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César Eduardo López o el “permanente nacimiento”

Nació en Curuzú Cuatiá, en 1957. Está radicado en Mercedes desde 1970 y es mercedeño por profunda e infinita convicción. Integra el grupo literario “Letras de Mercedes”. Sus libros publicados son: “Un gol a la luna”, “La muerte azul”, ambos en coautoría con el poeta chaqueño Jorge Servioli. “Dossier de poesía I”. “Yvera Purahé – Canto a la Iberá”. Participó en las antologías: “Antología Federal de Poesía”. CFI, “Poetas de Corrientes Siglo XXI”. Sade Corrientes, entre otras.

Por Rodrigo Galarza

Especial para El Litoral

La mayoría de los procesos civilizatorios de la humanidad nacieron en torno a grandes ríos. El ser humano ha mostrado siempre fascinación por las corrientes de agua no solo como elemento vital del cuerpo o vía de comunicación, sino también como alimento espiritual y filosófico. De la arcilla del Éufrates y Tigris,  ¿no nacieron acaso las tablillas en las que se escribió uno de los poemas más antiguos que se tiene constancia: la epopeya de Gilgamesh? ¿En cuáles de las aguas del Tíber se ha bañado Roma, la eterna? ¿O el Ganges descendiente de la cabeza de Shiva?

En nuestra literatura son muchas las referencias a los ríos. Basta con recordar el cuarteto de Borges para abrir las compuertas: “¿Y fue por este río de sueñera y de barro / que las proas vinieron a fundarme la patria? / Irían a los tumbos los barquitos pintados / entre los camalotes de la corriente zaina”. Y en el nutrido parnaso se abisma hacia la orilla el río circular de Juanele Ortíz o Hugo Gola, y vamos llegando (o partiendo) al Paraná (pariente del mar) al que el propio Rafael Alberti dedicó sus “Baladas y canciones del Paraná”; y ya estamos casi en Corrientes, y quién mejor para cantar sino Cacho González Vedoya: “Pura luz vertical sobre tu pecho / por donde el sol germina a mediodía / Aquí dejo mis ojos sobre el agua / y vuelvo a la greda por mi sombra”. 

Y bien sabemos cómo se supo río Juan José Folguerá y cuál fue la invocación de Godoy Cruz; y ya estamos en el ahora de un poeta del Paiubre, y llegamos a nuestro “asaltante” de hoy, César Eduardo López, en “El río mío”: “siento que el río / es más / mucho más / que todos los mares / este río mío / me atraviesa / desde la frente a los pies / y me bendice con un sol / de mariposas transparentes / desde todas las auroras”. 

Hay en la palabra del mercedeño una intencionalidad de cura, de asir el tiempo de la belleza y del tiempo profano, aquel que ejerce un movimiento aunque no queramos. El agua bautismal fue solo una vez, pero también puede volver a serlo: “En la aurora de mis ojos / pasando y pasando/ sin detenerse / y en el mismo instante / sentir la sensación de tenerlo atado a mí”. El poeta no asume aquello que muchos han escrito y citado, acaso también David Martínez: “Conocí entonces / la verdad de Heráclito: no se entra dos veces en el mismo río”; así nos señala López: “Esa idea filosófica / de Heráclito / no funciona conmigo / este río tan mío / parece que pasa / pero en realidad / en mí se queda”.

Con el agua en constante irse y quedarse, con un juego dialéctico vida-muerte, el poeta se deja habitar por una trascendencia, no del abrazo final del mar, lo inmenso, sino del movimiento de lo vivido que eternamente regresa: “Estoy frente al río / y lo imagino como una caravana infinita / como la vida nace, pasa, muere /, nace un ciclo un círculo / un tiempo / por eso tengo la  sensación / de estar frente / a un permanente nacimiento / desaparece allí / la vigencia / de la muerte / todo es nacimiento / estoy frente al río / y concluyo que la vida / no finaliza conmigo”.

¡Salud, poesía y libaciones!

 

MUESTRARIO MÍNIMO

 

cuatro 

con la madurez 

en la mirada 

puedo sentir

que las aguas del río 

pasan envueltas 

en su destino 

de perpetua viajera 

el viaje de sus aguas 

no significa que

el río escape 

o se marche 

el río no escapa ni se marcha/ 

la madurez 

en la mirada 

me permite visualizar 

que enredado

en las pestañas del sol 

o en las ramas del viento 

o en el silencio de la luna 

o en el rezo de una canoa 

mi río es la metáfora más

perfecta de la vida.

 

cinco 

estoy frente al río

y lo imagino

como una caravana 

infinita

como la vida 

nace, pasa, muere, 

nace un ciclo 

un círculo 

un tiempo 

por eso tengo  

la sensación 

de estar frente 

a un permanente nacimiento 

desaparece allí 

la vigencia de la muerte

todo es nacimiento/

estoy frente al río 

y concluyo que la vida 

no finaliza conmigo.

 

seis 

al final 

de la tarde 

el río va 

tragándose el horizonte 

y sus aguas 

se prenden fuego 

en ese instante 

es imposible 

no pensar en Dios 

es imposible 

no imaginar 

su imagen poderosa de creador: 

del cielo, de la tierra del río/ 

la mirada de los ojos 

y del intelecto quedan cautivadas 

por el momento en que el río 

se prende fuego 

y por un instante 

algunas de mis dudas 

desaparecen.

 

siete 

el río es 

la imagen 

más fehaciente 

de la inmortalidad 

brilla como un eterno nacimiento 

como todas las auroras juntas 

y canta un himno a contramuerte/ 

el animal más poderoso 

del universo 

al llenar el hueco de su alma 

con agua dulce de río 

deja de preocuparse 

por el tiempo de la ausencia

 

nueve 

mi mirada 

no se cansa 

de observar 

el desfile 

incesante 

de las aguas 

y mientras 

observo 

el mundo 

(como tal) 

no existe 

en su movimiento 

va dibujando 

remolinos 

camalotes  

pescadores 

dorados 

barcazas 

canoas 

y a veces 

sólo a veces/ 

el río se deja 

acariciar por mi mirada.

 

diez 

hay que creer 

para cantarle al río 

con versos florecidos 

al final de la tarde 

o los que llegan 

en profundo silencio 

al final de la noche 

encriptados en 

el rabillo de los ojos 

de la poesía 

fuera del alcance 

de los negadores de sueños/ 

un canto perfumado 

de estrellas 

a ese río 

que sabiendo 

de la muerte sus 

aguas a su paso 

susurran a coro 

un canto a la vida.

(Publicado en Flor del Espinillo, 

Fundación Cultural Esteros, 2020)

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