El jugador más pobre del mundial ataja los pelotazos meteóricos del astro argentino Lionel Messi. Por un momento, bajo un calor asfixiante y húmedo de Miami, donde el 10 argentino es local, el débil le hace partido al campeón del mundo, interrumpe jugadas mágicas mientras enhebra las propias, neutraliza la habilidad albiceleste para los pases filtrados y demuestra que no hay rivales inferiores cuando hay igualdad de oportunidades.
El mundo fútbol, en ocasiones, se convierte en referente de las expresiones sociales más genuinas. Se despega de los intentos de utilización política que los gobiernos mesiánicos ensayan al especular con el ánimo de las masas, se aleja de los negocios multimillonarios y se limpia la mácula de los conciliábulos más abyectos -como el que le cortó las piernas a Diego en 1994- para irradiar sentimientos y valores cada vez más escasos en una humanidad que ha dejado de mirar la realidad por sí misma para mirar la realidad que previamente le ordenó observar un algoritmo.
El partido de Argentina y Cabo Verde ofreció un antídoto a la automatización de lo consabido. Les dio una lección a las plataformas de apuestas y, al mismo tiempo, inoculó sentimientos positivos a los aficionados de ambos equipos: los caboverdianos saben que pueden codearse con los consagrados, y los argentinos ratificaron que de la perseverancia despojada de toda soberbia pueden aflorar las soluciones para conquistar la victoria, aunque cueste sangre.
Por esas razones, el cotejo fue una vidriera idónea para exhibir, en brillantes dosis de pequeña cuantía, el sentido de solidaridad que la especie humana adoptó cada vez que se produjeron saltos cuantitativos en la calidad de vida de los más postergados, en el marco de procesos revolucionarios que marcaron el camino hacia objetivos que hoy son disfrutados como bienes naturalmente adquiridos por los pueblos.
Veamos: el arquero Vozinha, un héroe desconocido que bloqueó varios casi-goles de Messi, encarna la reivindicación de los márgenes.
Procedente de una isla perdida en el océano Atlántico que fue cuna de esclavos hasta el siglo XIX, el portero Josimar José Evora Dias (tal su nombre real) fue conductor de colectivos, recolector de residuos y profesor de vóley hasta que fichó para el “Progresso do Sambizanga” de Angola, donde pudo mostrar su valía bajo los tres palos allá por 2012.
Su camino fue cuesta arriba en el fútbol profesional, pero a los 40 años llegó a capitanear la selección de Cabo Verde para demostrar que los fuertes no siempre aplastan a los débiles como aplanadoras. Miles de desclasados pudieron comprobarlo por TV, al observar cómo un pequeño país marítimo enfrentaba de igual a igual a esa constelación de estrellas que es el equipo argentino.
A su vez, los portadores de la camiseta celeste y blanca, encabezados por los dos Lioneles (Scaloni y Messi), hicieron gala de una caballerosidad deportiva que fue retribuida por Cabo Verde con las mismas gentilezas: pocas patadas a los tobillos, ninguna de ellas artera, juego limpio y goles espectaculares facturados por ambos. Al final ganó el mejor, pero no porque haya sido fácil. Fue todo lo contrario.
La albiceleste representa a un país que, en líneas generales, sufre los altibajos recurrentes de la economía desde sus orígenes como Nación independiente. Y los hijos de esta tierra conocen de penurias derivadas de la pobreza estructural, la corrupción sistemática de sus distintos gobiernos y el constante lobby de los poderes fácticos transnacionales para clavarle los colmillos a la yugular de sus recursos naturales.
Ergo, los dos equipos llevan en sus respectivos ADN’s la huella de la dominación que hace 200 años obtenía mano de obra esclavizada del archipiélago africano y que hoy acredita patente de corso para hacer más o menos lo mismo con los despedidos de las industrias argentinas cerradas, compelidos a trabajar 12 horas al volante de un auto para sobrevivir en una dimensión surrealista generada por políticas extractivistas que, sin crear empleo, consagran como si fuera un acierto el craso error de extranjerizar riquezas subterráneas.
Todo ocurre mientras los habitantes se entretienen con el hueso del caso Adorni, bajo los efectos del narcótico digital de las redes sociales. Allí manda el algoritmo, que funciona como secuestrador del disenso: ya nadie conversa con el que piensa distinto en razón de que, cada día, hora tras hora, millones de celulares siembran la falsa certeza de una idea unívoca, convalidatoria de pseudoverdades. De pronto, el debate de los colectivos urbanos ha sido reemplazado por la aceptación de una ideología monocorde: todos los políticos son lo mismo y no hay alternativa más que la actual.
Por suerte, el algoritmo todavía no consiguió domesticar lo contingente. Ningún programa informático hubiera aconsejado apostar por Cabo Verde. Ningún modelo predictivo habría sugerido que un arquero que manejó colectivos, juntó basura y enseñó vóley terminaría frustrando durante largos minutos al mejor futbolista del planeta. La inteligencia artificial trabaja sobre probabilidades; la inteligencia humana sigue siendo capaz de producir excepciones. Y acaso allí resida la diferencia más importante entre una civilización libre y otra gobernada por los cálculos de Silicon Valley.
El fútbol se pone más interesante al ser analizado como fenómeno sociológico. Porque entrega ejemplos de vida y proporciona historias de superación que trascienden lo individual. Siempre, en derroteros vitales como el de Messi y sus problemas de crecimiento, o como en la niñez de Vozinha, nacido en el seno de una familia pobre de toda pobreza, hay una suma de voluntades entrelazadas que contribuyeron al logro de los objetivos personales de estos deportistas.
Porque el ser humano es esencialmente solidario desde el momento en que todo aquello que una persona del presente logra, es fruto de algo que antes fue concebido por otra que ya no existe. Este texto, por ejemplo, está escrito con palabras que alguien creó en el pasado. Y esa es una fortaleza que los tecnofeudos no pueden destruir debido al inquebrantable sentido de supervivencia que la humanidad aquilata como virtud primordial de su propia materialidad, verificado en esa pulsión legadora del hombre que planta un árbol a sabiendas de que jamás disfrutará de su sombra.