ellitoral.com.ar

Domingo 16de Junio de 2019CORRIENTES14°Pronóstico Extendidoclima_nublado

Dolar Compra:$43,00

Dolar Venta:$45,00

La profecía del año impar

A estas alturas se trata de una lamentable y perversa rutina. Cuando se acerca el tiempo de los comicios todo se transforma y las decisiones de los políticos pasan por la mera conquista de votos abandonando cualquier proyecto de reformas.

Por Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
@amedinamendez
 

Desde el retorno de la democracia esta dinámica se cumple con rigurosa disciplina, esa misma que está siempre ausente a la hora de qué la clase dirigente se disponga a hacer lo necesario para contribuir con el progreso.
En los años pares, la liturgia electoral se toma unas breves vacaciones y por momentos se dispone a recorrer un sendero de sensatez, proponiendo cuestiones profundas que permitan avances mas serios y relevantes.
El camino de la resignación parece ser el único posible para miles de ciudadanos. Después de todo, son muchos los que ya se han acostumbrado a este triste espectáculo cívico que se ha convertido en un mal hábito.
La gente parece haber incorporado este esquema propio del sistema al paisaje como si realmente se tratara de una tradición. Normalizar este tipo de situaciones no ayuda en nada. Hacer de cuenta que no ocurre tampoco.
Es por eso que vale la pena reflexionar sobre esta retorcida costumbre que la política se empecina en naturalizar para que nadie pueda torcer esa impronta y se someta así al humillante juego de ser un simple espectador.
Los dirigentes lo hacen de este modo porque son muchas las personas que se lo permiten. Este y no otro tendría que ser el punto central, el más álgido y contundente, que se debería estar discutiendo en este instante.
Para que esto tan detestable, que sucede cíclicamente con esta frecuencia tan regular, se interrumpa definitivamente hace falta una férrea convicción de la comunidad para finiquitar esta mala práctica de una vez por todas.

No alcanza con el típico enojo inconducente, ni con alegatos exaltados que muestran bronca e impotencia. La política profesional se especializa en lidiar con esos berrinches infantiles y sabe que debe esperar mansamente que las aguas se calmen para seguir en su itinerario haciendo lo mismo de siempre.
Tampoco la denuncia pública resulta suficiente y mucho menos esas grandilocuentes campañas virtuales que le resbalan a casi todos los políticos por su absoluta intrascendencia y demostrada ineficacia crónica.
Va siendo hora de intentar otros métodos, al menos más novedosos no porque eso, en sí mismo, pueda garantizar su inexorable éxito, sino simplemente porque el resto ya fue utilizado sin que se haya alterado nada.
Es imprescindible entender que la política sólo termina reaccionando cuando los reclamos se traducen en un costo significativo y específico para sus interlocutores directos. Si no perciben un peligro inminente todo sigue igual.
Todo aquello que no impacta directamente en sus posibilidades electorales ni siquiera es registrado y queda descartado hasta del análisis mas elemental. Para que algo nuevo ocurra deben advertir un riesgo visible.
Muchos dirigentes se horrorizan frente al desprestigio en el que ha caído la actividad que decidieron abrazar. 
Parece que no han tomado nota de como sus acciones cotidianas impactan en esa sensación tan negativa.
Algunos, más osados, se ofenden con lo que denominan el discurso sistemático contra la política, sin siquiera admitir una cuota mínima de culpabilidad frente a lo extremadamente evidente e inocultable.
El desprecio por esta actividad tiene que ver con lo que ellos han logrado. 
No es razonable que se sigan excusando o que intenten minimizar su responsabilidad cuando abundan elementos palpables e indiscutibles.
En todo caso, deberían revisar sus conductas y ser más autocríticos en vez de enfadarse con sus detractores. 
Las múltiples encuestas que manejan les brindan muchas herramientas para hacer las correcciones del caso.
Pero para eso se necesita de una humildad y grandeza que no suelen ser parte de su arsenal de atributos. 
La soberbia y la arrogancia jamás ayudan a iniciar un círculo virtuoso que posibilite transformaciones positivas.
Bajo esta perspectiva, en la que los protagonistas no cambiarán su postura tan fácilmente, ni tampoco establecerán ese camino de mutaciones en el sentido adecuado, es la ciudadanía la que debe intentar modificaciones.
No es una tarea sencilla porque la sociedad también tiene sus propias limitaciones. 
La eterna abulia, la apatía serial, la enorme indiferencia no suelen ser buenos aliados para conseguir cambios favorables. Eso la política también lo sabe y por eso se abusa de esta debilidad intrínseca.
Habrá que ser mucho más exigentes con los dirigentes y pedirles que mientras hacen ese proselitismo que tanto los apasiona para obtener mas votos, no dejen de gobernar y de hacer lo que tienen que hacer. Deben asumir ese rol de liderazgo del que tanto se ufanan y que no han demostrado hasta ahora. Si fueran lo que ellos creen que son, los resultados hoy serían otros y las pruebas están a la vista como para cuestionarlas.

¿Te gustó la nota?
Comentarios
Logo

La profecía del año impar

A estas alturas se trata de una lamentable y perversa rutina. Cuando se acerca el tiempo de los comicios todo se transforma y las decisiones de los políticos pasan por la mera conquista de votos abandonando cualquier proyecto de reformas.

Por Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
@amedinamendez
 

Desde el retorno de la democracia esta dinámica se cumple con rigurosa disciplina, esa misma que está siempre ausente a la hora de qué la clase dirigente se disponga a hacer lo necesario para contribuir con el progreso.
En los años pares, la liturgia electoral se toma unas breves vacaciones y por momentos se dispone a recorrer un sendero de sensatez, proponiendo cuestiones profundas que permitan avances mas serios y relevantes.
El camino de la resignación parece ser el único posible para miles de ciudadanos. Después de todo, son muchos los que ya se han acostumbrado a este triste espectáculo cívico que se ha convertido en un mal hábito.
La gente parece haber incorporado este esquema propio del sistema al paisaje como si realmente se tratara de una tradición. Normalizar este tipo de situaciones no ayuda en nada. Hacer de cuenta que no ocurre tampoco.
Es por eso que vale la pena reflexionar sobre esta retorcida costumbre que la política se empecina en naturalizar para que nadie pueda torcer esa impronta y se someta así al humillante juego de ser un simple espectador.
Los dirigentes lo hacen de este modo porque son muchas las personas que se lo permiten. Este y no otro tendría que ser el punto central, el más álgido y contundente, que se debería estar discutiendo en este instante.
Para que esto tan detestable, que sucede cíclicamente con esta frecuencia tan regular, se interrumpa definitivamente hace falta una férrea convicción de la comunidad para finiquitar esta mala práctica de una vez por todas.

No alcanza con el típico enojo inconducente, ni con alegatos exaltados que muestran bronca e impotencia. La política profesional se especializa en lidiar con esos berrinches infantiles y sabe que debe esperar mansamente que las aguas se calmen para seguir en su itinerario haciendo lo mismo de siempre.
Tampoco la denuncia pública resulta suficiente y mucho menos esas grandilocuentes campañas virtuales que le resbalan a casi todos los políticos por su absoluta intrascendencia y demostrada ineficacia crónica.
Va siendo hora de intentar otros métodos, al menos más novedosos no porque eso, en sí mismo, pueda garantizar su inexorable éxito, sino simplemente porque el resto ya fue utilizado sin que se haya alterado nada.
Es imprescindible entender que la política sólo termina reaccionando cuando los reclamos se traducen en un costo significativo y específico para sus interlocutores directos. Si no perciben un peligro inminente todo sigue igual.
Todo aquello que no impacta directamente en sus posibilidades electorales ni siquiera es registrado y queda descartado hasta del análisis mas elemental. Para que algo nuevo ocurra deben advertir un riesgo visible.
Muchos dirigentes se horrorizan frente al desprestigio en el que ha caído la actividad que decidieron abrazar. 
Parece que no han tomado nota de como sus acciones cotidianas impactan en esa sensación tan negativa.
Algunos, más osados, se ofenden con lo que denominan el discurso sistemático contra la política, sin siquiera admitir una cuota mínima de culpabilidad frente a lo extremadamente evidente e inocultable.
El desprecio por esta actividad tiene que ver con lo que ellos han logrado. 
No es razonable que se sigan excusando o que intenten minimizar su responsabilidad cuando abundan elementos palpables e indiscutibles.
En todo caso, deberían revisar sus conductas y ser más autocríticos en vez de enfadarse con sus detractores. 
Las múltiples encuestas que manejan les brindan muchas herramientas para hacer las correcciones del caso.
Pero para eso se necesita de una humildad y grandeza que no suelen ser parte de su arsenal de atributos. 
La soberbia y la arrogancia jamás ayudan a iniciar un círculo virtuoso que posibilite transformaciones positivas.
Bajo esta perspectiva, en la que los protagonistas no cambiarán su postura tan fácilmente, ni tampoco establecerán ese camino de mutaciones en el sentido adecuado, es la ciudadanía la que debe intentar modificaciones.
No es una tarea sencilla porque la sociedad también tiene sus propias limitaciones. 
La eterna abulia, la apatía serial, la enorme indiferencia no suelen ser buenos aliados para conseguir cambios favorables. Eso la política también lo sabe y por eso se abusa de esta debilidad intrínseca.
Habrá que ser mucho más exigentes con los dirigentes y pedirles que mientras hacen ese proselitismo que tanto los apasiona para obtener mas votos, no dejen de gobernar y de hacer lo que tienen que hacer. Deben asumir ese rol de liderazgo del que tanto se ufanan y que no han demostrado hasta ahora. Si fueran lo que ellos creen que son, los resultados hoy serían otros y las pruebas están a la vista como para cuestionarlas.