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Los Valdés

Domingo, 04 de octubre de 2026 a las 02:16

Por José Luis Zampa

No es la primera vez que Corrientes es administrada por una sucesión de gobernadores del mismo apellido. El linaje familiar suele echar raíces en los proyectos políticos de largo aliento cuando el sistema republicano abre sus puertas a oportunidades legítimas de continuidad que, sin estar reñidas con el principio de alternancia, admiten que el poder se transfiera de un esposo a una esposa, de un hermano a otro o de un primo a otro.

Aclaremos antes de seguir: el poder en este panegírico debe ser conceptualmente entendido como la suma de comandos estratégicos de la administración del Estado más un plus. Ese plus es la influencia muda, aquiescente pero presente y cargada de simbolismo, que un líder ejerce desde las márgenes una vez cumplido su mandato constitucional. Y el éxito de la estrategia del tándem dinástico depende, en buena medida, de la aceptación de ese nuevo rol que ha dejado de ser central pero sigue siendo determinante.

Los hermanos Gustavo y Juan Pablo Valdés han perfeccionado el sistema que les permitió a tantos traspasarse la posta gubernamental sobre la base de un ideal distorsionado de preeminencia. Esa consigna equivocada da por seguro que la supuesta figura fuerte controlará a la teórica figura débil en una relación de subordinación que siempre estalla por los aires ante la primera diferencia de criterios.  

En el caso de los ituzaingueños, se configuró un vínculo de equilibrio en el que ambos integrantes del dueto han sabido administrar sus egos. Y el resultado -por lo que se observa hasta el momento- ha fructificado bajo la forma de una administración que conserva las premisas troncales del período anterior al mismo tiempo que incorpora variantes de pragmatismo político como la que llevó al actual mandatario a viajar codo a codo con el presidente Javier Milei al “Argentina Week” de París.

Paga un costo el gobernador Juan Pablo Valdés por esa cercanía, pero en el balance de su administración los activos políticos sostienen un saldo positivo entroncado con la premisa de continuidad que el electorado correntino votó el año pasado. Y allí resulta clave la buena imagen construida por el Valdés anterior, que no por ser el ex es menos gravitante que el actual.

Hoy se observan en esa gran caja de resonancia del humor social que son las redes sociales, insistentes alusiones críticas al alineamiento con el mileismo, a la austeridad administrativa que mantiene a raya la escala salarial y, como mensaje de fondo, al truco de que un Valdés haya reemplazado a otro Valdés, pero con argumentos que se agotan en la admonición inocua, impotente en su intento de generar una ola de disconformidad con un espacio pluripartidario como es Vamos Corrientes, nave insignia de un convoy encabezado por el radicalismo en un contexto de tranquilidad social perenne. 

Tomemos nota de la perennidad del clima pacífico de una provincia que tendrá sus problemas, muchos de ellos derivados en buena medida del severo ajuste del gasto público instrumentado por el Gobierno Nacional, pero que sobrelleva las complicaciones de la coyuntura con una conducta de previsión financiera que desciende directamente del Ministerio de Hacienda para asegurar pilares sagrados como el cronograma de sueldos y la sana costumbre de precaverse con un colchón anticíclico frente a los vientos cruzados que podrían arreciar en el año electoral.

¿Por qué no prende al fuego crítico de la mecha opositora? No porque no existan antagonistas (que los hay y muy activos en posteos de toda laya) sino porque los emisores orbitan en una frecuencia divorciada de la percepción social según la cual el ex gobernador satisfizo expectativas lógicas de la población: la educación funcionó, la seguridad se mantuvo en estándares promedio, la inversión privada creció, el empleo genuino se incrementó y la salud se cuidó en pandemia con el providencial Hospital de Campaña, la obra seguramente más valorada de la gestión Gustavo.

En esas condiciones el primer Valdés cumplió su ciclo de ocho años. Y vino el actual Valdés. ¿Ganador por portación de apellido? Puede ser, porque la gente quería votar a alguien que garantizara la continuidad de un estilo patentizado, entre otras fortalezas, por el acuerdismo aperturista que reconectó los canales de diálogo con sectores otrora demonizados. De pronto, Camau Espínola dejó de ser el “Pichón de Picurú” (así descalificado por el ex gobernador Ricardo Colombi) para transformarse en un facilitador de la concertación que blindó la gobernabilidad provincial.

Y la gran diferencia: Gustavo Valdés se hizo a un lado en el plano de la institucionalidad. Y si bien es cierto que lo que todos presumen acerca de los consejos y recomendaciones que parten desde su oficina legislativa, no es menos cierto lo que desde el día uno de la actual administración se dijo en los pasillos oficiales: “Juan Pablo es otra cosa”. Y tienen razón. La hegemonía del hermano alfa fantaseada (e incluso deseada) por los detractores, no fue más que una teoría quimérica.

En vez de los pronósticos del “hombre de atrás” que controlaría la botonera oficial desde el Senado, ocurrió lo que se ve: un titular del Ejecutivo con perfil propio, con un gabinete diseñado conforme su criterio personal y una relación con la política nacional diferente a la que había configurado su antecesor.

El mayor de los Valdés dejó al menor que haga lo suyo, que practique los cambios surgidos de su propia diagnosis situacional y que resuelva los conflictos de la hora con un equipo propio, en un contexto de autonomía donde el ex no invade al actual, pues las cabezas del proyecto no se acomodaron una arriba de la otra, sino en un plano de horizontalidad dividida en ámbitos de competencia. Un hermano gobierna y el otro conduce el partido. Un hermano dialoga con la Casa Rosada y el otro custodia la identidad local del espacio, que no se tiñó de violeta como en el Chaco, sino que fortaleció su marca local al punto de que, en Corrientes, decir Valdés no equivale -en modo alguno- a decir Milei.

¿Corrientes es una provincia exitosa con este esquema? Podría decirse que sí. Y no solamente por lo que cantaron las urnas hace un año, sino porque predomina la convicción colectiva de la previsibilidad económica, política y social de un distrito históricamente desfavorecido por el poder central que ahora, por citar un ejemplo, se las ingenió para negociar en bloque la tarifa energética subsidiada para zonas cálidas.

Son logros que no se dimensionan en lo inmediato, pero que suman a favor en el libro diario de la administración de un Estado provincial que supo atravesar verdaderas tormentas como consecuencia de las disputas palaciegas entre hermanos y primos de la misma sangre pero distintos objetivos personales. 

En las fallidas experiencias anteriores, los parientes peleados entre sí llegaron a fracturar el espíritu democrático del plexo normativo construido en torno de las conquistas de 1789, cuando la burguesía decapitó a la monarquía para autoadministrarse por vías representativas que derivaron, evolutivamente, hacia una democracia actual que convalida la coexistencia de dos figuras alfa siempre que respeten la recordada máxima de José Hernández “Los hermanos sean unidos porque esa es la ley primera”.

Aunque el verso telúrico es harto conocido, nunca se había aplicado con el esmero demostrado por los protagonistas de esta historia, cuyo mérito principal es haber comprendido que dos hermanos pueden compartir un proyecto de poder sin compartir, necesariamente, el mismo poder.

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