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El tesoro del Mercado

Moglia Ediciones

Del libro “Aparecidos, tesoros y leyendas”

El que conoce la Corrientes de ayer sabe de la existencia del Mercado Central en la manzana de La Rioja, Junín, Agustín González (la cortada) y San Juan. Sus árboles frondosos, sus calles laterales internas, los mármoles de los lugares de venta en el interior y los negocios sobre las calles ofreciendo sus mercaderías. La agencia de loterías en la esquina de Agustín González y San Juan “Cosoy”, panaderías, fiambrería Mozatti, Chiche el verdulero, en la entrada sobre Junín, la venta de empanadas sobre Junín y San Juan “Petit Valencia” y el negocio de bebidas y comidas en Agustín González y La Rioja, donde la noche transcurría entre tragos y tragos. Uno de sus conspicuos parroquianos era el profesor y extraordinaria persona dr. Francisco Blasco y Fernández de Moreda, que continuaba sus clases de filosofía acompañado de un “semillón”, tertulias educativas de primer nivel. 

Este es el escenario del relato. 

Frente al Mercado sobre Junín, a partir de la casa donde funcionaron hasta hace poco los Juzgados de Instrucción, corrían las viviendas que pertenecían a un comerciante importante de frutos del país, el que se sentaba en la vereda a observar a los viandantes, su apellido: Marsín.

 Se realizaban en el tiempo del descubrimiento las tareas de reparación del pavimento y obras complementarias sobre la calle La Rioja. Para entendernos: la calle interna del mercado sobre calle La Rioja, la construcción del asfalto cambiando el antiguo empedrado, comenzaron desde Junín hacia Agustín González. 

Un profundo pozo abría su boca oscura como pretendiendo engullir a quienes profanaban la tranquilidad de reposo, los obreros trabajaban por tanto, es decir por la producción, cuanto más rápido, mejor y más plata. Una llovizna gris acompañaba la mañana fría de julio cuando uno de los peones se encuentra con un tambor de hierro puro, la redondez del mismo auguraba alguna noticia. Como corresponde, el capataz se puso al frente y ordenó cavar a sus costados, para ello, llamó a uno de sus operarios, quien era experto en pozos, él mismo dirigía las operaciones. El herrumbre cubría el contenedor, mucha humedad. Pero el tambor mantenía su forma y un poco de su fortaleza. “Fue construido para durar”, afirmó uno de los mirones que se instalaban mientras pasaban. 

Don Marsín, ni lerdo ni perezoso, llamó a su esposa y le pidió que cuidara el negocio. Se ubicó en primera fila, no sin antes haber extraído de su caja fuerte una importante cantidad de dinero. Avizoraba el negocio. “Cambá -llamó al capataz-. Vení pue, que quiero hablar con vos”. El otro, conociendo a su interlocutor, se acomodó su bombacha campera y se acercó a Marsín. “Escucho”, expresó. “No toques nada porque te van a dejar en la lona, no seas tonto. Seguí el trabajo en otro lado y al finalizar la tarde, con un grupo de tu confianza, no más de tres, vemos qué hay allí”. “¿Y si no hay nada, qué gano yo? -preguntó con buen saber el Cambá. “Ya ganaste” -contestó rápidamente Marsín y le mostró un fajo de cien pesos de la época, era buena plata. “Haya o no haya algo, esto es tuyo” -y le puso disimuladamente en el bolsillo. El Cambá volvió a su trabajo, dio órdenes de que continuaran más adelante y explicó en voz alta que se trataba de una conexión de un pozo y era peligroso andar cavando sin precauciones, tenían que traer palos y cuerdas para asegurarse de no ir a parar al fondo. Sabido es que en Corrientes muchos pozos siguen abiertos con cubiertas de palo, metal, como el encontrado en la plaza Cabral hace poco tiempo. 

El argumento era tan válido como cualquiera y los mirones, una vez que se cansaron, se fueron a sus casas. La siesta es sagrada en Corrientes, quien no duerme la siesta corre el peligro de que lo lleve el Pombero, nd’ayé. 

Los puestos se cerraron, la gente volvía a sus casas a comer y descansar, la obligatoria ruptura del día por el imperativo correntino: siesta. Hasta Marsín cerró aparentemente su negocio. Con abundante vino y comida gratis que proveyó el comerciante, pronto los obreros fueron mermando; unos, chupados, durmieron la mona sobre la cortada Agustín González; otros tres y el Cambá hacían como que tomaban pero no, debían conservarse, Cambá les prometió buena plata. 

Una vez preparada la escena, Marsín cruzó la calle y entre cuatro sacaron el tambor o contenedor de hierro cubierto de herrumbre, palos, cabestrantes, poleas, todo provisto prudencialmente por Marsín, permitió colocar el tambor pesado sobre un carretón de cuatro ruedas que empujaron hasta el garaje del comerciante vecino. El negocio era la venta del tambor sin abrir. Marsín se jugó la vida, compró por una suma igual al valor de una casa. Uno solo se retobó y quedó con Marsín, el Cambá y los otros desaparecieron de la escena, argumentando que la comida les hizo mal, acusando a Marsín, quien les dio dinero para curarse. Él se quedó, quería ver el contenido del tambor. Marsín, ni lerdo ni perezoso, le dio participación en las tareas. El obrero, un paraguayo avivado sin familia que vivía en Villa Basura (Brasil, Rivadavia, 3 de Abril y Roca), trabajó con una barreta y logró romper el zuncho que mantenía la tapa de la boca del tambor. Oro por todas partes, solo y únicamente oro, monedas, barras, joyas de oro, simplemente oro. Se puso pesado el obrero y exigía la mitad, nada menos y nada más, la mitad. “Bien -le contestó Marsín- vamos a buscar algo en que colocar y te hago llegar donde vos digas”. “No, yo llevo ya” -contestó el obrero. “Bueno -dijo Marsín-, en el fondo tengo un carro, colocamos en unos cajones y se terminó”. El paraguayo aceptó el trato y se dirigió hacia el fondo, de cincuenta metros más o menos, con el comerciante. Selló su destino. Cuando acomodaba una caja sobre el carro, de pronto observó la boca del revólver de su socio con una frazada sobre su cabeza. El disparo produjo un leve ruido del revólver 38 largo. Logró su objetivo: la cabeza del paraguayo parecía una sandía, se desarmó quedando en su cara la mueca de la codicia y su muerte violenta. Con paciencia, el comerciante abrió el pozo de balde, que no cerró cuando Obras Sanitarias de la Nación ordenó hacerlo, lanzó el cadáver al mismo y sobre él fue arrojando bolsas de cal de su otro negocio sobre calle La Rioja (las propiedades llegaban hasta allí), que era una partida completa, mucha cal viva solucionaba el problema. Desde entonces, las construcciones que realizaba, consumían el doble de cal y arena que una construcción normal. El pozo se fue rellenando durante años. 

El paraguayo desapareció sin dejar rastros. Qué ocurrió con Marsín: expandió su negocio, compró propiedades, como corresponde, sacó la lotería, tuvo hijos, pero la desgracia se le prendió fuerte. 

El oro reclamó su venganza. La hija, una tarde de verano, se pegó un tiro. El acontecimiento fue muy duro para la madre, quien se mató una noche de julio con el mismo revólver que su hija. Desolado y rodeado de fantasmas que, según decía y comentaba en estado de embriaguez, le reclamaban deudas, que a pesar de su borrachera, negaba tenerlas. Lo que más le asustaba era un “croto” que en las noches durante algunos años gritaba un sapukái al viento, y entre dientes decía: “Que te atragante el oro”. 

Estaba solo, la luna dibujaba con los árboles interpuestos con el brillo prestado del sol figuras fantasmales. Escuchó nuevamente el grito, era julio, aniversario del tesoro y de la muerte del paraguayo. “Que te atragante el oro”. 

Tomó su vaso de grapa, se sirvió otro inmediatamente, abrió la puerta y disparó cuatro tiros a la sombra que bailaba frente a él, rebotaron en los muros del Mercado, llevó el caño a su boca y se pegó un tiro, que igual que al paraguayo, dejó su cabeza como la sandía que caía de un carro y se partía en varias partes. Su mueca era similar a la del paraguayo. La sombra cruzó la calle y emergió otra sombra del cuerpo del comerciante, ambos fueron hacia el destino de la oscuridad, de la avaricia y la traición. Este es uno de los tesoros más famosos de Corrientes, manté. 

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