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Mi vecino Carlos

Sabado, 30 de mayo de 2026 a las 23:30

Tuve un vecino cuya conducta era de congruencia asimétrica. Vivía con su esposa y sus tres hijos en una casa tipo Fonavi de esas que no prevén espacios para cochera, razón por la cual había hecho lo que muchos para guardar el que evidentemente era su bien más preciado: un galponcito de 3 por 4 con portón metálico, edificado sobre lo que debió haber sido una plazoleta comunitaria.
En tiempos idos de machismo descarado, a ese objeto susceptible de ejecución forzosa que este buen hombre guardaba con tantos mimos le hubiera cabido el antediluviano apelativo de “tercer testículo”. Es que no era cualquier vehículo, sino una encarnación identitaria de la personalidad de su dueño, es decir, mucho más que una hermosa 4x4 Toyota Fortuner negra. Era su manera de decir: acá estoy, merezco esta camioneta de lujo porque me rompí el alma laburando.
Su preciada 4x4 era congruente en relación con la intensidad del esfuerzo laboral desplegado para adquirirla, mantenerla y -especialmente- lucirla. Pero ese estilo de vida tan congruente en el garaje clandestino, era asimétrico puertas adentro del hogar. ¿Por qué? Todo el charme que irradiaba la camioneta estaba divorciado de las condiciones en que su dueño convivía con las que (en teoría) eran las personas más importantes de su vida. Esto es, en una casa modesta que pasó décadas sin recibir un mantenimiento mínimo, con ventanas metálicas herrumbradas y un cuzco que ladraba a la luna, corroído por la sarna.
Con el correr de los años la vecindad se enteró de que este viajante de comercio tan afectuoso (con su camioneta) tenía una segunda vida en Rosario. Cada vez que salían a barrer las veredas para otear existencias ajenas, las doñas del barrio contaban que Carlos no reparaba en gastos para hacerse a las rutas al volante de su despampanante Toyota, pero se había negado a costear la práctica de un tratamiento odontológico para su hija menor, necesitada de braquets para corregir una deformación con reminiscencias equinas.
En la escuela a la pobre nena le habían dedicado el mote de “la diente de caballo”. El bullying, así como sus causas y consecuencias, fue de conocimiento público gracias a que la dentista era prima de la verdulera donde la familia de Carlos, especialmente su esposa Raquel, compraba lo justo y necesario para la comida del día. “Siempre andan ajustados de plata”, contó una infidente manicura de la zona, tutora de una compañerita.
Un buen día Carlos se fue para siempre. Y su familia se mudó a Resistencia, de donde Raquel era oriunda. Se cuenta que fueron a vivir a la casa de sus padres después de una controversia marital que estalló al conocerse de la existencia de Jenifer, una muchacha de la periferia rosarina que, tiempo atrás, le dio su cuarto hijo al dueño de la 4x4 negra.
¿A qué viene esta historia de peluquería? A que cada vez que recuerdo a Carlos y sus enigmáticos viajes, a su asimétrico criterio para distribuir los dividendos obtenidos en la sociedad matrimonial, me surge el siguiente paralelismo: si la familia correntina de Carlos es la mitad de la sociedad argentina sometida a carencias económicas de todo tipo, la otra mitad está representada por Jenifer y su primogénito, moradores de un elegante semipiso con vista a la costanera rosarina, a pocas cuadras del Monumento a la Bandera.
Raquel y sus hijos adolescentes, constreñidos a una economía doméstica “de guerra” por las férreas limitaciones materiales que eran motivo de comentarios en los comercios de la cuadra, coadyuvaban con sus restricciones a la gran vida que se daba Carlos en su camioneta de alta gama, a bordo de la cual llegaba al departamento con cochera propia donde esperaba su otro entorno psicoafectivo, con el que compartía cenas en restaurantes de varios tenedores, paseos relámpago por los teatros porteños y -por qué no- minivacaciones a Uruguay de las que su prole correntina no había disfrutado jamás.
Jenifer y el pequeño Carlitos, producto de la relación extramarital de Carlos, en la analogía con la economía argentina vienen a ser lo que Andrés Malamud llama “economía de montaña”. Es decir, el equivalente a las multinacionales que multiplican utilidades gracias la extracción de recursos mineros e hidrocarburíferos de la cordillera mientras la mitad empobrecida del país padece necesidades de naturaleza vital. Y no es una frase hecha: hoy en la Argentina, sin temor a exagerar, hay personas que mueren porque no pueden acceder a un determinado medicamento que antes podían comprar.
Los yacimientos que, trepanados por multinacionales favorecidas por el RIGI, entregan los recursos atesorados por las montañas de la patria a compañías que no generan empleo ni vuelcan riqueza en el suelo nacional, le sacan lustre a la macroeconomía de la motosierra. Pero ese brillo no alcanza a iluminar a los sectores en retracción.
Como Carlos y un floreciente nuevo negocio de importación de indumentaria deportiva (emprendimiento ideado por Jenifer), que prosperó estratosféricamente mientras su familia originaria contaba monedas, el boom petrolero, gasífero y cuprífero contrastan con el desasosiego reinante en los polos industriales que tradicionalmente fueron el núcleo económico de un país que -hasta la llegada de los libertarios- confería prioridad a las políticas industrialistas, agregadoras de valor y generadoras de mano de obra.
Hoy los cordones industriales del Gran Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe se hunden en la paralización de actividades, con el 70 por ciento de su capacidad instalada ociosa y un índice de despidos creciente. Son la primera familia de Carlos, la que soportó los tiempos aciagos en los que el ahora exitoso importador de ropa china escaló posiciones ayudado por una esposa que hacía viandas para que el padre de sus hijos asistiera a cursos de capacitación en… Sí, acertaron, en Rosario.
¿Soportará el medio país desfavorecido por la asimetría mileísta el destrato de un Presidente que funciona bajo la lógica de Carlos? ¿Qué harán cuando se enteren de que había otro medio país robustecido por las exportaciones récord, con dólares suficientes para arrojarse a la piscina de los negocios financieros hasta alcanzar índices de crecimiento pantagruélicos? Porque crecimiento no significa desarrollo. Y porque los Carlos de la vida, aunque parezcan exitosos, terminan siendo repudiados por quienes fueron los primeros en confiar en ellos.

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