El segundo ocaso de Vaz Torres
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El segundo ocaso de Vaz Torres

Gustavo Valdés produjo el lunes pasado un acto político de alto impacto y registro múltiple. Echó a “Chirulo” Vaz Torres mandando mensajes a la interna radical y también al electorado que lo votó para gobernar. Pero ¿por qué echó y reemplazó a Vaz Torres en menos de once horas? Aquí algunas de las varias razones que sustentaron la drástica medida.

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Por Eduardo Ledesma
@EOLedesma
De la Redacción

En sólo once horas de un mismo día, el gobernador Gustavo Valdés produjo y consumó el hecho político (interno) más trascendente de sus once meses de gestión: echar del gobierno al ministro de Hacienda y Finanzas José Enrique “Chirulo” Vaz Torres, alter ego en funciones del viejo régimen colombista al que representaba en persona, forma y concepto.
Ocurrió el lunes. A las 9 de mañana, cuando José Enrique aún no terminaba de digerir el desayuno de ese rutinario amanecer, lo atragantaron con un bocado amargo parecido al que tuvo que engullir hace unos cuantos años, también en contra de su voluntad: el decreto de su despido.
Porque a Vaz Torres no le pidieron la renuncia sino que lo renunciaron, haciéndole tomar, en ese acto, un poco de su propia medicina: un jarabe más bien pastoso, oscuro y agrio que bien podría ser la síntesis de sus tantísimos años en la oficina principal del palacio San Martín. 
A las 9, Valdés firmó el decreto de su remoción, a las 19 empezó un acto en Casa de Gobierno y para las 20 de ese mismo lunes, la provincia ya tenía nuevo ministro de Hacienda: Marcelo Rivas Piasentini.
—¿Qué pasó en el medio?
—Toneladas de hartazgo —dicen en Casa de Gobierno.
—¿En verdad es para tanto?
Hay quienes dicen lo siguiente: que el ministro era un intratable o se volvió así; que generaba conflicto donde no había, con la gente o el personal de menor jerarquía; que hacía esperar a sus pares, en la antesala pero también en el trabajo diario, pues aseguran que les trababa expedientes y pedidos, algunos a instancias del propio Gobernador.
—¿Por qué crees que no está el presupuesto todavía? —hizo notar alguien que caminaba ayer por la esquina del poder.
Más aún: dicen que Vaz Torres no se avino a los tiempos. Pero también dicen que más allá de lo que él mismo mandaba a publicar, nunca fue un amigo declarado de la transparencia, siguiendo, claro, cierta lógica escondedora que se le pedía o se le consentía durante el colombismo. No es casual entonces -cualquiera podría suponer- que desde hace varios años haya un cono de sombras sobre las actividades en las que debe iluminar la Dirección de Estadísticas de la Provincia.
—A veces actuaba como si fuera el dueño de la plata y no un mero administrador —agregaron, como si faltaran causales, algunos de sus ex compañeros. Muchos respiran aliviados. Algunos todavía están desconcertados.
La historia, de todos modos, empieza desde más lejos y hay quienes dicen que llegó a su punto culminante cuando empezó a desafiar mandatos de Valdés, algo que tampoco es nuevo en el ex ministro.

***
José Enrique Vaz Torres fue siempre una de las principales figuras de los equipos o vehículos de gestión comandados por Ricardo Colombi. Estuvo al frente del Ministerio de Hacienda y Finanzas desde el 10 de diciembre de 2009 de forma ininterrumpida. Ya había ocupado ese cargo entre 2001 y 2006, desde que Ricardo asumió por primera vez hasta que fuera apartado por Arturo Colombi en medio de la feroz interna entre los primos.
En total fueron cerca de 15 los años que “Chirulo” Vaz Torres -exitoso contador público virasoreño- estuvo al mando de las arcas correntinas. Siempre fue un super-funcionario o al menos eso hacía creer realizando declaraciones públicas picantes, al borde del insulto, especialmente contra el Gobierno nacional cuando Cristina Fernández era presidenta. De Néstor Kirchner no hablaba mucho, como tampoco lo hacía su jefe Ricardo.
También era habitual que utilizara las radios para tirar algunos cohetes verbales contra la oposición. Y que descalifique a los periodistas cuando estos ponían en duda el peso específico de su gestión que, a la luz de tantos años, no movió casi en nada los índices más dolorosos que tiene la provincia. Tal vez por eso se esconden esos índices, o algunos buscan silenciarlos.
Sigamos. Vaz Torres -sin que sea exclusividad suya- era afecto al relato. Y ese día que lo echaron, el lunes, se hizo hacer el relato final. Con más amor que criterios de verdad política, su oficina de prensa envió a los medios un resumen de gestión.
Punto uno: dice que le debemos a Vaz Torres la restitución del flujo de pago de la nómina salarial desde 2001, desde cuando se debían 4 meses de sueldo y los mismos se pagaban un 60% en Cecacor (una vez más, el sueldo. O solo el sueldo). 
Que le debemos el rescate de los Cecacor, el programa de Conversión de la Deuda Pública 2003, el Programa de Financiamiento Ordenado, la Ley de Administración Financiera, la vida del IPS, Ioscor y del Banco de Corrientes; y el desarrollo y ejecución de la costanera Sur, drenajes de Goya y Virasoro y otras tantas obras públicas. Obras públicas le debemos al ministro de Hacienda, según relatan sus relatores. 
Que le debemos la canasta escolar, la canasta navideña y hasta el cordero correntino (¡vaya gestión el financiamiento de comida!). Le debemos los camiones y máquinas que se le vendieron a los municipios y el diseño e instrumentación del programa de cesión de recursos a las comunas a través de la Coparticipación: el índice pasó de 15% a 19%. (Se olvidó, por supuesto, de que eso empezó tras la reforma de la Constitución de 2007).
Le debemos, dice el relato de Vaz Torres, el 82% móvil para los jubilados y hasta el incremento de la nómina salarial para el personal en actividad que pasó de $34 millones en 2001 a $1.925 millones desde en 2018. Un incremento de 5.562% que cualquiera creería que se debe a la evolución de la economía y de sus valores en todos estos años. Pues Vaz Torres dice que él inventó eso. Y que dio ese aumento.
(Que un funcionario lo diga en estos términos y pase de largo, explica muchas de las razones por las que Corrientes está como está. Vaz Torres habrá sido un buen administrador para alguien, pero queda claro que a costa de todos. Pues sólo en Corrientes es excepcional que un contador pague sueldos. Y que además lo exhiba como logro por casi 20 años después de una crisis).
También, según el catálogo de la creación “vaztorriana”, a él se le debe pleitesía por los fondos fiduciarios y una serie larga de instrumentos impositivos que, vaya injusticia del destino, mantiene a la provincia sumida en una pobreza galopante y con una matriz económica tal vez de las más regresivas y conservadoras que se haya visto nunca.
Pero no sólo eso: cualquier correntino que lea con detenimiento la épica literaria que le construyeron a Vaz Torres (de apuro y como souvenir del final de fiesta), puede experimentar una sensación profunda de engaño, pues quizás ese correntino haya pensando, como la mayoría, que desde 2001 en adelante había votado a Ricardo, a Arturo y a Gustavo Valdés para que hagan eso que al parecer hizo en soledad el popular “Chirulo”.
O tal vez esto otro: que el engañado sea el propio Vaz Torres, que en ancas de un pony que lo sostuvo arriba tanto tiempo, creyó que era él, y no otro, el elegido para gobernar. ¿Se habrá creído en serio Vaz Torres que era él el gobernador?
Al parecer en eso estaba otra vez (como en 2006) hasta que llegó Valdés y le comunicó su despido. Un cese que no se agota en el acto administrativo. Echar a Vaz Torres sostiene un mensaje por lo menos de doble registro: 
a) Para la interna es un llamado de atención. Una advertencia. Un punto de inflexión en la gestión que debe cambiar de ritmo si quiere acompañar el proceso del nuevo gobernador. Aún sobreviven ministros heredados que lucen agotados en comparación con los bríos naturales de una administración de once meses. ¿Tendrán ideas para esta nueva etapa que amaga con seguir con fuerza decidida?
—Nadie está atornillado a su sillón —repite cada tanto Valdés.
b) Para el afuera, el despido de Vaz Torres es la ratificación del rumbo electoral: la gente no votó un cambio de gobierno. Votó a un nuevo gobernador, más joven, con otra impronta. Votó una superación de lo anterior. Pero votó a alguien para que gobierne, no para que se deje gobernar.
—La gente no quiere volver para atrás —dicen los que rodean a Valdés, mirando encuestas.
En síntesis, si echó a Vaz Torres, Valdés puede echar a cualquiera. Una localización, tenencia y ejercicio del poder que, juran y perjuran en su círculo áulico, no concibe, como en épocas del arturismo, una ruptura con Ricardo Colombi, al que muchos ven como un general en retirada.
Resta ahora dejar andar a Rivas Piasentini para determinar si el cambio de hombre repercute en el cambio del perfil económico o de las pautas para el desarrollo que necesita la provincia.
Para José Enrique, en cambio, es el segundo ocaso. Primero lo echó Arturo Colombi en 2006. Ahora lo echó Valdés. La mala noticia para él es que el único que lo soporta y lo devuelve al cargo ya no es, ya no está. Pero debemos reconocer que si vuelve por tercera vez, la mala noticia ya no será suya sino comunitaria.

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El segundo ocaso de Vaz Torres

Gustavo Valdés produjo el lunes pasado un acto político de alto impacto y registro múltiple. Echó a “Chirulo” Vaz Torres mandando mensajes a la interna radical y también al electorado que lo votó para gobernar. Pero ¿por qué echó y reemplazó a Vaz Torres en menos de once horas? Aquí algunas de las varias razones que sustentaron la drástica medida.

Por Eduardo Ledesma
@EOLedesma
De la Redacción

En sólo once horas de un mismo día, el gobernador Gustavo Valdés produjo y consumó el hecho político (interno) más trascendente de sus once meses de gestión: echar del gobierno al ministro de Hacienda y Finanzas José Enrique “Chirulo” Vaz Torres, alter ego en funciones del viejo régimen colombista al que representaba en persona, forma y concepto.
Ocurrió el lunes. A las 9 de mañana, cuando José Enrique aún no terminaba de digerir el desayuno de ese rutinario amanecer, lo atragantaron con un bocado amargo parecido al que tuvo que engullir hace unos cuantos años, también en contra de su voluntad: el decreto de su despido.
Porque a Vaz Torres no le pidieron la renuncia sino que lo renunciaron, haciéndole tomar, en ese acto, un poco de su propia medicina: un jarabe más bien pastoso, oscuro y agrio que bien podría ser la síntesis de sus tantísimos años en la oficina principal del palacio San Martín. 
A las 9, Valdés firmó el decreto de su remoción, a las 19 empezó un acto en Casa de Gobierno y para las 20 de ese mismo lunes, la provincia ya tenía nuevo ministro de Hacienda: Marcelo Rivas Piasentini.
—¿Qué pasó en el medio?
—Toneladas de hartazgo —dicen en Casa de Gobierno.
—¿En verdad es para tanto?
Hay quienes dicen lo siguiente: que el ministro era un intratable o se volvió así; que generaba conflicto donde no había, con la gente o el personal de menor jerarquía; que hacía esperar a sus pares, en la antesala pero también en el trabajo diario, pues aseguran que les trababa expedientes y pedidos, algunos a instancias del propio Gobernador.
—¿Por qué crees que no está el presupuesto todavía? —hizo notar alguien que caminaba ayer por la esquina del poder.
Más aún: dicen que Vaz Torres no se avino a los tiempos. Pero también dicen que más allá de lo que él mismo mandaba a publicar, nunca fue un amigo declarado de la transparencia, siguiendo, claro, cierta lógica escondedora que se le pedía o se le consentía durante el colombismo. No es casual entonces -cualquiera podría suponer- que desde hace varios años haya un cono de sombras sobre las actividades en las que debe iluminar la Dirección de Estadísticas de la Provincia.
—A veces actuaba como si fuera el dueño de la plata y no un mero administrador —agregaron, como si faltaran causales, algunos de sus ex compañeros. Muchos respiran aliviados. Algunos todavía están desconcertados.
La historia, de todos modos, empieza desde más lejos y hay quienes dicen que llegó a su punto culminante cuando empezó a desafiar mandatos de Valdés, algo que tampoco es nuevo en el ex ministro.

***
José Enrique Vaz Torres fue siempre una de las principales figuras de los equipos o vehículos de gestión comandados por Ricardo Colombi. Estuvo al frente del Ministerio de Hacienda y Finanzas desde el 10 de diciembre de 2009 de forma ininterrumpida. Ya había ocupado ese cargo entre 2001 y 2006, desde que Ricardo asumió por primera vez hasta que fuera apartado por Arturo Colombi en medio de la feroz interna entre los primos.
En total fueron cerca de 15 los años que “Chirulo” Vaz Torres -exitoso contador público virasoreño- estuvo al mando de las arcas correntinas. Siempre fue un super-funcionario o al menos eso hacía creer realizando declaraciones públicas picantes, al borde del insulto, especialmente contra el Gobierno nacional cuando Cristina Fernández era presidenta. De Néstor Kirchner no hablaba mucho, como tampoco lo hacía su jefe Ricardo.
También era habitual que utilizara las radios para tirar algunos cohetes verbales contra la oposición. Y que descalifique a los periodistas cuando estos ponían en duda el peso específico de su gestión que, a la luz de tantos años, no movió casi en nada los índices más dolorosos que tiene la provincia. Tal vez por eso se esconden esos índices, o algunos buscan silenciarlos.
Sigamos. Vaz Torres -sin que sea exclusividad suya- era afecto al relato. Y ese día que lo echaron, el lunes, se hizo hacer el relato final. Con más amor que criterios de verdad política, su oficina de prensa envió a los medios un resumen de gestión.
Punto uno: dice que le debemos a Vaz Torres la restitución del flujo de pago de la nómina salarial desde 2001, desde cuando se debían 4 meses de sueldo y los mismos se pagaban un 60% en Cecacor (una vez más, el sueldo. O solo el sueldo). 
Que le debemos el rescate de los Cecacor, el programa de Conversión de la Deuda Pública 2003, el Programa de Financiamiento Ordenado, la Ley de Administración Financiera, la vida del IPS, Ioscor y del Banco de Corrientes; y el desarrollo y ejecución de la costanera Sur, drenajes de Goya y Virasoro y otras tantas obras públicas. Obras públicas le debemos al ministro de Hacienda, según relatan sus relatores. 
Que le debemos la canasta escolar, la canasta navideña y hasta el cordero correntino (¡vaya gestión el financiamiento de comida!). Le debemos los camiones y máquinas que se le vendieron a los municipios y el diseño e instrumentación del programa de cesión de recursos a las comunas a través de la Coparticipación: el índice pasó de 15% a 19%. (Se olvidó, por supuesto, de que eso empezó tras la reforma de la Constitución de 2007).
Le debemos, dice el relato de Vaz Torres, el 82% móvil para los jubilados y hasta el incremento de la nómina salarial para el personal en actividad que pasó de $34 millones en 2001 a $1.925 millones desde en 2018. Un incremento de 5.562% que cualquiera creería que se debe a la evolución de la economía y de sus valores en todos estos años. Pues Vaz Torres dice que él inventó eso. Y que dio ese aumento.
(Que un funcionario lo diga en estos términos y pase de largo, explica muchas de las razones por las que Corrientes está como está. Vaz Torres habrá sido un buen administrador para alguien, pero queda claro que a costa de todos. Pues sólo en Corrientes es excepcional que un contador pague sueldos. Y que además lo exhiba como logro por casi 20 años después de una crisis).
También, según el catálogo de la creación “vaztorriana”, a él se le debe pleitesía por los fondos fiduciarios y una serie larga de instrumentos impositivos que, vaya injusticia del destino, mantiene a la provincia sumida en una pobreza galopante y con una matriz económica tal vez de las más regresivas y conservadoras que se haya visto nunca.
Pero no sólo eso: cualquier correntino que lea con detenimiento la épica literaria que le construyeron a Vaz Torres (de apuro y como souvenir del final de fiesta), puede experimentar una sensación profunda de engaño, pues quizás ese correntino haya pensando, como la mayoría, que desde 2001 en adelante había votado a Ricardo, a Arturo y a Gustavo Valdés para que hagan eso que al parecer hizo en soledad el popular “Chirulo”.
O tal vez esto otro: que el engañado sea el propio Vaz Torres, que en ancas de un pony que lo sostuvo arriba tanto tiempo, creyó que era él, y no otro, el elegido para gobernar. ¿Se habrá creído en serio Vaz Torres que era él el gobernador?
Al parecer en eso estaba otra vez (como en 2006) hasta que llegó Valdés y le comunicó su despido. Un cese que no se agota en el acto administrativo. Echar a Vaz Torres sostiene un mensaje por lo menos de doble registro: 
a) Para la interna es un llamado de atención. Una advertencia. Un punto de inflexión en la gestión que debe cambiar de ritmo si quiere acompañar el proceso del nuevo gobernador. Aún sobreviven ministros heredados que lucen agotados en comparación con los bríos naturales de una administración de once meses. ¿Tendrán ideas para esta nueva etapa que amaga con seguir con fuerza decidida?
—Nadie está atornillado a su sillón —repite cada tanto Valdés.
b) Para el afuera, el despido de Vaz Torres es la ratificación del rumbo electoral: la gente no votó un cambio de gobierno. Votó a un nuevo gobernador, más joven, con otra impronta. Votó una superación de lo anterior. Pero votó a alguien para que gobierne, no para que se deje gobernar.
—La gente no quiere volver para atrás —dicen los que rodean a Valdés, mirando encuestas.
En síntesis, si echó a Vaz Torres, Valdés puede echar a cualquiera. Una localización, tenencia y ejercicio del poder que, juran y perjuran en su círculo áulico, no concibe, como en épocas del arturismo, una ruptura con Ricardo Colombi, al que muchos ven como un general en retirada.
Resta ahora dejar andar a Rivas Piasentini para determinar si el cambio de hombre repercute en el cambio del perfil económico o de las pautas para el desarrollo que necesita la provincia.
Para José Enrique, en cambio, es el segundo ocaso. Primero lo echó Arturo Colombi en 2006. Ahora lo echó Valdés. La mala noticia para él es que el único que lo soporta y lo devuelve al cargo ya no es, ya no está. Pero debemos reconocer que si vuelve por tercera vez, la mala noticia ya no será suya sino comunitaria.