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/Ellitoral.com.ar/ Opinión

Alberto al gobierno

Por Jorge Eduardo Simonetti

jorgesimonetti.com

Especial para El Litoral

“La historia ocurre dos veces: la primera vez como tragedia y la segunda como farsa”.

Carlos Marx, 

“El 18 Brumario de 

Luis Bonaparte”

La figura retórica de Marx es certera, la repetición casi calcada de fenómenos en la historia resultan sucesos en los que el original está investido con ropajes augustos y trágica dramaticidad, y la copia aparece con vestiduras ajadas y apariencias farsescas.

Los “tíos” en el gobierno, o el gobierno de los “tíos”, resultan ser categorías políticas casi típicamente argentinas. Es el gobierno del doble comando, o del poder detrás del poder, o el de las marionetas, dónde el que mueve los hilos no es el que ocupa el escenario.

La lealtad del mandatario respecto a su mandante es la virtud necesaria, aunque deberíamos decir la fidelidad, porque la lealtad tiene que ver con los principios, pero la fidelidad con las personas (lo que implica obediencia y sumisión) y en estos casos el “tío” debe cumplir con los requerimientos de fidelidad personal hacia el amo.

Las coincidencias entre los sucesos de los setenta y los de ahora son notables y subrayan la figura retórica marxista de la repetición de la historia, aunque, como se verá, las diferencias determinan que hace 46 años sucedían los mismos como tragedia y hoy se repiten como farsa.

Con un Perón imposibilitado de presentarse como candidato en 1973, el sucedáneo fue el “tío” Héctor J. Cámpora, que gobernó el país en nombre de aquel, para luego entregarle la banda presidencial a los 43 días, tras nuevas elecciones. La campaña electoral se hizo con el conocido eslogan “Cámpora al gobierno, Perón al poder”.

Tal cual el odontólogo en los setenta, el camaleónico abogado de Puerto Madero fue el señalado en el siglo XXI. En ambos casos, para el acierto anticipatorio de Carlos Marx un siglo y medio antes, se repite el hecho histórico de que no se trata de presidentes “electos”, sino de presidentes “puestos”.

Creo, entonces, que aquello que fue Cámpora con Perón, será, en estos tiempos de la política sin apellido, Alberto con Cristina, un “tío” que gobernará en función de los mandatos que reciba, salvo que comience a comportarse de manera opuesta a lo hecho hasta ahora.

En el crepúsculo del gobierno militar de Lanusse, muchos cuadros del ERP y Montoneros estaban encarcelados por hechos que tenían que ver con la violencia política. En formato de “tragedia”, esos presos políticos salieron de las cárceles en tropel, aún antes de que se diera formalidad al indulto, decretado por Cámpora días después. “Perón no quería el indulto”, contó luego Juan Manuel Abal Medina (relatado en el libro “Primavera Sangrienta” de Marcelo Larraquy).

Hoy se repite la historia de manera casi calcada, pero con actores distintos y final incierto. La marcha “Navidad sin presos políticos” preanuncia una posibilidad del indulto a detenidos como De Vido, Baratta, López, Lázaro Báez, entre tantos otros, acusados de los “delitos políticos” de haber saqueado las arcas públicas. Una caricatura de aquello del 73, una posible repetición de la historia, pero con formato de farsa.

No otra cosa parece deducirse de la postura de Alberto y de la declaración de Cristina ante los tribunales en el juicio oral. El presidente electo se deshizo en elogios por “el mejor alegato defensivo que escuché en mi vida”, a estar a sus palabras, calificación que como profesor de Derecho lo deja mal parado y como presidente electo más aún.

En rigor, las declaraciones de Cristina estuvieron cargadas de soberbia y desprecio hacia los magistrados, sin admitir repreguntas. Es su voz la única que se escuchó, sin interlocutor. Lo que hizo siempre como presidenta, lo hace ahora como imputada, demostrando una vez más su incapacidad de diálogo y su poca idoneidad para el debate abierto.

 Pero, para mal de Alberto, que debería saberlo como abogado y profesor de Derecho, no fue un alegato defensivo el que se escuchó, sino un largo y repetitivo discurso político, sin ninguna referencia concreta a las acusaciones en la causa. Conveniente para sus acólitos, impertinente para los jueces.

Independientemente de la incompetencia de sus opiniones, lo que hace el mandatario electo es adelantar una futura actuación institucional propia de su carácter de “tío” en este proceso político:  presión sobre los jueces, en forma de velada amenaza, en favor de su mandante, o preanuncio de alguna medida gubernamental de indulto en caso necesario, para quien lo colocó en ese lugar y, eventualmente, para el resto.

Pero “presos políticos” eran los de antes, los del setenta, los de la época del “tío” Cámpora, cuya liberación desenfrenada preanunciaría, en manera de “tragedia”, la violencia guerrillera y el terrorismo de Estado que vendrían a continuación.

En el siglo XXI la cosa es distinta. La posible liberación no fungiría en modo trágico, sino farsesco, un burlesque patético cuya consecuencia más dañosa podría ser no ya la violencia guerrillera sobre las personas, sino un ataque masivo sobre el erario público. Ya se buscan mecanismos para la exculpación o liberación de los acusados, uno de ellos, el lawfare, cuenta con la inestimable pata religiosa en el Papa.

Pero ¿cuál es la diferencia fundamental entre aquel gobierno del “tío” Cámpora y este que viene del “tío” Alberto? No es otra cosa que la diversa calidad del “Chasman”.

El Perón del 73 fue muy distinto a la Cristina del 2019. Sin ser peronista, debo decir que pocos políticos argentinos hubo con la inteligencia de Juan Domingo Perón, cada frase suya era una sabia sentencia.

Pero la inteligencia no sólo tiene que ver con lo que denominaríamos “destreza mental”, sino con algo mucho más amplio y comprensivo: la capacidad de entender el mundo, ubicarse en los tiempos y, fundamentalmente, aprender de la propia experiencia.

El último Perón fue un político con toda la sapiencia que otorgan los años y las experiencias de la vida. Supo aprovecharlas, aprendió de sus errores y los aplicó en su última gestión. No es casualidad su enfrentamiento con los violentos del 74, como tampoco sus desacuerdos con la liberación indiscriminada de los presos.

Cristina, en cambio, con tener habilidad discursiva no dialógica, demuestra a cada paso que no aprendió nada de las experiencias vividas. Con el mismo discurso monocorde pretende guiar políticamente a su pupilo de la misma manera confrontativa con que se manejó en la presidencia.

Es decir, para utilizar una figura retórica que simplifique la expresión, en el 73 tuvimos a un Perón corregido y aumentado, y 2019 nos presenta una Cristina recargada, lo cual es muy peligroso si va a oficiar de “Chasman” durante los siguientes cuatro años.

 “Aggiornarse” es de inteligentes, sólo a ellos les es posible cambiar de idea ante cada nueva comprobación, nuevos hechos, escenarios distintos, es como un continuo renacimiento sin la lápida de las falsas convicciones ni de las pseudoverdades inmutables. Los fanáticos, en cambio, nunca salen de sus prisiones psicopáticas, ni siquiera saben cómo hacerlo.

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