El destino está signado para todos desde antes de sus propias existencias, dicen algunas teorías conservadoras. Otras sostienen lo contrario: el destino se construye en función de las decisiones que cada uno toma en el camino de la vida. Pero la verdad es que no es cierta ninguna de las dos visiones, sino ambas de consuno. Un poco y un poco.
¿En qué se convierte un niño que ha crecido en un contexto de peligros concurrentes en el que la violencia intrafamiliar se conjuga con la miseria de los bajos fondos, en una casilla precaria donde no queda más que vivir afuera y dormir adentro, en el mismo cuadrilátero de 4 x 4 metros donde se hacinan hermanitos, padrastros y madres con la cintura quebrada por fregar pisos ajenos?
¿En qué se convierte otro niño que ha crecido en una casa de ladrillos, con aire acondicionado en su cuarto, computadora personal, padres sentados a la mesa a la misma hora para una cena frugal mientras dialogan sobre el balance de la jornada, a la vez que buscan ese “all inclusive” que alquilarán en las próximas vacaciones en el exterior?
La lógica del liberalismo extremo según el cual no hay por qué intervenir con políticas públicas en la vida del niño vulnerable a fin de mejorar su calidad de vida pierde sustento frente a la realidad del primer caso, en razón de una proyección futura que desmantela el motor principal del crecimiento de las naciones: el recurso humano apto para enfrentar desafíos relacionados con el constante y vertiginoso avance tecnológico.
Murray Rothbard sostenía que el Estado no debe ayudar a los pobres porque la asistencia estatal se financia mediante impuestos coactivos, lo cual vulnera los derechos de propiedad y destruye la economía. Para él, la ayuda a los necesitados debería recaer exclusivamente en la caridad privada y voluntaria, según un criterio de mérito personal completamente divorciado de la protección estatal.
Por si hace falta: ¿Saben quién es Mr. Rothbard? El mecenas ideológico del presidente Javier Milei, autor intelectual de las recetas políticas y económicas que convirtieron a la Argentina en un país sin más apetito que el acumular dólares concentrados en las fortunas más poderosas del mundo a través del extractivismo desindustrializante. Porque así como se multiplicó el ingreso de divisas por exportaciones de hidrocarburos y litio, miles de fábricas dieron sus estertores en estos dos años y medio de administración libertaria.
Por estos días resulta costumbre de quien esto escribe escuchar de personas que alguna vez trabajaron en relación de dependencia, reconvertidas forzosamente en cuentapropistas al volante de un auto, una moto o una bici, testimonios como este: “Fui empleado de la fábrica textil Alal pero cerró y me pude comprar esta moto. Ahora laburo 10 horas por día en Uber y saco la mitad de antes, pero llevo la comida de mis hijos a la casa todos los días”, respondió Adrián en una estación de servicio donde cargó 1.000 pesos de super para “tirar hasta la siesta”.
El modelo Rothbard funciona con esa “calidad” de trabajadores. No pretende que el Estado los ayude a escalar en la ya perimida movilidad social ascendente. Tampoco quiere que aprendan lo suficiente para dominar Cloud. Porque al fin de cuentas lo importante es que gasten sus cuerpos y viertan su sangre en un sistema que funciona como un vórtice que absorbe los esfuerzos de las clases menos favorecidas, con una finalidad inconfesable: robustecer la riqueza privada de forma tal que los Estados pierdan capacidad coercitiva.
Ya hay corporaciones más poderosas que los países. Ya hay una empresa llamada Palantir que escudriña secretos y extrae a hurtadillas datos prohibidos que luego proporciona a los poderes fácticos de lo que podríamos definir como una nueva monarquía absolutista, propietaria de los algoritmos, ama y señora de las inteligencias artificiales que solamente entregan su potencial a cambio de abonos mensuales en dólares.
Queda más claro que nunca: los dueños de las plataformas digitales son el equivalente de los dueños de la era oscura del post Imperio Romano, cuando el mundo se particionaba en feudos sin derechos para la plebe. Y compiten entre ellos como si se tratara de una guerra entre naciones.
Para el combate virtual las corporaciones transnacionales se valen de un país preocupado por la licuación de su otrora omnímodo rol de gendarme global, que ni siquiera logra torcer el brazo a Irán en el Estrecho de Ormuz. Estados Unidos es, hoy por hoy, un homólogo de la antigua Roma que tiene en Donald Trump a su propio Nerón, en busca de impedir el desembarco de las tecnológicas chinas con métodos antediluvianos, extorsivos y tontos. Quitarle la visa a un empresario porque contrata a un proveedor chino, por ejemplo.
El destino de un país, como dice al principio esta columna, está forjado un poco por sus condiciones naturales y otro poco por las decisiones de su pueblo, que es gobernado a través de un método representativo en crisis, como toda democracia. Porque el gobierno del “demos” griego no es el mismo de la comunidad digital de hoy, dividida en tribus autoconvencidas de pensamientos monolíticos, incapaces del disenso, adolescentes del espíritu crítico.
Los pibes desnutridos de las márgenes citadinas votan desde los 16 años, pero no tienen más información que la que llega a sus celulares (algo que -eso sí- el sistema les vende en cómodas cuotas, porque son el ojo de Orwell en la novela “1984”). Pensar en que pueden recibir orientación parental es quimérico porque los padres tampoco cuentan con esas herramientas decisionales. O porque directamente se han ido del hogar en busca de la perdición.
El destino de un país como la Argentina, tan dotado de recursos estratégicos para abastecer de energía al orbe, tan lleno de comida, de agua y de riquezas minerales, se esculpe sobre la piedra de la educación, la inversión en infraestructura pública y la presencia del Estado equilibrador que conjura inequidades no precisamente con regalos de pelotas y muñecas el Día del Niño (lo que tampoco está mal), sino con miradas como la que alguna vez plasmó el cura católico Sigfrido Moroder.
Lo conocían como el Padre Chifri y militaba su credo en parapente, en un paraje desolado llamado “El Alfarcito”, camino a San Antonio de lo Cobres. ¿Su misión central? Crear una escuela técnica de montaña para formar guías turísticos que recibieran a los visitantes en la región, sin desarraigo. Moroder murió años después de caer de su parapente sobre un cerro, pero la escuela siguió funcionando y de ella salieron técnicos en turismo de origen diaguita que se ganan la vida en sus propios parajes.
Los herederos del Padre Chifri saben hacer fotos excelentes, dominan historia, son amigables y se comportan como excelentes anfitriones, pero también son férreos custodios de los recursos naturales.
En la entrada de las Salinas Grandes, por ejemplo, prestan sus servicios junto a enormes carteles donde puede leerse: “No a la megaminería. El agua y la naturaleza no se venden”. Es decir, esos guías salteños y jujeños tan argentinos como el Obelisco defienden lo mismo que reclamó la Selección Nacional cuando agitó la bandera de “Las Malvinas son argentinas” tras vencer a los ingleses. Y por supuesto, representan exactamente aquello que el modelo Rothbard pretende eliminar.