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/Ellitoral.com.ar/ Especiales

“Historia natural y mítica de los elefantes”

Por Carlos Lezcano

Especial para El Litoral

Si la primera parte de la entrevista a Burucúa publicada el domingo pasado giraba en torno a los principales ejes y motivaciones del volumen escrito junto con Nicolás Kwiatkowki de “Historia natural y mítica de los elefantes”, en esta última parte veremos sus nuevas investigaciones sobre los paquidermos en los siglos XIX y XX. El investigador adelanta a El Litoral un nuevo libro, continuación del anterior, y culmina con una reflexión conmovedora sobre la esperanza.

—El libro tiene otros momentos muy altos sobre la información de la población actual de elefantes, su lenta desaparición, el elefante como parte de la vida cortesana y de espectáculo, los bestiarios medievales… Puede contar algo de las conclusiones a las que arribaron con Nicolás K. Hay un vínculo entre la humanidad y el mundo animal que queda flotando después de leer el libro.

—Ese es nuestro propósito, está totalmente abierto porque en este momento, desde hace meses, aprovechando esta catástrofe, Nicolás y yo estamos escribiendo el segundo volumen de la historia. Este segundo volumen se va a referir a la historia del elefante, en todos estos planos. En lo natural, real, en el plano simbólico, científico, religioso, del siglo XIX y XX. La historia se va a poner un poco más oscura de lo que hemos contado en el primer tomo, que llega hasta la Revolución Francesa. Ahora estamos muy metidos con el XIX y el XX. 

La historia de los elefantes ha sido trágica, porque ha colocado varias veces a la especie al borde de la extinción y todavía no se puede decir que no esté amenazada. Esos gigantes benevolentes que viven en la tierra y que probablemente por culpa del resto desaparezcan. Eso sería un baldón sobre el nombre del ser humano. Porque la especie, a comienzo del siglo XIX, se calculaba que había 20 millones de elefantes entre África y Asia. En el año de 1913, en la víspera de la guerra, después de todo un siglo de persecución constante al elefante para extraerle marfil o para cazarlo por razones deportivas, sobre todo los grandes burgueses cazadores de Europa y los Estados Unidos. 

En el año 1913, en la víspera de la primera guerra, habían bajado 12 millones; es decir que nos liquidamos casi la mitad de la población de los elefantes. En ese período, además, cosa abominable, el comercio, la matanza de elefantes y el comercio de marfil van de la mano de algo todavía peor, que es el comercio de esclavos, el comercio de seres humanos. Nosotros hemos encontrado no uno, ni dos, sino muchos casos en que las expediciones de casas de elefantes iban acompañadas de expediciones de captura de esclavos. Eran los mismos, las mismas personas que cazaban y extraían el marfil las que destruían aldeas y diezmaban aldeas para capturar a los seres humanos y venderlos como esclavos; sobre todo en esa época, en los mercados de esclavos del este de África.

Ahí compraban, por ejemplo, los franceses de la isla Mauricio, empleaban esclavos en las plantaciones de la isla, pero más que nada eran comprados por los árabes, los ricos árabes que dominaban todo el mar Índico, y por supuesto del golfo Pérsico y más allá, toda la media luna de las tierras fértiles. Y comerciaban además con esos esclavos que terminaban siendo vendidos en China. En ese siglo cambia bastante el eje de comercio de esclavos, que había sido Atlántico entre el siglo XVI y XVIII; pero que en el XIX pasa hacia el Índico. En lugar de ser los europeos los beneficiarios de ese comercio abominable, ahora fueron más que nada los árabes y los colonos europeos que vivían en las zonas tropicales del Índico. Eso va de la mano, la destrucción de seres humanos y la destrucción de elefantes fueron procesos paralelos, fueron víctimas casi hasta con nombre y apellido de los mismos perpetradores. Eso es lo que hemos encontrado y vamos a aportar pruebas con mapas, con datos concretos, estas razias que se hicieron desde la zona de Mozambique hasta el corazón del África en la región de los grandes lagos y del monte Kilimanjaro.

Así que es una historia mucho más sombría si se quiere, y después el marfil, este apetito por el marfil, una cosa que si uno se pone a pensar, es absurda, muy difícil, no de justificar porque no se le va a dar justificativo nunca, sino de entender por qué el marfil. El marfil se usaba para objetos suntuarios casi exclusivamente, no tenía ninguna aplicación, ni medicinal ni práctica que solucionara algo, o la construcción de aparatos, de máquinas. Se usaba sobre todo para las teclas de los pianos, las bolas de billar, los adornos de marfil en las empuñaduras de las armas y de los bastones, para piezas de ajedrez, para pequeñas esculturas; es decir que eso hace todavía más espantoso que se haya matado a millones y millones de elefantes. 

—¿Es cruel, no?

—Eso es inexplicable y sin embargo fue la maldición de África. Entre 1880 y 1913 fue la maldición de África, porque ese comercio ensangrentó no solamente a la fauna africana sino también a las poblaciones, a los seres humanos que vivían en esas tierras, y ese inicio del primer capítulo de la explotación inicua de las riquezas africanas, riquezas nunca vistas y que, sin embargo, han sido explotadas de tal forma que el África nunca pudo salir de su condición de sometimiento y pobreza. Después del apetito del marfil fue otro el producto que se fue a buscar al África y no se paró hasta destruir todo para tenerlo: el caucho.

Yo digo del caucho, no fue el oro ni los diamantes. En los años 30 fue el uranio. El uranio, algo que pasa inadvertido generalmente pero que las bombas, las primeras bombas atómicas, las primeras bombas nucleares, las que se tiraron en Nuevo México, Hiroshima y Nagasaki, se fabricaron con uranio africano. El uranio que se iba a buscar a las minas del Congo, las más ricas del mundo. Y sobre el uranio se encabalga ahora, en estos últimos decenios, un barro mineral llamado coltán, sin el cual sería imposible la telefonía celular y todo el mundo de la informática y las computadoras. Estas arenas, de este barro mineral (coltán) se extraen cantidad de compuestos minerales que son esenciales para la fabricación, la miniaturización que exigen los circuitos integrados, el mundo de la informática. Así que detrás de la gran crisis se encuentra la explotación del coltán. De manera que ahí está la serie marfil, caucho y oro y diamante, uranio y coltán.

—En 2018 apareció su libro “Excesos lectores, ascetismos iconográficos”; está editado también por Ampersand. La curiosidad de este libro es que hay muchas lecturas que no necesariamente están vinculadas al mundo de las imágenes, sino que refieren a obras literarias. Hay un punto que me gustaría charlar. ¿Cuándo y por qué llega a los primeros textos de Aby Warburg? Reconociendo que ha sido un gran compañero de aventuras en el pensamiento.

—A Warburg yo lo conocí gracias a tres profesores, diría los especialistas, los grandes intelectuales de la disciplina que cultivo, que es la historia del arte. Lo conocí porque me lo señalaron mis maestros. Casi todo el mundo llega a los grandes maestros de su ciencia y de su arte porque se los indica alguien que le está enseñando. Conmigo fueron tres personas: Adolfo Rivera, mi profesor de Historia del Renacimiento; Ángel Castelán, un hombre extraordinario, fue profesor de Historia Moderna Europea, y mi otro gran profesor que terminó siendo uno de mis mejores amigos en los últimos años de su vida, Héctor Ciocchini. Ellos tres se conocían. Uno de los primeros que leyeron en Argentina a Warburg, sobre todo un libro fundamental que es una colectánea de ensayos que se llama “El renacimiento del paganismo”. Ese libro llegó a la Argentina en 1966, cuando se publicó la versión italiana. 

Ese libro llegó a Buenos Aires y estas tres personas lo leyeron de inmediato. Ciocchini más que nada, porque él ya había vivido en Londres, ya había estudiado en el Warburg. Conocía muy bien su obra y como coleccionista, como historiador cultural; él ahí se deslumbra con el renacimiento del paganismo antiguo, en el año 66. Yo fui alumno de ellos entre el 1967 y el 69, y nos dieron a leer ese libro. Fue realmente una lectura muy complicada para el estudiante que yo era, pero fascinante. Y quedó como en gateras hasta que me fui a vivir a Italia a fines de los años setenta; ahí retomé contacto con el libro de Warburg y ya fue otra cuestión.

Al volver a la Argentina anudo mi gran amistad con Héctor Ciocchini, y él fue el que -me acuerdo- hizo un seminario en su casa sobre Warburg y ahí tuve ocasión de leerlo minuciosamente con la guía de Ciocchini, y ahí nunca más dejé de frecuentar su obra y a su escuela, que considero que es todavía hoy la más prometedora, la más densa, la más rica, la más abierta de las teorías de la cultura que sirve para investigar en el campo de las ciencias. 

—¿Por qué Warburg ha sido fundamental para analizar y después escribir sus propios textos? Lo hemos leído en un montón de libros. “El libro de la risa”, por ejemplo es uno, hay definiciones suyas que son muy reconocidas sobre las ideas de Warburg y también en su libro sobre las pervivencias homéricas. Usted ha usado esta herramienta frecuentemente.

—Sí, porque lo que me atrae de la teoría y de la práxis historiográfica de Warburg es esa disponibilidad, algo inesperado. Hacer una cantidad de preguntas cuyas respuestas ignoramos completamente, porque es verdad que muchas veces las ciencias también avanzan gracias a que, hecha la pregunta, tenemos una respuesta que es necesario demostrar. La ciencia avanza muchísimo con eso, yo lo llamo la ciencia hipotética; la respuesta es una hipótesis a una pregunta y uno busca y busca hasta demostrar la hipótesis.

Pero también está la otra posibilidad, cuando se hace la pregunta acerca de lo que se ignora todo y de pronto aparece una respuesta que uno no esperaba. Y es esa exploración un poco aventurera en lo desconocido. Eso permite la teoría y el método de Warburg, legitima eso. Ir en busca de algo que no se sabe y de lo que no se tiene ni siquiera una hipótesis borrosa, sino que es el propio acto de recorrer lo desconocido lo que nos va mostrando. Es una aventura. 

Por eso yo amo tanto los viajes concretos que me llevan hacia lugares, yo sé lo que voy a ver. Si voy a la India sé que voy a ver el Taj Mahal, pero el 80 % de lo que voy a ver lo ignoro; entonces, poder encontrar esas cosas imaginables, esos métodos de Warburg, ahí está la grandeza, no solamente nos permite, sino que lo estimula. 

Te voy a contar una historia absolutamente personal que ha ocurrido estos últimos días, en este contexto de pandemia: yo tengo cinco nietos y todos ellos, por esta situación por la que hemos pasado y además por las edades que tienen, están en ese momento de que se enfrentan con la muerte y con los enigmas de la muerte, y lo hacen con frescura. Muchas veces con ese desenfado que tienen los niños; los viejos vemos a la muerte con un poco más de miedo y  respeto. Uno de ellos me preguntó: “¿Vos abuelo, el día que te mueras, en tu velorio qué vas a querer que se diga, que se hable de los libros que vos escribiste o más bien que se hable de tus aventuras?”. Una pregunta extraordinaria; le dije: “La verdad es que yo quisiera que se hablara de mis aventuras, por eso te encargo a vos que seas el que hable ese día y cuentes mis aventuras, que vos las conocés, y si no, yo te voy a dejar bien escrita cuáles han sido”. Así que el método de Warburg me permite eso en el plano profesional, ¿no es cierto? Aventurar, de pronto encontrar lo que ni me esperaba que apareciese.

—A mediados de año dio una conferencia en el Centro de Estudios de Reina Sofía que tituló “Como un pájaro la esperanza vuela”. Me gustaría que nos diga algo de esa conferencia, por qué  eligió el tema de la esperanza.

—En realidad eso formaba parte de un proyecto algo más general que arrancó en la Universidad de San Martín, cuando yo daba clases allí, y también en la unidad que la universidad tiene en la prisión de José León Suárez, y pensé cómo puedo hablar de ciertas ideas, de ciertas nociones, de ciertos campos del conocimiento que abran un poco el espíritu de mis estudiantes, algo que les pueda dejar.

Es importante darlo, hablarle de libros y de grandes autores; pero se me ocurrió hacer dos seminarios sobre la historia estética de las ideas importantes para el siglo XX. La historia estética en el sentido de que fuera más que la filosofía, pensamiento abstracto, puede haber como esas ideas que tienen una resultante o una manifestación estética en la poesía, en la música, en las artes plásticas.

Esas ideas fueron las básicas de la humanidad, la de finitud, la de belleza, la de perdón y la esperanza. Ahí estudié cómo aparecía la esperanza como alegoría, primero en las artes, en las artes visuales más que nada; cómo la esperanza había sido tratada por los poetas, más que nada por Dante en las cantigas de la Divina Comedia y la segunda cantiga es la del purgatorio, es de la esperanza; pecadores con sus faltas y que esperan poder llegar al paraíso. La esperanza me dio mucho trabajo y sobre todo quise ver cómo podía representarse la esperanza como un acto más que como una alegoría, más que como una idea; es decir, ponerla en acto, como las artes pueden plantear una performance que termine, que desemboque en la emoción de la esperanza, y por eso es que yo tomé a los artistas del siglo XX.

Pensé en Malévich, Barnett Newman y Mark Rothko, y ahora los voy a hacer a fines de diciembre con una argentina, Raquel Forner. Ellos ponen en juego lo que muestran, la posibilidad de desencadenar un acto de quien contempla, que solamente alcanzaría sus sentidos cuando es vivido a través de la esperanza. Eso es lo que yo quise hacer, no sé si lo he logrado. Es lo que hay de esperanza en el cuadrado negro, en el cuadrado blanco de Malévich. Lo que hay de esperanza, de sublime en la Capilla Rothko. Y por último, la esperanza que hay en los astroseres de Raquel Forner. Así que por eso y desde ya que lo del pájaro que vuela, eso sale de un poema hermosísimo, muy breve, pero es lo más hermoso que yo haya leído nunca sobre el asunto, que es de Emily Dickinson, que dice : “La esperanza es el pequeño pájaro que se balancea en el alma”.

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