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Los secretos del río y el árbol

“Cartas” fue presentado a lo grande en la gran Feria del Libro de Caá Catí, el fin de semana pasado. Fue un momento alto, emocionante, que recreó una amistad mediada, nada menos, que por el diario El Litoral.

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  Marta Quiles fue una poeta correntina de cuna, chaqueña por opción, compositora por gusto, amiga de Cacho por admiración y afecto. Sus cartas eran publicadas en la columna literaria del diario El Litoral. Su destinatario se enjugaba los ojos en silencio al leerlas.

Por Carlos Lezcano
Especial para El Litoral

En el otoño de 2018 fuimos con Tony Salazar a ver unos papeles de Cacho González Vedoya a su casa. El fruto de esa larga tarde de mate fue la edición de “La palabra clara” en la colección “Grandes en pequeños” con textos que Tony seleccionó y editó en Anaga Ranga. Al terminar esa larga conversación Cacho nos preguntó quién podía leer, clasificar y ordenar una extraña correspondencia entre él y Marta Quiles. Tony no dudo: Ornella Barraza es esa persona. Así comenzó el libro “Cartas”. En la nota contamos como comenzó a esa relación epistolar ente los poetas.
 “Cartas” fue presentado en la Feria del Libro de Caá Catí y está editado por Moglia, la compilación es de Ornella Barraza, las correcciones de Juan Genaro González Vedoya, Ornella Barraza y Joaquina Méndez, las bellísimas ilustraciones son de la artista curuzucuateña Hada Irastorza.
Cacho González Vedoya y Marta Quiles se conocieron en la casa de Benjamín de la Vega por calle Catamarca casi 9 de Julio donde el pianista recibía a músicos y poetas en largas tertulias, donde la polca paraguaya y las guaranias se mezclaban con chamamé y zambas salteñas del Cuchi Leguizamón y Manuel J. Castilla.
Las reuniones musicales y poéticas eran una costumbre que acogían a Mario Bofill, Raúl Barboza, Marily Morales Segovia, Juan Carlos Soto, a Cacho, Marta y cuanto músico llegara a la ciudad de Corrientes.
Una noche, Marta llegó, como de costumbre, con un bolso lleno de papeles, hojas y más hojas de borradores y poemas, algunos fueron leídos en las reuniones, otros regresaron al orden silencioso del bolso.
Una de esas noches, Marta le pidió a Cacho que le descifrara los secretos del río y del árbol.
“Bueno, voy a ver. Leé el diario El Litoral y te voy a contar por ahí algo, te escribo unas cartas y algunos poemas y si prestás atención, ahí están las pistas de lo que me preguntás”, le dijo el poeta de Itatí que para esos días ya había escrito canciones para el espectáculo “Gente de mi pueblo” inspiradas en personajes de su infancia y tenía varios temas editados en discos. La primera entrega de esas cartas fue publicada en este diario y llegó el 26 junio 1984 gracias a Sara Velar de Gauna, editora de Cultura en ese tiempo.
Por entonces, la rutina de Cacho estaba centrada en su trabajo de electricista del Consejo General de Educación que le impedía ser poeta de tiempo completo. Sus ocupaciones se dividían entre arreglos de ventiladores y artefactos eléctricos que llegan de las escuelas y la escritura a hurtadillas de algunos poemas en los pocos momentos libres que tenía.
La oficinita quedaba por la calle San Martín casi Santa Fe donde cumplía horario de administración pública en medio de ventiladores destartalados, cables y lámparas. Allí también había un teléfono negro con disco que cada tanto sonaba, del otro lado de la línea aparecía la voz de alguna directora de escuela pidiendo que le arreglara un ventilador o estufa que funcionaba mal o directamente no andaba.
Cacho pasaba sus días sumido en la tranquilidad rutinaria de un trabajo sin sorpresas, salvo cuando Marta llegaba desde San Luis del Palmar a visitarlo. En ese momento cambiaba la lógica del día, que tomaba otro camino, un vuelo inesperado hecho de lecturas en voz alta y conversaciones que giraban en torno al destino de esos textos a los que quería encontrarles música, sin éxito.
“¿Lo que yo hago sirve para una canción?”, era la insistente pregunta que Marta disparaba durante sus visitas a ese taller del Ministerio de Educación.
“Sí, pue, todas. Lo que falta es la voluntad de los muchachos de hacerlo nomás para que se convierta en canción. La canción es un ave que quiere volar. Tu poema sólo tiene un ala, le falta el ala de la música. Cuando tenga las dos alas, recién podrá volar”, era la respuesta que intentaba, en vano, calmar la ansiedad de Marta.
Como en Corrientes no encontraba ese compañero musical, la sanluiseña un día cruzó el río y en Resistencia, finalmente, sus poemas empezaron a ser canciones.
El poeta-electricista de tanto en tanto tipeaba algunos poemas en una vieja máquina tipo Remington, en la que el texto iba apareciendo sobre un papel blanco con algunos agujeritos. No era fácil escribir con ese artefacto desvencijado y dañado por el paso de los años ya que “rompía las palabras del papel porque el rodillo no funcionaba bien, sobre todo al oprimir las letras o y a”. Los poemas nacían heridos en el papel, dañados en el momento de su nacimiento.
El problema fue solucionado por un compañero de oficina, no sabemos si sensible a la poesía o a las máquinas antiguas. Lo cierto es que el rodillo fue cambiado y, a partir de ese momento, las palabras fueron apareciendo “sanitas”, “sin problemas”.

El hombre y el río
González Vedoya siempre dice que vivió su infancia en Itatí, a un paso del río y a otro del monte, cruzándose en las calles con Nati, campanero ese que tenía las manos de viento, o con Valdez, carpinchero al que, aun sin traer nada del trabajo, sus hijos lo esperaban en collera los mitaí, o el pequeño contrabandista anónimo al que llamaban Pacotillero, cuyos pasos no dejaban huellas en el río, o el acuático Gero.
Gero era un paisano, morocho, un albañil como tantos, que remaba y a veces, de noche, lo hacía hasta la isla donde se quedaba mucho tiempo, en ocasiones, por más de un mes.
Se tiraba al agua, entraba al río que se le cerraba por atrás y desaparecía para sacar los anzuelos trancados en Punta García, una zona donde las piedras están gastadas por los embates del agua que produjeron agujeritos sonoros, aunque sin ritmo definido o mejor dicho de acuerdo con los tiempos que definen el movimiento del agua según los vientos.
Gero era unos de los dueños del río; sin embargo, cada vez que entraba al agua se persignaba.
Los chicos del pueblo, como Cacho, crecieron sabiendo que había dueños de la siesta, del río y del monte, seres con una presencia a veces visible y otras, invisible, que reinaban en esos sitios respetando las leyes y los tiempos del universo itatiano de mediados del siglo XX.
“Una noche, Julio Babin estaba pescando en la oscuridad de la Punta García, con un pequeño farol” que parecía una luciérnaga en la negra espesura de la noche.
Cacho y Gero decidieron ir en canoa a la isla Verde que está enfrente.
“¡Chau, Julio!”, fue el grito de Cacho que resonó y se perdió en la noche.
 El sonido de los remos en el agua era silencioso y tenía un tiempo monocorde, la embarcación avanzaba a ciegas, sin referencias visibles, hacia “la boca del horizonte”. De repente, la canoa encalla en un banco de arena.
—¿Qué pasó, Gero?
—Nada, nada. Responde. 
La canoa encalla por la proa. Gero pone los pies en el agua y queda parado como una cuña en el río, abrazado por él. Empuja la canoa que gira en el remanso y sigue. Retoma el rumbo de regreso hacia el farolito de Julio que sigue en la costa. “No es un río ese río, es un agua acostada” que lo contiene, lo ciñe y lo  cuida.
Estos eran algunos de los secretos del río que guardaban los señores de las costas y las aguas del país fluvial de la infancia. Los personajes como Gero ya no están porque los devoró el tiempo, pero de algún modo siguen allí como guardianes del Paraná a la altura de Itatí.

El árbol
Hace más de 20 años, Cacho me invitó a ver el terreno donde construiría su casa en el barrio San Roque en calle Los Calchaquíes.
En esos tiempos era un barrio muy lejos del centro, a unos pasos de la avenida Maipú, muy cerca de Parada Medina, a la salida sur de la ciudad de Corrientes.
Le pregunte qué era lo que más le gustaba del lugar y no dudo en decir: “El árbol que tendré enfrente, más que un árbol es una catedral. Hasta gárgolas tiene”. Vio y ve al árbol como algo sagrado, las ramas y las hojas como desagües del agua de las lluvias.

De niño fui parecido a un árbol 
que había en el fondo de mi casa. 
Los dos teníamos la cabeza  
llena de pájaros. (CGV)

Carta a Cacho González Vedoya 
Amigo: 
Hoy te quisiera aquí, casi a mi lado, como el tronco de un árbol con sus ramas tapándome del sol y de las lágrimas. Sé que me buscarías las palabras y las pondrías tenues a mi lado, traerías los pájaros y el viento, el agua de las piedras que se callan, dirías “Paraná” con toda el alma y el mundo no sería tan amargo ni la tierra tan desamparada. 
Tengo derecho a vos, a tu nostalgia, a tu mate callado, a tus silencios llenos de guitarras. Por eso es que te escribo desde lejos, porque veo venir tu sombra en alto, fundando la mañana necesaria, colocando las cosas en su sitio y me hace mucha falta tu sonrisa. 
Con todo el corazón te abrazo. 
Marta 
 
Carta a Marta Quiles  
Desde este lugar del río y el árbol te escribo, Marta. Ojalá no te llegue tarde esta carta, porque me habías dicho que estabas por viajar.  
Es que hoy, más que nunca, necesito la sombra de tu árbol, esa extraña complicidad de su follaje con las estrellas.

Quiero que la semana me encuentre 
    [pájaro a tu lado  
y gastar todo el tiempo que             [nos resta, en inventar  
                 canciones. 
Como esta que inventé ayer. 

    Desde mí,  
                                      con o sin razón 
                                      crece este árbol de amaneceres y crepúsculos.  
Solamente adivino su madera…  
                pero allá en el follaje  
                 junto al viento. 
Permanezco en la vida que 
    [me asigno…  
                    con la voz  
    por encima de la muerte. 
 
¿Te acordás cuando decíamos que delante del río no se puede mentir?  
Imaginamos romper nuestras guitarras delante del río (para esconder nuestro canto) y después nos dimos cuenta de que era peor el olvido. 

Vos te querías morir de río,  
porque tu pueblo no tenía río.  
Y yo de árbol, 
porque los árboles mueren de pie.  
Y hablando de río… 
esta otra canción que inventé hoy. 
No es un río este río
    que viene desde lejos 
    [con el sol por delante.  
Es un agua acostada  
    que en mitad del camino 
le entretiene un remanso…  
                 hasta hacerle creer 
    [que ya no tiene orillas. 
 No es un río este río 
                 de luna sucedida  
                que me roza la sangre…  
y en un sitio exactísimo, 
                 simplemente es un agua 
    [que me espera 
    entre islas y piedras.  
 
Si un día de estos vienen por aquí 
    tus ángeles 
                Primer ángel  
                Segundo ángel  
                Tercer ángel. 
Les daré un puñado de 
    [arena de la costa…  
para que con él escriben poemas 
    [sobre el agua.  
    Y si no vienen…  
    la luna se volverá suindá  
    y se irá a buscarlos.  
    Pero si vienen tus 
    [ángeles…  
    les dibujaré un corazón  
igual al tuyo sobre la arena…  
para que puedan repartir en 
    [pedacitos.  
Pero si no vienen tus ángeles…  
    esconderé bajo siete llaves 
    las cosas que escribí 
    [mirando al río.  
Pero si no vienen…  
me quedaré con ellos el día entero,  
hablando de vos y de tus cosas. 

Bueno Marta, al fin me he decidido y te escribo estas líneas, ojalá las recibas a tiempo.
Un abrazo…  
Cacho

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Los secretos del río y el árbol

“Cartas” fue presentado a lo grande en la gran Feria del Libro de Caá Catí, el fin de semana pasado. Fue un momento alto, emocionante, que recreó una amistad mediada, nada menos, que por el diario El Litoral.

Por Carlos Lezcano
Especial para El Litoral

En el otoño de 2018 fuimos con Tony Salazar a ver unos papeles de Cacho González Vedoya a su casa. El fruto de esa larga tarde de mate fue la edición de “La palabra clara” en la colección “Grandes en pequeños” con textos que Tony seleccionó y editó en Anaga Ranga. Al terminar esa larga conversación Cacho nos preguntó quién podía leer, clasificar y ordenar una extraña correspondencia entre él y Marta Quiles. Tony no dudo: Ornella Barraza es esa persona. Así comenzó el libro “Cartas”. En la nota contamos como comenzó a esa relación epistolar ente los poetas.
 “Cartas” fue presentado en la Feria del Libro de Caá Catí y está editado por Moglia, la compilación es de Ornella Barraza, las correcciones de Juan Genaro González Vedoya, Ornella Barraza y Joaquina Méndez, las bellísimas ilustraciones son de la artista curuzucuateña Hada Irastorza.
Cacho González Vedoya y Marta Quiles se conocieron en la casa de Benjamín de la Vega por calle Catamarca casi 9 de Julio donde el pianista recibía a músicos y poetas en largas tertulias, donde la polca paraguaya y las guaranias se mezclaban con chamamé y zambas salteñas del Cuchi Leguizamón y Manuel J. Castilla.
Las reuniones musicales y poéticas eran una costumbre que acogían a Mario Bofill, Raúl Barboza, Marily Morales Segovia, Juan Carlos Soto, a Cacho, Marta y cuanto músico llegara a la ciudad de Corrientes.
Una noche, Marta llegó, como de costumbre, con un bolso lleno de papeles, hojas y más hojas de borradores y poemas, algunos fueron leídos en las reuniones, otros regresaron al orden silencioso del bolso.
Una de esas noches, Marta le pidió a Cacho que le descifrara los secretos del río y del árbol.
“Bueno, voy a ver. Leé el diario El Litoral y te voy a contar por ahí algo, te escribo unas cartas y algunos poemas y si prestás atención, ahí están las pistas de lo que me preguntás”, le dijo el poeta de Itatí que para esos días ya había escrito canciones para el espectáculo “Gente de mi pueblo” inspiradas en personajes de su infancia y tenía varios temas editados en discos. La primera entrega de esas cartas fue publicada en este diario y llegó el 26 junio 1984 gracias a Sara Velar de Gauna, editora de Cultura en ese tiempo.
Por entonces, la rutina de Cacho estaba centrada en su trabajo de electricista del Consejo General de Educación que le impedía ser poeta de tiempo completo. Sus ocupaciones se dividían entre arreglos de ventiladores y artefactos eléctricos que llegan de las escuelas y la escritura a hurtadillas de algunos poemas en los pocos momentos libres que tenía.
La oficinita quedaba por la calle San Martín casi Santa Fe donde cumplía horario de administración pública en medio de ventiladores destartalados, cables y lámparas. Allí también había un teléfono negro con disco que cada tanto sonaba, del otro lado de la línea aparecía la voz de alguna directora de escuela pidiendo que le arreglara un ventilador o estufa que funcionaba mal o directamente no andaba.
Cacho pasaba sus días sumido en la tranquilidad rutinaria de un trabajo sin sorpresas, salvo cuando Marta llegaba desde San Luis del Palmar a visitarlo. En ese momento cambiaba la lógica del día, que tomaba otro camino, un vuelo inesperado hecho de lecturas en voz alta y conversaciones que giraban en torno al destino de esos textos a los que quería encontrarles música, sin éxito.
“¿Lo que yo hago sirve para una canción?”, era la insistente pregunta que Marta disparaba durante sus visitas a ese taller del Ministerio de Educación.
“Sí, pue, todas. Lo que falta es la voluntad de los muchachos de hacerlo nomás para que se convierta en canción. La canción es un ave que quiere volar. Tu poema sólo tiene un ala, le falta el ala de la música. Cuando tenga las dos alas, recién podrá volar”, era la respuesta que intentaba, en vano, calmar la ansiedad de Marta.
Como en Corrientes no encontraba ese compañero musical, la sanluiseña un día cruzó el río y en Resistencia, finalmente, sus poemas empezaron a ser canciones.
El poeta-electricista de tanto en tanto tipeaba algunos poemas en una vieja máquina tipo Remington, en la que el texto iba apareciendo sobre un papel blanco con algunos agujeritos. No era fácil escribir con ese artefacto desvencijado y dañado por el paso de los años ya que “rompía las palabras del papel porque el rodillo no funcionaba bien, sobre todo al oprimir las letras o y a”. Los poemas nacían heridos en el papel, dañados en el momento de su nacimiento.
El problema fue solucionado por un compañero de oficina, no sabemos si sensible a la poesía o a las máquinas antiguas. Lo cierto es que el rodillo fue cambiado y, a partir de ese momento, las palabras fueron apareciendo “sanitas”, “sin problemas”.

El hombre y el río
González Vedoya siempre dice que vivió su infancia en Itatí, a un paso del río y a otro del monte, cruzándose en las calles con Nati, campanero ese que tenía las manos de viento, o con Valdez, carpinchero al que, aun sin traer nada del trabajo, sus hijos lo esperaban en collera los mitaí, o el pequeño contrabandista anónimo al que llamaban Pacotillero, cuyos pasos no dejaban huellas en el río, o el acuático Gero.
Gero era un paisano, morocho, un albañil como tantos, que remaba y a veces, de noche, lo hacía hasta la isla donde se quedaba mucho tiempo, en ocasiones, por más de un mes.
Se tiraba al agua, entraba al río que se le cerraba por atrás y desaparecía para sacar los anzuelos trancados en Punta García, una zona donde las piedras están gastadas por los embates del agua que produjeron agujeritos sonoros, aunque sin ritmo definido o mejor dicho de acuerdo con los tiempos que definen el movimiento del agua según los vientos.
Gero era unos de los dueños del río; sin embargo, cada vez que entraba al agua se persignaba.
Los chicos del pueblo, como Cacho, crecieron sabiendo que había dueños de la siesta, del río y del monte, seres con una presencia a veces visible y otras, invisible, que reinaban en esos sitios respetando las leyes y los tiempos del universo itatiano de mediados del siglo XX.
“Una noche, Julio Babin estaba pescando en la oscuridad de la Punta García, con un pequeño farol” que parecía una luciérnaga en la negra espesura de la noche.
Cacho y Gero decidieron ir en canoa a la isla Verde que está enfrente.
“¡Chau, Julio!”, fue el grito de Cacho que resonó y se perdió en la noche.
 El sonido de los remos en el agua era silencioso y tenía un tiempo monocorde, la embarcación avanzaba a ciegas, sin referencias visibles, hacia “la boca del horizonte”. De repente, la canoa encalla en un banco de arena.
—¿Qué pasó, Gero?
—Nada, nada. Responde. 
La canoa encalla por la proa. Gero pone los pies en el agua y queda parado como una cuña en el río, abrazado por él. Empuja la canoa que gira en el remanso y sigue. Retoma el rumbo de regreso hacia el farolito de Julio que sigue en la costa. “No es un río ese río, es un agua acostada” que lo contiene, lo ciñe y lo  cuida.
Estos eran algunos de los secretos del río que guardaban los señores de las costas y las aguas del país fluvial de la infancia. Los personajes como Gero ya no están porque los devoró el tiempo, pero de algún modo siguen allí como guardianes del Paraná a la altura de Itatí.

El árbol
Hace más de 20 años, Cacho me invitó a ver el terreno donde construiría su casa en el barrio San Roque en calle Los Calchaquíes.
En esos tiempos era un barrio muy lejos del centro, a unos pasos de la avenida Maipú, muy cerca de Parada Medina, a la salida sur de la ciudad de Corrientes.
Le pregunte qué era lo que más le gustaba del lugar y no dudo en decir: “El árbol que tendré enfrente, más que un árbol es una catedral. Hasta gárgolas tiene”. Vio y ve al árbol como algo sagrado, las ramas y las hojas como desagües del agua de las lluvias.

De niño fui parecido a un árbol 
que había en el fondo de mi casa. 
Los dos teníamos la cabeza  
llena de pájaros. (CGV)

Carta a Cacho González Vedoya 
Amigo: 
Hoy te quisiera aquí, casi a mi lado, como el tronco de un árbol con sus ramas tapándome del sol y de las lágrimas. Sé que me buscarías las palabras y las pondrías tenues a mi lado, traerías los pájaros y el viento, el agua de las piedras que se callan, dirías “Paraná” con toda el alma y el mundo no sería tan amargo ni la tierra tan desamparada. 
Tengo derecho a vos, a tu nostalgia, a tu mate callado, a tus silencios llenos de guitarras. Por eso es que te escribo desde lejos, porque veo venir tu sombra en alto, fundando la mañana necesaria, colocando las cosas en su sitio y me hace mucha falta tu sonrisa. 
Con todo el corazón te abrazo. 
Marta 
 
Carta a Marta Quiles  
Desde este lugar del río y el árbol te escribo, Marta. Ojalá no te llegue tarde esta carta, porque me habías dicho que estabas por viajar.  
Es que hoy, más que nunca, necesito la sombra de tu árbol, esa extraña complicidad de su follaje con las estrellas.

Quiero que la semana me encuentre 
    [pájaro a tu lado  
y gastar todo el tiempo que             [nos resta, en inventar  
                 canciones. 
Como esta que inventé ayer. 

    Desde mí,  
                                      con o sin razón 
                                      crece este árbol de amaneceres y crepúsculos.  
Solamente adivino su madera…  
                pero allá en el follaje  
                 junto al viento. 
Permanezco en la vida que 
    [me asigno…  
                    con la voz  
    por encima de la muerte. 
 
¿Te acordás cuando decíamos que delante del río no se puede mentir?  
Imaginamos romper nuestras guitarras delante del río (para esconder nuestro canto) y después nos dimos cuenta de que era peor el olvido. 

Vos te querías morir de río,  
porque tu pueblo no tenía río.  
Y yo de árbol, 
porque los árboles mueren de pie.  
Y hablando de río… 
esta otra canción que inventé hoy. 
No es un río este río
    que viene desde lejos 
    [con el sol por delante.  
Es un agua acostada  
    que en mitad del camino 
le entretiene un remanso…  
                 hasta hacerle creer 
    [que ya no tiene orillas. 
 No es un río este río 
                 de luna sucedida  
                que me roza la sangre…  
y en un sitio exactísimo, 
                 simplemente es un agua 
    [que me espera 
    entre islas y piedras.  
 
Si un día de estos vienen por aquí 
    tus ángeles 
                Primer ángel  
                Segundo ángel  
                Tercer ángel. 
Les daré un puñado de 
    [arena de la costa…  
para que con él escriben poemas 
    [sobre el agua.  
    Y si no vienen…  
    la luna se volverá suindá  
    y se irá a buscarlos.  
    Pero si vienen tus 
    [ángeles…  
    les dibujaré un corazón  
igual al tuyo sobre la arena…  
para que puedan repartir en 
    [pedacitos.  
Pero si no vienen tus ángeles…  
    esconderé bajo siete llaves 
    las cosas que escribí 
    [mirando al río.  
Pero si no vienen…  
me quedaré con ellos el día entero,  
hablando de vos y de tus cosas. 

Bueno Marta, al fin me he decidido y te escribo estas líneas, ojalá las recibas a tiempo.
Un abrazo…  
Cacho