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La alquimia de la política en la calculadora de Alberto y Mauricio

Alberto Fernández tiene a la matemática de su lado, pero el Gobierno puede echar mano sobre una caja de herramientas que cuenta al calendario como aliado. Solamente una sangría de grandes proporciones para el Frente de Todos podría modificar el escenario electoral hasta octubre, aunque los antecedentes le dan una esperanza a Mauricio Macri.

Por Juan Manuel Laprovitta
Diario El Litoral
@juanmalapro

Si los resultados dependieran solamente de la aritmética, el 27 de octubre Alberto Fernández sacará pasaje a la Casa Rosada y Cristina Fernández de Kirchner achicará a 0 los metros que la separan del estrado del Senado de la Nación.
Si se pudiera extrapolar a octubre la diferencia de casi 15 puntos a favor del Frente de Todos que arrojó la elección primaria de ayer sería suficiente para pensar que el 10 de diciembre por primera vez en la democracia argentina completará su mandato un presidente no peronista y que se reinicia un ciclo dominado por el Justicialismo.
Sin embargo, hoy comienza una cuenta regresiva de dos meses y quince días en los que Mauricio Macri puede maniobrar y sabe cómo, aunque le toque correr por el ripio ingrato de la segunda posición en la raya de largada.
Los números dicen que en 2015 el actual mandatario pasó del 24,5% de las Primarias al 34,15% en las generales que le permitieron instalarse en el balotaje.
Y el peronismo, que llevaba como candidato a Daniel Scioli, en ese mismo plazo retrocedió un punto y medio.
Es cierto, en los cuatro años que siguieron a esas elecciones pasaron cosas. La economía, la unidad de buena parte de la oposición, la centralidad concedida de la que goza Alberto Fernández gracias a la ex presidenta y factores de índole variada como la segmentación del voto de derecha que abona al macrismo, modificaron el escenario.
Macri solamente puede alcanzar una eventual segunda vuelta sacándole votos a Fernández.
Muy difícil será para las escuderías en carrera salir a buscar ahora los votos que les faltan en el 1,20% que cosecharon en conjunto los cuatro presidenciables que quedaron afuera de la elección de octubre (el autonomista “Pocho” Romero Feris, Manuela Castañeira de la izquierda socialista, el vecinalista Raúl Albarracín y el nacionalista de derecha Alejandro Biondini).
Eso obligaría, primero, a subestimar a sus electores y segundo, a adoptar posturas inclasificables para los decálogos políticos que manejan.
La otra opción es pescar en la pecera de los votos del candidato “provida” Juan José Gómez Centurión y del economista liberal José Luis Espert, que en ese mismo orden quedaron clasificados en los guarismos de anoche según el pésimo sistema de cómputos oficial del escrutinio provisorio.
Mientras que el ex jefe de la Aduana se quedó con el 2,62%, el economista consiguió el 2,21%: así Macri les arrebate el 100 por ciento de sus cosechas electorales (o se bajaran de la compulsa), tampoco le alcanzaría. Y encima, seducir a sus electorados implicaría cambios alevosos en las posturas sobre el manejo de las cuentas y eventualmente, que el jefe de Estado se ponga el pañuelo celeste contra el aborto.
La izquierda en esta elección tuvo a su mejor exponente en el diputado mendocino Nicolás Del Caño, que dio el salto a las generales de octubre al sumar 2,88%. Es difícil suponer que el voto trotskista se vuelque a la boleta que lleva los rostros del ex presidente de Boca Juniors y el eterno senador rionegrino.
Por encima de ese horizonte, además, Fernández ya le hizo un guiño al electorado de Roberto Lavagna, que anoche contó el 8,34% al rozar los dos millones de votos en todo el país.
Lo hizo a través de Twitter, donde el ex jefe de Gabinete del kirchnerismo le agradeció adelante de sus 261.000 seguidores al ex ministro de Economía que lo haya llamado y felicitado tras conocer que se llevaba la tajada más grande de la torta electoral de estas Paso.
Para Juntos por el Cambio no alcanzó convertir en una fortaleza del lenguaje de campaña al despectivo “gato” del cual el propio Mauricio Macri se ufanó de ser llamado. Tampoco reconocer que los vaivenes de la economía dejaron a la inflación como el mercurio de un termómetro en rojo.
Las bienaventuranzas del idioma publicitario con el que sabe hablar muy bien el oficialismo todo, en esta oportunidad se pulverizaron al estrellarse con una pelea de armas iguales en las redes y de desventajas notables en la calle.
La nueva compulsa demandará al PRO y sus aliados, más que un mayor esfuerzo, uno distinto, porque pasar de los timbreos a los actos con escenario en 360º y de los brazos abiertos de Margarita Barrientos a los abrazos de Trump y el FMI, se tradujo en una sensible fuga de votos.
El rendimiento electoral de “volver al mundo y a los mercados”, coronado con la organización de la cumbre del G20, fue insuficiente. Como la permanente alusión al pasado y a la herencia recibida.
Al mover el prisma, también arrojó malas noticias el voto de los distritos donde ponían mayor expectativa, como los gobernados por el PRO -Ciudad y Provincia de Buenos Aires- así como las provincias radicales -Mendoza, Jujuy y Corrientes.
Aunque por un margen de dudosa holgura, solamente Horacio Rodríguez Larreta ofrecía un alivio ante la lluvia de números que le eran esquivos al búnker de los globos amarillos, pues ganó en la capital. Pero ni los ucerreístas, ni la capitanía ubicada en el palacio de gobierno de La Plata podían revertir los guarismos que daban una suma nacional favorable al peronismo.
Así, será más difícil remontar el cálculo de la categoría presidencial, teniendo en cuenta que la silueta política mejor configurada en el oficialismo, María Eugenia Vidal, sufrió una derrota de proporciones inasibles en el bastión más poblado de la Argentina.
La derrota allí fue aún más dolorosa para la Casa Rosada: se impuso con casi el 50 por ciento de los votos la flor y nata del kirchnerismo, un hombre de La Cámpora que llevaba los números del denominado “relato” y que hizo una campaña en un Renault Clio esquivando las asechanzas del estigmatizante mote de comunista.
Más allá de los cómputos, lo que digan el Indec sobre la pobreza en septiembre y hoy las pizarras de las casas de cambio, así como la potencia (o la debilidad) con la que los intérpretes de las partituras de Balcarce 50 se expresen en las semanas venideras, también se perfilan como una variable que hará ruidos en la calculadora del poder.
Mientras que para el Frente de Todos los dolores de cabeza del tramo que falta podrían llegar desde la Justicia y cómo le impregne la aureola de la corrupción a sus alfiles, así como las ventajas regionales que ostenta Macri por parentesco político con sus pares de Chile y Brasil, tanto como de la Casa Blanca. 

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La alquimia de la política en la calculadora de Alberto y Mauricio

Alberto Fernández tiene a la matemática de su lado, pero el Gobierno puede echar mano sobre una caja de herramientas que cuenta al calendario como aliado. Solamente una sangría de grandes proporciones para el Frente de Todos podría modificar el escenario electoral hasta octubre, aunque los antecedentes le dan una esperanza a Mauricio Macri.

Por Juan Manuel Laprovitta
Diario El Litoral
@juanmalapro

Si los resultados dependieran solamente de la aritmética, el 27 de octubre Alberto Fernández sacará pasaje a la Casa Rosada y Cristina Fernández de Kirchner achicará a 0 los metros que la separan del estrado del Senado de la Nación.
Si se pudiera extrapolar a octubre la diferencia de casi 15 puntos a favor del Frente de Todos que arrojó la elección primaria de ayer sería suficiente para pensar que el 10 de diciembre por primera vez en la democracia argentina completará su mandato un presidente no peronista y que se reinicia un ciclo dominado por el Justicialismo.
Sin embargo, hoy comienza una cuenta regresiva de dos meses y quince días en los que Mauricio Macri puede maniobrar y sabe cómo, aunque le toque correr por el ripio ingrato de la segunda posición en la raya de largada.
Los números dicen que en 2015 el actual mandatario pasó del 24,5% de las Primarias al 34,15% en las generales que le permitieron instalarse en el balotaje.
Y el peronismo, que llevaba como candidato a Daniel Scioli, en ese mismo plazo retrocedió un punto y medio.
Es cierto, en los cuatro años que siguieron a esas elecciones pasaron cosas. La economía, la unidad de buena parte de la oposición, la centralidad concedida de la que goza Alberto Fernández gracias a la ex presidenta y factores de índole variada como la segmentación del voto de derecha que abona al macrismo, modificaron el escenario.
Macri solamente puede alcanzar una eventual segunda vuelta sacándole votos a Fernández.
Muy difícil será para las escuderías en carrera salir a buscar ahora los votos que les faltan en el 1,20% que cosecharon en conjunto los cuatro presidenciables que quedaron afuera de la elección de octubre (el autonomista “Pocho” Romero Feris, Manuela Castañeira de la izquierda socialista, el vecinalista Raúl Albarracín y el nacionalista de derecha Alejandro Biondini).
Eso obligaría, primero, a subestimar a sus electores y segundo, a adoptar posturas inclasificables para los decálogos políticos que manejan.
La otra opción es pescar en la pecera de los votos del candidato “provida” Juan José Gómez Centurión y del economista liberal José Luis Espert, que en ese mismo orden quedaron clasificados en los guarismos de anoche según el pésimo sistema de cómputos oficial del escrutinio provisorio.
Mientras que el ex jefe de la Aduana se quedó con el 2,62%, el economista consiguió el 2,21%: así Macri les arrebate el 100 por ciento de sus cosechas electorales (o se bajaran de la compulsa), tampoco le alcanzaría. Y encima, seducir a sus electorados implicaría cambios alevosos en las posturas sobre el manejo de las cuentas y eventualmente, que el jefe de Estado se ponga el pañuelo celeste contra el aborto.
La izquierda en esta elección tuvo a su mejor exponente en el diputado mendocino Nicolás Del Caño, que dio el salto a las generales de octubre al sumar 2,88%. Es difícil suponer que el voto trotskista se vuelque a la boleta que lleva los rostros del ex presidente de Boca Juniors y el eterno senador rionegrino.
Por encima de ese horizonte, además, Fernández ya le hizo un guiño al electorado de Roberto Lavagna, que anoche contó el 8,34% al rozar los dos millones de votos en todo el país.
Lo hizo a través de Twitter, donde el ex jefe de Gabinete del kirchnerismo le agradeció adelante de sus 261.000 seguidores al ex ministro de Economía que lo haya llamado y felicitado tras conocer que se llevaba la tajada más grande de la torta electoral de estas Paso.
Para Juntos por el Cambio no alcanzó convertir en una fortaleza del lenguaje de campaña al despectivo “gato” del cual el propio Mauricio Macri se ufanó de ser llamado. Tampoco reconocer que los vaivenes de la economía dejaron a la inflación como el mercurio de un termómetro en rojo.
Las bienaventuranzas del idioma publicitario con el que sabe hablar muy bien el oficialismo todo, en esta oportunidad se pulverizaron al estrellarse con una pelea de armas iguales en las redes y de desventajas notables en la calle.
La nueva compulsa demandará al PRO y sus aliados, más que un mayor esfuerzo, uno distinto, porque pasar de los timbreos a los actos con escenario en 360º y de los brazos abiertos de Margarita Barrientos a los abrazos de Trump y el FMI, se tradujo en una sensible fuga de votos.
El rendimiento electoral de “volver al mundo y a los mercados”, coronado con la organización de la cumbre del G20, fue insuficiente. Como la permanente alusión al pasado y a la herencia recibida.
Al mover el prisma, también arrojó malas noticias el voto de los distritos donde ponían mayor expectativa, como los gobernados por el PRO -Ciudad y Provincia de Buenos Aires- así como las provincias radicales -Mendoza, Jujuy y Corrientes.
Aunque por un margen de dudosa holgura, solamente Horacio Rodríguez Larreta ofrecía un alivio ante la lluvia de números que le eran esquivos al búnker de los globos amarillos, pues ganó en la capital. Pero ni los ucerreístas, ni la capitanía ubicada en el palacio de gobierno de La Plata podían revertir los guarismos que daban una suma nacional favorable al peronismo.
Así, será más difícil remontar el cálculo de la categoría presidencial, teniendo en cuenta que la silueta política mejor configurada en el oficialismo, María Eugenia Vidal, sufrió una derrota de proporciones inasibles en el bastión más poblado de la Argentina.
La derrota allí fue aún más dolorosa para la Casa Rosada: se impuso con casi el 50 por ciento de los votos la flor y nata del kirchnerismo, un hombre de La Cámpora que llevaba los números del denominado “relato” y que hizo una campaña en un Renault Clio esquivando las asechanzas del estigmatizante mote de comunista.
Más allá de los cómputos, lo que digan el Indec sobre la pobreza en septiembre y hoy las pizarras de las casas de cambio, así como la potencia (o la debilidad) con la que los intérpretes de las partituras de Balcarce 50 se expresen en las semanas venideras, también se perfilan como una variable que hará ruidos en la calculadora del poder.
Mientras que para el Frente de Todos los dolores de cabeza del tramo que falta podrían llegar desde la Justicia y cómo le impregne la aureola de la corrupción a sus alfiles, así como las ventajas regionales que ostenta Macri por parentesco político con sus pares de Chile y Brasil, tanto como de la Casa Blanca.