Por José Luis Zampa
“Que venga Colombia y les meta 5 a estos hijos de puta”, injurió el relator mexicano que, en plena transmisión del partido con Egipto, pasó de la euforia a la frustración ante una posibilidad que creyó consumada: ver a la Selección Argentina arrodillada por la derrota.
Suele ocurrir que, ante una hazaña germinal que se corporiza y expande en medio de la subestimación generalizada, hasta eclipsar proyectos supuestamente predestinados al éxito, surjan corrientes de oposición a las que adhieren los heridos por las conquistas del que ayer era menospreciado y hoy es destinatario del reconocimiento masivo.
Es lo que sucedió a medida que se desarrolló la exitosa campaña desplegada por la albiceleste desde la asunción de un otrora inexperto Leonel Scaloni. A la vez que crecía en vastedad el abanico de admiradores y fanáticos del equipo argentino, se endureció como contraposición un indisimulable bloque hater obsesionado con cortar la racha ganadora de los capitaneados por Lionel Messi.
Se pudo ver recientemente el accionar de esa resistencia “antiscaloneta” detrás de la falsa noticia sobre la muerte de Jorge Messi, manzana envenenada que le entregaron a la incauta Florencia Peña para que -involuntariamente- materializara el plan de desparramar una mentira dolorosa con el fin de alterar el ánimo del mejor jugador del mundo y distorsionar así la armonía reinante en la intimidad de la escuadra nacional.
La estrategia es el punto aquí. Y no hablamos de la diagramación táctica que Scaloni piensa (junto con un cuerpo de incondicionales asistentes) para cada partido, sino de la suma sistematizada de distintos procesos de consolidación deportiva, psicológica y anímica de un plantel que, además de aquilatar talento y garra, funciona sobre la base de la generosidad, la humildad y la empatía.
¿Cómo consiguió Scaloni que a la selección le resbalara el libelo sobre la falsa muerte del padre de su mejor jugador? ¿Gracias a qué herramientas Argentina ha demostrado ser inmune a la mala leche destilada por sus detractores? La respuesta está en la suma de conductas y actitudes. En una construcción silenciosa, paciente y despojada de apetitos subalternos.
Sobre lo visto en la evolución de la que sin dudas es la versión más exitosa del seleccionado argentino de fútbol en toda su historia, incluso por encima de la proeza de 1986 en razón de la durabilidad de su vigencia en los primeros planos, van algunas máximas “scalonianas” que ayudan a entender a este sorprendente grupo humano.
Veamos:
1- Humildad por sobre todas las cosas: el técnico de Argentina nunca se calzó el sayo de sabelotodo ni pretendió ubicarse en el mismo pedestal donde la hinchada colocó a los anteriores técnicos campeones de la selección. Siempre habló reverencialmente de César Luis Menotti y Carlos Salvador Bilardo, y ubicó en esa misma categoría a Alejandro Sabella y José Pekerman. Al criterio de quien esto escribe, ha superado a sus antecesores, pero él nunca lo admitirá.
2- Respeto por el rival: A Scaloni jamás se le escuchó criticar o atacar a los equipos que ha debido enfrentar a lo largo de su trayectoria como técnico de Argentina. Analítico como pocos a la hora de observar el juego de sus adversarios para planificar un partido, reserva párrafos elogiosos para la selección con la que se medirá, como sucede por estos días en la previa del infartante encuentro con Inglaterra.
3- Conocimiento de las fortalezas y debilidades de los suyos: el técnico argentino se convirtió en amigo de todos sus dirigidos. No solamente comparte entrenamientos y concentraciones, sino momentos de diálogos tranquilos, temas domésticos y anhelos íntimos. Es así como logró congeniar a todas las partes de una maquinaria deportiva que cosechó algo más que títulos: el cariño de multitudes.
4- Capacidad para escuchar: tal como se pudo ver en el partido contra Suiza, en la pausa de hidratación del segundo tiempo conversó con Leandro Paredes sobre su ubicación en el campo de juego de modo tal que el carrilero del equipo contrario quedara neutralizado. “¿Qué necesitas?”, le preguntó. Y el volante de Boca Juniors le pidió que metiera un central más. “Que entre Otamendi, ya está”, decidió el técnico. A partir de allí, el aporte del defensor fue vital hasta el fin del alargue.
5- La humanidad va de la mano con la técnica: Messi recibe el balón en el área, pero lo rodean tres defensores. El 10 ve que tiene a Lautaro, o a Julián, o a McAllister en posición de disparo y -a pesar de que está el frente de la tabla de goleadores- no busca el gol propio sino que asiste a sus compañeros para que ellos conviertan. El viejo apotegma del todos para uno y uno para todos se cumple naturalmente porque reina un genuino cariño entre los miembros del plantel. No menos importante es que hay un reconocimiento de todos para con la valía de Messi, dado que su presencia a los 39 años, a puro corazón, motiva hasta a la pelota.
6- Responsabilidad y razonabilidad: el técnico argentino sabe que el duelo con Inglaterra no es un partido más por las connotaciones particulares que la historia aporta, pero mantiene la corrección política. “Este es un partido de fútbol, punto”. Asumió la misma actitud que hace 40 años tuvo Bilardo. Bajar el tono es lo que corresponde, porque se aliviana el peso psicológico sobre los jugadores.
7- La crítica como combustible: El equipo nacional fue acusado en reiteradas oportunidades de recibir ayudas arbitrales por decisión de la FIFA. Pero Scaloni no rebate tales infundios. Prefiere no gastar energías en la réplica y manda a sus dirigidos a demostrar en la cancha que el mérito de los resultados es solamente de los 11 que pisan el césped. Las mentiras sobre el supuesto padrinazgo de Infantino se desmoronan en cada actuación de la selección, a la que ha sabido motivar con ese razonamiento, justamente.
Conclusión:
El fútbol es negocio, es apuestas, es incluso la hereje utilización de la imagen de Diego Maradona para promocionar un casino virtual que -lo sabemos todos- no contribuye en nada al sostenimiento de las estructuras estatales que propenden a la igualdad de oportunidades, indispensable en las sociedades más evolucionadas.
Pero el fútbol también es todo lo que transmite la Selección Argentina en el Mundial 2026, desde el más talentoso de los jugadores hasta el último integrante del cuerpo técnico. Son valores que no se encuentran a la vuelta de la esquina y que sirven para ser aplicados en cualquier contexto. Desde la empresa a la política.
Solamente hay que imaginar en lo que podría convertirse un país guiado por el ejemplo que proporciona la Scaloneta. Si un proyecto político lograra adaptar la forma de conducirse de la Selección, la Argentina sería -a no dudarlo- una Nación más justa, más integradora y más exitosa en el concierto internacional.
Esta columna se escribe el día anterior del partido con Inglaterra en semifinales, con la intención de presentar como tesis la ejemplaridad deportiva de un conjunto de estrellas del fútbol que no se la creen. Que han renunciado a veleidades y personalismos para buscar algo más. Ese algo más es gloria, es pasión y es alegría popular.
Scaloni lo dijo al destacar la participación de un niño de 10 años en un acto escolar por el 9 de Julio. “Ese nene que se sale del protocolo para gritar aguante Selección es lo que nosotros buscamos. Si hacemos esto, es por la alegría de ese niño, no solamente para ganar”. He ahí el legado de este equipo de fútbol, deporte de masas, negocio espurio a veces y cristalina demostración de humanidad en otras oportunidades.
El fútbol es mucho más que un relator envidioso insultando a las madres de una escuadra campeona. Se verá a medida que pase el tiempo, porque así como hoy recordamos a Diego y su gol del siglo contra los ingleses, llegará el día en que un profesor, un padre o un jefe opte por aplicar las máximas scalonianas al descubrir que el camino al éxito consiste en escuchar, compartir el mérito y cuidar al otro. Por todo eso, cualquiera sea el resultado de los partidos que restan, la Selección Argentina ya no puede fracasar.