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Cualquier parecido con la realidad, es pura coincidencia

Cuando nos suman las consecuencias de los grandes fenómenos, concluimos que la realidad es mucho más descarnada y dañina que la imaginación de lo perfecto.

Por Adalberto Balduino

Especial para El Litoral

Vivimos desde el 12 de setiembre el pánico de una película de ficción. Si bien lo que nos sucede es certeza pura, pero sus alcances un día después desconciertan. Mejor dicho, cómo es el rostro cuando el poder es invalidado, porque la gente está a punto (o no) de torcer el brazo a una prolongada historia de abusos, por lo tanto no tan sacrosanta. De pronto como el canto de un himno celestial, la libertad ganó las calles, y no fueron los infectólogos que lo certificaron después de un año y medio de encierro, sino que arrancó ya previamente con bombos y platillos -solo para ellos- un cumpleaños con pronunciada lista de invitados en tiempo de restricciones, no en cualquier lugar sino en la propia Quinta de Olivos, propiedad del estado nacional, que produjo sus bemoles, graficado y puteado por más de uno al ver a los que tienen “coronita”, prohibida para el resto, pero luego felizmente se pudo ver la grandiosa apertura de las “compuertas,” para compensar así de alguna forma, esta metida de pata, acelerado y sorpresivo por un resultado contundente, fue declarada finalmente de urgencia la ”liberación final de la pandemia”. Lo que vino después, fue la lava votiva de “platita”, imprimiendo día a día sin parar, más los “regalos” demagógicos por ser interesados políticamente: bicicletas, planchas, agua (no obstante ser un derecho básico adquirido), planes y todo tipo de obsequios para manejar la obsecuencia. Y esa es la parte triste, comprar la dignidad; claro, no importa, la cuestión es ganar como sea. Todo ocurrió tan de golpe, dándose a conocer como en revistas de chismes, denuncias públicas de su par más inmediato hacia la desdibujada figura del Presidente votado. Ya vimos cómo sucedió, un apriete de palacio poniendo en jaque al país todo, y aún continúan asombrando. En el mundo suceden cosas que dejan perplejos, no solo en la política internacional, sino también en las ciencias, como en el cine. El asombro sin “guardia” armada, es el estilo de hacer “ruido a cada rato”, de sorpresas preparadas porque así se mantiene la atención de todos. Cada vez se toman riesgos mayores para hacer la “platita”, como la primera película de largometraje que Rusia se apresta a rodar desde el espacio mismo. Es sorprendente pero no deja de ser genial. Con tal motivo, hace unos días ya se encuentran instalados en la Estación Espacial Internacional que orbita la Tierra, después de partir en un cohete “Soyus” desde el “Cosmódromo Baikonur” de Kazajistan, tres personas al efecto: el cosmonauta Anton Shkaplerov, el director, sonidista e iluminador, Klim Shipenko y la actriz Yulia Peresild. Ellos estarán haciendo las tomas de exteriores (desde el espacio mismo) durante 12 días, y luego continuarán en Tierra plasmando el libro “El desafío”; dicen que se les adelantaron a un proyecto de Tom Cruise, con la producción de Elon Munsk, emprendedor y magnate sudafricano, nacido en Pretoria, conjuntamente con el aporte de la Nasa, para la zaga de “Misión Imposible”. Ya nada pareciera llamar la atención, cada intento sorpresa supera a la anterior, y siguiendo el tema nos van dejando ingrávidos sin saber qué hacer. Luego de las miles de recomendaciones y cuidados impuestos, nuevamente contradiciendo su proteccionismo, llenaron la cancha de Nueva Chicago, haciendo caso omiso sin aforos que valgan, dispuestos por ellos. Perdón, estábamos en el espacio y volvemos a él espacio, como noticia de asombro en esto de marcar la atención buscando un resultado, también va como invitado especial el actor William Shatner de 90 años de edad, ídolo de la serie “Star Trek” como el Capitán Kirk, en otro vuelo al espacio invitado por Jeff Bezos, magnate, accionista mayoritario de Amazon, dueño del periódico The Washington Post, como de la Compañía Aeroespacial Blue Origin, nacido en Alburquerque, Nuevo Méjico (EEUU). Dicen algunos, que la sorpresa premeditada, destinada a golpear, es justamente el “golpe bajo” en zona prohibida. Están en la compra de dignidades, rematando las joyas de la abuela, sin  importar nada, total los obsequios los pagamos nosotros en forma inconsulta. Si bien su hacedor de imagen catalán, Antoni Gutiérrez Rubí, aconseja para alivianar durezas a que siempre nos tienen acostumbrados, anteponer desde ahora un SÍ, generoso, contundente, como actitud constructiva que suavice el BASTA con que buena parte de la sociedad lo sentenció. La dulzura, el afecto, no parecen formar parte de una personalidad fanática, radicalizada, que siempre actúa en acción de choque permanente. Lo que asombra de verdad ya no es la forma de ser que ha agotado epítetos, sino las órdenes y contra órdenes, para poder hacer en pocos días un país que no lo han sabido hacer en largo tiempo. De pronto abriendo las compuertas, y los regalos a torrentes sin medir las consecuencias, eso sí sorprendiendo con misiles provocados por ellos mismos en la desesperación, pero planes a largo plazo no, y mucho menos tratar de consensuar con la oposición un programa donde todas las ideas se esgriman. Algo similar a la Moncloa (España), cuando decidieron concertar un plan común, dejando afuera todo signo político, emblemas, banderías, cantos de cada facción, distintivos, pancartas, consignas, “bombos”, etc., que los sentidos exacerbados siempre anteponen como un “San Benito”.  Sino actuando per se, por una paz duradera, como verdaderos ciudadanos por la vuelta a la decencia, dejando atrás y fuera de práctica chicanas arteras. Un plan que contemple lo mediato, respetando la alternancia democrática que en la cancha de Chicago, Emilio Pérsico, referente de la Confederación de la Economía Popular (Ctep) e integrante del Movimiento Nacional Evita, organizador del acto sin aforo, insinuó peligrosamente un plan que vaya más allá del plazo constitucional. En esto de hacer todo lo imposible, transgrediendo lo permitido, transformando el quehacer político gubernamental, en el solo hecho de regalar para revertir y cambiar votos, no solo sorprende sino que denigra por burdo y torpe. Por eso las comparaciones que siempre son odiosas, pero que de alguna manera ilustran el idéntico parecido, esto hace acordar una película muy taquillera, que conforma la zaga de “espagueti western” producida por el Director italiano, Sergio Leone, en su tercera película que conforma la trilogía: “El bueno, el feo y el malo”, interpretada por los actores Clint Eastwood, Eli Wallach, y Lee Van Cleef. Los tres personajes, oponentes y enemigos, que tras la búsqueda de un tesoro escondido durante la Guerra de Secesión de los Estados Unidos, consistente en 200.000 dólares, comprenden que para lograr buscar y desenterrarlo se necesitan mutuamente, porque cada uno sabe algo del botín que el otro lo ignora, y unidos pueden lograrlo. Aquí sucede exactamente lo mismo, la lucha desesperada por aferrarse al tesoro más añorado: el poder, lisa y llanamente, que siempre logra lo que se propone sin importar los principios, hacedor de inmunidad e impunidad. La película termina con el hallazgo del desesperado tesoro, lo que nos demuestra que la unión hace la fuerza, para el bien o para el mal. En los segundos finales que marca la conclusión de la trilogía: “Por un puñado de dólares”, “La muerte tenía un precio”, y “El bueno, el feo y el malo”, la sala repleta se ilumina con la buena música de Ennio Morricone, específicamente con el tema central de la banda sonora compuesta por el italiano: “El Trío”. Es un verdadero desafío actuar pacífica o desesperadamente, no siempre es el golpe de uppercut (gancho) lo  que da un triunfo, sino la transparencia de la sinceridad, la certeza, el dato justo que siempre mata relatos, la honestidad, aunque con menos decibeles pero mucho más efectiva. Esto puede concluirse como en el cine: “Cualquier parecido con personas o hechos reales, vivas o muertas, es pura coincidencia.” Realmente creemos que es pura coincidencia..? O, es nada más que la realidad feroz de gente con cintura, que le interesa poco y nada guardar las formas, cuando el poder se les escapa de la punta de los dedos. 

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