Esto también pasará ¿Y después?
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Esto también pasará ¿Y después?

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Por Jorge Eduardo Simonetti
jorgesimonetti.com
Especial para El Litoral

“Nostalgias de las cosas que han pasado/arena que la vida se llevó/pesadumbre de barrios que han cambiado/y amargura del sueño que murió”

Sur (tango), letra de
Homero Manzi
 
Del pasado se ocupan los historiadores y nos cuentan que la pandemia de gripe española de 1918 finalmente desapareció, no sin antes dejar cincuenta millones de muertos.
Del presente, de la lucha para curar enfermos de coronavirus, evitar su propagación, encontrar medicamentos y finalmente la vacuna preventiva, se están ocupando heroicamente científicos y personal sanitario, también asesorando a las autoridades para la toma de decisiones.
El futuro, el día después, probablemente sea tarea de pensadores, que, llevando a cuestas la carga de su propia falibilidad humana, deben encarar la tarea de predictores del comportamiento social en el tiempo que viene.
“Esto también pasará” le escribió en un papelito su sirviente al buen rey, algo que los sabios de la corte no supieron resolver en tiempos de crisis. Allí pudo comprender el mensaje: lo malo era tan transitorio como lo bueno.
 La epidemia mundial por coronavirus seguramente será historia, más temprano que tarde a estar por la velocidad del trabajo médico, científico y farmacéutico, pero dejará en el mundo, en el subconsciente individual y social, una marca casi indeleble de dolor y muerte, que no se borrará fácilmente.
 Hoy, tal pareciera, es tan fuerte el impacto causado por la pandemia, que se ha visto lo peor y lo mejor de las personas. En algunos casos con odiosas discriminaciones aterrorizados por el temor al contagio, en muchos otros llevando adelante las prácticas del buen samaritano auxiliando al prójimo.
El Gobierno argentino se ha puesto la situación al hombro y, con más virtudes que errores, está al frente de la batalla. Un signo político, el kirchnerismo, que construyó su genética con el modo adversarial de conducirse en el campo político, parece ha bajado intensidad. Lo propio sucede con la oposición.
Ahora bien, cuando pase este verdadero terremoto existencial, cuando transcurran uno, dos, diez años, ¿quedará en nosotros alguna enseñanza? ¿Nos habremos transformado en mejores personas, más solidarios, menos egoístas? ¿La Humanidad cambiará para siempre? ¿Cómo serán los gobiernos?
Dejando de lado las versiones conspirativas, las interpretaciones apocalípticas del castigo divino, de la venganza de la Naturaleza, las predicciones mágicas de gurúes de distinto pelaje, flota en el ambiente una sensación de que, luego de la pandemia, nada será igual, que el mundo cambiará definitivamente, para mejor.
¿Será ello posible? Para desentrañar el dilema, la filosofía nos puede resultar de gran utilidad cuando analiza la naturaleza humana y se interroga acerca de si el hombre es bueno o malo en su estado natural.
Para Thomas Hobbes, filósofo inglés del siglo XVII, el ser humano es malo por naturaleza, de modo que para poder convivir se necesita un poder absoluto, una autoridad (el leviatán, el estado), que controle el natural impulso agresivo que surge de su motivación egoísta.
Jean Jacques Rousseau, filósofo suizo-francés del siglo XVIII, en cambio opinaba que el hombre es bueno por naturaleza y que es la sociedad la que despierta su agresividad con la creación de la propiedad, la competencia y la envidia.
Sigmund Freud dice que el hombre está guiado por dos instintos básicos: eros y tánatos (amor y muerte), todas nuestras conductas tienen alguna de ambas motivaciones. Erich Fromm, por su parte, no cree que exista una condición humana natural, ya que somos una mezcla de instinto animal y de racionalidad.
La respuesta del futuro humano luego del coronavirus, creo la encontraríamos en los ejemplos que la historia nos suministra, los que nos acercan más al hombre que no aprende de sus propios errores, que al ser humano volviendo a su estado natural de bondad.
Terminada la Primera Guerra Mundial en 1918, la terrible pandemia de gripe española que dejó tantas víctimas no impidió, sin embargo, que poco más de veinte años después casi toda la Humanidad se embarcara en una Segunda Guerra Mundial con millones de muertos y el mayor genocidio conocido. No habíamos aprendido nada, rápido olvidamos los juramentos, los lamentos, los propósitos de enmienda.
Tengo por cierto que la solidaridad no es un hecho de la naturaleza, no somos solidarios como somos mamíferos, porque si así fuera, no podríamos dejar de ser una cosa u otra sin dejar de ser lo que somos. La solidaridad es una aspiración moral que se conquista todos los días, y para practicarla influye un componente volitivo esencial: somos solidarios en ocasiones porque queremos serlo, porque nos conmueve una situación particular, una persona, una necesidad, pero la solidaridad no forma parte de la naturaleza humana tal como el hecho de ser mamíferos.
No es lo mismo, hoy, la solidaridad que la caridad. La caridad es voluntaria, la solidaridad ha devenido en un concepto inherente a la existencia del estado de bienestar. Obviamente, la solidaridad se desnaturaliza cuando las cargas no son proporcionales, o cuando los que manejan el estado la utilizan como instrumento de su propia demagogia.
 La progresividad impositiva y la redistribución de los ingresos, traducida en que los más tienen más aportan, para que los que tienen poco y nada accedan a las fuentes mínimas de dignidad humana, tienen el componente de obligatoriedad legal.
Entonces, no soy solidario por propia voluntad, lo soy porque el estado me lo impone. El resto es caridad, y con ella no alcanza, sobre todo en tiempos de pandemia. El propio aislamiento social es una medida de solidaridad obligatoria impuesta por el estado.
El terror, el miedo, el pánico, la sensación de estar ante una situación de gravedad, de inminente peligro, la cercanía de la muerte, son poderosos estímulos para cambiar la conducta presente del hombre, mas no su naturaleza.
Superado este trance dramático, creo que las aguas volverán a su lugar y la conducta humana se internará en los cauces de su propia falibilidad, de su egoísmo. La mirada externada recuperará su ensimismamiento, la memoria irá palideciendo con el tiempo, y las prácticas volverán a la normalidad. Sólo los santos, si es que los hay, consolidan un sentimiento diferente en sus corazones.
Desde el punto de vista material, el fin de la pandemia seguramente nos verá más pobres en términos generales, y se profundizará la brecha entre los extremos de riqueza y pobreza, es decir habrá mayor desigualdad en el mundo, lo que no resultaría raro, porque antes de la pandemia hacia allí evolucionábamos.
Pero, así como el orbe retornará a su cauce tarde o temprano, no sin antes soportar una estela de sufrimiento y muerte, a riesgo de parecer fatalista creo que existencialmente el hombre retomará los parámetros de su propia condición.

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Esto también pasará ¿Y después?

Por Jorge Eduardo Simonetti
jorgesimonetti.com
Especial para El Litoral

“Nostalgias de las cosas que han pasado/arena que la vida se llevó/pesadumbre de barrios que han cambiado/y amargura del sueño que murió”

Sur (tango), letra de
Homero Manzi
 
Del pasado se ocupan los historiadores y nos cuentan que la pandemia de gripe española de 1918 finalmente desapareció, no sin antes dejar cincuenta millones de muertos.
Del presente, de la lucha para curar enfermos de coronavirus, evitar su propagación, encontrar medicamentos y finalmente la vacuna preventiva, se están ocupando heroicamente científicos y personal sanitario, también asesorando a las autoridades para la toma de decisiones.
El futuro, el día después, probablemente sea tarea de pensadores, que, llevando a cuestas la carga de su propia falibilidad humana, deben encarar la tarea de predictores del comportamiento social en el tiempo que viene.
“Esto también pasará” le escribió en un papelito su sirviente al buen rey, algo que los sabios de la corte no supieron resolver en tiempos de crisis. Allí pudo comprender el mensaje: lo malo era tan transitorio como lo bueno.
 La epidemia mundial por coronavirus seguramente será historia, más temprano que tarde a estar por la velocidad del trabajo médico, científico y farmacéutico, pero dejará en el mundo, en el subconsciente individual y social, una marca casi indeleble de dolor y muerte, que no se borrará fácilmente.
 Hoy, tal pareciera, es tan fuerte el impacto causado por la pandemia, que se ha visto lo peor y lo mejor de las personas. En algunos casos con odiosas discriminaciones aterrorizados por el temor al contagio, en muchos otros llevando adelante las prácticas del buen samaritano auxiliando al prójimo.
El Gobierno argentino se ha puesto la situación al hombro y, con más virtudes que errores, está al frente de la batalla. Un signo político, el kirchnerismo, que construyó su genética con el modo adversarial de conducirse en el campo político, parece ha bajado intensidad. Lo propio sucede con la oposición.
Ahora bien, cuando pase este verdadero terremoto existencial, cuando transcurran uno, dos, diez años, ¿quedará en nosotros alguna enseñanza? ¿Nos habremos transformado en mejores personas, más solidarios, menos egoístas? ¿La Humanidad cambiará para siempre? ¿Cómo serán los gobiernos?
Dejando de lado las versiones conspirativas, las interpretaciones apocalípticas del castigo divino, de la venganza de la Naturaleza, las predicciones mágicas de gurúes de distinto pelaje, flota en el ambiente una sensación de que, luego de la pandemia, nada será igual, que el mundo cambiará definitivamente, para mejor.
¿Será ello posible? Para desentrañar el dilema, la filosofía nos puede resultar de gran utilidad cuando analiza la naturaleza humana y se interroga acerca de si el hombre es bueno o malo en su estado natural.
Para Thomas Hobbes, filósofo inglés del siglo XVII, el ser humano es malo por naturaleza, de modo que para poder convivir se necesita un poder absoluto, una autoridad (el leviatán, el estado), que controle el natural impulso agresivo que surge de su motivación egoísta.
Jean Jacques Rousseau, filósofo suizo-francés del siglo XVIII, en cambio opinaba que el hombre es bueno por naturaleza y que es la sociedad la que despierta su agresividad con la creación de la propiedad, la competencia y la envidia.
Sigmund Freud dice que el hombre está guiado por dos instintos básicos: eros y tánatos (amor y muerte), todas nuestras conductas tienen alguna de ambas motivaciones. Erich Fromm, por su parte, no cree que exista una condición humana natural, ya que somos una mezcla de instinto animal y de racionalidad.
La respuesta del futuro humano luego del coronavirus, creo la encontraríamos en los ejemplos que la historia nos suministra, los que nos acercan más al hombre que no aprende de sus propios errores, que al ser humano volviendo a su estado natural de bondad.
Terminada la Primera Guerra Mundial en 1918, la terrible pandemia de gripe española que dejó tantas víctimas no impidió, sin embargo, que poco más de veinte años después casi toda la Humanidad se embarcara en una Segunda Guerra Mundial con millones de muertos y el mayor genocidio conocido. No habíamos aprendido nada, rápido olvidamos los juramentos, los lamentos, los propósitos de enmienda.
Tengo por cierto que la solidaridad no es un hecho de la naturaleza, no somos solidarios como somos mamíferos, porque si así fuera, no podríamos dejar de ser una cosa u otra sin dejar de ser lo que somos. La solidaridad es una aspiración moral que se conquista todos los días, y para practicarla influye un componente volitivo esencial: somos solidarios en ocasiones porque queremos serlo, porque nos conmueve una situación particular, una persona, una necesidad, pero la solidaridad no forma parte de la naturaleza humana tal como el hecho de ser mamíferos.
No es lo mismo, hoy, la solidaridad que la caridad. La caridad es voluntaria, la solidaridad ha devenido en un concepto inherente a la existencia del estado de bienestar. Obviamente, la solidaridad se desnaturaliza cuando las cargas no son proporcionales, o cuando los que manejan el estado la utilizan como instrumento de su propia demagogia.
 La progresividad impositiva y la redistribución de los ingresos, traducida en que los más tienen más aportan, para que los que tienen poco y nada accedan a las fuentes mínimas de dignidad humana, tienen el componente de obligatoriedad legal.
Entonces, no soy solidario por propia voluntad, lo soy porque el estado me lo impone. El resto es caridad, y con ella no alcanza, sobre todo en tiempos de pandemia. El propio aislamiento social es una medida de solidaridad obligatoria impuesta por el estado.
El terror, el miedo, el pánico, la sensación de estar ante una situación de gravedad, de inminente peligro, la cercanía de la muerte, son poderosos estímulos para cambiar la conducta presente del hombre, mas no su naturaleza.
Superado este trance dramático, creo que las aguas volverán a su lugar y la conducta humana se internará en los cauces de su propia falibilidad, de su egoísmo. La mirada externada recuperará su ensimismamiento, la memoria irá palideciendo con el tiempo, y las prácticas volverán a la normalidad. Sólo los santos, si es que los hay, consolidan un sentimiento diferente en sus corazones.
Desde el punto de vista material, el fin de la pandemia seguramente nos verá más pobres en términos generales, y se profundizará la brecha entre los extremos de riqueza y pobreza, es decir habrá mayor desigualdad en el mundo, lo que no resultaría raro, porque antes de la pandemia hacia allí evolucionábamos.
Pero, así como el orbe retornará a su cauce tarde o temprano, no sin antes soportar una estela de sufrimiento y muerte, a riesgo de parecer fatalista creo que existencialmente el hombre retomará los parámetros de su propia condición.