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El eclipse del arquitecto: Europa y la crisis del Orden Internacional Liberal

Desde el siglo XV, gracias a su mayor progreso relativo en ciencia y tecnología y al reflejo de esa superioridad en el campo militar, Europa se constituyó en un centro de poder mundial insoslayable. Ese poder se proyectó hacia el resto del mundo y con ello propagó no solo sus idiomas y  el cristianismo, sino también una forma histórica específica de organización social: el Estado-nación, artefacto eminentemente europeo que colonizó el planeta. También en Europa surgieron ideas y modelos para organizar la relación entre el estado, el mercado y la sociedad. Construcciones como el capitalismo, el liberalismo, el socialismo, el comunismo y el nacionalismo son creaciones europeas que encontraron, para bien o para mal, un campo fértil para su desarrollo en diversas geografías.
Si bien el faccionalismo doméstico europeo —que se resolvió en dos guerras especialmente crueles y destructivas en el siglo XX— terminó desplazando la centralidad de la que gozaba a favor de otros polos de poder (notoriamente, en la inmediata posguerra, Estados Unidos - EUA -  y la Unión Soviética), se puede afirmar que el régimen internacional que conocemos, el llamado “sistema westfaliano”, con todas sus luces y sombras, es un “invento” europeo.
Se podría argumentar que esa calidad de fundador, o cuanto menos de inspirador, dota a Europa de una especie de derecho de propiedad intelectual sobre el sistema del que debería estar sacando provecho; aunque más no sea por el conocimiento que en esa condición tendría de sus mecanismos, bisagras, engranajes y manivelas. Sin embargo, puede pasar lo de la radio, que Tesla inventó y  Marconi patentó y comercializó.
La respuesta europea a su declive relativo después de la Segunda Guerra Mundial fue enterrar aquel faccionalismo destructivo y empeñarse en un esfuerzo de unidad. Este desarrollo fue favorecido por la protección y el apoyo de EUA, preocupado por el impulso expansionista soviético. El proyecto fue sumamente exitoso y agregó al elenco del sistema internacional un nuevo actor: la integración regional. Otro instituto europeo que haría escuela en el resto del mundo, con variados resultados.
La Europa unida bajo el paraguas de protección de Estados Unidos y la OTAN dejó de ser una potencia rectora, pero pasó a jugar un papel decisivo en un sistema internacional que tuvo como centro simbólico a la ONU:  el así llamado Orden Internacional Liberal (OIL)
En efecto, Europa se constituyó en una potencia no hegemónica pero sí reguladora y estructuradora del sistema. Su prédica y defensa del multilateralismo y del derecho internacional fueron  decisivos en la creación del anclaje institucional que, con marchas y contramarchas, apuntaló al orden de posguerra.
Además, Europa compensó su pérdida de peso geopolítico sacando el máximo provecho de su enorme cantera de “poder blando” (soft power), un concepto teorizado por un estadounidense -Joseph Nye-, pero profusamente utilizado por Europa a lo largo de su historia.
Es probable que el momento de mayor brillo de ese perfil europeo se haya alcanzado en el “momento unipolar”. Tras el colapso de la Unión Soviética, el mundo pareció encaminarse al sistema de paz perpetua al que nos invitaba Kant, y que tuvo su expresión teórica contemporánea en la fórmula del "Fin de la Historia" desarrollada por Francis Fukuyama. Todo bajo la conducción indisputada de Estados Unidos, pero con una partitura de innegables reminiscencias europeas.
Cabe aclarar que aquellas funciones las ejercía Europa no por preocupación por el bien de la humanidad, sino en defensa propia. Como potencia media dependiente para su seguridad del actor hegemónico, sus esfuerzos discursivos y su acción diplomática estaban encaminados a generar espacios de autonomía propia. El efecto, sin embargo, tenía efectos virtuosos al lubricar el funcionamiento del sistema y contribuir a generar esos espacios para otros actores con perfiles menos prominentes.( Méritos que, sin embargo, no la redimen de los múltiples pecados cometidos en el período colonial precedente que la tuvieron, en este caso sí, como potencia hegemónica).
Sin embargo, la historia tiene una dinámica que no se somete con docilidad a modelos como el de Fukuyama. Ya entrado el siglo XXI, una serie de episodios y desarrollos como el 11 de septiembre, la irrupción de China y la anexión rusa de Crimea, entre otros, provocaron ondas de perturbación que dislocaron el tablero.
A ese panorama de creciente confusión se sumó la invasión rusa a Ucrania en 2022 y, más recientemente,  la disrupción definitiva de lo poco que se preservaba del OIL: los violentos mazazos dirigidos desde Washington (y Mar-a-Lago) a partir del inicio de la Presidencia de Donald Trump.
Necesariamente, el actor que más sufre estas alteraciones en el sistema internacional es el que cumplía el rol de estructurador y proveedor del anclaje institucional, o sea, Europa.
Bruselas y  las principales capitales europeas parecieron no haber estado preparadas para estos cambios y, en todo caso, no supieron cómo procesarlos, lo que favoreció la acumulación de disfuncionalidades y la configuración de los desafíos que enfrentan en la coyuntura.
El más importante de ellos es la seguridad, dadas las amenazas y la hostilidad hacia Europa manifestadas por el Gobierno del presidente Trump. Pero también son críticos el retraso tecnológico frente a EUA. y China (en particular en áreas de vanguardia como la Inteligencia Artificial), la dependencia energética y la pérdida de competitividad en sectores industriales estratégicos, como el automotriz, frente a China.
Estos problemas y carencias se retroalimentan entre sí y su resolución reclama, junto a  altas dosis de voluntad política y liderazgos fuertes, una eficiencia en el proceso de toma de decisiones que no es el mejor atributo de la compleja maquinaria de Bruselas.
A pesar de esto, es fundamental que Europa supere esos desafíos, se recupere y reasuma al menos algunos capítulos del papel que supo jugar bajo el OIL. El sistema que finalmente se consolide a partir del fluido magma en el que el mundo está inmerso —sea este un orden bipolar,  multipolar o no hegemónico— necesitará una Europa fuerte, o con la fortaleza necesaria para constituirse en un contrapeso que opere en función de la estabilidad y la previsibilidad del sistema a partir de la restauración de un multilateralismo razonablemente institucionalizado.
Por otro lado, si lo que se ofrece como modelos desde la cúpula del poder global es, por un lado,  potencias nucleares autocráticas con economías más o menos exitosas, y por el otro, el Estados Unidos que está gestando la administración de Trump, el modelo europeo de democracia y capitalismo que no renuncia a la protección social, los derechos laborales o la sostenibilidad ambiental, merece estar en el menú .
El filósofo esloveno Slavoj Žižek sostiene que “la liberación es posible solo dentro del legado europeo”. En otras palabras o, forzando un poco – o no tan poco-, la interpretación de la "liberación" de la que habla Žižek, un nuevo orden que asegure equilibrio, estabilidad y voz para los menos poderosos solo será posible en un esquema que incorpore y de carnadura a valores, prácticas y stándares producidas por la matriz europea.
 

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