Bendición del paí Julián Zini
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Bendición del paí Julián Zini

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Padre Dios, Ñanderu Ete, Ñandeyara, vos que nos hiciste de este modo, y nos permitís expresarnos de esta manera, vos que sabés bien lo que es sentirse hallado, y sabés lo que es volver en verano al fresco dulzor rosado de la sandía y sabés lo que significa mientras llueve sentir ese olor inconfundible del chipá cuerito. Vos sabés muy bien lo que sucede aquí en el Taragüí de las 7 corrientes, o en cualquier rincón de nuestra nación chamamecera, cuando un acordeón te hincha la piä guazú y nos aflora ese cosquilleo que te eriza la piel y se llama teteroy.
Padre Dios vos sabés bien hoy más que nunca hasta dónde nos duele la desigualdad y la injusticia y sabés que nos ofende tanto el menosprecio como el acomodo. Por eso y a pesar de tanta codicia y corrupción, permitime esta noche en tu presencia recordar lo que es el chamamé para mucha gente. Porque gracias a vos nuestra vida no es lo mismo con o sin un chamamé, por ejemplo:
Cuando aquí nos juntamos para celebrar algo en familia o entre amigos y nos avisan que se larga el asado, el mbaypu o el guiso, no es lo mismo con o sin un chamamé.
Cuando terminás un trabajo que te exigió sudor y esfuerzo sea una yerra en el campo o una loza en un nuevo edificio en la ciudad y se abre tu pecho en sapucay, no es lo mismo con o sin un chamamé.
Cuando a la quincena volvés del campo a tu familia y esa vieja injusticia que se perpetúa en tu salario se te revela adentro y te exige un vino y algo más no es lo mismo con o sin un chamamé.
Cuando estás regresando al pago, a tu pueblo y venís masticando recuerdos y adivinando la cara de tu viejita que te está esperando, no es lo mismo con o sin un chamamé.
Cuando después de larga ausencia, al fin regresa a casa un familiar, te visita un pariente o llega gente amiga, no es lo mismo con o sin un chamamé.
Cuando se arma la fiesta, llegan los musiqueros y esa magia inexplicable te obliga a vos mismo y querés expresarte y participar, no es lo mismo con o sin un chamamé.
Cuando arrecia la bailanta y el animador insiste con su “taco y suela”, vos pisás la pista de baile, tu mano ciñe la cintura de la prenda elegida y sentís que llega tu hora, no es lo mismo con o sin un chamamé.
Cuando te avisan que tu esperado primer hijo ya nació, que es varón y ese que llora es él y que tu mujer está bien, no es lo mismo con o sin un chamamé.
Cuando te llaman para entregarte las llaves de tu nueva casa, la que pensás transformar en tu verdadero hogar, y el de tus seres queridos, no es lo mismo con o sin un chamamé.
Cuando tenés que despedirte y dejar a tu hijo o a tu hija para que estudie en el mundo extraño de la gran ciudad, no es lo mismo con o sin un chamamé.
Cuando vas a Itatí o a la cruz gil, como lo que sos, un viejo peregrino de la esperanza, promesero de amor y ves aparecer en el horizonte la cúpula o el caserío y se nubla la vista de emoción, no es lo mismo con o sin un chamamé.
Cuando en cuclillas junto al pozo del cementerio que se está llevando a tu ser querido, tiras un terrón en su honor, soltás el grito plegaria de tu sapucai, no es lo mismo con o sin un chamamé.
Cuando te recuerdan los nombres de tus compañeros con los que fuiste a la guerra y no volvieron, y te duele hasta el fondo una vez más la patria, no es lo mismo con o sin un chamamé.
Por todo esto, y tantas cosas más padre Dios, por este chamamé que es vida y sentimiento, emoción y experiencia del alma y de tu pueblo, te pido con intercesión de nuestra madre la pura y limpia María de Itatí, y con el ruego de nuestros hermanos chamaeceros difuntos, padre Dios que bendigas nuestra Fiesta Nacional del Chamamé. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

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Padre Dios, Ñanderu Ete, Ñandeyara, vos que nos hiciste de este modo, y nos permitís expresarnos de esta manera, vos que sabés bien lo que es sentirse hallado, y sabés lo que es volver en verano al fresco dulzor rosado de la sandía y sabés lo que significa mientras llueve sentir ese olor inconfundible del chipá cuerito. Vos sabés muy bien lo que sucede aquí en el Taragüí de las 7 corrientes, o en cualquier rincón de nuestra nación chamamecera, cuando un acordeón te hincha la piä guazú y nos aflora ese cosquilleo que te eriza la piel y se llama teteroy.
Padre Dios vos sabés bien hoy más que nunca hasta dónde nos duele la desigualdad y la injusticia y sabés que nos ofende tanto el menosprecio como el acomodo. Por eso y a pesar de tanta codicia y corrupción, permitime esta noche en tu presencia recordar lo que es el chamamé para mucha gente. Porque gracias a vos nuestra vida no es lo mismo con o sin un chamamé, por ejemplo:
Cuando aquí nos juntamos para celebrar algo en familia o entre amigos y nos avisan que se larga el asado, el mbaypu o el guiso, no es lo mismo con o sin un chamamé.
Cuando terminás un trabajo que te exigió sudor y esfuerzo sea una yerra en el campo o una loza en un nuevo edificio en la ciudad y se abre tu pecho en sapucay, no es lo mismo con o sin un chamamé.
Cuando a la quincena volvés del campo a tu familia y esa vieja injusticia que se perpetúa en tu salario se te revela adentro y te exige un vino y algo más no es lo mismo con o sin un chamamé.
Cuando estás regresando al pago, a tu pueblo y venís masticando recuerdos y adivinando la cara de tu viejita que te está esperando, no es lo mismo con o sin un chamamé.
Cuando después de larga ausencia, al fin regresa a casa un familiar, te visita un pariente o llega gente amiga, no es lo mismo con o sin un chamamé.
Cuando se arma la fiesta, llegan los musiqueros y esa magia inexplicable te obliga a vos mismo y querés expresarte y participar, no es lo mismo con o sin un chamamé.
Cuando arrecia la bailanta y el animador insiste con su “taco y suela”, vos pisás la pista de baile, tu mano ciñe la cintura de la prenda elegida y sentís que llega tu hora, no es lo mismo con o sin un chamamé.
Cuando te avisan que tu esperado primer hijo ya nació, que es varón y ese que llora es él y que tu mujer está bien, no es lo mismo con o sin un chamamé.
Cuando te llaman para entregarte las llaves de tu nueva casa, la que pensás transformar en tu verdadero hogar, y el de tus seres queridos, no es lo mismo con o sin un chamamé.
Cuando tenés que despedirte y dejar a tu hijo o a tu hija para que estudie en el mundo extraño de la gran ciudad, no es lo mismo con o sin un chamamé.
Cuando vas a Itatí o a la cruz gil, como lo que sos, un viejo peregrino de la esperanza, promesero de amor y ves aparecer en el horizonte la cúpula o el caserío y se nubla la vista de emoción, no es lo mismo con o sin un chamamé.
Cuando en cuclillas junto al pozo del cementerio que se está llevando a tu ser querido, tiras un terrón en su honor, soltás el grito plegaria de tu sapucai, no es lo mismo con o sin un chamamé.
Cuando te recuerdan los nombres de tus compañeros con los que fuiste a la guerra y no volvieron, y te duele hasta el fondo una vez más la patria, no es lo mismo con o sin un chamamé.
Por todo esto, y tantas cosas más padre Dios, por este chamamé que es vida y sentimiento, emoción y experiencia del alma y de tu pueblo, te pido con intercesión de nuestra madre la pura y limpia María de Itatí, y con el ruego de nuestros hermanos chamaeceros difuntos, padre Dios que bendigas nuestra Fiesta Nacional del Chamamé. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.