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-¿Los nombres de Edgar y Elvira se escribieron en el álbum de los amores de juventud?

Por El Litoral

Sabado, 26 de marzo de 2011 a las 21:00
Dolores Acuña de Arigossi y una colección de fotos de actuaciones pasadas, para hablar de Edgar, actor y director de teatro.
-Sin dudas, se quisieron hasta el final, formaban una linda pareja, aunque nunca fueron novios formales, la relación se idealizó y eran habitués de todas las reuniones sociales, tan apuestos los dos, porque Edgar era muy atildado, se distinguía por su elegancia a cualquier hora y Elvira tenía una belleza natural, no podía pasar desapercibida. Fueron grandes amigos, en esta casa se ensayaban las obras de teatro pero también se componía música. Había un piano en la sala y Edgar tocaba la melodía y Elvirita y Elsa (López Torres de Belcastro, también actriz), escribían las partituras. “Cambacita” se compuso acá y muchas otras de Edgar que Elsa tradujo al francés. Las tertulias culturales más atractivas, eran aquellas donde estaba Romero Maciel, se cantaba “Hojas muertas” de Prévert. La casa de los Belcastro (Junín 881) era sede del Vocacional y luego de los ensayos, se pasaba al brindis.

Dolores Arigossi, quien generosamente se prestó a revivir estos recuerdos, ingresó al Vocacional en 1956, a los 16 años. “La luz de la víspera”, de José María Pemán, fue su primera obra, la dirigió Romero Maciel y al poco tiempo, formó pareja con Pepe, se casaron y siguen felices, como en las más bellas historias de amor.

-¿Cómo era el director Romero Maciel?
-Muy técnico y muy estricto en los ensayos. Durante hora y media, tres veces por semana desde las 21, no se hablaba más que de trabajo. El elenco completo estaba a su merced, se hacía respetar sin tantas vueltas. Las veredas nos quedaban cerca para caminar hasta la esquina de los Belcastro, Edgar vivía en la casona de la calle San Juan al 500 (hoy sede de la Subsecretaría de Cultura), eran tiempos de gran actividad para los artistas en Corrientes. Florecía la pintura, la poesía, nadie podía estar ajeno a rozar aunque más no sea, algún ala del arte y su expresión. Hasta Edgar se tentó, tenía magia ese hombre, quiso pintar y lo hizo muy bien.
Dolores señala un cuadro con la firma de Romero Maciel y se emociona.
“Cuando Elvira enfermó, él iba a verla al hospital. El romance duró poco, pero el afecto y la admiración no se cortó nunca. Esa canción tan dulce “Que lo diga Dios”, decían que Edgar le dedicó a Elvira y debe ser nomás”, observa al recordar a su maestro y amigo, a su cuñada y hermana.

-¿Cuál era su particularidad, su aporte personal en la puesta en escena?
-Las obras de Romero Maciel no tenían fondo musical, le daba mucha importancia al texto. Hacía todos los géneros, drama, comedia, clásicos, populares, nada le resultaba complicado.

-¿Volvió a dirigir para ustedes, ya con Pepe al frente del Vocacional?
-Como te decía, una vez más, en el ‘60. Pero cuando cumplimos 40 años, en el ‘86, con la obra “Esperando la carroza” estrenada en el Vera, subió al escenario invitado especialmente. “Estoy orgulloso de haber sembrado una semilla que, fuerte desde sus raíces, sostiene este gran árbol que sigue dando frutos”, señaló en aquella oportunidad. ¡Parece ayer y ya pasaron otros 25 años!

Misa y cantata con amigos
-¿Cuánta afinidad para compartir la vida y las satisfacciones de su carrera como músico?
-Imposible separar lo profesional de lo personal, tanto con Edgar como con la gente del Vocacional, así que acto que había, acto al que íbamos en patota para acompañarlo y hacerle sentir que estábamos a su lado. La presentación de la Misa Correntina en la Iglesia de Santa Lucía en 1974 fue un acontecimiento único, la Iglesia de bote a bote con gente aplaudiendo esa maravillosa creación y nosotros entre los más entusiastas.
En 1989 llevó su “Cantata a José Francisco” (con letra de Marily Morales Segovia) al Teatro Municipal de Asunción del Paraguay. Pepe y yo recitamos esa noche, otro mágico recibimiento para este delicado autor, inigualable amigo.
El Vocacional sigue rindiendo culto a esa amistad, con la puesta en escena de “El sol y la llave”, una obra con música de Edgar y letra de Alberto Iñiguez, otro gran compañero ya fallecido.

-¿Cómo fue su despedida?
Estaba internado en su sanatorio de esta ciudad, en terapia intensiva pero consciente. Yo lo iba a visitar todos los días, se me hizo tarde esa vez y llegué como a las 11 de la noche, me dejaron entrar unos minutos, estaba de buen humor, no puedo imaginar a Edgar sin sonrisa. Me deseó suerte y nos despedimos, esta vez para siempre.

-¿Qué quedó de Edgar Romero Maciel en la vida de todos los que pasaron y siguen en el Vocacional?
-Creo que lo que hace permanente a una persona es el recuerdo y al recordarlo se traen, a veces de manera inesperada, sensaciones, si-tuaciones, palabras, momentos, acciones. Siento que está en cada enseñanza, en la forma de organizar y preparar una obra. Al buscar estas cajas de fotografías para ilustrar la nota, la memoria lo sentó a mi lado. ¿Ves? Acá están todos, la vida nuestra sigue siendo una parte de ellos.

Moni Munilla

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