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Mario Millán Medina: el chamamecero antropólogo

Nació en Colonia del Porvenir, Goya, en 1914, y falleció en 1977. Músico, compositor, cantante y guitarrista de chamamé y música litoraleña. Pertenece al cancionero popular del folclore argentino. Su rasguido doble El rancho ‘e la Cambicha,  grabado por Antonio Torno en 1950, se convirtió en la grabación más popular de la historia de la música argentina con cinco millones de copias vendidas. También otros éxitos coronaron su carrera: Mi ponchillo colorado, El sargento Sapo, y El colimba, entre otros.

Por El Litoral

Domingo, 29 de mayo de 2022 a las 01:00

Por Rodrigo Galarza

Especial para El Litoral

Antes de referirnos a nuestro asaltante de hoy es necesario establecer algunas diferencias entre la letra de una canción y un poema. Mientras que la primera está concebida para ser musicalizada, es decir, su alcance significativo está supeditado a la melodía que se le asigne y, cuando esto sucede, letra y música se convierten en un “todo” indisoluble capaz de generar emociones que, en la mayoría de los casos, repiten su camino de significación, ya que una canción es un artefacto casi cerrado. Por ejemplo: si alguien escucha por décima vez “Por Santa Rosa me voy al río” (exquisita letra cargada de recursos poéticos) probablemente vuelva a sentir la misma nostalgia (más allá del momento emocional del escucha) que sintió la primera vez; la letra del inagotable González Vedoya más la acertada melodía de Tarragó Ros crean ese bloque nostálgico-reparador de quien regresa al espacio sin tiempo de la infancia. Por otra parte, el “poema” es un artefacto lingüístico cerrado y abierto al mismo tiempo: se procura su ritmo y musicalidad con recursos propios que bien pueden abrir caminos semánticos; a su vez, su contenido participa de una especie de “oscura claridad” que nunca se descifra del todo, aunque sí se intuye, se deja habitar por la emoción de quien lo descubre. ¿Y qué es descubrir en este sentido? Experimentar el sabor de una guayaba sin que medie explicación. Pero resulta que cuando volvemos a algún poema que hemos leído hace tiempo redescubrimos que no solo estaba presente el sabor de la guayaba, sino también la música de la resina de los árboles.

Las letras y música de Mario Milán Medina denotan en primer término un profundo conocimiento del “ava” correntino, sobre todo el de las zonas rurales. Con una gran capacidad narrativa y de síntesis, sus composiciones pasan con naturalidad del humor al lirismo o a la tragedia, quizá porque entendió mejor que nadie la realidad correntina plagada de postergaciones y desigualdades. No ha de extrañar entonces que algunas de sus letras tengan afinidad con alguna sátira del antiguo Aristófanes, como por ejemplo “La pelota de cuero”, que narra el envío de tres gauchos a la luna montados en una pelota lanzada desde una base del Iberá; los hombres son impulsados por una gran gomera tirada por cinco mulas. Cuando van llegando a la luna, usan los ponchos como paracaídas y se desilusionan al ver “tierra cruica manté” (cabe señalar que el tema fue registrado antes de julio del 69). La comedia, que siempre exige poder reírse de uno mismo, aquí realiza una profunda crítica a una Corrientes atrasada. Y en sentido contrario, en “El curandero” un médico debe solicitar su servicio para que le cure un mal de amores: en cierto pasaje el médico le dice “señor curandero”, a lo que el propio curandero le corrige: “médico ha de ser”…

Aunque la métrica que utiliza Millán Medina en sus letras es irregular, puede señalarse que toma la estructura de los viejos romances españoles, sobre todo su carácter narrativo. En cada una de las composiciones queda patente su gran destreza para contar una historia (con ricos matices) en dos o tres minutos, historia que se introduce a través de una pequeña glosa que es dicha y no cantada; para luego sí dar paso a la letra misma tal como sucede en el diálogo que antecede al canto de “Rancho e la Cambicha” o en “El alma de la cañada”, que dice así: “Muchita gente de colorado nicó había llegado al pago / en aquel domingo de carrera / y a mi taitá le flameaba el pañuelito celeste / en la partida de su caballo / y cuando bajó el abanderado / mi taitá nicó ya le sacó como dos cuerpos de ventaja / sintiéndose una terrible descarga dejando un pago de duelo / una mujer enlutada / un fantasma en el bañado / y un alma en la cañada”; a partir de esta introducción se cuenta acompañado con música la conmovedora historia del niño huérfano que, ya adolescente, ve y habla con el alma en pena de su padre.

¡Salud, poesía y libaciones!

EL ALMA DE LA CAÑADA

La otra tarde me agarraba ya la noche

recogiendo la hacienda del bañado,

cuando ya en el medio de la cañada

un gaucho me esperaba sobre un tacurú parado.

Envuelto en su poncho pampa me decía

con las riendas e' un parejero de la mano:

no se asuste Don Jacinto Cruz Pereyra,

es el alma de su Tata y quería saludarlo.

Y de un salto en su montado se alejaba

perdiéndose en el confín de la cañada

y aún siento en esas noches cuando asola

el chasquido de los vasos del galope en el agua.

Apenas si alcancé a reconocerlo

pues los años de mi mente lo han borrado;

si yo era un gurí cuando él se ha ido

en las carreras del pago y un domingo lo mataron.

Y yo llevo el mismo nombre de mi Tata;

Don Jacinto Cruz Pereyra él se llamaba;

no he podido aún vengarla a esa muerte

y por eso anda esa alma padeciendo en la cañada.

Y en las noches de mal tiempo allí se escucha

un sapucay que retumba en la cañada,

un entero que relincha en la partida

un grito de abanderado: es el alma de mi Tata.

LA PELOTA DE CUERO

I

Que cohete y naves espaciales,

que llevo y traigo y vengo y voy,

para entretenerle a la gente

con mesejante conversación.

Una horqueta de ñandubay

que nos llenará de gloria,

tiraremos el hondazo

más potente de la historia.

Con esa gomera grandota

tirada por cinco mulas,

en una pelota de cuero

mandamos tres gauchos a la luna.

Tunicho y Crescencio Reguera,

el bigotudo Candoroso Laguna,

entre revuelo de ponchos y melenas,

la pelota de cuero va llegando

a la luna.

II

En un lugar bien oculto

de mi Corriente está,

en un islote de la Iberá

o quizás en una cuchilla.

Lugar que ningún espía

en la vida podrá llegar,

allí guardamos el secreto

de nuestra base Ñandubay.

Con esa gomera grandota

tirada por cinco mulas,

en una pelota de cuero

mandamos tres gauchos a la luna.

Tunicho y Crescencio Reguera,

el bigotudo Candoroso Laguna,

entre revuelo de ponchos y melenas,

la pelota de cuero va llegando

a la luna.

EL RANCHO 'E LA CAMBICHA

Esta noche que hay baile

en el rancho ‘e la cambicha,

chamamé de sobrepaso

tangueadito bailaré.

Chamamé milongueado

al estilo oriental,

troteando despacito

como bailan los tagüé.

Al compás de acordeona

bailaré el rasguido doble,

troteando despacito

este doble chamamé.

Y esta noche de alegría

con la dama más mejor

en el rancho e’ la cambicha

al trotecito tanguearé.

Van a estar lindas las chanzas,

ja, ja, ja.

Le hablaré lindo a las guainas

para hacerlas suspirar.

Luciré camisa e’ plancha,

mi pañuelo azul celeste,

mi bombacha bataraza

que esta noche estrenaré.

Mi sombrero bien aludo,

una flor en el cintillo,

una faja colorada

y alpargatas llevaré.

Un frasco de agua florida

para echarle a las guainas

y un paquete de pastillas

que a todas convidaré.

Y esta noche de alegría

con la dama más mejor

en el rancho e’ la Cambicha

al trotecito tanguearé.

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