Si por Milei fuera toda la Argentina debería estar en manos de subyugantes potencias privadas que hagan realidad su sueño líquido de una dimensión sin Estado, sometida al arbitrio de aquellos que se autoperciben más aptos para el crecimiento económico. Elon Musk, Peter Thiel y, en estas latitudes, Marcos Galperín, con el poder de tomar decisiones sobre la vida de millones de personas condenadas a sobrevivir como muchos hoy en día.
¿Cuáles son esas condiciones “laborales” actuales? Informalidad absoluta, impuestos prohibitivos a los contribuyentes de categorías más modestas, tarifazos en los servicios esenciales y un ingreso que ha dejado de ser un “salario”, pues se ha convertido en un goteo fluctuante cuya intensidad depende de las “horas/culo”. Es decir: la cantidad de vida que una persona entrega a las aplicaciones digitales sentada en un auto, una moto o una bici para salvar el día con alguna suma que sustente las necesidades de la prole.
Es el resultado más palpable del Estado ausente, alejado de las funciones para las cuales fue creado por los pensadores y revolucionarios que a lo largo de la historia forjaron esta organización cívica basada en el principio de igualdad de oportunidades.
Abandonar esa protección omnipresente que funciona como la línea de vida de quien se arroja por una tirolesa (es decir, actúa cuando el sistema falla evitando una caída al vacío) es una maquinación que se ha puesto de moda en Latinoamérica en función de intereses exógenos transpirados por la nueva guerra fría.
Ya no son el Tío Sam y el Soviet, sino Donald Trump versus Xi Jinping, el mandamás chino cuyo expansionismo se basa en la competitividad de tecnológicas asiáticas como Huawei.
Es decir, corporaciones privadas que, bajo la bandera de un comunismo remasterizado (podría decirse, un post comunismo), ya nada tienen que ver con la vieja idea de los medios de producción en manos de Estado.
Para ser breves e ir al punto: la disputa global es por los recursos naturales estratégicos. Por energía, minerales, agua y petróleo. No ha cambiado el apetito colonizador de las potencias mundiales en ese sentido. Así como los reyes católicos financiaron la aventura de Colón en busca de especias, Trump reflota la doctrina Monroe (llamada irónicamente “Donroe”) mediante una especie de Plan Cóndor, aquella elucubración setentista de un tal Kissinger que llevó a instalar dictadores militares de derecha en todo el Cono Sur.
Ahora tenemos a Milei en la Argentina, a Kast en Chile, a Keiko Fujimori en Perú y contando, además del artificio democrático venezolano, con una Delci Rodríguez conducida por los hilos de Washington mientras el subnormal de Maduro vegeta encerrado en algún cubículo norteamericano por delitos comunes que -si las instituciones y las soberanías nacionales fueran respetadas- deberían ser investigadas y juzgadas en su país de origen.
Lo que le importaba a Trump era administrar el petróleo caribeño que se extrae de la plataforma continental de la república bolivariana ex chavista. Nada más. Y con el mismo desparpajo va por el mundo, convalidado por gerentes como el presidente argentino y su motosierra para derrotar la inflación mediante un ajuste del gasto público que pulverizó el consumo interno, destruyó los salarios y desmanteló miles de fábricas.
Así y todo, el Estado sigue funcionando por imperio de la matriz constitucional de una república que, como la Argentina, supo garantizar principios esenciales del Estado de Bienestar, como la educación gratuita, la apertura inmigratoria y la salud pública disponible para todos y cada uno de los traumatizados que van a parar a una guardia de hospital: desde el laburante que se partió la pierna al caerse de su motodelivery, hasta el millonario que se quebró la base del cráneo por volcar con su BMW.
Pero Milei va por más. Se muestra afanosamente dispuesto a romper todo con tal de llegar a su objetivo de entregar el poder decisional de la Nación a megacorporaciones que concentran riqueza y reducen a la persona humana a la condición de herramiental viviente.
Lo admitió al expresar su preocupación por la baja de la natalidad, cuando reprochó a las mujeres por no estar pariendo lo suficiente como para alcanzar el ideal de “reposición” de mano de obra. Sí, usó la palabra “reposición” para referirse a los niños que -a su juicio- deberían estar naciendo para convertirse en los pedaleadores del futuro, un futuro de muchas personas trabajando por poco dinero y pocos (muy pocos) beneficiarios de tal ecuación, refugiados en las fortalezas anticataclísmicas que pretende construir el megamillonario Peter Thiel.
¿Se han puesto a pensar en un futuro con ese escalonamiento social? ¿Qué pasaría con la humanidad si -por citar un ejemplo cercano- sobreviniera una pandemia como la del Covid 19? ¿Por qué creen, estimados lectores, que Jair Bolsonaro perdió con Lula da Silva en Brasil? ¿A qué atribuyen que Corrientes haya sido la provincia argentina con menos mortalidad durante el período más letal del virus asesino?
En 2020, los muertos apilados en los cementerios comunes por la indiferencia bolsonarista contrastaban con las vidas salvadas en el Hospital de Campaña correntino. Y la gente supo la diferencia cuando comenzó a reencontrarse con sus seres queridos sanos y salvos después de haber atravesado 20 o 30 días con un respirador que, al menos en el pago chico, marcó la diferencia entre la vida y la muerte.
El gobierno de Gustavo Valdés fue validado por la ciudadanía por muchas razones, pero el Hospital de Campaña representó la demostración de que el ahora senador ejerció el poder con una mirada social que inspiró el sentimiento más valorado por el ciudadano tipo: la certeza de que, si en el devenir del destino se aventura por una tirolesa de vicisitudes y contingencias, existe una línea de vida que lo salvará de estrellarse contra el piso. Esa línea de vida se llama Estado.
El mayor de los Valdés mandó comprar los respiradores con tiempo, con un criterio preventivo cuyos resultados estuvieron a la vista al finalizar el tramo de confinamiento social. Quien esto escribe prefiere no representarse la hipótesis de qué hubiera sido de todos y cada uno de nosotros si, en ese tiempo de vulnerabilidad generalizada, alguien con la mentalidad de Milei hubiera estado al frente del timón gubernativo.
De la misma forma, hoy el Gobierno provincial y la Municipalidad capitalina llevan adelante obras de infraestructura hidráulica que para la óptica libertaria serían un gasto evitable por cuanto se trata de salvar barrios, empresas y hasta sembradíos situados en la cuenca del Pirayuí en caso de que, como se anuncia, la Corriente del Niño azote la región con una masa diluviana.
Para el presidente tomar esos recaudos no corresponde porque, si todo se inunda, quien no pueda salvarse en lancha, en gomón o nadando, sencillamente debe ahogarse.
Con la misma lógica, la pyme concursada por deudas que no logró afrontar, no merece el acompañamiento del Estado para reconvertirse y competir en un plano de eficiencia equivalente respecto de los rivales externos del mismo rubro. El único camino es la disolución.
Un ejemplo muy reciente: el Presidente de la Nación dijo en el Council of the Americas que la quiebra y desaparición de la histórica Fate (cuya implosión le costó el empleo a un millar de obreros) es un caso “divertido” de cómo la mano invisible del mercado elimina al que vende caro y favorece al que vende barato.
¿Divertido? Ponele, mientras el dumping chino sostenga precios internacionales por debajo del costo gracias a los subsidios que el perspicaz Jinping otorga a las empresas de su país. Pero sólo por un tiempo limitado, durante el cual el desguace del aparato productivo que agrega valor a las materias primas argentinas está muriendo por asfixia.
Cuando ya nada quede de lo que fue el admirado portento industrial argentino que llegó a fabricar los mejores autos (como el Torino) y las más longevas heladeras del continente (las inolvidables Siam manija bolita), los dueños de los medios de producción impondrán los precios en condiciones oligopólicas.
Y para entonces, tomar un Uber o pedir una ensalada de palta por Rappi costará tanto como comprar un tubo de aire envasado en una atmósfera intoxicada por el extractivismo indiscriminado.