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La fiesta de Sofía

Lunes, 24 de agosto de 2026 a las 12:27

Sofía es una niña de 6 años. Está en la fotografía sepiada, que se mueve en su mente como aquel día en que debió separarse de sus padres para recibir educación. En su Charata natal, núcleo algodonero de un Chaco montaraz y sin caminos, no había posibilidades de ir a la escuela pero sí había poderosos motivos para el desarraigo: la conciencia de sus progenitores de que el saber sería el camino de la vida para esa chiquita de ojos azules que miraba a lo lejos, a la nada de un horizonte vacío.

Sofía entra al salón del hotel de 5 estrellas contratado por su familia para celebrar algo más que su cumpleaños. Carga 90 abriles sobre sus espaldas pero no se nota. Pareciera volar, danza entre las mesas, besa a sus invitados, recibe con una sonrisa cristalina el afecto de todos y mira al hipotético cielo de sus recuerdos, en una noche misteriosa y mágica al mismo tiempo. 

Se ha encargado de que ciertas personas ocupen una mesa puntual, la número 10, el 10 de Messi, el 10 de Maradona, el 10 del felicitado de aquella maestra en su cuaderno único, el 10 redondo que cierra el círculo y completa su anhelo de ausencias presentes. Esas personas son los mejores amigos que en vida tuvieron sus seres amados Clari y Chin. Ellos, su hija del medio y su esposo por 60 años, son los representados por estos comensales que la propia agasajada llamó por teléfono meses antes.

Es que Sofía tiene una historia para ser contada en una película. O en un libro. Porque salió del monte para ir al colegio en Buenos Aires cuando otros niños eran arrullados por papá y mamá en las noches de tormenta. Lo contó en un conmovedor discurso, único instante en que los parlantes dejaron de emitir música para que su voz se escuchara con la nitidez que se graba en la memoria de los ejemplos. El centenar de invitados atesoró el testimonio. Yo lo hice y valoré, en ese preciso instante, que mis hijos duerman a menos de 10 metros de mí, cada día.

Sofía ganó y perdió en su vida. Fue una docente respetada y una esposa amada. Y es una madre adorada y una abuela venerada. Y también -lo comprobé a la hora del baile- una bisabuela con las energías suficientes para moverse al ritmo de Palito Ortega rodeada por los más pequeños de la familia, hijos de los hijos de sus hijos que la besan y abrazan para que ella recargue pilas, beba un trago y vuelva a la pista para menearse como cuando era la novia de Eduardo, el caballero de sus aventuras.

De Eduardo Sbdar hablo. De Chin, como lo conocíamos sus íntimos. De un tipo que era más corazón que cuerpo y que se fue hace pocos años, tan dolido como su amada por la temprana partida de la hija que esa noche sobrevoló en medio de la nube de alegría en una fiesta inolvidable como ella misma. Porque Clari estuvo en boca de sus hermanos, de sus sobrinos, de sus amigos. Estuvo, junto con su papá, como Sofía quería.

No todos los días hay una fiesta por los 90 años de una persona. Debe haber una en miles. Pero si esas personas tienen la capacidad de amar que desarrolló Sofía a lo largo de sus nueve décadas, me atrevo a decir que no hubo ni habrá una fiesta igual.

Ella, que no tuvo fiesta de 15 porque estaba lejos y no había un cobre; ella, que lo perdió todo y volvió a levantarse; ella, que esa noche regaló en vez de recibir regalos. ¿Qué nos obsequió? La convicción de que ser feliz es una decisión. Lo dijo y lo firmó en el espejo de la entrada, en el que cada uno de los presentes se paró para verse reflejado en el legado de esta mujer tan entrañable, tan valiente y tan generosa.

Nos despedimos como cuando llegamos: entre abrazos y lágrimas. Mi compañera de vida y yo nos quedamos un momento mirándola de lejos, ataviada con un antifaz luminoso y una varita iridiscente, haciendo pogo con su hermano, riendo sin parar. Gracias Sofía -le dijimos- por enseñarnos a vivir

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