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Medio siglo como tornero mecánico, la pasión de Ramón en el viejo taller

Por El Litoral

Sabado, 20 de mayo de 2006 a las 21:00
Neira en su taller, piensa cerrarlo pero dice que es su alma.
Al llegar al taller de Don Neira se puede respirar mucho de historia. Las máquinas de la década del 50 y 60 conforman un especie de museo donde se mezclan viejos ventiladores y muchos recuerdos que vienen a la memoria del incansable tornero que brinda sus trabajos hechos artesanalmente. “Yo me formé en la Escuela Fábrica 24 creada por Perón que ahora no existe más, pero a los diez años ya sabía que me gustaban las máquinas”, recuerda nostálgico Ramón Neira.
El cordial mecánico relató a El Litoral las dificultades que debe sortear día a día en su taller artesanal y cómo de a poco se va perdiendo estos lugares de trabajo ante el avance de la tecnología, pero también de las dificultades económicas. “La verdad que no tengo mucho trabajo, me alimento con mi jubilación de docente, es poquita pero me alcanza para sobrevivir”, explica Neira. Sin embargo su devoción por las máquinas es tan fuerte que todos los días en los últimos 50 años abrió el taller para brindar sus servicios a los vecinos de la Capital.
“Por suerte mis alumnos que están trabajando en grandes fábricas siempre se acuerdan de mi; enseñé por 48 años tornería y mecánica en la provincia”, dice orgulloso Don Neira.
Mientras explica para qué servían cada una de las máquinas del taller y la cantidad de cosas que se podían construir, desde piezas industriales hasta engranajes, Neira también evoca romántico el papel de su esposa. “Sin ella no habría aguantado tanto tiempo, siempre me decía que podía tener más cosas pero yo no tengo pasta de comerciante, mi vida son las máquinas y la tornería”.
Aníbal Ramón Neira, tal su nombre completo, tiene 82 años y nació en Resistencia, Chaco, pero pasó la mayor parte de su vida entre Paso de la Patria y la Capital correntina. Luego de mucho estudio se recibió de tornero fresador mecánico y gracias a una generosa donación de los padres Franciscanos abrió su taller en las inmediaciones de la calle Mendoza y Quintana. En ese lugar trabaja con devoción hace medio siglo.
“El taller es mi alma, pero con el tiempo van a desaparecer estos lugares, porque ahora todo es descartable o se arregla con un botoncito. De lo único que estoy seguro es que me quiero morir entre los hierros”, remarca emocionado este artesano del metal. Afortunadamente Neira recordó que debe terminar unos cuantos trabajos pendientes de sus clientes más fieles y que no puede irse sin antes cumplir con la palabra empeñada.
“Hay varios ventiladores y engranajes que debo reparar o construir, no es tanto el laburo pero no hay a nadie que me ayude, el tiempo que tengo para entregar los pedidos se acorta”, señala Ramón antes de la despedida.

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