Lunes 06de Diciembre de 2021CORRIENTES25°Pronóstico Extendido

Dolar Compra:$100,2

Dolar Venta:$106,2

Lunes 06de Diciembre de 2021CORRIENTES25°Pronóstico Extendido

Dolar Compra:$100,2

Dolar Venta:$106,2

/Ellitoral.com.ar/ Opinión

Sobre el mismo enigma

Por Emilio Zola

Especial Para El Litoral

El año electoral camina hacia un desenlace previsible, con los frentes enmarañados en campañas poco creativas y nada esperanzadoras. Mientras el peronismo recarga su embutidora de dádivas, a la oposición se le ocurrió blanquear sus intenciones de impulsar una reforma laboral que contempla la supresión de las indemnizaciones por despido y su reemplazo por un seguro de desempleo. Pan para hoy hambre para mañana pareciera ser la síntesis del mensaje pronunciado por las principales facciones políticas que se medirán el 14 de noviembre.

La propuesta de flexibilización laboral, incluido un proyecto de ley de Martín Lousteau, fue una anticipación innecesaria en el delicado contexto social. Si bien todo el arco político acepta puertas adentro que algo hay que modificar en las normas que hace más de medio siglo regulan un mercado laboral drásticamente transformado por la explosión digital, no era el momento para adelantar movimientos que ni siquiera han sido debatidos de cara a la sociedad.

La consecuencia fue un abroquelamiento sindical. En las últimas semanas los popes del mundo gremial dejaron a un lado sus diferencias y volvieron a funcionar como un factor de poder unificado capaz de incidir en el fiel de la balanza electoral con sus miles de afiliados. Tanto que aprovecharon para marcarle la cancha al Gobierno nacional camino a los preparativos para el Día de la Lealtad, que se conmemora hoy en un marco de enconos internos. Cuando el jefe de Gabinete, Luis Manzur, propuso un acto en el Mercado Central con la presencia del presidente Alberto Fernández, la respuesta fue una desestimación tajante con el argumento de que “los trabajadores quieren pasar el domingo con sus madres”.

El desdén sindical para con el presidente debilita todavía más su figura y deja en evidencia el verdadero motivo del desaire al jefe del Estado nacional: Alberto no da pie con bola y se distrae en aseveraciones sueltas sin articular un plan de gobierno que enfrente los problemas centrales de la actualidad nacional. No solamente no convence a los gremios, tampoco a los empresarios aglutinados en el Coloquio de Idea y mucho menos a la gente. ¿Por qué? Lisa y llanamente porque ha perdido la esencia de todo gobernante que es la autoridad monolítica en el ejercicio del mando. 

Con un gabinete impuesto por la verdadera jefa del Frente de Todos, Cristina Fernández de Kirchner, el número uno de la fórmula gubernativa perdió la iniciativa frente a situaciones de coyuntura que hubieran ameritado su intervención directa, como es el caso de la política de control de precios anunciada por el nuevo secretario de Comercio, Roberto Feletti, otro integrante del riñón vicepresidencial que gana cuerpo en el equipo del Ejecutivo en un proceso de radicalización K con el que buscan recuperar los votos conurbanenses perdidos en el 12 de septiembre.

El congelamiento de 1.200 productos de la canasta básica, el compromiso de no subir tarifas eléctricas hasta 2022, el bono extra para los beneficiarios de los planes sociales y los viajes de egresados subsidiados por la provincia de Buenos Aires forman parte de una evidente estrategia oficialista orientada a captar las voluntades que hace un mes o no fueron a votar o prefirieron otras opciones. Y el presidente no apareció al frente de los anuncios, como tampoco en ese rol de vocero de su propia gestión que tanto saboreó en sus tiempos de imagen positiva, cuando entregaba datos del covid en cadena nacional y desde la cuenta de Twitter @alferdez.

En vez de eso, el círculo íntimo de la vicepresidenta gestó la asunción de la periodista Gabriela Cerruti como portavoz de la Presidencia, con la misión de hilvanar un discurso oficial que homogenice el coro de opiniones personales emitidas por los distintos referentes del oficialismo. Todo para evitar la dispersión opinadora de un séquito de líberos proclive a los desatinos como el tuit sobre la escuela ORT, posteado por el ministro de Seguridad, Aníbal Fernández, para contradecir (¿amenazar?) al humorista gráfico Nik.

Con el ministro Guzmán seguido de cerca hasta Nueva York por Manzur, con la comunicación centralizada por una figura de confianza de Cristina y con medidas de neto corte coyuntural como el cepo a precios y tarifas, el Frente de Todos intenta sobreponerse al traspié de las elecciones primarias, pero con la certeza de que la remontada difícilmente alcance para dar vuelta los guarismos de la última contienda.

¿Por qué no alcanza? Con la pandemia en remisión, emergen con cruda elocuencia los males que Alberto, sin éxito, prometió conjurar. La inflación entre ellos. Si bien es cierto que durante la gestión de Cambiemos poco se hizo para controlar al monstruo, la constante pérdida del poder adquisitivo de las familias argentinas, directamente proporcional al incremento de la pobreza, es una cruz que hoy reposa sobre las espaldas del Frente de Todos, que al final hizo añicos el viejo mito según el cual los incendios económicos de la Nación solo podían ser apagados por el peronismo. 

Desorientado, el presidente carece de respuestas estructurales y se aviene a las recetas cortoplacistas del ala dura del kirchnerismo. Como la luz al final del túnel que prometía Gabriela Michetti, amaga con el acuerdo de refinanciación con el Fondo Monetario al mismo tiempo que cierra exportaciones y repite obviedades como eso de que “no hay otra solución que la inversión privada”. El problema es que los inversores no le creen. Esperan que el tiempo de los Fernández termine para resetear su relación con el Estado. Aceptarán a regañadientes las imposiciones de Feletti, pero luego volverán a las actualizaciones en función de costos de producción atados al dólar, que escasea como consecuencia de una política económica que prefirió profundizar la recesión con emisión monetaria antes que trabar un acuerdo de fondo con el agro para aprovechar la demanda internacional de alimentos.

En el otro lado de la grieta, Juntos por el Cambio se apresta a consolidarse en el Congreso como bastión mayoritario. Es probable que lo consiga a partir de los comicios de noviembre, aunque tampoco propone salidas para el caos económico. 

La voracidad inflacionaria que deglute salarios a razón del 50 por ciento anual hará el resto del trabajo para que en los próximos 24 meses la administración Fernández descienda a las catacumbas del rechazo popular. En esas condiciones la próxima elección presidencial recreará los escenarios de 2015 y 2019, dos bisagras del prolongado período crítico que atraviesa la Argentina desde que su economía dejó de crecer, allá por 2010. En el 15, Cristina perdió como consecuencia de sus magros resultados económicos. En el 19, Macri corrió la misma suerte. El país discurre hacia un derrotero conocido. Alberto se asoma a su destino parado sobre el mismo enigma.

¿Te gustó la nota?

Ocurrió un error