Por José Luis Zampa
¿Desde cuándo la convalidación externa es requisito para el éxito? ¿Por qué, en ocasiones, un tercero adquiere el poder de percutir en la autoestima de alguien? ¿Aquel que enfrenta el desdén de distintos elementos de su entorno, está predestinado al fracaso?
Y ahora un par de preguntas todavía más filosóficas: ¿Qué es el éxito y qué es el fracaso?
Lo que pasó con la Selección en la final del Mundial, hace una semana, no fue un fracaso. El segundo mejor equipo del planeta fue vivado por las multitudes de argentinos que salieron a las calles o aplaudieron en sus casas a pesar del pálido desempeño observado en el partido con España.
El problema vino después de eso. Un problema nimio, insignificante, pero de todas formas instalado en las publicaciones periodísticas por culpa de ese intruso que mete las narices aunque nadie lo llame, para activar lo que se conoce como sesgo de confirmación. Dicho de otro modo: un fijador de prejuicios.
¿Quién es el intruso? Se lo conoce como algoritmo y se desplaza por la dimensión digital como una serpiente que entrega miles de manzanas envenenadas. Es una ecuación automática que las inteligencias artificiales activan para que un manojo de tontos convencidos de la misma tontería se autoconvenzan, por ejemplo, de que el mundo odia a la Argentina.
Así nomás, de repente. Un día Messi es celebrado como un portento del deporte mundial, admirado por multitudes que -sin nacionalidad determinada- se reverencian frente a las destrezas ejecutadas a sus 39 años; y al día siguiente es el líder de un puñado de cobardes apretados por los poderes fácticos internacionales para que Cucurella envuelva con sus rulos la Copa del Mundo.
Y todo porque la Argentina es el país más racista del mundo y porque no hay afrodescendientes en su plantel y porque en este país que hasta 1810 fue colonia española nos dedicamos a menoscabar al extranjero, al diferente, al vulnerable. Eso dice el mentidero digital.
Si de algo sirvió la más disfuncional de las repercusiones de una final mundialista fue para comprobar hasta qué punto la enorme mayoría de consumidores de información propalada por las plataformas virtuales están tomados por las pseudoverdades de Internet.
El algoritmo logró que ese gran actor que es Samuel Jackson descienda al mundano rol de influencer, desde el cual pareciera ser capaz de teñir de xenofobia la historia de una Nación construida a partir de la mezcla cultural, racial y antropológica como la Argentina.
De la misma forma, la cantante española Rosalía repostea una publicación crítica para erigirse en villana de turno y los borregos de la vida salen a hacer campañas en Instagram para que los que compraron las entradas de su show las devuelvan como señal de repudio a la artista. ¿Repudio a qué? ¿A su arte? ¿A sus canciones? ¿A su forma de pensar?
Por culpa del mismo algoritmo, la cantante cree que cometió un pecado capital y se disculpa, y dice que la Argentina es un país copado por el que siente un gran cariño. Lo dice en un contexto enrarecido, en el que nadie sabe si habla con sinceridad o movida por el instinto de supervivencia, por miedo a ser cancelada.
Otro caso es el de Javier Bardem, celebridad de la afición ibérica en los partidos de la roja. ¡Bardem! Un tipo inteligente que se jugó por Palestina en los escenarios internacionales, embarrado en el lodo de una disputa mémica (si cabe el término, derivada de los memes infundados que flotan en la web como ácaros en el aire).
El algoritmo logra lo que predijo Umberto Eco poco antes de su fallecimiento. El autor de “El nombre de la rosa”, obra fascinante sobre la manipulación de los miedos psicológicos por parte de la religión, advirtió en 2015 que las redes sociales habían habilitado espacios para la multiplicación de las voces neófitas que hablaban con tono de solvencia sin más conocimiento que el derivado de la propia elucubración del emisor.
“El idiota del pueblo daba su opinión en la mesa de un bar y allí quedaba, sin dañar a la comunidad. Ahora legiones de idiotas tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas”. Sin pelos en la lengua, Eco vaticinaba lo que ahora se ha perfeccionado: los internautas de hoy se han vuelto endogámicos y reciben estímulos constantes para hacer click allí donde hay otros que piensan exactamente lo mismo, hasta crear la ilusión de que sus convicciones más sesgadas (y lisérgicas) han sido elevadas a la categoría de verdades “universales”.
En tales condiciones, a menos que la gente rompa el hechizo del scrolleo infinito, el autoplay de los videos shorts y la cooptación narcótica de los mensajes de odio, cualquiera puede ser blanco de equivocaciones disparatadas como esa según la cual 26 futbolistas profesionales (más todo el cuerpo técnico) de una de las selecciones más populares del mundo fueron mansas ovejas en una confabulación de la FIFA, el FBI y el sionismo internacional para regalar el campeonato a sus rivales.
Y lo hicieron -según la fantasía que habita en las mentes de la sarta de pavotes que todavía atizan la teoría del “algo pasó”- después de refregarle a Inglaterra una bandera fabricada con un pedazo de sábana, introducida clandestinamente por la hinchada, en la que podía leerse “Las Malvinas son argentinas”, un acto de rebeldía política antológica que pasará a la historia como uno de los ejercicios de reivindicación soberana más unánimes de todos los que se hayan hecho en torno del conflicto por “la querida perla austral”.
Entonces, ¿en qué quedamos? Los jugadores de la Selección, capitaneados por el GOAT y dirigidos técnicamente por el mismo Scaloni que no se cansa de abrazar personas en su casa de Pujato, ¿son héroes malvineros dispuestos a tocarle la oreja a la potencia británica hasta lograr que sus políticos se broten de erisipela mientras todo un país se emociona hasta las lágrimas por el compromiso demostrado? O, por el contrario, ¿son lábiles muñequitos de torta instrumentados por Infantino para digitar el resultado de un Mundial?
Son lo primero, sin dudas. Tuvieron un mal día en la final, pero fueron (y seguirán siendo) los héroes que pusieron bien alto el orgullo argentino sin que les importe en lo más mínimo que algún opinador de “El Chiringuito” destile su envidia sin valorar el recorrido de una Argentina que -a diferencia de España- entregó los partidos más épicos del campeonato, como el de la remontada con Egipto por ejemplo.
Porque siempre hay antagonistas. Porque el consenso absoluto no existe. Porque solamente los timoratos o los hipócritas alcanzan el aprecio unánime. Porque el éxito puede ser un segundo lugar después de derrotar a Inglaterra. Y porque un enemigo de peso, prestigia al luchador más allá de los resultados.