Por José Luis Zampa
El consultor político que comenzó vendiendo viandas como un laburante de ley, llegó a codearse con los asesores más selectos de Donald Trump y descendió hasta quedar confinado en una mazmorra boliviana, acusado de contratar sicarios para que asesinaran a su pareja, recrea la parábola de Rasputín, el recordado asesor del zar de Rusia que tuvo al imperio en sus manos.
Fernando Cerimedo se cruzó en la trayectoria política de Javier Milei cuando el entonces panelista de TV y hoy presidente de la Nación buscaba soporte logístico para desembarcar en el terreno de campaña que demostró ser indispensable en el primer triunfo de Trump: las redes sociales, esa superficie donde nada es todo y todo es nada.
Porque en las redes sociales cualquiera puede mostrarse como algo que no es, de modo que buena parte de los internautas que acceden a sus contenidos crean en una realidad edulcorada, torcida o sencillamente falseada por una superposición de datos que ni siquiera necesitan ser verosímiles.
Lo único indispensable para instalar una pseudoverdad entrecomillada por la tergiversación dolosa es la falta de escrúpulos de quien toma la decisión de subirla a las redes. Y eso hacía Cerimedo con la maquinaria de celulares y computadoras que reproducían los comentarios de odio sembrados en la virtualidad de internet para derribar la flora y la fauna social que pudo, en su momento, haber impedido la llegada de Milei al poder.
¿Cómo lo hizo? Con una intravenosa de confianza en el corazón de los libertarios que, cuando todavía eran una célula minúscula del organismo institucional de la Nación, comenzaron a criar carnadura con el anabólico de la campaña sucia que el hoy encarcelado consultor motorizó a través de su ejército de bots, programados para saltar a la yugular de cualquiera que osara mostrarse afín al ideario peronista, kirchnerista o -como se dice ahora- woke.
Todo lo progre, lo inclusivo y lo solidario pasó a ser pecado capital para el grueso de los votantes argentinos a partir de la inoculación sistemática del pensamiento individualista según el cual todo beneficiario de las ayudas estatales es mucho peor que un enemigo a vencer; es lisa y llanamente un parásito a eliminar.
Ahora que Cerimedo espera una salvación improbable en las arenas movedizas del derecho penal, señalado como autor mediato de intento de femicidio por un kilo de pruebas que abonan la hipótesis del crimen por encargo, aflora una antigua pregunta autoformulada en la intimidad por quien esto escribe: ¿Son indispensables los arquitectos de las campañas políticas cuyos consejos y estrategias prometen triunfos enlatados?
Rasputín, un exótico monje que se ganó el aprecio de la zarina Alejandra tras curar a su primogénito de hemofilia a través de la hipnosis, se convirtió en la sombra detrás del poder cuando el Zar Nicolás II se hallaba en el frente batalla, durante la Primera Guerra Mundial. En ese período, su asesoramiento resultó clave para fortalecer la monarquía rusa.
Se decía -quizás menoscabando los atributos intelectuales de Alejandra- que Rasputín era el verdadero cerebro de un plan para lograr la paz entre Alemania y Rusia, una concertación que hubiera conspirado contra los intereses británicos. Eran poderosas razones para que sucediera lo que finalmente pasó: el monje fue asesinado por agentes de la Duma, el partido de la derecha rusa.
Los consultores son necesarios, pero nunca serán determinantes. No pueden ofrecer garantías por la sencilla razón de que nunca lograrán meterse en la cabeza de los candidatos que asesoran. Es algo que solía decir un extraño personaje de la política correntina, de efímero paso por el equipo de campaña de un ex gobernador que lo tuvo todo para la reelección, menos el carácter para precaverse de una trampa judicial que lo pulverizó dos meses antes de los comicios.
“Me gusta trabajar con candidatos a quienes les guste el poder y que lo persigan como un deseo erótico”, dijo alguna vez el uruguayo Luis Costa Bonino, hombre clave del éxito que en su momento alcanzó el ex presidente mexicano Andrés López Obrador.
El trabajo que desplegó aquel enigmático planificador oriental, quien llegó a ser considerado un monje negro en el mentidero vernáculo, al principio resultó eficaz para que su asesorado, el menor del clan Colombi, escalara en las encuestas. Pero las dudas comenzaron a supurar cuando encargó una campaña negativa para atacar a los legisladores que no apoyaban determinados proyectos del Ejecutivo.
Quien esto escribe fue uno de los que objetó la estratagema del charrúa, pero su campo de acción resultaba inmune a las opiniones de corte periodístico. Contratado por la alianza “Frente de Todos”, Costa Bonino impuso su criterio hasta que el equipo de comunicación de aquellos tiempos cayó en la misma bolsa estigmatizante de la oposición, que demonizó a todos por igual sin contemplar matices.
Las campañas negativas siguen estando de moda. Hoy son impulsadas por haters profesionales que multiplican sus voces a escala viral gracias a los trolls informáticos que funcionan bajo la apariencia de personas reales con la sola finalidad de aprovechar la segmentación social de la opinión pública que, por obra y gracia de los algoritmos, trepanan la psiquis de los electores como si fueran verdades irrefutables.
Así, Cristina pasó a ser la chorra, Jey Mamon pasó a ser pedófilo y los dueños del gimnasio Exxen recientemente desmantelado por orden de un fiscal pasaron a ser lavadores de dinero narco, aunque no haya sido exhibida una sola prueba contundente en el marco del debido proceso que es garantizado por la Constitución Nacional.
Arturo comenzó a perder con Ricardo cuando al mencionado consultor estrella se le ocurrió la peregrina idea de un spot televisivo que chorreaba apreciaciones disvaliosas en perjuicio de algunos miembros del Poder Legislativo que, tarde o temprano, iban a pasar factura.
Costa Bonino fue el primero que voló en medio del caos que, años después, Giuliano Da Empoli desentrañó al develar las claves ocultas del nacimiento de postulantes disruptivos que, con discursos antisistema, comenzaron a acceder a lo comandos gubernamentales para favorecer a los intereses minoritarios de supermillonarios más poderosos que los Estados.
Antes de borrarse, el consultor uruguayo que luego fue contratado por algún país remoto de África hasta desembarcar en el entorno de Emanuel Macrón, dijo que para ganar había que tener ganas de hacerlo. Una perogrullada que no por ser superficial y ramplona es mentira. Lo que pasó es que, según ese criterio, el apetito de triunfo se exterioriza a través de ataques sin códigos, incluso a traición. Lisa y llanamente, un vale todo.
Así llegó Javier Milei con sus fuerzas del cielo, impulsado por la ilusión de un consenso odiador obtenido por efecto contagio en la masa de consumidores que leyeron, vieron o escucharon los mensajes de 10 segundos que, en forma de cascada aluvonial, uniformaron la opinión pública con la consigna de que era mejor un salto al precipicio antes que continuar con los mismos de siempre.
Hoy Cerimedo es negado por su ex amigo Milei. En la Casa Rosada relativizan que haya tenido tanta influencia como la que en su momento se le adjudicaba y todo hace prever que pasará una buena cantidad de tiempo a la sombra por un hecho que, de probarse, se convertirá en una pequeña muestra de lo que el poder mal habido les hace a quienes no leen el prospecto de sus efectos colaterales.
Rasputín podría dar fe de este ensayo. En especial porque, a poco de su muerte, la revolución rusa terminó con el zarismo y dio lugar a un régimen comunista que envió al pueblo ruso a un extremo ideológico que costaría miles de vidas inocentes y décadas de sufrimiento a millones de personas. Y tanto Cerimedo como Costa Bonino, sucesores del malogrado hipnotista, son preclaros ejemplos del error que implica confundir asesoramiento con administración.