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/Ellitoral.com.ar/ Opinión

¿Hasta dónde debe llegar el Estado?

“La confusión entre la concepción de un estado invasor de los asuntos privados y la no preocupación por los asuntos públicos, sin dudas ha llevado al escepticismo moral en la democracia, la desvalorización de la política, la arrogancia crítica de los idiotas privados, el desgaste en la relación representantes-representados” (“Crítica de la Razón Idiota”, 2018, libro de mi autoría).

“Quién no quiere pensar es un fanático; quién no puede pensar, es un idiota; quien no osa pensar es un cobarde”

Sir Francis Bacon

                   La elección del libertario Javier Milei como presidente de la nación, reactualiza debates que parecían arrumbados en los rincones de la historia. Parece desempolvarse la dicotomía entre keynesianos y monetaristas, entre cultores del estado de bienestar y del mercado como instrumento de asignación de riqueza.

                   Quienes me leen, saben que nunca fui partidario de las ideologías enlatadas, que los sistemas ideológicos cerrados terminan fracasando precisamente por su rigidez.

                   Parece que no será el caso del presidente electo, que aparentemente se está moviendo entre los pliegues de su propia ideología y las exigencias de la praxis necesaria para hacer gobernable el país en un momento muy complicado de su historia.

                   La cuestión no es mercado o estado, sino hasta dónde debe llegar el estado y hasta dónde el mercado, dos instrumentos insustituibles en el sistema capitalista de las democracias occidentales.

                   Me permito transcribir algunos párrafos de mi libro “La Neoizquierda” (pags. 74/77), editado en 2019, con el objeto de disparar el costado racional del lector:

 

                                 “En el mundo actual, a nadie se le ocurre cuestionar la existencia del estado; la discusión persistente es hasta dónde debe intervenir en la vida de los individuos. Desde el liberalismo irreductible hasta los estatismos de la más variada gama, ninguna de tales posiciones extremas ha logrado consolidarse en la vida de los pueblos y en el campo real de la organización social.

                     La desaparición del comunismo, como expresión extrema del intervencionismo estatal, hasta la inaplicabilidad comprobada del individualismo liberal, dieron lugar a una serie de modelos que combinan el principio del hombre como promotor de su propio destino con la necesidad de la organización común para establecer reglas básicas de convivencia y garantizar niveles mínimos de subsistencia para la condición humana.

                     Ha quedado en los pliegues de la historia, el interrogante acerca de si el hombre tiene derechos por el sólo hecho de ser persona, independiente de sus cualidades y sus esfuerzos. Los derechos individuales, políticos, sociales, ambientales, agrupados muchos de ellos como derechos humanos de tercera y cuarta generación, han sido reconocidos por casi todos los países en su respectivos ordenamientos jurídicos, a partir de su consagración universal en los instrumentos supranacionales.

                     Cierto es que el motor de la historia, el combustible del progreso, el núcleo de la creatividad, es el esfuerzo humano, la dedicación personal. La impronta individual es el elemento insustituible en la evolución de la humanidad.  La compensación económica, el reconocimiento social, la satisfacción espiritual, resultan la contrapartida justa y necesaria.-

                     Sin embargo, la historia de la humanidad no está escrita sólo por la suma de historias individuales, las sociedades que han marcado una época determinada son las que han sabido amalgamar trabajo individual, organización comunitaria y objetivos comunes, además de los éxitos pero también de los fracasos individuales.

                     Es que existe un contexto social que suma a la libertad humana un condimento algo determinista, que condiciona el rendimiento meramente personal, provocando resultados que no siempre son en proporción directa a la apuesta individual. La igualdad de oportunidades, necesaria para comparar resultados individuales, es un concepto que tiene que estar garantizado por la organización social, razón por la cual la lucha individual está excedida por los condicionantes globales.

 El gobierno de Milei constituirá un trabajo práctico de como pasar de un estado populista a uno liberal. Entre estos dos extremos, existen muchos grises que comienzan a entrar en la praxis del libertario.

                     De tal modo, la intervención del Estado se fue haciendo necesaria para proponer las reglas de convivencia y para compensar las desigualdades sociales. Es cómo en una competencia de 100 metros llanos, en que la organización deportiva garantiza que todos corran con los zapatos especiales y no algunos descalzos.

                     Para eso existe el estado, para que se compensen las desigualdades, y todos tengan las mismas oportunidades de competir, de trabajar, de vivir con dignidad. De tal modo, es el estado –no como entelequia sino como organización humana- quien actúa para intentar compensar desigualdades, poniendo dónde tiene que poner y sacando dónde debe hacerlo. Ese es el desafío, siempre perfectible como toda tarea humana.

                     No debe existir en el ordenamiento jurídico, en la organización estatal, en el gobernante, la motivación perversa de despojar de parte de sus bienes al que trabaja, sólo que el aporte del que más tiene es consecuencia de la obligación social de contribuir, para que luego se compensen las inequidades a través de la distribución.

                     De tal modo, alimento, vestido, vivienda, salud, educación, extremos indispensables para la vida en comunidad, deben ser promovidos, con un estándar mínimo, por la organización social, es decir por el Estado.

                     En la era moderna, el siglo XX se constituyó en el banco de pruebas de experiencias de un estado omnipresente, que diseñaba, intervenía y ejecutaba, dejando al ciudadano sólo la opción de seguir tras el rebaño. El sistema comunista, al él nos referimos, cuando perdió un ladrillo se desplomó entero como un castillo de naipes, producto de la artificialidad de su esquema, ajeno a la naturaleza humana.

                      El principio es la iniciativa privada como impulsor primigenio, con un estado presente que garantice reglas claras, estables y niveles vitales básicos. Este es el rumbo que ha tomado el mundo: ni el liberalismo individualista ni el estatismo ineficiente e invasor.

La cuestión no es mercado o estado, sino hasta dónde debe llegar cada uno, o hasta dónde el estado debe intervenir en la vida de los privados.

                       Con todo, los sistemas siempre suponen el ejercicio de la responsabilidad colectiva. Sin ahorro e inversión no hay futuro.  La incitación permanente al consumo exagerado, el gasto sin medida, ha hecho que países con economías aparentemente consolidadas comenzaran a padecer las consecuencias de sus propios derroches. Una sociedad dispendiosa y una dirigencia exitista, es una mala combinación para el futuro de cualquier país, lo fue para nosotros, lo está siendo para Europa.

                      En un nivel mucho mayor de urgencia, el mundo tiene débitos sociales y humanos de primera trascendencia. Debemos reconocer que los sistemas, las ideologías, la tecnología, los gobiernos, no han podido domesticar los flagelos más tremendos de la humanidad, como el hambre y la pobreza extrema, aunque cierto es que la disminuyeron considerablemente.

                     Es cierto que los números han progresado, pero todavía miles de personas mueren de hambre al día, más de 1.000 millones de personas viven actualmente en la pobreza extrema (menos de 1,25 dólar al día), el 70% son mujeres, más de 1.500 millones de seres humanos no tienen acceso al agua potable,1.000 millones carecen de vivienda estimable, 840 millones de personas malnutridas, 200 millones son niños menores de cinco años,2.000 millones de personas padecen anemia por falta de hierro, 880 millones de personas no tienen acceso a servicios básicos de salud,2.000 millones de personas carecen de acceso a medicamentos esenciales.

                     Mucho se ha hecho pero –aunque parezca contradictorio- queda todo por hacer. El esfuerzo individual es la fuerza motriz, la solidaridad es el combustible espiritual.

                     En suma, la consigna del mundo actual es: “ayuda a tus semejantes a levantar su carga, pero no te consideres obligado a llevársela”.

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