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Con las botas puestas

Sabado, 04 de abril de 2026 a las 23:00

El título no es una referencia al heroísmo, sino a la temeridad de los actores de una realidad lisérgica, ostentadores de una valentía distorsionada, propia del que arremete contra todo y contra todos sin medir consecuencias. En modo kamikaze.

En la dimensión de los hermanos Milei, corren el riesgo de morir con las botas puestas aquellos que no han dimensionado el contexto, pues han sido ganados por la épica de sus dogmas, convencidos de que el éxito implica llegar a los extremos de la inanición social.

El gobierno de Javier Milei transita esa delgada línea roja. Camina sin red sobre el límite que depara dos posibilidades: una caída al foso de la autodestrucción o una salvación providencial como la que llegó el año pasado desde el imperio norteamericano, al que se alineó con devoción ciega.Esa pulsión por avanzar sin mirar a los costados, por presentar cada decisión como la comprobación de un progreso que no se respira en las calles, empieza a chocar contra una realidad que ya no se puede edulcorar con estadísticas como las del crecimiento y la baja de la pobreza.

Porque el desplome de las ventas en supermercados, la contracción en el consumo de carne y lácteos, así como la hilera de pordioseros que revisan la basura cada noche, contradicen sin cortapisas el relato oficial. Lo tornan abstracto, propio de una fantasía que solamente se hace realidad en la perspectiva de los favorecidos por el hechizo de la hermana Karina, ejecutora fáctica del poder confiado al presidente en las elecciones de 2023.

Cualquier gobierno que tenga conciencia de su propia fragilidad adoptaría acciones preventivas que calmaran el ánimo social camino a la renovación de mandato, en 2027. Pero en la psiquis de los Milei la lógica de corregir el rumbo antes de darse contra el iceberg no forma parte de sus opciones.

Ellos predican el ajuste más grande de la historia como una virtud moral. En nombre de la sacrosanta consigna del equilibrio fiscal vaciaron la universidad, desampararon a los discapacitados, hambrearon y gasearon a los jubilados, desmantelaron la educación, abandonaron las rutas nacionales hasta convertirlas en trampas mortales. A la vez, aumentaron estratosféricamente las tarifas y obligaron a los argentinos de a pie a resignar calidad alimentaria para poder pagar la luz, la nafta y el transporte.

Todo, desde que llegaron a la Casa rosada, fue para la gente un descomunal sacrificio para bajar la inflación, que bajó por un tiempo pero regresó: desde hace 10 meses el alza de precios punza las terminaciones nerviosas de las economías hogareñas y todo lo que Nación retaceó a las provincias se tradujo en una presión tributaria más potente sobre las escasas pymes productoras de bienes y servicios que todavía caminan en el desierto económico sin agua, obligadas a beber su propia orina.

Al mismo tiempo, en el cutis del relato mileista explotan granos de pus que desmaquillan el verdadero rostro de un gobierno que, burdamente, despliega un abanico de conductas de alta reprochabilidad social. Como dijo Juan Ignacio, un playero de la Shell de la ruta 12, camino a Riachuelo: “Están haciendo todo lo que venían a combatir”.

No es el único que piensa así. En los sondeos más recientes, opiniones como las de Juan Ignacio se multiplican a la enésima potencia, hasta elevar la imagen negativa del presidente al 67 por ciento, mientras que su índice de aceptación decrece hasta rondar el 30 por ciento. Números que en cualquier gobernante actuarían como disparadores de un cambio preventivo.

Con Milei no sucede a pesar de que los cadáveres se acumulan en el placard. Allí están, sin haber sido explicadas ni conjuradas por nadie, las denuncias sobre retornos en la ex ANDIS con el famoso 3% que, según los audios, eran para Karina.

Si ella misma atravesó el escarnio sin dar cuentas, es comprensible que “El Jefe” se tome fotos homologatorias de figuras compatibles con su dudoso prestigio. Y así, las opacidades de la administración violeta funcionen como el signo identitario de un estilo, más que como escándalos aislados.

También está el escándalo del falso token Libra, una burda artimaña digital cuya precariedad metodológica (la publicación del contrato de adhesión por parte del presidente en su cuenta de “X”) desnudó el circuito de retornos que los creadores de la cripto trucha habrían alimentado durante años a cambio de utilizar la imagen de Milei para promocionar sus actividades.

En paralelo, las señales de prosperidad personal del ex vocero y actual jefe de Gabinete, Manuel Adorni, perfeccionan una increíble vocación por abrazar -literalmente- las sospechas de corrupción. En especial después de que la quinta propiedad atribuida al cuestionado funcionario que se deslomó en Nueva York haya sido comprada mediante un préstamo de 200.000 dólares otorgado por dos jubiladas insolventes.

Y si a eso se suma el acceso a créditos hipotecarios de magnitudes difíciles de explicar en función de los ingresos declarados por los funcionarios beneficiados, la pregunta ya no es económica, sino política y moral. ¿Qué reglas rigen realmente? ¿Cuáles son las condiciones para acceder al bienestar prometido en un esquema que, hacia afuera, exige sacrificio y disciplina, pero hacia adentro se da la gran vida, tal y como hizo Alberto con la fiesta clandestina en Olivos?

La temeridad, queda claro, no es una virtud en el plano individual, cuando es ejercida por el imprudente que acelera a 200 en una curva cerrada. El descarnado refrán popular frente a las maniobras suicidas de los loquitos que levantan la rueda delantera de sus motos suele ser “que se mate solo”. Pero cuando el mismo patrón de conducta se verifica una y otra vez como lógica de gobierno, estamos en problemas muy serios.

Una dinámica que no corrige, que no revisa, que no retrocede para reencausar el rumbo, en general, no termina bien. Le pasó a Carlos Menem, que al quedarse sin dólares prefirió elucubrar una operatoria de créditos en divisa extranjera cuya olla a presión le estalló en las manos a Fernando De la Rúa en 2001, por atarse al mismo grillete del uno a uno.

Y le pasó al kirchnerismo cuando aplicó la receta keynesiana de inyectar dinero a la base de la pirámide social a través de la nacionalización de los fondos jubilatorios. Todo fue bien hasta que se terminó la plata y, en vez de frenar la dinámica de gastos, se decantó por la impresión de billetes sin respaldo hasta disparar la inflación.

Ninguno de ellos comprendió que el relato no alcanza para sostener aquello que la temperatura ambiente oxida, horada y desgasta. Cuando la épica se agota y el ruido de los estómagos vacíos se vuelve un monotema coral, los gobiernos que no supieron levantar el acelerador a tiempo desfallecen traumáticamente. Con las botas puestas.

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