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Punitivismo, garantismo y el velo de la ignorancia

Sabado, 26 de septiembre de 2026 a las 22:44

La jueza Laura de Marinis, titular del Juzgado Penal Juvenil N° 3 de la ciudad de Buenos Aires, reabrió un antiguo debate entre punitivismo y garantismo, posiciones filosóficas irreconciliables del sistema penal en tanto ofrecen soluciones diametralmente opuestas a la inseguridad.

El fallo de la magistrada que despertó la polémica sobreseyó a un adolescente de 14 años del delito de robo en grado de tentativa. El imputado había participado de un incidente callejero en el que, junto con otros cómplices de mayor edad, intentó apoderarse del celular a un transeúnte que finalmente fue auxiliado por la Policía.

El razonamiento de la jueza para sobreseer al menor se basó en su historia de desamparo: sin escolarización, sin padres presentes, criado en un contexto de violencia intrafamiliar y sometido a una vida de escasez en la que nunca se alimentó adecuadamente, el chico es producto de la indiferencia contumaz del Estado.

¿Pero debe quedar impune o merece ser institucionalizado en prisiones que todavía no han sido adaptadas para el nuevo Régimen Penal Juvenil? El dilema se resuelve a partir de criterios de justicia dominados por la presión mediática y la demagogia política, donde poco (o nada) importa el destino de una persona vulnerable que equivocó el camino, pues impera el apetito inquisidor de una doctrina que en vez de atacar las causas se encarniza con las consecuencias.

Existen a lo largo de la historia sobrados ejemplos de que la intensificación del rigor punitivo del Estado no contribuye a una reducción de la criminalidad. Como contracara, una concepción no retributiva (menos taliónica) de la administración de justicia redunda en procesos de pacificación social como el que se pudo palpar en Glasgow, Escocia, donde la escolarización y la contención social a través de políticas estatales de asistencia redujo la tasa de homicidios y criminalidad en un 46 por ciento en pocos años (del 2005 en adelante).

Hay un viento de época que convalida la punición inflexible como herramienta de aleccionamiento social. La ley que disminuyó a 14 años la edad punible se inscribe en esa tendencia fomentada desde la actual administración nacional, pero presente desde siempre en el pensamiento de un sector de la sociedad convencido del viejo concepto medieval según el cual escarmentar a un individuo tipo logra infundir en su entorno el miedo a correr la misma suerte.

Pero es una falsa premisa. Así como los ladrones no se detienen a hacer cálculos sobre la cuantía de la pena antes de dar un atraco, las organizaciones criminales que se sirven de menores para cometer delitos modifican su logística. Si antes utilizaban a un pibe de 14 años para que se introduzca en un domicilio, ahora lo hacen con niños de 13. Se produce una infantilización del crimen.

La realidad muestra ejemplos cotidianos del efecto positivo que las instituciones intermedias, las iglesias y los clubes de barrio producen en los anillos de marginalidad. Corrientes es una provincia que puede dar fe de lo que representa el piso de parqué de una cancha de básquet o un juego de camisetas para un equipo de fútbol. Parecen medidas que se agotan en la entrega del aporte, pero no. Basta hablar con los profesores y entrenadores para valorar lo que una pelota número 5 colocada en el lugar correcto genera en la conducta de un chico pobre.

Las historias de vida como la de Raúl A., un gurí que llegó a meterse paco en la esquina de su casa para que la miseria doliera menos, se recortan en el paisaje como atisbos redentores. Un día lo invitaron a jugar en el campeonato organizado por la parroquia del Bañado Norte. Los organizadores le regalaron zapatillas y una camiseta roja como la de Independiente. Raúl hizo varios goles.

Fue un micropuente de oportunidad abonado por el afecto de algunos vecinos que lo conocían de verlo por las calles. Entre ellos un mecánico de motos que le hizo un lugar en el taller. Ahora su vida sigue siendo difícil, pero después de haber pasado por varias comisarías, cambia piñones y coronas con la velocidad del rayo. Retomó la secundaria en una nocturna.

“Me gustaría tener mi taller”, confiesa en diálogo con este cronista.La jueza De Marinis intenta responder, desde la doctrina y la jurisprudencia, a realidades como la de Raúl A. Pero enfrenta un problema muy difícil de resolver: fallos alineados con el garantismo de Ferrajoli (el jurista italiano que propugnó en el siglo XX el respeto por el principio de inocencia, el principio de legalidad y el debido proceso) no reditúan. Los resultados del garantismo se ven a largo plazo y las urgencias de los políticos de turno conducen a reacciones como la del jefe de Gobierno porteño, Jorge Macri, quien demonizó a la magistrada y anunció un jury de enjuiciamiento.

El juicio político activado contra un magistrado que simplemente hizo su trabajo también funciona como instrumento de coacción por la vía del miedo a perder el empleo. Hay sin dudas en distintos tribunales del país jueces que piensan como De Marinis, pero no se atreverán a asomar la cabeza porque la guillotina mediática podría decapitarlos.

En vez de eso, deciden apartarse, inhibirse o aplicar el texto frío de la norma. Saben que los chicos de 14 o 15 años convertidos en delincuentes como consecuencia de un sistema educativo que no los incluyó a tiempo son fruto de un pecado original del propio Estado. Lo dijo la jueza Laura de Marinis al argumentar que no correspondía castigar a un menor por aquello que los adultos con poder de decisión no hicieron para evitar que su existencia fuera un calvario.

Ahora el fallo de De Marinis fue revocado por la instancia superior. Y ella fue apartada de la causa. Todo volvió a la normalidad reclamada por Eduardo Feinmann y Luis Novaresio, entre otros objetores de una sentencia que, sin embargo, sirvió para detenerse en medio de la vorágine a observar el otro lado de una realidad en la que parte y contraparte son víctimas de un sistema que no está preparado para dar respuestas preventivas.

El fallo de la jueza que perdonó al ladronzuelo adolescente invita a un análisis compatible con el criterio de justicia del pensador John Rawls: el “velo de la ignorancia”. En un sentido muy general, Rawls sostuvo en los años 70 que una buena forma de comprender el mundo que nos rodea debería ser desde una “posición original” en la que nadie, a la hora de administrar roles, recursos y espacios en la sociedad, pudiera saber a qué condición social habría de pertenecer. 

Si quienes crean y aplican las leyes supieran que, detrás del velo, sus hijos podrían nacer pobres, quedar fuera de la escuela, ser víctimas de la violencia o incluso convertirse en víctimas de aquellos a quienes hoy llaman delincuentes, quizá pensarían dos veces antes de diseñar una sociedad que sólo sabe castigar aquello que antes no supo prevenir.

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