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Historias inmortales

Domingo, 14 de junio de 2026 a las 01:00

Habían pasado años desde que hablamos por última vez con la compañía de una Quilmes de litro bien helada, en un invierno congelante de San Telmo. El bar que mi amigo había pintado como la panacea de los tugurios porteños estaba cerrado por remodelaciones, pero él se las ingenió para convencer al encargado y entramos. Era eso o nada, porque el tiempo corría para ambos. Mi vuelo. Su reunión con los capitostes a los que asesoraba en la sede de Uspallata, cuartel general del Gobierno de la ciudad.

La idea era encontrarnos con el flaco Alberto Ferrari, nuestro mentor y padre periodístico. Pero no estaba en Buenos Aires. Había salido rumbo a sus aposentos de Chascomús, donde estaba estrenando una casa de fin de semana para el que iba a ser su retiro de las redacciones, después de haber pasado por su último recodo laboral: la agencia italiana ANSA. Decidimos hablarle por teléfono, pero no atendió.

Ernesto, que de él se trata este relato, se prometió y me prometió que a la próxima volveríamos a estar los tres para revivir nuestras viejas rutinas de la agencia DyN, en el edificio de la Prensa Argentina, por Diagonal Roca. Allí, en el noveno, estaba la redacción “Horacio Tato”, así bautizada en honor el periodista que se voló los sesos después de que un subalterno emitiera un cable con información adulterada sobre el alzamiento militar de Semana Santa.
Tato fue el fundador de DyN. Era hijo del censor de la dictadura militar del 76, Paulino Tato, y sus obsesiones -según me contaron los más veteranos colegas de la agencia que compartieron jornadas de trabajo con él- eran dos: la verdad y la libertad de expresión.

Con Ernesto, sin decírnoslo abiertamente, estábamos orgullosos de ser parte de esa fábrica de noticias indubitables que en su momento fue DyN. Y nuestro jefe, el que nos convocó para que integráramos bajo su mando la sección Interior de la agencia, era Ferrari, un gigante de pipa que vociferaba mientras escribía crónicas perfectas en menos de 10 minutos. Textos que no necesitaban ser corregidos. Piezas maestras del periodismo escrito.

El Flaco nos tenía bajo sus alas. Nos exigía, nos ponía a prueba y, finalmente, se sentaba a leer nuestras producciones con la satisfacción del entrenador que ve a sus pupilos hacer goles en primera. No era para tanto, especialmente lo mío -que venía del interior sin currículum-, pero lo cierto es que en esos tiempos de veinteañeros imberbes, Ernesto y yo tocábamos el cielo con las manos.

Ahora que han pasado 30 años y peinamos canas, acortamos distancia por teléfono. Yo venía llamándolo desde hacía varios meses sin respuesta. Sabía que andaba con el ánimo en los sótanos, porque después de la muerte no hay más remedio que ser ceniza. Pero yo insistí. Le mandé un video short de las redes en el que un gallego habla de las amistades sempiternas y surtió efecto: un par de semanas después, un sábado a la siesta, estábamos conversando.

Sí, lo sé. No es lo mismo esta realidad que aquella ilusión proyectada de volver a ser tres, espalda con espalda, en la cobertura de un día de elecciones, por ejemplo. El terceto nunca más podrá reunirse porque Alberto murió hace dos años como consecuencia de una caída tonta en su departamento de San Cristóbal, a pocas cuadras de la casona neocolonial donde vivió por décadas, epicentro de nuestras tertulias con el maestro que ahora es recuerdo.

El día de su entierro no pude ir. Estaba Ernesto, roto como ya andaba en su existencia errante. No iba a ir, pero fue por pedido mío. Me había prometido que aun corroído por el dolor más cruel que puede experimentar un ser humano, iría a las exequias en representación de ambos para colocar una flor en el féretro de Ferrari. Y así lo hizo. En el instante final, me llamó: “Acá estoy, con el Flaco, como te prometí. Le dije que le mandabas un abrazo y que para nosotros nunca morirá. Ahora que cumplí me voy, boludo”.

El llanto contenido se había colado en su tono gutural. Lloraba en silencio Ernesto, pero no solamente por Alberto, sino por lo que había sucedido un tiempo atrás, en un apartamento de la ciudad universitaria de Kansas, donde su hija mayor cursaba estudios de posgrado como licenciada en biotecnología. Allí, el 1 de octubre de 2022, un pervertido escaló por la ventana, ingresó y golpeó hasta matar a Camila y su compañero de estudios, el joven chileno Pablo Guzmán.

El asesino golpeó, torturó, abusó y quemó todo para borrar pruebas. El calvario duró varias horas sin que ningún vecino interviniera. Al amanecer, uno de ellos denunció el incendio al cuartel de bomberos, que envió un par de dotaciones. Los efectivos extinguieron las llamas y encontraron lo peor.
Desde el otro lado del teléfono, a 10.000 kilómetros, la vida de Ernesto, padre afanoso, ex director de la agencia DyN (él si llegó a lo más alto en la profesión, no como en mi caso), había cambiado para siempre. Su hija mayor, motivo de sus desvelos y razón principal del orgullo con el que hablaba de su princesa cuando nos juntábamos a tomar algo, no volvería a casa. Nunca más.

Intenté muchas veces charlar del asunto, pero me topaba con una muralla. De tanto en tanto, intercambiábamos alguna chanza por Whatsapp, pero con evasivas propias del que se encierra con sus demonios, a la espera de un consuelo imposible. Un pesar inconmensurable y perpetuo lo acompaña desde entonces.

Dada la enorme solvencia profesional que lo caracterizó siempre, no le falta trabajo. Se dedica a juntar dinero, pues gana más de lo que gasta. “Quiero que cuando me llegue la hora a las chicas no les falte nada”, me confesó. Y también me advirtió: “El Ernesto que conociste ya no está. Yo estoy muerto, sólo que mi cuerpo no se enteró”.

Desde mi escritorio, en Laguna Seca, su voz volvió a ser una prueba de amistad. Por momentos, fuimos los de siempre. Hablamos de política, del chorro Adorni, de su rol en la comunicación estratégica de la administración porteña. Y de algo que me dio esperanzas: me invitó a su casa, me dijo que me espera. Tendré que ir y cuando lo haga, llevaré mi laptop para escribir a su lado, con un tinto de por medio.

Escribiremos historias inmortales, algo que los periodistas nunca dejamos de hacer, aunque estemos rotos.

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