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¿En qué consiste la antipolítica?

Por Héctor Ghiretti(*)

Publicado en Infobae

La emergencia de fenómenos novedosos en el universo político obliga a analistas y observadores a recurrir a categorías poco usuales o de reciente creación. En la medida que ese fenómeno desborda las expectativas que se le asignan o desafían sus afinidades ideológicas, apelan a categorías más valorativas y eventualmente, a la descalificación.

Es el caso del ascenso electoral de Javier Milei, al que se ha denominado el “candidato de la antipolítica”. También se lo ha calificado de ultraderechista, de fascista y demás piropos. Me interesa concentrarme en este concepto poco recurrido en nuestro país, la antipolítica. ¿Qué significa? Como primera aproximación deberíamos ponernos de acuerdo respecto del concepto del que se deriva: la política. 

Se la puede entender como la instancia social constituida por el conflicto. Según esta definición, propuesta por Carl Schmitt, la ausencia o cese de la distinción amigo-enemigo supondría la remisión de la política. No parece ser el caso de Milei, cuyo posicionamiento es claramente confrontativo.

También existe una concepción de la política que tiende a identificarla con la democracia. Hannah Arendt explica que la política comparece cuando una pluralidad de hombres entablan un diálogo sobre cómo deben organizarse. Según esta definición, formas no participativas de organización quedarían fuera de la política. Interpelado desde esta definición, Milei se encuentra de lleno en el campo democrático: no plantea otras vías de acción por fuera de las instituciones.

El problema con estas definiciones es que suponen visiones reductivas. Para entender el punto es preciso recurrir a la noción clásica: política es el conjunto de asuntos relacionados con el gobierno y la organización de una comunidad. Esta definición comprende a las otras dos: el gobierno de una comunidad puede generar enfrentamiento, llevar al conflicto; una de las formas de organización posible es la democracia, no la única. Desde esta perspectiva podemos entender mejor en qué podría consistir un posicionamiento antipolítico.

La acción política puede realizarse dentro de las formas jurídicas, los canales institucionales establecidos. Pero también puede recurrir a formas y procedimientos alternativos, externos o incluso contrarios a la institucionalidad vigente: es el caso de las revoluciones, que buscan sustituir el orden establecido por otro. Esto también está dentro de la política. Un ejemplo cercano es lo que sucedió en nuestro país durante la década del 70: tanto las organizaciones armadas revolucionarias como las Fuerzas Armadas que dieron el golpe estaban haciendo política. 

¿Que es la antipolítica entonces? Toda actitud o posicionamiento hostil o contraria a la política. No es la mera ausencia de la política. Desde la total indiferencia del individuo hacia la política o la apatía ante las responsabilidades cívicas hasta los procesos de disolución de una comunidad política, pasando por el ejercicio del poder al servicio de intereses particulares: lo que define a los gobiernos tiránicos.

Más allá de nuestras simpatías y preferencias ideológicas, ¿podemos afirmar que Javier Milei representa la antipolitica? El análisis anterior nos revela que su proyecto está claramente instalado dentro de los márgenes tanto de la política como de la institucionalidad vigente. Pero podríamos afirmar algo más. Supone una politización radical contra el establishment sostenido por las elites dirigentes, entre las que destaca con una mayor cuota de responsabilidad el kirchnerismo: el fenómeno más despolitizador de la historia argentina reciente, cuidadosamente ocultado por nuestros principales referentes de la ciencia política.

Las solemnes invectivas de ese establishment pretenden impugnar un discurso específicamente dirigido contra una visión hipertrófica de las competencias del Estado y contra las élites políticas, sociales, intelectuales y empresariales cómplices de tal concepción: probablemente los puntos más sensibles de la discusión política en la Argentina de hoy. Un discurso rigurosamente politizador.

Milei ha recurrido a un método que rara vez tiene éxito, pero a él le ha resultado: la provocación. Al trasponer el umbral de una masa crítica de simpatía, la provocación se alimenta tanto de las adhesiones como de las impugnaciones. Toda réplica o condena al provocador opera como una confirmación de su posición: “¿Ven? reaccionan porque son parte del problema, se dan por aludidos, se sienten amenazados”. El tiempo de la confrontación con el provocador ha pasado.

De lo que no puede acusarse a Milei es de ser el candidato de la antipolítica. Otra cosa es que los periodistas, observadores y analistas entiendan bien en qué consiste esa cosa a la que llamamos política.

(*) Investigador del Conicet

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