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/Ellitoral.com.ar/ Cultura

César Bisso o “los muertos que palpan la espesura de la noche”

Nació en Coronda, provincia de Santa Fe, 1952. Ha publicado, entre otros libros de poemas, La agonía del silencio; El otro río; Contramuros; Isla adentro; De lluvias y regresos; Las trazas del agua; Un niño en la orilla; La Jornada; De abajo mira el cielo; Andares. Participó en diferentes ediciones de ferias de libros, festivales de poesía y encuentros de escritores realizados en el país y en diversas ciudades de América Latina y Europa. Obtuvo diversas distinciones literarias, entre ellas el Primer premio de poesía José Pedroni, otorgado por la provincia de Santa Fe, y el Segundo premio municipal de la Ciudad de Buenos Aires. 

Por Rodrigo Galarza

***

El asaltante hará un recorrido por las voces vivas de la poesía argentina. Cada poeta nos acercará, además de  poemas, su visión de la poesía.

Poética

La poesía es uno de los grandes enigmas de la humanidad. Las primeras expresiones poéticas que se encontraron grabadas en las paredes de las cavernas estaban relacionadas con la magia, con todo aquello que siempre fue inasible a la comprensión del hombre. A partir de aquel momento la poesía siguió intacta en su búsqueda y en su mensaje, con el fin de lograr el gran objetivo social: perdurar en la historia y convencernos de su íntima relación con el lenguaje. Allí ha residido su don. Y seguirá siendo su devenir.

La naturaleza también contribuye para definir el punto de partida de la creación poética y mucho tiene que ver la residencia del artista: las altas montañas, los valles, las serranías, la estepa, la llanura, los montes achaparrados, los árboles, la selva, los ríos, los lagos, los arroyos, los humedales, las islas, el viento, la nieve, la arena, el mar. El poeta advierte que el lenguaje siempre está sujeto a lo que se presenta ante sus ojos, pero jamás podrá atravesar la naturaleza. Lo más probable es que perciba la maravillosa sensación de ser atravesado por ella.  

El poeta tampoco dejará de estar aferrado a la memoria de sus pueblos y al determinismo histórico. El ayer y el hoy se parecen y no se parecen. Y se potencian las voces. Y se visibilizan las particularidades, los rasgos identitarios, los registros literarios, la pertenencia a través de hábitos, ritos y lenguajes que provienen del fondo de los tiempos.

También, la poesía suele ser el viaje privado y circular de cada creador, donde las palabras simulan un tren en fuga, a veces detenido en andenes solitarios, otras veces avanzando lentamente por claroscuros y luminosidades. El poeta se emociona, transpira, tiembla. Escribe desde el dolor, busca para sí sumergirse en otra dimensión, otro cuerpo, otra aventura. Es la continuidad del asombro, es decir un andar interminable donde se busca lo perdido y se pierde lo adquirido. Irremediablemente, el viaje se detiene en el instante que la muerte acierta de un puntazo el corazón aciago de la memoria y cercena la mirada. El poeta empalidece, dibuja un nuevo rostro en el umbral del silencio, identifica su propia vida cubriendo el espacio vacío de otro cuerpo, inquiere la levedad de una nueva emoción. Entonces las palabras se alzan desde su propio dolor para que nada muera otra vez.  La poesía, como la vida, es un viaje sin retorno.

En poesía, creo que nadie camina al Paraíso. Muchos creadores tomamos desvíos o atajos por no querer aceptar el descenso al infierno. Algunos desean recoger la antorcha del Olimpo e iluminar todos los cielos y los siglos. Otros alimentan el alma de los desamparados con el pan del amor. También existen aquellos que clausuran la peregrinación de los arrogantes hacia el altar de la hipocresía o buscan lavar el rostro de los perversos con el agua de la belleza. Mal que nos pese, la poesía fue, es y será necesaria protagonista de los actos inefables de la experiencia humana.

César Bisso

Muestrario mínimo

La rutina

Hubo madres que forjaron una vida sencilla.

Cada mañana desperezaban a los hijos

con un tazón de leche caliente

al tiempo que su hombre partía al trabajo.

Luego, a favor del viento, barrían la vereda

hasta que el sol trepaba por la espalda.

Después, el momento de trajinar la casa,

limpiar los pisos, extender las sábanas plegadas.

Y más tarde, el ingenio puesto en la cocina,

repartiendo alimentos con sensatez cristiana.

Esas mujeres, a la hora sumisa de la siesta,

podían mostrarse sentadas a la sombra del parral,

desnudando la naranja sin que la cáscara se corte.

Gajo por gajo sus bocas endulzaban la soledad.

Entre gallinas y ladridos recorrían el patio ulterior

con la entereza de quien camina hacia adentro

a través de recovecos inexorables.

Descolgaban del alambre las últimas ropas. 

Y mientras oían la radionovela del crepúsculo

almidonaban los guardapolvos para el próximo día.

En verano, tras la cena, sacaban la silla al frente.

Con una ramilla espantaban los mosquitos

a la espera de vecinas que acudían en silencio,

mansamente expuestas al enredo de semejanzas.

Atesoraban un pacto de amor con las estrellas.

Al dormir, poco importaba si la llave clausuró la puerta.

Aquellas madres aun custodian el sueño de los suyos. 

 

Ceremonia nocturna

A veces desentierro mis muertos.

No quieren estar solos. 

Caminan en la bruma,

palpan la espesura de la noche,

encienden la música de remotos incendios.

Tampoco los abandono.

Andan detrás de mí,

con primorosa cadencia de irupé:        

la madre obcecada que bosqueja y cose,

el hombre que nunca deja de mirar el río,

esa muchacha sumergida en el destiempo.

En el patio de naranjos y malvones

oigo los susurros que me nombran;

luego regresan al fondo de la memoria

trasvasando el largo silencio del agua.

Y anidan junto al fuego del amor,

porque es lo único que no dejaron morir.

 

Desencuentro

No enterraron su dolor.

Entre despojos de infancia rasgada

siete hermanos huelen a río,

a hojarasca húmeda,

a prístino pueblo que olvidó sus nombres.

Vaga luz de naranjos perdura en el aire,

en las vibraciones de adioses y lágrimas

que transitan el arenal.

Nómades en vigilia

exhalan aquella mañana del desencuentro.

El ardid del destino los regresa al temblor.

La misma sangre riega el abrazo perdido.

Siguen descalzos, 

para que arda la vida en cada pie.

Rumbo

De la lluvia nace.

Endemoniado,

baja de los cerros entre pedregales,

copioso de lunas y soles.     

Cruza la selva de dioses cautivos,

absorbe sangre añeja de otra muerte

y tiende un pertinaz escarceo

sobre inmensurable manto esmeralda.

Avanza. No regresa por nadie.

En cada recodo lo aguarda el sauce

y la eternidad.

Después de tanto camino

intensa luz adentra en su ropaje 

y las orillas afiebradas

desvanecen en el cuenco de sal.

Entonces el río se vuelve espuma.

 

Iribú (*)

Acaso este peñasco impuro sea hijo del sol, 

no cómplice de la sombra.

La rareza de permanecer lo hace más hermoso.

Contemplo, detenido en el aire,

el sereno ondular de sus airones ocres.

De pronto lo imagino hembra feroz 

tendida entre los brazos del río padre,

con sus pechos de barro alzados, 

cautiva en su imperecedera morada.

Y vislumbro la silueta pequeña

atravesada por los dardos del cielo,

a la espera de ser pájaro, ser amante,

mensajera de vida, pasión y muerte.

 

Quizás nadie alcance su penacho verde,

su lengua de fuego, su corazón de agua.

Esa isla resguarda el nidal de los dioses.

(*) Nombre de una pequeña isla sobre el Alto Paraná. 

 

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