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“El hombre de Corrientes es entero, cabal y de una sola palabra”

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Por Carlos Lezcano
Especial para El Litoral

Miguel es un hombre polifacético, inquieto, curioso y apasionado por Corrientes. Hace unos años cuando la Academia Nacional del Folklore lo convocó a abrir las  jornadas en Corrientes se paró frente a las figuras representativas de los estudios folklóricos y como un paisano culto y distinguido las recibió en guaraní como una reafirmación de nuestro pasado y, la vez, como una reivindicación de una lengua que en el siglo XX estuvo mal vista, prohibida y a punto de desaparecer en nuestra provincia. Esta nota surgió en una visita a su casa de Ituzaingó junto con Juan Pedro Zubieta y Leonardo Moglia, una larga charla con él que luego derivó en una entrevista radial.

—Hubo un Miguel docente ¿Fuiste maestro, no?
—Sí, soy docente. Me recibí en la Regional en el año 57 y ejercí por poco tiempo la docencia en Ituzaingó; luego estuve de vicedirector de la Escuela 9 en Corrientes y, después, el gobernador Piragine me nombró secretario de Inspección General de Enseñanza Media que fue recién creada, oportunidad que yo aproveché para crear la escuela Juan Bautista Alberdi –la escuela secundaria de Ituzaingó–. Después de eso, estuve dedicado a otro tipo de actividad, comercial y literaria.
—¿Cómo fue tu vínculo con Piragine? 
—Piragine era un hombre realmente sencillo. Me asombraba la memoria que tenía para reconocer a la gente. Tengo algunos episodios que me ocurrieron con él, desde decirme: “Mirá, caminá hasta allá, hasta aquella casa”, que estaba lejos en el medio del campo, allá cerca de Chavarría y me dice: “Allá vive don Rojas”. 
Es decir, en el medio de la provincia, él podía conocer un paisano, en la ciudad conocía a la gente y la nombraba.  Una vez cuando yo le dije: “Mire doctor, ahí le está esperando fulano, su amigo”, y me dijo: “No, no es mi amigo”. “Para que sea mi amigo tenés que saber: qué es lo que hace, a qué se dedica, si juega o si no juega, en qué ocupa su tiempo”; es decir, tenía bien esa definición para poder aceptar la calificación de la persona. Creo que tuvo una amistad muy franca, muy sincera conmigo, yo hasta poco antes de su muerte tengo correspondencia de él. Luego fui su  elector (por Colegio Electoral) de gobernador y vicegobernador, y también su secretario. 
—¿Fuiste su secretario? 
—Sí, y tuvimos un vínculo muy estrecho cuando estuve en la gobernación, mucho vínculo político.
—¿Pensás que él era un estadista?
—Creo que él era realmente un hombre con una visión extraordinaria y sobre todo de las necesidades del desarrollo que tenía la provincia en dos o tres puntos básicos: la educación, la energía y los caminos. Esos fueron sus puntos básicos de desarrollo para la provincia y después gozaba de una confianza extraordinaria de Arturo Frondizi, que yo, por supuesto, también pude tener con el presidente por mucho tiempo. Cuando fui legislador, fui presidente del bloque y me reunía con Frondizi una vez por mes para evaluar las acciones políticas.
—¿Dónde eran esas reuniones?
—En la casa de Frondizi, primero o en la Presidencia de la Nación cuando yo todavía no era legislador. Fui legislador en 1974 y  lo visitaba también, en su domicilio particular. Era un hombre muy modesto en su vida, no tenía servidumbres, estaba nada más que María Elena que era la señora y cuando llegaba alguien me atendía con mucho afecto y la única cosa que decía era: “¿Querés tomar un té? o ¿querés tomar agua?” Esa era toda la invitación y, a partir de ahí, escucharlo a él era una música por supuesto, pero ese vínculo me dejó Piragine.
—¿Dónde estabas cuando murió Piragine?
—En Ituzaingó y él estaba ya como diputado nacional y viajé inmediatamente, por supuesto, a Corrientes para recibir los restos de él, estuve en el entierro y todo eso. Tengo, creo, una de sus últimas cartas, que es una esquela que él me manda diciéndome: “Viajo a Buenos Aires”. Era un momento realmente muy difícil de la política argentina. Bueno, nuestro país nunca tuvo momentos felices en la política.
—Entonces, ¿hay un Miguel López Breard que es político evidentemente, no?
—Yo siempre fui un radical de la Intransigencia, de Moises Lebensohn, por eso me voy con Frondizi y después me integro a lo que fue el Radicalismo del Pueblo, en la división me fui con Frondizi y después me integro a la Unión Cívica Radical detrás de Alfonsín. Porque para mí era más o menos la misma reivindicación de un líder que tenía sentimiento de pueblo que era popular; eso era lo que a mí me atraía, me entusiasmaba, entendiendo siempre la política como algo del servicio y nunca jamás como un negocio.
—¿Qué creés que es la Unión Cívica Radical hoy?
—Bueno, yo creo que ya no existe la Unión Cívica Radical, como la concebía en su momento tal cual lo viví. Yo creo que hoy la Unión Cívica Radical puede ser un sentimiento aislado en mucha gente y para muchos es simplemente un partido que le da posibilidades de alianza. Pero no tenemos una definición concreta; es decir, en su momento el Radicalismo era la ley, la constitución y el orden constitucional y hoy yo veo que las boletas ya no son boletas genuinas, sino son la boleta número 3 de la Unión Cívica Radical, es un popurrí de partidos políticos.
—Sos escritor de temas muy amplios: historia, antropología, ¿no?
—Pero primero me tocan 14 años de jurado en Cosquín. En el año 61 yo estaba en la gobernación, cuando llega de Cosquín una invitación para que Corrientes mande una delegación, y me llama Piragine y me dice “Che, vos que andás en estas cosas”, porque yo escribía en el diario en esa época, que era recién comprado por Juan Romero, en el Litoral, y escribía sobre “Los mitos guaraníes”. Entonces, me dice: “Porque no te vas vos en representación de Corrientes, habría que llevar una delegación”, y fui.
—¿Cuántos años? 
—Y… 4 años, hasta el 75 estuve en Cosquín.
—¿Recordás algún correntino en esos 14 años, que te haya emocionado mucho?
—En su momento, me entusiasmó mucho el conjunto Los Cambá, que era un cuarteto de voces extraordinarias; donde estaba el doctor Picariño, realmente extraordinario, lástima que se haya quedado en el tiempo y se diluyó en el tiempo, y después algunos acordeonistas que todavía andan, que están y han pasado, que fueron integrando delegaciones de la provincia de Corrientes.
—¿Tuvo un espacio ahí en esos años el chamamé?
—Sí. Siempre tuvo, siempre… en todos los años había una presencia de Corrientes con una delegación que era para mostrar un cuadro y, por supuesto, el chamamé. Ahora como músicos integrando la cartelera, aparecen más allá, en el 68 o 69.
—¿Cuántos años trabajaste como periodista en El Litoral?
—Yo no era un periodista, escribí notas y, a la vez, fui un corresponsal de La Nación durante 35 años y para El Territorio de Posadas.
—¿En qué año?
—Desde 1965 en adelante, porque a partir del 62 (cuando es derrocado el gobierno de Frondizi), me volví a mi pueblo; entonces, a partir de ahí me puse a escribir. Y ya en el 64 edité mi primer libro sobre la historia de Ituzaingó.
—¿Cómo surgió el primer 
libro?
—La inquietud fue histórica. Me preguntaba ¿cómo se fundó este pueblo? Esto no es cuestión de que un buen día se levantó con un capricho el gobernador Manuel Lagraña y hace un decreto y funda un pueblo. Entonces, me puse a investigar, pero fue una cosa muy difícil porque la Municipalidad no tenía archivo, el Registro Civil no tenía archivo, el Juzgado de Paz tenía un archivo muy desordenado, la Policía no quería colaborar en esa época con los datos. El que me ayudó mucho fue don Federico Palma que, a la vez, me alentó mucho y facilitó el archivo de la provincia.
Y allí fueron apareciendo los de la fundación de Ituzaingó. Por supuesto, cuando llego a eso, me pongo a pensar: y antes de esto qué existía acá. Empecé a ir cada vez más para atrás y llegué a Gaboto y don Federico me dio una recomendación cuando viajé a Sevilla, cuando fui a visitar los Archivos de Indias. Detrás del juicio que le hacen a Gaboto -me fui a leer eso-.  Cuando vuelvo, llego a Ezeiza y me encuentro con un amigo que ese día inauguraba la cátedra de Antropología Folklórica en la universidad de Buenos Aires, que era don Augusto Raúl Cortazar. Yo lo conocía de Cosquín. Entonces fui a verlo, fui a ver la inauguración de su cátedra y me dice: “¿De dónde venís?”. Y le cuento que estoy viniendo de Sevilla, qué estaba haciendo, y me dice pero dejate de embromar, chamigo. Me dice: “lo que vos tenés que escribir es del hombre que pasa por la vereda de tu casa. Andás perdiendo tiempo, vos sos un seco para andar viajando, cómo te vas a ir a Sevilla, después tenés que ir a Roma. Déjate de embromar, estudia el hombre de tu casa, que está enfrente a tu casa, de tu pueblo”. Lo que me dijo, además, fue que la vereda de mi casa es demasiado larga porque llegaba hasta el Caribe. 
—¿Ahí comienzan todos tus estudios sobre los guaraníes?
—Claro. Ahí comienza la etapa de la investigación antropológica folklórica, que me llevó a hacer 25 libros.
—¿Cuándo comienzan esas primeras excavaciones, los primeros rastros que encontrás? ¿Cómo fue eso?
—Cuando me pongo estudiar los guaraníes. Un día un amigo viene de la Isla Apipé, y me trae un pedazo de urna funeraria y me dice allá en casa, en el monte, hay un cementerio que parece que tiene que ser un entierro de oro. El paisano siempre cree que en el entierro hay fortuna. Entonces, me puse de acuerdo con él para ir a visitarlo, me fui en canoa y no era un cementerio propiamente dicho, pero sí un lugar donde había un enterratorio de tres o cuatro urnas y más que nada una sola urna entera sacamos y el resto eran pedazos rotos de distintos tipos de objetos de cerámica. A partir de ahí otra novedad sobre otro punto, entonces, me conecté con en el museo de La Plata y desde ahí me empezaron a guiar cómo debía hacer este tipo de trabajo de investigación, porque yo de arqueología no sabía nada.
—¿Te acordás el año?
—En 1967 hice excavaciones en la Isla Apipé, en la costa firme de este lado hasta la altura de San Borjitas; en el límite de Corrientes con Misiones, el Ombú Chico y guié bastante a los que vinieron a hacer rescate de este tipo de material antes de la invasión del agua para la conformación del lago Yacyretá. El que trabajó muy bien es el arqueólogo Mujica, después vino Rodríguez que fue otra cosa.
—¿Dónde están esos materiales?
—Lo que sacó Mujica en su momento quedó ahí en un lugar depositado en la entidad binacional, y después el resto del material que fue apareciendo con Rodríguez, también se fue acumulando ahí y se lo llevaron a Corrientes.
—¿Y el material que vos empezaste a recopilar?
—Lo mío yo tenía en mi casa, era material que nunca le cedí a ellos; después todo el material le di al Museo Antropológico de Ituzaingó, que es donde está exhibida la mayoría del material que era mío y lo cedí. Pero lo que rescataron los técnicos que trabajaron para Yacyretá fueron a Corrientes.
—Los otros grandes temas de tus estudios son las costumbres correntinas y el paisano. ¿Por qué? ¿Qué es un paisano correntino?
—El hombre de Corrientes tiene una particularidad especial, primero es un hombre entero, cabal, de una sola palabra, donde la palabra basta, no hace falta un documento cuando se sella un negocio y, por el otro lado, es un hábil conocedor, es un sabio conocedor de su campo, de su terruño. El hombre criado en el campo, en  los esteros, realmente es maravilloso el vínculo entre el lugar de su nacimiento y la naturaleza. Esas fueron las cosas que fui observando con ellos y estudiando en sus costumbres tradicionales; las costumbres tradicionales de Corrientes son muy hispanas, más hispanas que guaraníes; lo que sí se mantiene es el habla, los topónimos, algunas cuantas costumbres guaraníes que son pocas, pero todo lo demás es hispano.
—El caballo es central para la vida del paisano, ¿no?
—El caballo es todo. El caballo y el perro son dos herramientas fundamentales para el trabajo de campo. El caballo es el que hace el trabajo, el paisano guía simplemente y el perro acompaña, porque también el perro es otro secretario que sirve para juntar la hacienda, el rodeo, sostener la punta de la tropa.
—¿El paisano es un depredador?
—No, de ninguna manera, el paisano mariscador del Iberá fue siempre un hombre que se sirvió de lo que la naturaleza le ofrecía, en tanto y en cuanto cubría sus necesidades, nunca más para hacerse de plata o cambiar su fortuna o algo así, sino exclusivamente para su mantenimiento.
—¿Qué es “El Diario del Mariscador”?
—Dentro de mis amistades -de gente de campo- tenía varios mariscadores entre ellos, uno de los más avezados era “Cambá” Núñez, con el cual tenía una relación muy estrecha y me permitió acompañarlo en una gira. Yo quería conocer el Iberá por dentro; entonces, él me decía “no vas a aguantar”, porque yo no era un hombre de ese lugar, de ese medio, y 30 días ahí no eran fáciles, no iba a aguantar. Pero mi interés era tal que nos subimos a una canoa acá en las inmediaciones del pueblo por el zanjón de Loreto y a partir de ahí hicimos un recorrido por todo el Iberá que yo describo durmiendo en algún albardón, en algún islote, en algún mogote. Y a partir de ahí, toda la conversación con él en cuanto a los lugares que fui visitando, viendo las costumbres, animales, las formas de cazar; extraordinario en cuanto hace a la capacidad de esta gente como para conocer ese medioambiente.
—¿Cuántos días estuviste?
—Nos fuimos por 30 días, pero salí con 33 días de ahí adentro con un olor a carpincho que mi mujer no me quería ni recibir en casa, me mandó a bañar como 10 veces.
—Lejos de ser aburrido, ¿no?
—No al contrario, ni los mosquitos se sienten por el entusiasmo que uno va teniendo.
—El año pasado –en octubre, noviembre– salió en Moglia “Los guaraníes”, que es tu último libro, ¿querés contarnos brevemente de qué se trata?
—“Los guaraníes” es una especie de manual práctico para aplicar el origen de la raza, el origen amazónico de la raza, su evolución y sus tres grandes grupos. El caribe, el guaraní que estaría acá en el Sur y el otro que está en la precordillera. Entonces, a partir de ahí, son tres capítulos como un manual práctico para que se pueda conocer más un poco sobre nuestros antepasados. Porque el nativo de esta región no es guaraní, el guaraní es en un invasor, llega más o menos 200 años antes de la conquista y se expande con la conquista, porque acompaña al conquistador por todos los puntos que recorre
—¿Es tu último libro?
No. Mi último libro es uno que está en la imprenta ahora, se titula “El Rincón de Santa María”.

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“El hombre de Corrientes es entero, cabal y de una sola palabra”

Por Carlos Lezcano
Especial para El Litoral

Miguel es un hombre polifacético, inquieto, curioso y apasionado por Corrientes. Hace unos años cuando la Academia Nacional del Folklore lo convocó a abrir las  jornadas en Corrientes se paró frente a las figuras representativas de los estudios folklóricos y como un paisano culto y distinguido las recibió en guaraní como una reafirmación de nuestro pasado y, la vez, como una reivindicación de una lengua que en el siglo XX estuvo mal vista, prohibida y a punto de desaparecer en nuestra provincia. Esta nota surgió en una visita a su casa de Ituzaingó junto con Juan Pedro Zubieta y Leonardo Moglia, una larga charla con él que luego derivó en una entrevista radial.

—Hubo un Miguel docente ¿Fuiste maestro, no?
—Sí, soy docente. Me recibí en la Regional en el año 57 y ejercí por poco tiempo la docencia en Ituzaingó; luego estuve de vicedirector de la Escuela 9 en Corrientes y, después, el gobernador Piragine me nombró secretario de Inspección General de Enseñanza Media que fue recién creada, oportunidad que yo aproveché para crear la escuela Juan Bautista Alberdi –la escuela secundaria de Ituzaingó–. Después de eso, estuve dedicado a otro tipo de actividad, comercial y literaria.
—¿Cómo fue tu vínculo con Piragine? 
—Piragine era un hombre realmente sencillo. Me asombraba la memoria que tenía para reconocer a la gente. Tengo algunos episodios que me ocurrieron con él, desde decirme: “Mirá, caminá hasta allá, hasta aquella casa”, que estaba lejos en el medio del campo, allá cerca de Chavarría y me dice: “Allá vive don Rojas”. 
Es decir, en el medio de la provincia, él podía conocer un paisano, en la ciudad conocía a la gente y la nombraba.  Una vez cuando yo le dije: “Mire doctor, ahí le está esperando fulano, su amigo”, y me dijo: “No, no es mi amigo”. “Para que sea mi amigo tenés que saber: qué es lo que hace, a qué se dedica, si juega o si no juega, en qué ocupa su tiempo”; es decir, tenía bien esa definición para poder aceptar la calificación de la persona. Creo que tuvo una amistad muy franca, muy sincera conmigo, yo hasta poco antes de su muerte tengo correspondencia de él. Luego fui su  elector (por Colegio Electoral) de gobernador y vicegobernador, y también su secretario. 
—¿Fuiste su secretario? 
—Sí, y tuvimos un vínculo muy estrecho cuando estuve en la gobernación, mucho vínculo político.
—¿Pensás que él era un estadista?
—Creo que él era realmente un hombre con una visión extraordinaria y sobre todo de las necesidades del desarrollo que tenía la provincia en dos o tres puntos básicos: la educación, la energía y los caminos. Esos fueron sus puntos básicos de desarrollo para la provincia y después gozaba de una confianza extraordinaria de Arturo Frondizi, que yo, por supuesto, también pude tener con el presidente por mucho tiempo. Cuando fui legislador, fui presidente del bloque y me reunía con Frondizi una vez por mes para evaluar las acciones políticas.
—¿Dónde eran esas reuniones?
—En la casa de Frondizi, primero o en la Presidencia de la Nación cuando yo todavía no era legislador. Fui legislador en 1974 y  lo visitaba también, en su domicilio particular. Era un hombre muy modesto en su vida, no tenía servidumbres, estaba nada más que María Elena que era la señora y cuando llegaba alguien me atendía con mucho afecto y la única cosa que decía era: “¿Querés tomar un té? o ¿querés tomar agua?” Esa era toda la invitación y, a partir de ahí, escucharlo a él era una música por supuesto, pero ese vínculo me dejó Piragine.
—¿Dónde estabas cuando murió Piragine?
—En Ituzaingó y él estaba ya como diputado nacional y viajé inmediatamente, por supuesto, a Corrientes para recibir los restos de él, estuve en el entierro y todo eso. Tengo, creo, una de sus últimas cartas, que es una esquela que él me manda diciéndome: “Viajo a Buenos Aires”. Era un momento realmente muy difícil de la política argentina. Bueno, nuestro país nunca tuvo momentos felices en la política.
—Entonces, ¿hay un Miguel López Breard que es político evidentemente, no?
—Yo siempre fui un radical de la Intransigencia, de Moises Lebensohn, por eso me voy con Frondizi y después me integro a lo que fue el Radicalismo del Pueblo, en la división me fui con Frondizi y después me integro a la Unión Cívica Radical detrás de Alfonsín. Porque para mí era más o menos la misma reivindicación de un líder que tenía sentimiento de pueblo que era popular; eso era lo que a mí me atraía, me entusiasmaba, entendiendo siempre la política como algo del servicio y nunca jamás como un negocio.
—¿Qué creés que es la Unión Cívica Radical hoy?
—Bueno, yo creo que ya no existe la Unión Cívica Radical, como la concebía en su momento tal cual lo viví. Yo creo que hoy la Unión Cívica Radical puede ser un sentimiento aislado en mucha gente y para muchos es simplemente un partido que le da posibilidades de alianza. Pero no tenemos una definición concreta; es decir, en su momento el Radicalismo era la ley, la constitución y el orden constitucional y hoy yo veo que las boletas ya no son boletas genuinas, sino son la boleta número 3 de la Unión Cívica Radical, es un popurrí de partidos políticos.
—Sos escritor de temas muy amplios: historia, antropología, ¿no?
—Pero primero me tocan 14 años de jurado en Cosquín. En el año 61 yo estaba en la gobernación, cuando llega de Cosquín una invitación para que Corrientes mande una delegación, y me llama Piragine y me dice “Che, vos que andás en estas cosas”, porque yo escribía en el diario en esa época, que era recién comprado por Juan Romero, en el Litoral, y escribía sobre “Los mitos guaraníes”. Entonces, me dice: “Porque no te vas vos en representación de Corrientes, habría que llevar una delegación”, y fui.
—¿Cuántos años? 
—Y… 4 años, hasta el 75 estuve en Cosquín.
—¿Recordás algún correntino en esos 14 años, que te haya emocionado mucho?
—En su momento, me entusiasmó mucho el conjunto Los Cambá, que era un cuarteto de voces extraordinarias; donde estaba el doctor Picariño, realmente extraordinario, lástima que se haya quedado en el tiempo y se diluyó en el tiempo, y después algunos acordeonistas que todavía andan, que están y han pasado, que fueron integrando delegaciones de la provincia de Corrientes.
—¿Tuvo un espacio ahí en esos años el chamamé?
—Sí. Siempre tuvo, siempre… en todos los años había una presencia de Corrientes con una delegación que era para mostrar un cuadro y, por supuesto, el chamamé. Ahora como músicos integrando la cartelera, aparecen más allá, en el 68 o 69.
—¿Cuántos años trabajaste como periodista en El Litoral?
—Yo no era un periodista, escribí notas y, a la vez, fui un corresponsal de La Nación durante 35 años y para El Territorio de Posadas.
—¿En qué año?
—Desde 1965 en adelante, porque a partir del 62 (cuando es derrocado el gobierno de Frondizi), me volví a mi pueblo; entonces, a partir de ahí me puse a escribir. Y ya en el 64 edité mi primer libro sobre la historia de Ituzaingó.
—¿Cómo surgió el primer 
libro?
—La inquietud fue histórica. Me preguntaba ¿cómo se fundó este pueblo? Esto no es cuestión de que un buen día se levantó con un capricho el gobernador Manuel Lagraña y hace un decreto y funda un pueblo. Entonces, me puse a investigar, pero fue una cosa muy difícil porque la Municipalidad no tenía archivo, el Registro Civil no tenía archivo, el Juzgado de Paz tenía un archivo muy desordenado, la Policía no quería colaborar en esa época con los datos. El que me ayudó mucho fue don Federico Palma que, a la vez, me alentó mucho y facilitó el archivo de la provincia.
Y allí fueron apareciendo los de la fundación de Ituzaingó. Por supuesto, cuando llego a eso, me pongo a pensar: y antes de esto qué existía acá. Empecé a ir cada vez más para atrás y llegué a Gaboto y don Federico me dio una recomendación cuando viajé a Sevilla, cuando fui a visitar los Archivos de Indias. Detrás del juicio que le hacen a Gaboto -me fui a leer eso-.  Cuando vuelvo, llego a Ezeiza y me encuentro con un amigo que ese día inauguraba la cátedra de Antropología Folklórica en la universidad de Buenos Aires, que era don Augusto Raúl Cortazar. Yo lo conocía de Cosquín. Entonces fui a verlo, fui a ver la inauguración de su cátedra y me dice: “¿De dónde venís?”. Y le cuento que estoy viniendo de Sevilla, qué estaba haciendo, y me dice pero dejate de embromar, chamigo. Me dice: “lo que vos tenés que escribir es del hombre que pasa por la vereda de tu casa. Andás perdiendo tiempo, vos sos un seco para andar viajando, cómo te vas a ir a Sevilla, después tenés que ir a Roma. Déjate de embromar, estudia el hombre de tu casa, que está enfrente a tu casa, de tu pueblo”. Lo que me dijo, además, fue que la vereda de mi casa es demasiado larga porque llegaba hasta el Caribe. 
—¿Ahí comienzan todos tus estudios sobre los guaraníes?
—Claro. Ahí comienza la etapa de la investigación antropológica folklórica, que me llevó a hacer 25 libros.
—¿Cuándo comienzan esas primeras excavaciones, los primeros rastros que encontrás? ¿Cómo fue eso?
—Cuando me pongo estudiar los guaraníes. Un día un amigo viene de la Isla Apipé, y me trae un pedazo de urna funeraria y me dice allá en casa, en el monte, hay un cementerio que parece que tiene que ser un entierro de oro. El paisano siempre cree que en el entierro hay fortuna. Entonces, me puse de acuerdo con él para ir a visitarlo, me fui en canoa y no era un cementerio propiamente dicho, pero sí un lugar donde había un enterratorio de tres o cuatro urnas y más que nada una sola urna entera sacamos y el resto eran pedazos rotos de distintos tipos de objetos de cerámica. A partir de ahí otra novedad sobre otro punto, entonces, me conecté con en el museo de La Plata y desde ahí me empezaron a guiar cómo debía hacer este tipo de trabajo de investigación, porque yo de arqueología no sabía nada.
—¿Te acordás el año?
—En 1967 hice excavaciones en la Isla Apipé, en la costa firme de este lado hasta la altura de San Borjitas; en el límite de Corrientes con Misiones, el Ombú Chico y guié bastante a los que vinieron a hacer rescate de este tipo de material antes de la invasión del agua para la conformación del lago Yacyretá. El que trabajó muy bien es el arqueólogo Mujica, después vino Rodríguez que fue otra cosa.
—¿Dónde están esos materiales?
—Lo que sacó Mujica en su momento quedó ahí en un lugar depositado en la entidad binacional, y después el resto del material que fue apareciendo con Rodríguez, también se fue acumulando ahí y se lo llevaron a Corrientes.
—¿Y el material que vos empezaste a recopilar?
—Lo mío yo tenía en mi casa, era material que nunca le cedí a ellos; después todo el material le di al Museo Antropológico de Ituzaingó, que es donde está exhibida la mayoría del material que era mío y lo cedí. Pero lo que rescataron los técnicos que trabajaron para Yacyretá fueron a Corrientes.
—Los otros grandes temas de tus estudios son las costumbres correntinas y el paisano. ¿Por qué? ¿Qué es un paisano correntino?
—El hombre de Corrientes tiene una particularidad especial, primero es un hombre entero, cabal, de una sola palabra, donde la palabra basta, no hace falta un documento cuando se sella un negocio y, por el otro lado, es un hábil conocedor, es un sabio conocedor de su campo, de su terruño. El hombre criado en el campo, en  los esteros, realmente es maravilloso el vínculo entre el lugar de su nacimiento y la naturaleza. Esas fueron las cosas que fui observando con ellos y estudiando en sus costumbres tradicionales; las costumbres tradicionales de Corrientes son muy hispanas, más hispanas que guaraníes; lo que sí se mantiene es el habla, los topónimos, algunas cuantas costumbres guaraníes que son pocas, pero todo lo demás es hispano.
—El caballo es central para la vida del paisano, ¿no?
—El caballo es todo. El caballo y el perro son dos herramientas fundamentales para el trabajo de campo. El caballo es el que hace el trabajo, el paisano guía simplemente y el perro acompaña, porque también el perro es otro secretario que sirve para juntar la hacienda, el rodeo, sostener la punta de la tropa.
—¿El paisano es un depredador?
—No, de ninguna manera, el paisano mariscador del Iberá fue siempre un hombre que se sirvió de lo que la naturaleza le ofrecía, en tanto y en cuanto cubría sus necesidades, nunca más para hacerse de plata o cambiar su fortuna o algo así, sino exclusivamente para su mantenimiento.
—¿Qué es “El Diario del Mariscador”?
—Dentro de mis amistades -de gente de campo- tenía varios mariscadores entre ellos, uno de los más avezados era “Cambá” Núñez, con el cual tenía una relación muy estrecha y me permitió acompañarlo en una gira. Yo quería conocer el Iberá por dentro; entonces, él me decía “no vas a aguantar”, porque yo no era un hombre de ese lugar, de ese medio, y 30 días ahí no eran fáciles, no iba a aguantar. Pero mi interés era tal que nos subimos a una canoa acá en las inmediaciones del pueblo por el zanjón de Loreto y a partir de ahí hicimos un recorrido por todo el Iberá que yo describo durmiendo en algún albardón, en algún islote, en algún mogote. Y a partir de ahí, toda la conversación con él en cuanto a los lugares que fui visitando, viendo las costumbres, animales, las formas de cazar; extraordinario en cuanto hace a la capacidad de esta gente como para conocer ese medioambiente.
—¿Cuántos días estuviste?
—Nos fuimos por 30 días, pero salí con 33 días de ahí adentro con un olor a carpincho que mi mujer no me quería ni recibir en casa, me mandó a bañar como 10 veces.
—Lejos de ser aburrido, ¿no?
—No al contrario, ni los mosquitos se sienten por el entusiasmo que uno va teniendo.
—El año pasado –en octubre, noviembre– salió en Moglia “Los guaraníes”, que es tu último libro, ¿querés contarnos brevemente de qué se trata?
—“Los guaraníes” es una especie de manual práctico para aplicar el origen de la raza, el origen amazónico de la raza, su evolución y sus tres grandes grupos. El caribe, el guaraní que estaría acá en el Sur y el otro que está en la precordillera. Entonces, a partir de ahí, son tres capítulos como un manual práctico para que se pueda conocer más un poco sobre nuestros antepasados. Porque el nativo de esta región no es guaraní, el guaraní es en un invasor, llega más o menos 200 años antes de la conquista y se expande con la conquista, porque acompaña al conquistador por todos los puntos que recorre
—¿Es tu último libro?
No. Mi último libro es uno que está en la imprenta ahora, se titula “El Rincón de Santa María”.