¿Quieres recibir notificaciones de alertas?

PUBLICIDAD

Las corrientes de la ciudad de Vera

La frase “siete corrientes” estampada en el Acta Fundacional de la Ciudad de Vera, como sitio de su emplazamiento, el 3 de abril de 1588, encierra la incógnita acerca de su origen, tanto en su gramática como en su concepto, además de quién o quiénes la acuñaron. No podría atribuirse su autoría a los aborígenes, pobladores de la región.
 

Por El Litoral

Jueves, 03 de mayo de 2018 a las 02:48

 Por Santiago Sívori
Colaboración

Especial
Para El Litoral

Los estudios de las lenguas nativas sostienen que los indígenas de entonces, y desde largo tiempo, sólo conocían cuatro dígitos: uno, dos, tres y cuatro, sin el cero. Para expresar cantidades superiores combinaban esos números en una suma implícita. Tampoco manejaban, desde ya, el signo “más” o el “igual”; así, y en una ecuación de mi factura, por ejemplo 6= 4 y 2; 8= 4 y 4. No era una sumatoria sino una agregación de números conocidos.
Para expresar magnitudes mayores lo hacían con los dedos de una o de dos manos y aún agregaban los dedos de los pies. El siete, pues, como número no se conocía.
En cuanto al vocablo corrientes, como adjetivo singular y en su aceptación hidrográfica, es un movimiento de traslación continuo de volúmenes de aguas de ríos o mares producidos por gravedad -ríos- o por movimientos de nuestro planeta -mares-.
Sostengo que los conquistadores que surcaron nuestras costas, en su afán de descubrir riquezas y afianzar el dominio español en América, desconocían otros nombres para asignar los movimientos acuíferos que observaban al tropezar las aguas con accidentes costeros llamados puntas y sobre un lecho probablemente rocoso.
Mantilla dice que “todos los cronistas están contestes en atribuir el nombre de siete corrientes...” al lugar fundacional y que “...en cada punta de piedras había y hay -fines del siglo XIX- una corriente más fuerte que la del río”.
Sostengo que el Paraná tiene una sola corriente que es unidireccional, gravitacional y unívoca. Lo que no quita que en su andar se produzcan algunas alteraciones que no modifican la traslación principal de aguas ni tienen características para ser corrientes. Pueden denominarse: “rápidos”: en cuanto a velocidad y profundidad; “correderas”: por trecho angosto y ligero; “remolinos”: movimiento giratorio de agua y de aire; “remansos”: detención o suspensión de corrientes de aguas en formas cercanas a un círculo -por ejemplo, frente al Club de Regatas-; “torbellinos”: concurrencia simultánea de cosas o aguas. Accidentes que desaparecen en crecientes máximas, dentro de lo normal, debido al enorme caudal que arrastra y donde se aprecia que la corriente es una sola.
No deja de tener algo de certeza la teoría del doctor Ramón Contreras, que en sus “Recuerdos históricos”, criticado por Mantilla, expresa que las corrientes que los conquistadores mencionan son las que “recibe a su derecha por parte del Chaco, los cuatro pequeños ríos llamados Negro, Tragadero, Iné, otro más que lo sigue al noreste y los dos brazos principales del río Paraguay, llamados río Ancho, uno, y el otro Paraguay propiamente. Esas corrientes que descargan sus aguas por seis bocas en el Paraná, con la de éste forman las “siete corrientes”. Es un enfoque más preciso que se encuadra en el concepto de una corriente. Seguramente el riacho Antequera, último amarradero en 1973 de balsas y “vaporcitos”, está incluido en la apreciación de Contreras.
Es de puntualizar que en el siglo de los asentamientos sobre el Paraná, desde 1526 hasta finales de la centuria, nuestro idioma aún se estaba perfeccionando, pese ya a su antigüedad, e incorporando nuevas expresiones que precisaban el nombre de las cosas. 
Miguel de Cervantes, seguramente, había de estar redondeando su Quijote, impreso en 1606 y que enriqueció vigorosamente nuestra lengua española. Tampoco olvidemos que el territorio ibérico no está surcado por ríos de la magnitud del Paraná que pudieran tener accidentes similares a los de nuestras costas con sus correspondientes nombres.
En cuanto al vocablo corrientes -con s- los lingüistas niegan la utilización del singular y el plural por parte de los nativos. Para expresar el concepto de “muchos” utilizaban la palabra kuera; concepto que, estimo, aún subsiste en el vocabulario de algunos grupos sociales; por ejemplo, al decir “los Monchos cuera” para designar a una familia con numerosos componentes.
Todo lo dicho fundamenta que siete corrientes no es una frase nativa. El fundador utiliza el verbo llamar en presente: “llaman”, ya era conocido, al sitio fundacional. Para esta nota no puede conocer si hay registros que el primer navegante, italiano, Sebastián Gaboto, haya mencionado sesenta años antes que Torres de Vera, que el paraje que explorara se lo conocía como Siete Corrientes. 
Gaboto amarró en el paraje de Yaguarón -actual Perichón- dándole el nombre de Santa Ana al amarradero.
En cuanto a la acuñación de la frase, es el padre franciscano y cronista Juan de Rivadeneira, quien ya en 1581 propuso al Rey la fundación de “una ciudad junto a las Siete Corrientes” porque hay aparejo. Haciendo un gran esfuerzo, se podría interpretar que el sitio estaba preparado para actividades diversas, incluyendo amarre de naves. Y es el padre Quiroga el primer cronista que utiliza la palabra siete puntas cuando escribe “llámase de las siete corrientes, porque el terreno donde está situada la ciudad hace siete puntas de piedra que salen al río, en los cuales la corriente del Paraná es más fuerte.
Precisando mi postura, una corriente de un río es más o menos fuerte conforme al caudal que arrastra medidos en metros cúbicos por segundos, que a su vez surge de la profundidad y ancho de su lecho y de los afluentes que en su trayecto pudiera recibir, de los niveles de precipitación y de la superficie de su cuenca. Todos atributos que ninguna de las siete corrientes tiene.
No olvidemos tampoco que el Paraná baña más de setecientos kilómetros de costas correntinas donde se producen también accidentes fluviales, sin ser llamados corrientes y que no pasaron a la historia.
En mis fuentes informativas pude observar que en su aceptación hidrográfica y dentro del marco del acta fundacional, el vocablo corrientes no es abordado, tal vez por no considerarlo con entidad histórica. Vaya si la tiene, y mucha, toda vez que reemplazó nada menos que el nombre del propio fundador.
Tampoco tengo conocimiento de que la legislación indiana, en cuanto a directivas para los asentamientos, haya previsto o prohibido el cambio de nombre original de una ciudad rioplatense fundada “en nombre de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu... y de la Sacratísima Virgen su madre, y del Rey don Felipe Nuestro Señor”, expresado en el Acta de Fundación. El ilustre y último adelantado rioplatense no previó que un nombre de su ilustre linaje habría de ser reemplazado por acción de cabildantes y costumbre y que Ciudad de Vera se convierta simplemente en Corrientes, evitando que su nombre se inmortalizara en una hermosa ciudad como la nuestra y nosotros nos llamemos “veraneenses”.
Pero de todas maneras debemos celebrar el cambio porque ¿cómo se hubiera llamado nuestro nostálgico chamamé “A mi Corrientes Porá”?

Fuentes consultadas:
Historia Argentina. D. Abad de Santillán
Crónicas Históricas. Florencio Mantilla.
Argentina Indígena. Ibarra Grasso.
Dirección de Vías Navegables.

Últimas noticias

PUBLICIDAD