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¿Quién le escribirá la carta al coronel?

Sabado, 18 de abril de 2026 a las 22:11

El coronel es un veterano de la Guerra de los Mil Días que, en la miseria, otea en lontananza a la espera de una respuesta burocrática que se vislumbra quimérica. Una carta imposible con la noticia de que, finalmente, cada acto por él ejecutado en defensa de la soberanía ha sido reconocido por una jubilación acorde a la cuantía de su entrega.

Ese viejo militar de “El coronel no tiene quien le escriba” es una víctima del abandono institucional cometido por la administración de un país innominado. Pero, a la vez, es un personaje creado por Gabriel García Márquez como parámetro de comparación apto para ser aplicado a la actual atmósfera de orfandad en la que, por obra y gracias de un gobierno anti-Estado, orbitan sometidos laburantes empujados a la informalidad y empresarios obligados a la bancarrota.

La Argentina de hoy encaja geométricamente en la obra del Nobel colombiano, cuyo legado metaforiza la desidia con que los distintos gobiernos gerenciadores del poder económico privado destratan a los infelices que, como el coronel de Gabo, esperan sus cartas. Entre ellos, los jubilados, los despedidos, los precarizados, los universitarios, los discapacitados y hasta el dueño del supermercado bellavistense que -como tantos- terminó con su vida anteayer.

La distopía de la era Milei es así. Una Argentina exuberante de recursos mineros, hidrocarburíferos y agropecuarios que liquida millones de dólares con índices de crecimiento extraordinarios, y otra Argentina diezmada por la motosierra, con inflación creciente, pérdida del poder adquisitivo, rutas destruidas, escuelas desfinanciadas y carne de burro habilitada para la venta donde antes se vendía cuadril de novillito.

¿Por qué no se conectan ambas dimensiones de un mismo país que es el onceavo más importante del mundo a escala territorial? ¿Por qué los que amasan fortunas sin derramar una gota a las economías domésticas no tributan conforme sus ingresos, de modo que los sectores deprimidos recuperen un poco de aire? Porque Javier Milei se ciñe a los dogmas y lo dice sin que nadie se despeine: “Voy a atarme al palo del barco” para “no caer en los cantos de sirenas” que le piden expandir la economía, reactivar el circuito comercial, crear empleo, girar virtuosamente la rueda del crecimiento.

Nada de eso. El presidente está convencido de que lo mejor es dejar morir a Fate, Bahco y Sancor para que los trabajadores que quedan en la calle se reinventen a través de esquemas presuntamente más eficientes que nadie sabe cuáles son. A menos que se trate de las aplicaciones y los puestos de tortaparrilla que proliferan en las esquinas.

Para justificar su plan, se compara con Ulises, el héroe homérico que, con tal de no caer en las tentaciones de escamosas ninfas que lo llamaban desde confines marinos para apartarlo de la ruta, pidió ser amarrado al mástil de su nave para soportar, estoico, el rigor de un viaje de 20 años en busca de su amada Penélope.

Pero ni Milei es Ulises ni la Argentina es Penélope. Si así fuera, la esposa del más valiente guerrero de Troya estaría, a estas alturas, repartiendo comida ajena por Pedidos Ya. Porque ese es el destino de los desahuciados por el modelo económico de un jefe de Estado que prometió provocar emanaciones de dólares por las orejas de los argentinos.

¿Dónde acertó Milei? ¿En su cruzada contra la inflación? ¿Y si así fuera, a qué costo? Porque secar la economía para que nadie pueda comprar nada de modo que los precios bajen por depresión es pan para hoy. ¿El motivo? Después de cierto tiempo la inercia infladora de los intermediadores vuelve a su cadencia de siempre, circunscripta a los nichos sociales que todavía pueden consumir.

Específicamente, en los rubros de demanda inelástica (los productos que sí o sí deben estar presentes en el hogar) la escalada de precios persiste en los últimos 10 meses, con un índice que -mal medido- trepó al 3.4 por ciento en marzo.

Es el doble de la inflación que dejó Cristina Kirchner en 2015, pero con una diferencia: en esa época había una red de contención social para los hambreados, un programa Remediar, un programa Procrear y una idea de Estado presente que fue vulnerada por la corrupción estructural de aquella etapa, con los bolsos de López, los hoteles de Lázaro Báez y la máquina de contar dólares sin declarar en La Rosadita de Puerto Madero.

La Argentina es un país de extremos. Y del gobierno fallido de Alberto Fernández pasó a la crueldad contumaz de un presidente que pareciera disfrutar cuando despide empleados públicos al mismo tiempo que blinda al plumbio Adorni.

Pero como todo tiene un límite, las encuestas indican una caída en la imagen positiva del jefe de Estado, quien en su última aparición discursiva abrió la hipótesis de su partida temprana con la frase: “La motosierra sigue, y si no nos acompañan, no hay problema, nos volvemos a casa y regresamos a trabajar en la actividad privada”.

Mientras tanto, ese endeudador serial que es el ministro de Economía, Luis Caputo, traba acuerdos con el FMI para patear los vencimientos a cambio de nuevos empréstitos que nadie sabe si son o no constitucionales. El objetivo es que los balances cierren para cumplir con los acreedores externos aunque las familias promedio se vean obligadas a dejar el colectivo para subirse de a cuatro personas por vez en motitos de baja cilindrada.

Faltan ejercicios de equilibrio. Propuestas de centro que combinen la disciplina fiscal con la estrategia de los estadistas que no controlan la inflación trayendo toneladas de ropa china para que bajen los precios de la indumentaria nacional, sino que regulan con plasticidad, según cada momento. Esto es: abrir los grifos importadores cuando resulta conveniente para el interés público y cerrarlos cuando ocurre lo contrario, para preservar el empleo, custodiar la dinámica del mercado interno y preservar la industria nacional.

Viene a cuento la experiencia correntina, que baja al terreno con ayuda para el cottolengo de Itatí al mismo tiempo que define inversiones inéditas con una corporación transnacional que producirá fibra de pino en Ituzaingó, donde no se instala porque el ex y el actual gobernador sean simpáticos, sino porque está la hidrovía, hay un puerto, hay rutas y hay energía.

Esta administración correntina lleva el sello radical, pero es políticamente ecuménica en su genética de origen. Hay un poco de desarrollismo, un poco de yrigoyenismo, un poco de peronismo y un poco de conservadurismo pactista que ancla en premisas troncales como el principio de solidaridad y la equidad distributiva. Sobre esas bases, busca emparejar las planillas de sueldos conforme el aporte calificado de cada trabajador, cualquiera sea al Poder del Estado al que pertenezca.

Por eso el gobernador instruyó al ministro de Hacienda para que concilie con el Poder Judicial una curva de evolución salarial más acorde con la emergencia financiera reinante. Porque si de aguantar el mal momento se trata, la idea es que aguantemos todos. De esa forma, en la medida que la gestión siga el cauce que permitió recuperar fondos previsionales adeudados desde hacía añares por la Nación, los coroneles, probablemente, comiencen a recibir sus cartas.

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