida por una grieta remozada, no es novedad para nadie. Una grieta que deja en lugares distintos no sólo a insignias políticas tradicionalmente opuestas, sino además, de un lado al sector corporativo de la sociedad, en especial los gremios, y del otro a la sociedad no organizada.

Ése sector corporativo, integrado por organizaciones gremiales peronistas e izquierdistas y conjuntos piqueteros, están sustentados fundamentalmente en el gobierno que se fue, y sin dudas que la estrategia de confrontación parte de ese costado político, a pesar de que tiene también -es imposible desconocer- elementos de reivindicación legítimos.

Ésa cara del paro general del jueves pasado, es una cara conocida, hasta diría casi una “cara de piedra”, encabezada por los mismos actores de siempre, que no supieron hacerle un solo paro -ni uno sólo- a uno de los peores gobiernos de la historia argentina, el de Alberto Fernández. Pero a esta melodía ya la escuchamos lo suficiente.

De un lado los gobiernos no peronistas que en 12 años de gestión sufrieron 28 paros (el 64%), un promedio de 7 paros generales por gobierno. Del otro los gobiernos peronistas, que en 28 años de mandato tuvieron 16 paros (36%), un promedio de 2 por administración.

Estos datos nos muestran una de las caras de la moneda del paro general del jueves pasado. Un paro político, como todos los paros generales, porque con la medida sindical se enfrenta una política del gobierno.

Sin embargo, hay que agregar un condimento importante a la movida sindical. Detrás de los popes de la CGT, sin dudas que están los políticos ya fracasados, que todavía no pasaron tiempo suficiente en el purgatorio que les permita dar la cara: los Cristina, los Massa, los Alberto. Por suerte para ellos, tienen quiénes los representen en la resistencia, mientras pasa el tiempo y las culpas se van lavando.

Ésa siempre fue la cara oscura del sindicalismo argentino, esa mezcla de representación de los trabajadores formales, con una suerte de representación política peronista en ausencia de los verdaderos políticos, parapetados detrás de las protestas.

Entonces, ¿cómo legitimar ante la sociedad una protesta en reclamo de salarios y otras yerbas, cuando repugna hasta al observador más objetivo su estruendoso silencio durante el gobierno de Alberto Fernández?

Debemos preguntarnos ¿cuáles son los puntos de contacto entre el gobierno anterior y los representantes gremiales, para que éstos no tuvieran nada que decir contra el peor gobierno de la historia nacional? Seguramente, y esto es apenas una intuición, no sólo intervinieron intereses políticos.

Ésa es la cara oscura de la moneda, ésa cara que deslegitima cualquier reivindicación por más justa que fuere, que las hay.

Es en este punto dónde podemos encontrar parte de la explicación de la imagen presidencial que se sostiene en un alto porcentaje ante la ciudadanía: el rechazo a los dirigentes anteriores y a sus prácticas. No volver atrás. Punto.

Pero, para ser un analista con pretensiones de imparcialidad, obviamente no debemos olvidar las condiciones objetivas de la vida ciudadana por estos tiempos. Duras, durísimas, y con menguadas chances de mejorar en el corto plazo. Es la contracara del paro cegetista.

Los libertarios ganaron las elecciones presidenciales, en rigor las ganó Milei y su actitud disruptiva, con la consigna principal de hacer un ajuste feroz contra “la casta”, es decir contra los gastos que genera la clase política tradicional.

Si nos salimos, aunque sea un poco, del sesgo que cada uno trae consigo, veremos que “la casta” está contenta, porque muy poco ligó del ajuste prometido.

En rigor, el superávit del primer trimestre del año descansa en dibujos financieros y principalmente en la licuación de las jubilaciones, que representan más del 35% del gasto del estado. Todo está más que claro, ya que si se ajustan partidas que poca incidencia tienen en el gasto total, representarán monedas en el resultado final. No así, si se ajusta en las grandes partidas, dónde los jubilados la encabezan. Y eso se hizo.

Asimismo, Se paró en contra de la reforma laboral, una de las mejores medidas del gobierno libertario, tendiente a bajar la presión de normas excesivamente protectorias que atentan contra la creación del trabajo formal, modificación ya muy disminuida en la negociación (por ejemplo, los sindicatos se garantizaron que no se mengüen sus ingresos por aportes patronales y de sus trabajadores).

En este punto, la CGT, en la que confluyen los gremios de trabajadores formales, se desentiende de los millones y millones de conciudadanos que trabajan en negro, sin ningún tipo de cobertura social.

También se paró por el ajuste y despido de trabajadores del Estado, la caída del poder de compra de los salarios y la licuación de las jubilaciones.

Un punto en particular pone de manifiesto las inconsecuencias de la política libertaria de libre mercado en todas las áreas de la economía. Los precios de los productos, por una parte, se encuentran liberados y sometidos al libre juego de la oferta y la demanda.

No así los salarios, que siempre estuvieron sometidos al acuerdo entre patrones y obreros, las llamadas paritarias. Es también el juego de la oferta (que son los trabajadores) y la demanda (que son los empresarios), los cuales, mesa de negociación mediante, deberían pactar libremente los salarios y condiciones laborales.

Pues bien, como se quiere a toda costa bajar la inflación, los salarios, entienden los partidarios del “libre mercado”, son un componente incidente en la inflación. Entonces, precios liberados pero salarios atados a un tope que establece el estado. Si a ello le sumamos la licuación de los haberes jubilatorios, con una actualización que no respeta el IPC de todos los meses, tendremos una noción de la ecuación: la libertad de mercado con un parche en uno de sus ojos.

Finalmente cabe preguntarse: ¿Y ahora qué? ¿a dónde nos deja este cuco de dos caras, el paro general de actividades como medida política y sindical? ¿A las puertas de la negociación de gremios con el gobierno? ¿a un endurecimiento de las posiciones? o al oxímoron de un empate técnico que tenga como exclusivos perdedores a los trabajadores argentinos.

Los gremios están gastando prematuramente sus balas de plata, que no le sobran. El gobierno pareciera no inmutarse ante las demostraciones gremiales y no retrocede en sus proyectos políticos.

No creemos que sea ésta una confrontación definitiva. Muy por el contrario, un gremialismo desacreditado, en paralelo con la clase política, sabe que no puede ingresar en una guerra abierta con un presidente que conserva una alta imagen positiva.

Pero el tiempo corre para todos, y si los resultados no aparecen en el mediano plazo, también el oficialismo puede sufrir una erosión que, con un alto nivel de conflictividad, puede serle fatal.

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