Kovadloff: “El ejercicio del poder no puede llevarse a cabo a espaldas del ideal de justicia”
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Kovadloff: “El ejercicio del poder no puede llevarse a cabo a espaldas del ideal de justicia”

En el hotel Guaraní, mañana a las 20 Kovadloff presenta “Locos de Dios”, su último libro en el ciclo Primavera Planeta, organizado por la editorial y el Banco Hipotecario. Esta  entrevista fue realizada en el programa “Todos los Vientos” que se emite de lunes a viernes de 19 a 20 en Radio Unne 99.7.

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El profeta bíblico, sostiene Kovadloff, no tiene precedentes y ningún poder temporal lo autoriza ni lo inviste. Se presenta ante los poderosos reclamando el cumplimiento de la ley de Dios. Reclama justicia. Se los llamaba “locos de Dios”.

—Tu último libro habla sobre las relaciones entre el poder político y la justicia social y toma algunos personajes históricos para desarrollar esta idea. ¿Cuál fue el motivo primordial de este ensayo?
—Son muy oscuras las raíces que se van desplegando hasta dar origen a la necesidad de privilegiar un tema entre los muchos que, a veces, circulan en la cabeza de un escritor.
Yo siempre tuve la convicción de que, los profetas eran figuras particularmente actuales porque, a medida de que se los estudiaba se podía advertir que la propuesta de ellos seguía siendo una deuda el presente. Esa propuesta es la de conciliar ética y política; es decir, que el ejercicio del poder no se llevara a cabo de espaldas al ideal de justicia.
Los profetas judíos, que encarnaron esta voluntad de aproximación entre el poder político y la demanda ética, nunca soñaron que la conciliación entre ética y política podría constituirse en una homologación perfecta, una sinonimia sin fisura de una y otra cosa, pero sí entendieron que, si la política no contemplaba el ideal de la justicia social en el despliegue de su gestión propia, terminaría apartándose de aquellos ideales que al pueblo judío le dieron un sentido como nación y que el peligro primordial que pesaba sobre el reino de Israel -hace 2700 años- provenían mucho menos de las amenazas externas de otros pueblos que querían avasallar al reino de Israel y mucho más de la fragilidad moral de quienes ejercían el poder, este fue el punto de partida.
—¿El profeta era una especie de vocero de Dios? ¿Un loco de Dios?
—Sí, yo lo llamo así, partiendo de la idea de que Dios en el marco de este libro, que no es estrictamente hablando un libro religioso, Dios está concebido como el repertorio de demandas éticas que le formula la trascendencia -el ideal de la trascendencia- a la comunidad judía; es decir, las tablas de la ley. Las tablas de la ley conforman la deuda y la brújula, mediante la cual se rigen los judíos del pasado en el cumplimiento de su vida comunitaria.
-Por lo tanto, el profeta no sólo condenaba, sino suplicaba.
—Muy bien lo recordás, porque el profeta viene a decir a la comunidad no lo que debe hacer, como si fuera un visionario que adivina lo que a uno le sucedió, sino que es un analista político, sagaz, perceptivo, que le dice al poder que, yendo por el camino que va -de espaldas a las necesidades sociales mayoritarias- está contribuyendo a la decadencia y a la destrucción del reino de Israel.
—¿Y quién lo inviste de ese poder?
—Justamente mientras a los rabíes y a los príncipes los embisten de sus respectivos poderes los consensos comunitarios y las distintas configuraciones de la tradición; el profeta es un individuo que se autodesigna como tal, sin tener el respaldo de ningún consenso colectivo. Sólo extrae la fuerza de su poder de persuasión de la elocuencia y la decencia con que procede.
—Pone acento en la virtud y en el cumplimiento de cierta cosa que no está sucediendo ¿No es cierto?
—Claro, está llamando la atención sobre un vacío entre la praxis sociopolítica y el ideal de justicia que debe regir es acción política.
—¿Por qué te ocupás de Jesús?
—La figura de Jesús, la de Pablo, la de Sócrates, la del bufón medieval, la de Maquiavelo o la de Camus y la de Mandela son configuraciones históricas ulteriores de ese espíritu profético, que señala la necesidad de la que la política no se divorcie de la solidaridad social. 
Yo he elegido estas figuras posteriores a las del navío o la del profeta judío, porque entiendo que ese espíritu profético se desplegó en esas configuraciones cronológicamente posteriores y permitió sostener, en el tiempo, la insistencia que la moral lleva a cabo para que la política no olvide su deuda. Jesús es, en particular, la figura que en el marco de la comunidad judía más pobre -que es la de Galilea- lleva adelante una labor solidaria, que permite concebirlo a él como un auténtico líder, independientemente del empleo de categorías teológicas que podrían llegar a considerarlo como el hijo de Dios o el creador de una nueva religión. Jesús es el hombre en quién está encarnada la rectitud de la ética, aplicada a la consideración del prójimo.
—La figura de Pablo es central, porque va a ser quien interprete el sentimiento ecuménico de Jesús en la preocupación por el otro.
—Ni más ni menos. Pablo es el hombre qué tiene a su cargo reconfigurar el alcance de la vida y de la muerte de Jesús. Pablo se interesa por la resurrección como punto de partida de la configuración de la figura de Jesús, porque la resurrección para Pablo es la prueba de que la eternidad ha podido derrotar a la historia, del que el tiempo ha sido vencido por una fuerza Superior, que es precisamente la que emerge de ese mundo celeste del cual provendría Jesús y al que vuelve tras la resurrección.
—Qué momento tan particular el de Pablo ¿no?, sentirse judío, es conmovedor. Pablo parado en ese momento ¿no?
—Me alegro que lo sientas así. Para mí fue uno de los momentos más apasionantes de la composición del libro, al igual que la figura de Maquiavelo; fueron dos de los personajes del libro que me demandaron una disposición muy profunda hacia el reconocimiento de algo inédito.
—Inédito, el ser judío y el tratar de ir más allá de eso.
—Sí, exactamente. Porque Pablo está persuadido de que el porvenir del judaísmo, después de la caída de Israel en manos de Roma,  ya no puede pasar por la sujeción a los mandamientos de la ley, sino que tiene que pasar por la comprensión de que la muerte ha derrotado a la historia, que la eternidad ha podido más que la historia y que la salvación de los injustos,  la salvación de aquellos que han sido castigados por la injusticia se producirá en la eternidad y no en la historia.
—Y de algún modo el judaísmo es más que un territorio para él.
—Por supuesto, él ve al judaísmo más allá de la idea la territorialidad.
—Para mí es conmovedor porque Pablo no es tan recordado y me parece que también ese es otro objetivo del libro ¿no?
—Sí, yo lo he estudiado con mucho detenimiento y pude comprender gracias a eso el dilema primordial que plantea el porvenir del judaísmo, tras la caída de los muros de Jerusalén. El dilema primordial que plantea eso es: cómo puede subsistir esta tradición tan imprescindible para los rabíes, por una parte, y para Pablo por otro. Y el camino que opta Pablo es el de reducir el judaísmo a las virtudes morales con independencia del cumplimento de la liturgia y lo expande hacia el lado de los paganos. ¿Por qué los paganos? Porque los paganos representaban la absoluta disolución de valores nacionales y culturales en los pueblos avasallados por Roma. Y ahí, donde ya no quedaba en pie la mínima esperanza de significar algo que permitiera redimirse en la historia, Pablo introduce la idea de los que no se redimen en la historia, puede redimirse en la eternidad.
—Hay un personaje inquietante en el libro, que es el único que no tiene nombre: el Bufón.  ¿Por qué?
—El Bufón, en verdad yo nombró a dos bufones que pertenecieron a la Corte francesa de los siglos XIV y XV, y esta figura del Bufón me ha interesado porque guarda, por una parte, connotaciones muy cercanas a la conducta del profeta y, por otro, difiere de él una especificidad histórica que vuelve imposible una homologación absoluta. 
¿En qué se parecen? Cuando se estudia la conducta de los profetas en la relación con su pueblo cuando llevan adelante su prédica, uno advierte que los profetas en muchos momentos proceden de un modo paródico y hasta te diría payasesco; por ejemplo, cuando una figura como Amos decide casarse con una prostituta ante la perplejidad de su pueblo y le preguntan por qué lo hace y él que tiene una visión de la corrupción de Israel profunda dice que al proceder como lo hizo no está haciendo otra cosa, que lo que hace el propio pueblo de Israel que es envilecerse. O cuando Jeremías, envuelto en cadenas, se pasea por las calles de Jerusalén y perpleja la gente le pregunta por qué se presenta así y él les dice porque así viven ustedes; como si quisiera aleccionar con su comportamiento dando visibilidad a una forma de estar en el mundo que él criticaba.
Estas conductas que son también bufonescas, en el bufón Medieval, en el bufón francés, ponen en juego un doble procedimiento. Denuncia el bufón el cinismo de quienes rodean al rey y al poder, en el afán de ganar más y más proyección; y por otro lado, al valerse de esa profunda autonomía que el rey le da para que haga lo que quiera, es al mismo rey a quien el bufón enfrenta para recordarle que muchas de sus conductas no están a la altura de su investidura. 
—Es el poder que crea al bufón. Es increíble y muy interesante, porque en los otros casos no sucede esto.
—El poder crea al bufón pero el bufón a su vez enfrenta al poder como si no dependiera de él.
—No le teme.
—No, no le teme y eso se ve muy bien en la representación que brinda William Shakespeare en “El rey Lear”, donde el bufón es una figura desafiante, sarcástica hasta te diría implacable para con el rey. Si bien después claro esta desaparece, pero el bufón es una configuración medieval de aquella voluntad de denuncia que permite entender que el poder político se entrega mucho más a las facilidades de la corrupción que a los deberes de la integridad social.
—¿Por qué elegiste a Maquiavelo y decís que Maquiavelo no fue maquiavélico? 
—Maquiavelo me atrajo siempre, desde hace muchos años, al igual que la figura de Sócrates con las que yo sentía que como ensayista tenía una deuda de análisis, que finalmente pude venir a saldar ahora en la vejez, y lo cierto es que la figura de Maquiavelo me atrajo porque yo considero que Maquiavelo fue, ante todo, un escritor sarcástico a la manera de Ariosto y como en buena medida también se lo puede advertir en Dante o en Boccaccio. Es decir, el tratado que el consagra al príncipe no es para mí un tratado donde el desarrolla convicciones personales para alcanzar y afianzarse en el poder, sino que él retrata las conductas vigentes en su tiempo, denunciándolas por lo que tienen de implacables, de inmorales, de brutalmente criminales para llevar adelante esta idea de afianzarse en el trono.
Entonces, él escribe un manual que es algo así como un manual para aprender a llegar al poder sin la menor cautela moral, sin la menor posibilidad de que lo detengan a uno en su proyecto otra cosa que la ausencia de una estrategia adecuada. Entonces, Maquiavelo escribiendo este tratado, que por otra parte dedicó a las autoridades de su tiempo, fue sin embargo como un autor que proponía la crueldad y la ausencia de escrúpulos como maneras de ejercer la política.
—En  Discursos de Tito Livio analiza el tema de la corrupción, en el sentido clásico del término; es decir, un desvió de lo sano de la república, no en el sentido contemporáneo que le damos sólo como ilegalidad, si no en ese sentido de violentar la república.
—Quise enfatizarlo porque me parece muy importante advertir que las convicciones políticas de Maquiavelo son las de un republicano y no las de un monárquico y que tienen que ver, tal como él las desarrolla en “El príncipe”, como el retrato de los dilemas sin solución que genera la monarquía, cuando carece de proyectos de conciliación entre distintos sectores sociales. Entonces la demagogia, la mentira, la seducción sin finalidad ética, todo eso para él terminó por hacer del poder una herramienta autodestructiva. 
Me gustó mucho estudiarlo porque además, como figura del Renacimiento temprano, muestra muy bien algo que no fue muy trabajado y es que todo lo que el Renacimiento había aportado en relación a la cultura grecolatina en el campo de la literatura, aún de la filosofía, de la pintura, no había alcanzado el desarrollo que le dio Maquiavelo en el campo de la ciencia política, y él logra esto.
—¿Porque Albert Camus? 
—La figura de Camus es la figura rectora, inspiradora de la vocación, que como ensayista a mí me llevó a escribir el libro. Es un escritor al que leí su compasión mucho antes de entenderlo, desde los 16 años. Pero había algo en su enunciación que me llevó a no poder dejarlo nunca y a poder avanzar con los años en un entendimiento más hondo y sistemático de sus ideas, yo creo que Camus es un gran personaje, el gran moralista el siglo XX porque además es un trágico. El entiende que la lucha por la dignidad y la ética, no debe llevarse a cabo porque es seguro que se pueda lograr vivir en un mundo mejor, sino porque el mundo mejor que se puede vivir, es el mundo de la lucha por la dignidad ética. Entonces él invierte el planteo que coloca como finalidades de la acción ética a un desenlace provechoso para hacer de la conducta ética la finalidad que le da consistencia y dignidad a la persona, y libertad necesaria para jugarse por un ideal.
—Hace unos días  tuviste un problema de salud en un vuelo a Mendoza. Le pregunto al hombre reunido que sos, al poeta, al escritor, al  ensayista, al articulista, al profesor. El año pasado en un texto emocionante; de una hondura increíble hablás de la vida y la muerte. ¿Podés recordarnos ese texto? ¿Por qué lo escribiste? y ¿Cómo lo ves hoy?
—Ese ensayo nació de un proyecto que ya se encuentra en despliegue en las páginas de La Nación. Una vez por mes público un texto vinculado a algún problema que me resulte crucial por su complejidad y por su importancia para mí. Allí quise escribir un texto en el cual, seguramente, desde mi experiencia de ser un hombre de 75 años, quise demostrar que la muerte nos amenaza primordialmente como claudicación de los ideales que tenemos. Se muere de verdad mucho antes de fallecer cuando aquellos sueños que hemos tenido, que han impulsado nuestra acción cotidiana en el campo del estudio, de la creación, del acercamiento celebratorio a la belleza de la vida, pierden relieve y nosotros enmudecemos. Entonces ese enmudecimiento que precede desde nuestra extinción material tiene, sin embargo, ya el carácter de una verdadera muerte. Y por eso llego a la conclusión que lo ideal es nacer dos veces; una vez paridos por nuestra madre y la segunda por nuestra pasión, por nuestra vocación, por aquello que constituye un desvelo creador para nosotros y que es igualmente ideal morir una sola vez, cuando la naturaleza toma la palabra y se lleva nuestro cuerpo extinguido hacia la muerte, mientras que no morir dos veces porque la primera sería advertir cómo han caído nuestros ideales que le han dado sustento moral y estético… y solidario a nuestra vida.

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Kovadloff: “El ejercicio del poder no puede llevarse a cabo a espaldas del ideal de justicia”

En el hotel Guaraní, mañana a las 20 Kovadloff presenta “Locos de Dios”, su último libro en el ciclo Primavera Planeta, organizado por la editorial y el Banco Hipotecario. Esta  entrevista fue realizada en el programa “Todos los Vientos” que se emite de lunes a viernes de 19 a 20 en Radio Unne 99.7.

El profeta bíblico, sostiene Kovadloff, no tiene precedentes y ningún poder temporal lo autoriza ni lo inviste. Se presenta ante los poderosos reclamando el cumplimiento de la ley de Dios. Reclama justicia. Se los llamaba “locos de Dios”.

—Tu último libro habla sobre las relaciones entre el poder político y la justicia social y toma algunos personajes históricos para desarrollar esta idea. ¿Cuál fue el motivo primordial de este ensayo?
—Son muy oscuras las raíces que se van desplegando hasta dar origen a la necesidad de privilegiar un tema entre los muchos que, a veces, circulan en la cabeza de un escritor.
Yo siempre tuve la convicción de que, los profetas eran figuras particularmente actuales porque, a medida de que se los estudiaba se podía advertir que la propuesta de ellos seguía siendo una deuda el presente. Esa propuesta es la de conciliar ética y política; es decir, que el ejercicio del poder no se llevara a cabo de espaldas al ideal de justicia.
Los profetas judíos, que encarnaron esta voluntad de aproximación entre el poder político y la demanda ética, nunca soñaron que la conciliación entre ética y política podría constituirse en una homologación perfecta, una sinonimia sin fisura de una y otra cosa, pero sí entendieron que, si la política no contemplaba el ideal de la justicia social en el despliegue de su gestión propia, terminaría apartándose de aquellos ideales que al pueblo judío le dieron un sentido como nación y que el peligro primordial que pesaba sobre el reino de Israel -hace 2700 años- provenían mucho menos de las amenazas externas de otros pueblos que querían avasallar al reino de Israel y mucho más de la fragilidad moral de quienes ejercían el poder, este fue el punto de partida.
—¿El profeta era una especie de vocero de Dios? ¿Un loco de Dios?
—Sí, yo lo llamo así, partiendo de la idea de que Dios en el marco de este libro, que no es estrictamente hablando un libro religioso, Dios está concebido como el repertorio de demandas éticas que le formula la trascendencia -el ideal de la trascendencia- a la comunidad judía; es decir, las tablas de la ley. Las tablas de la ley conforman la deuda y la brújula, mediante la cual se rigen los judíos del pasado en el cumplimiento de su vida comunitaria.
-Por lo tanto, el profeta no sólo condenaba, sino suplicaba.
—Muy bien lo recordás, porque el profeta viene a decir a la comunidad no lo que debe hacer, como si fuera un visionario que adivina lo que a uno le sucedió, sino que es un analista político, sagaz, perceptivo, que le dice al poder que, yendo por el camino que va -de espaldas a las necesidades sociales mayoritarias- está contribuyendo a la decadencia y a la destrucción del reino de Israel.
—¿Y quién lo inviste de ese poder?
—Justamente mientras a los rabíes y a los príncipes los embisten de sus respectivos poderes los consensos comunitarios y las distintas configuraciones de la tradición; el profeta es un individuo que se autodesigna como tal, sin tener el respaldo de ningún consenso colectivo. Sólo extrae la fuerza de su poder de persuasión de la elocuencia y la decencia con que procede.
—Pone acento en la virtud y en el cumplimiento de cierta cosa que no está sucediendo ¿No es cierto?
—Claro, está llamando la atención sobre un vacío entre la praxis sociopolítica y el ideal de justicia que debe regir es acción política.
—¿Por qué te ocupás de Jesús?
—La figura de Jesús, la de Pablo, la de Sócrates, la del bufón medieval, la de Maquiavelo o la de Camus y la de Mandela son configuraciones históricas ulteriores de ese espíritu profético, que señala la necesidad de la que la política no se divorcie de la solidaridad social. 
Yo he elegido estas figuras posteriores a las del navío o la del profeta judío, porque entiendo que ese espíritu profético se desplegó en esas configuraciones cronológicamente posteriores y permitió sostener, en el tiempo, la insistencia que la moral lleva a cabo para que la política no olvide su deuda. Jesús es, en particular, la figura que en el marco de la comunidad judía más pobre -que es la de Galilea- lleva adelante una labor solidaria, que permite concebirlo a él como un auténtico líder, independientemente del empleo de categorías teológicas que podrían llegar a considerarlo como el hijo de Dios o el creador de una nueva religión. Jesús es el hombre en quién está encarnada la rectitud de la ética, aplicada a la consideración del prójimo.
—La figura de Pablo es central, porque va a ser quien interprete el sentimiento ecuménico de Jesús en la preocupación por el otro.
—Ni más ni menos. Pablo es el hombre qué tiene a su cargo reconfigurar el alcance de la vida y de la muerte de Jesús. Pablo se interesa por la resurrección como punto de partida de la configuración de la figura de Jesús, porque la resurrección para Pablo es la prueba de que la eternidad ha podido derrotar a la historia, del que el tiempo ha sido vencido por una fuerza Superior, que es precisamente la que emerge de ese mundo celeste del cual provendría Jesús y al que vuelve tras la resurrección.
—Qué momento tan particular el de Pablo ¿no?, sentirse judío, es conmovedor. Pablo parado en ese momento ¿no?
—Me alegro que lo sientas así. Para mí fue uno de los momentos más apasionantes de la composición del libro, al igual que la figura de Maquiavelo; fueron dos de los personajes del libro que me demandaron una disposición muy profunda hacia el reconocimiento de algo inédito.
—Inédito, el ser judío y el tratar de ir más allá de eso.
—Sí, exactamente. Porque Pablo está persuadido de que el porvenir del judaísmo, después de la caída de Israel en manos de Roma,  ya no puede pasar por la sujeción a los mandamientos de la ley, sino que tiene que pasar por la comprensión de que la muerte ha derrotado a la historia, que la eternidad ha podido más que la historia y que la salvación de los injustos,  la salvación de aquellos que han sido castigados por la injusticia se producirá en la eternidad y no en la historia.
—Y de algún modo el judaísmo es más que un territorio para él.
—Por supuesto, él ve al judaísmo más allá de la idea la territorialidad.
—Para mí es conmovedor porque Pablo no es tan recordado y me parece que también ese es otro objetivo del libro ¿no?
—Sí, yo lo he estudiado con mucho detenimiento y pude comprender gracias a eso el dilema primordial que plantea el porvenir del judaísmo, tras la caída de los muros de Jerusalén. El dilema primordial que plantea eso es: cómo puede subsistir esta tradición tan imprescindible para los rabíes, por una parte, y para Pablo por otro. Y el camino que opta Pablo es el de reducir el judaísmo a las virtudes morales con independencia del cumplimento de la liturgia y lo expande hacia el lado de los paganos. ¿Por qué los paganos? Porque los paganos representaban la absoluta disolución de valores nacionales y culturales en los pueblos avasallados por Roma. Y ahí, donde ya no quedaba en pie la mínima esperanza de significar algo que permitiera redimirse en la historia, Pablo introduce la idea de los que no se redimen en la historia, puede redimirse en la eternidad.
—Hay un personaje inquietante en el libro, que es el único que no tiene nombre: el Bufón.  ¿Por qué?
—El Bufón, en verdad yo nombró a dos bufones que pertenecieron a la Corte francesa de los siglos XIV y XV, y esta figura del Bufón me ha interesado porque guarda, por una parte, connotaciones muy cercanas a la conducta del profeta y, por otro, difiere de él una especificidad histórica que vuelve imposible una homologación absoluta. 
¿En qué se parecen? Cuando se estudia la conducta de los profetas en la relación con su pueblo cuando llevan adelante su prédica, uno advierte que los profetas en muchos momentos proceden de un modo paródico y hasta te diría payasesco; por ejemplo, cuando una figura como Amos decide casarse con una prostituta ante la perplejidad de su pueblo y le preguntan por qué lo hace y él que tiene una visión de la corrupción de Israel profunda dice que al proceder como lo hizo no está haciendo otra cosa, que lo que hace el propio pueblo de Israel que es envilecerse. O cuando Jeremías, envuelto en cadenas, se pasea por las calles de Jerusalén y perpleja la gente le pregunta por qué se presenta así y él les dice porque así viven ustedes; como si quisiera aleccionar con su comportamiento dando visibilidad a una forma de estar en el mundo que él criticaba.
Estas conductas que son también bufonescas, en el bufón Medieval, en el bufón francés, ponen en juego un doble procedimiento. Denuncia el bufón el cinismo de quienes rodean al rey y al poder, en el afán de ganar más y más proyección; y por otro lado, al valerse de esa profunda autonomía que el rey le da para que haga lo que quiera, es al mismo rey a quien el bufón enfrenta para recordarle que muchas de sus conductas no están a la altura de su investidura. 
—Es el poder que crea al bufón. Es increíble y muy interesante, porque en los otros casos no sucede esto.
—El poder crea al bufón pero el bufón a su vez enfrenta al poder como si no dependiera de él.
—No le teme.
—No, no le teme y eso se ve muy bien en la representación que brinda William Shakespeare en “El rey Lear”, donde el bufón es una figura desafiante, sarcástica hasta te diría implacable para con el rey. Si bien después claro esta desaparece, pero el bufón es una configuración medieval de aquella voluntad de denuncia que permite entender que el poder político se entrega mucho más a las facilidades de la corrupción que a los deberes de la integridad social.
—¿Por qué elegiste a Maquiavelo y decís que Maquiavelo no fue maquiavélico? 
—Maquiavelo me atrajo siempre, desde hace muchos años, al igual que la figura de Sócrates con las que yo sentía que como ensayista tenía una deuda de análisis, que finalmente pude venir a saldar ahora en la vejez, y lo cierto es que la figura de Maquiavelo me atrajo porque yo considero que Maquiavelo fue, ante todo, un escritor sarcástico a la manera de Ariosto y como en buena medida también se lo puede advertir en Dante o en Boccaccio. Es decir, el tratado que el consagra al príncipe no es para mí un tratado donde el desarrolla convicciones personales para alcanzar y afianzarse en el poder, sino que él retrata las conductas vigentes en su tiempo, denunciándolas por lo que tienen de implacables, de inmorales, de brutalmente criminales para llevar adelante esta idea de afianzarse en el trono.
Entonces, él escribe un manual que es algo así como un manual para aprender a llegar al poder sin la menor cautela moral, sin la menor posibilidad de que lo detengan a uno en su proyecto otra cosa que la ausencia de una estrategia adecuada. Entonces, Maquiavelo escribiendo este tratado, que por otra parte dedicó a las autoridades de su tiempo, fue sin embargo como un autor que proponía la crueldad y la ausencia de escrúpulos como maneras de ejercer la política.
—En  Discursos de Tito Livio analiza el tema de la corrupción, en el sentido clásico del término; es decir, un desvió de lo sano de la república, no en el sentido contemporáneo que le damos sólo como ilegalidad, si no en ese sentido de violentar la república.
—Quise enfatizarlo porque me parece muy importante advertir que las convicciones políticas de Maquiavelo son las de un republicano y no las de un monárquico y que tienen que ver, tal como él las desarrolla en “El príncipe”, como el retrato de los dilemas sin solución que genera la monarquía, cuando carece de proyectos de conciliación entre distintos sectores sociales. Entonces la demagogia, la mentira, la seducción sin finalidad ética, todo eso para él terminó por hacer del poder una herramienta autodestructiva. 
Me gustó mucho estudiarlo porque además, como figura del Renacimiento temprano, muestra muy bien algo que no fue muy trabajado y es que todo lo que el Renacimiento había aportado en relación a la cultura grecolatina en el campo de la literatura, aún de la filosofía, de la pintura, no había alcanzado el desarrollo que le dio Maquiavelo en el campo de la ciencia política, y él logra esto.
—¿Porque Albert Camus? 
—La figura de Camus es la figura rectora, inspiradora de la vocación, que como ensayista a mí me llevó a escribir el libro. Es un escritor al que leí su compasión mucho antes de entenderlo, desde los 16 años. Pero había algo en su enunciación que me llevó a no poder dejarlo nunca y a poder avanzar con los años en un entendimiento más hondo y sistemático de sus ideas, yo creo que Camus es un gran personaje, el gran moralista el siglo XX porque además es un trágico. El entiende que la lucha por la dignidad y la ética, no debe llevarse a cabo porque es seguro que se pueda lograr vivir en un mundo mejor, sino porque el mundo mejor que se puede vivir, es el mundo de la lucha por la dignidad ética. Entonces él invierte el planteo que coloca como finalidades de la acción ética a un desenlace provechoso para hacer de la conducta ética la finalidad que le da consistencia y dignidad a la persona, y libertad necesaria para jugarse por un ideal.
—Hace unos días  tuviste un problema de salud en un vuelo a Mendoza. Le pregunto al hombre reunido que sos, al poeta, al escritor, al  ensayista, al articulista, al profesor. El año pasado en un texto emocionante; de una hondura increíble hablás de la vida y la muerte. ¿Podés recordarnos ese texto? ¿Por qué lo escribiste? y ¿Cómo lo ves hoy?
—Ese ensayo nació de un proyecto que ya se encuentra en despliegue en las páginas de La Nación. Una vez por mes público un texto vinculado a algún problema que me resulte crucial por su complejidad y por su importancia para mí. Allí quise escribir un texto en el cual, seguramente, desde mi experiencia de ser un hombre de 75 años, quise demostrar que la muerte nos amenaza primordialmente como claudicación de los ideales que tenemos. Se muere de verdad mucho antes de fallecer cuando aquellos sueños que hemos tenido, que han impulsado nuestra acción cotidiana en el campo del estudio, de la creación, del acercamiento celebratorio a la belleza de la vida, pierden relieve y nosotros enmudecemos. Entonces ese enmudecimiento que precede desde nuestra extinción material tiene, sin embargo, ya el carácter de una verdadera muerte. Y por eso llego a la conclusión que lo ideal es nacer dos veces; una vez paridos por nuestra madre y la segunda por nuestra pasión, por nuestra vocación, por aquello que constituye un desvelo creador para nosotros y que es igualmente ideal morir una sola vez, cuando la naturaleza toma la palabra y se lleva nuestro cuerpo extinguido hacia la muerte, mientras que no morir dos veces porque la primera sería advertir cómo han caído nuestros ideales que le han dado sustento moral y estético… y solidario a nuestra vida.