Por José Luis Zampa
Un gol de Messi. Qué bueno, a sus casi 39, el talento sigue allí. Otro gol de Messi. ¡Bravo! El partido con Argelia ya es nuestro y con doblete del mejor jugador del mundo. No podemos pedir más… ¿O sí?
Claro que sí: el tercero del GOAT es un golazo de novela, disparador de una admiración horizontalizada hasta los confines del universo fútbol, que ahora toma nota de la firme candidatura argentina a la doble corona consecutiva.
¿Cómo se explica esto? Lionel Messi está en una edad en la que el grueso de los futbolistas se ha retirado. Pero el rosarino puede contra el tiempo y certifica una característica identitaria de la argentinidad: apetito de más.
Toda la Scaloneta quiere más, pero ese “más” no es la voracidad acumulativa que motivó a Adorni a justificar plata mal habida con el cuento del pendrive. Tampoco es la angurria de primicia que empujó a la producción de “Luzu” al desatino de conocimiento público sobre un falso óbito elucubrado por algún truhan de los que nunca faltan.
El “más” de la Selección tiene una connotación positiva que marca el norte ético de un seleccionado integrado por los mejores. Mejores futbolistas y mejores ejemplos de camaradería deportiva: no juegan como individualidades estelares, sino como una cascada de engranajes donde cada uno gira solidariamente respecto del otro.
Desde la perspectiva de un equipo donde nadie intenta hacer la personal, el querer más de sus integrantes funciona como una pulsión de excelencia. Persiguen el escalón más alto del podio para alcanzar mucho más que dinero.
Buscan la gloria, pero no sólo para Messi, el Dibu o De Paul, sino para el disfrute de sus connacionales. Piensan en la gente y quieren que el argentino promedio, el hincha que grita por ellos frente al televisor, paladeen una cucharada de alegría.
La Selección reproduce una lógica evolutiva. Alcanza objetivos sobre la base de una confraternidad que deja al margen las intrigas y los egoísmos de otros planteles ganados por los internismos, como el que condujo Sampaoli en 2018. Esta versión del equipo nacional es la mejor representación de un país que incluye, en el preámbulo de su Ley Fundamental, los brazos abiertos “a todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”.
Hablamos de una Nación orgullosa de sus individualidades pero construida desde lo colectivo. Durante el siglo pasado, las cooperativas, las comisiones de fomento, las asociaciones de socorros mutuos, las parroquias, los clubes de barrio y los sindicatos edificaron un país del que surgieron figuras basilares como el Papa Francisco, Messi, Maradona, Favaloro y Fangio, lo que galvaniza una conclusión ineluctable: de lo colectivo emana lo individual, pero de lo individual no emana lo colectivo.
La Patria nació agrietada por esa dicotomía entre lo individual y lo colectivo, entre el horizonte y el vértice. Pues había unitarios que intentaban controlarlo todo desde el puerto de Buenos Aires y federales que ofrendaban su sangre por defender las autonomías de las provincias.
Por eso no está mal que haya habido una grieta como filtro depurador. Porque todos sabemos que a partir de 1810 predominó el pensamiento anglófilo que prefería entregar los recursos nacionales al imperio británico con tal de libar mieles imperiales, al mismo tiempo que hubo (y por suerte sigue habiendo) una clase de argentinos identificados con su estirpe latinoamericana, capaces de darlo todo por el derecho a la autodeterminación.
Las individualidades argentinas, encabezadas por la figura angular de Lionel Messi, obraron siempre desde un pensamiento esencialmente comunitario, guiadas por la conciencia de clase, sobre una representación psicológica que sopesa y dimensiona el valor de la repercusión bienhechora de sus actos en el pueblo de cuyo seno han surgido.
El capitán de la Selección encarna la máxima de “Nadie se salva solo”, acuñada por Héctor Oesterheld en “El Eternauta”. Consciente de que ya no tiene la velocidad desequilibrante de hace 10 años, confía en que sus compañeros aprovecharán cada pelota que él coloque y, del mismo modo, lo asistirán para que siga anotando goles que son poemas oníricos, piezas de arte futbolístico destinadas a enriquecer la historia en el instante en que está siendo escrita.
La Argentina quiere más. Es un profundo e irrefrenable deseo de conquistar más lauros el que empuja al equipo de Scaloni a victorias tan sorprendentes como colosales que redundan en beneficios multiplicadores en lo anímico. Ver un triunfo de la albiceleste, saber que pertenecemos al mismo suelo nacional del que salió un pibe resiliente que hace 20 años se mantiene en el zenit del fútbol mundial, inyecta la serotonina que anima al laburante, consuela al triste y fortalece al débil.
Y lo más importante: a nadie le importa si el Gobierno de turno ensaya alguna maniobra de utilización política como la exagerada sentencia teledirigida por el Presidente y sus lacayos a la actriz Florencia Peña.
La protagonista de “Casados con Hijos” se mandó un moco tremendo el otro día, al dar la noticia fake sobre la muerte de Jorge Messi, pero de allí a definirla como una conspiradora kirchnerista que intenta desmoralizar al seleccionado hay una distancia infinita.
El error de Peña es atribuible a su inexperiencia y tiene como acelerante al fenómeno de atomización comunicadora desatado por la moda del streaming, que cede el micrófono a miles de habladores imprudentes. Pero no es más que eso. Así lo entendió el propio Messi, cuya actitud no fue condenar a nadie, ni victimizarse, ni nada.
Fue la madre del 10 argentino quien demostró la calidad humana de la familia a la que pertenece el mejor futbolista del planeta. Celia Cuccitini no solamente disculpó a la artista, sino que le expresó su admiración y su deseo de que -llegado el momento- puedan compartir un café.
Messi del lado correcto. La madre de Messi del lado correcto. La Selección Argentina, con su silencio, del lado correcto. ¿Cuál es ese lado correcto? Querer más, pero con la convicción de que ese “más” incluye la indulgencia piadosa hasta para aquella persona que, por negligencia, lesionó el ánimo del jugador más gravitante del combinado nacional, en plena cruzada por la cuarta estrella.