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Estar en el mundo y abrir los ojos

Por Rodrigo Galarza

Especial para El Litoral

Tendría siete u ocho años y, como cualquier niño, sabía que los bolsos, las carteras, las camperas… estaban hechas de cuero de vaca; pero no lograba acomodar en mi cabeza el proceso: por un lado, cuando iba al campo con mi abuelo veía a las vacas retozar, y, por otro lado, el cuero curtido de las calchas o el crudo de los cabezadas, riendas, lazos, etc.; hasta que por fin un día vi un cuero estaqueado. Recuerdo la impresión: lo vi extendido sobre el pasto bajo un timbó añoso; allí estaba como una mariposa gigante, quieta, tensa, sujeta por estacas. Al acercarme me recibió un olor fuerte como si la muerte hubiera esparcido su costra con la intención de que no la olvidemos. No dudé en ponerme de cuclillas para observarlo con mayor detenimiento. Algunas moscas negras  y verdes volaron brevemente y volvieron a posarse y a caminar sobre la superficie lisa aunque con algunas estrías. Muchos años después comprendí que los insectos no hacían su camino aleatoriamente sino que seguían los meandros sanguinolentos que poblaban toda la superficie, es decir, seguían los pequeños rastros de sangre seca que se tatuaron en el cuero al ser  separado de la carne. Había también algo de profundidad en la imagen del cuero sobre el pasto, como de una pequeña laguna, o un gran ojo deforme e insomne. Recuerdo que días después lo vi rígido, apoyado en un caballete. Y, más adelante, vi a Chon Maidana afeitarlo con su cuchillo mientras un pacaá anunciaba enloquecido el atardecer en el paraje Talaty. 

Años después,  más ducho ya en la vida (con unos once años) sucedió que por la calle de la parte de atrás de mi casa pasó a pie una tropa guiada por unos jinetes. Como bien sabemos, en todo arreo siempre hay terneros descarriados… y resultó que a uno de ellos se le dio por morir al comer “mío-mío”, una mala hierba que crece entre la buena y que activa su veneno cuando el animal, asediado por una sed terrible, bebe apresurado. Lo cierto es que el desgraciado animal se quedó allí postrado como el becerro de un pesebre, y allí estábamos mi amigo Roberto Esquivel y yo mirándonos, elucubrando sobre nuestros primeros escarceos mercantiles:

—Hay que carnearlo —dijo Roberto muy seguro de sí.

—¿Vos decís? —dije, pensando en la impresión que tendríamos cuando le abriéramos el vientre.

Roberto se sentó en el pasto no tan convencido ya; quizá pensó en lo mismo que yo o más bien tomó conciencia de la complejidad del asunto pero lejos de darse por vencido dijo:

—Capaz que hay que cuerearlo nomás…

El “nomás” me intrigó, por lo que le pregunté para qué.

—Para venderle el cuero a don Bravo.

Debo confesar que cuando dijo “venderle” se me llenaron los ojos de los signos pesos que tanto veía en las revistas.

De pronto me vi achairando mi cuchillo como don Boní Cabrera, tan elegante y parsimonioso él en todos sus movimientos, hasta para llevar su cigarro de chala de un lado a otro de la boca.

Antes de ponernos manos a la obra hicimos los cálculos de lo que compraríamos con el dinero obtenido. Sin duda don Bravo nos regalaría la posibilidad de una incursión generosa en el quiosco de don Juancito. Roberto renovaría parte de su calcha para sus largas cabalgatas hasta Timbó Corá. Yo, por mi parte, compraría mi propio mandil, fusta y cincha de carreras, y por fin me lanzaría oficialmente como yóquey.

Nos dispusimos a entrar en faena. El único refucilo del cuchillo de don Boní que vimos fue el cortaplumas que mi amigo sacó de su bolsillo.

—¡Con este! —dijo Roberto como si hubiese desenvainado el facón de Martín Fierro.

Yo lo miré derrotado; y más aún cuando él dudó si empezar a cuerear por la cabeza o por las patas.

Supongo que Roberto notó mi incredulidad, por lo que levantó la cabeza del animal con decisión, me miró y empezó a frotar el cortaplumas en la frente del ternero. Digo “frotar” porque fue eso lo que hizo, ya que la pequeña hoja apenas si dejaba una marca en el cuero. 

Pronto comprendimos que eso de cuerear era bastante más complejo que hablar mal de alguien y que, de todos modos, a don Bravo no le faltarían proveedores. 

Yo, sin embargo, no cejé en mi empeño de ser yóquey, aunque por ahora debía conformarme con robar los aperos de los caballos de carreras de mi padre o bien con cinchas hechas con cámaras de goma de ruedas de bicicleta.

Permítanme ahora cerrar esta evocación con un breve poema de mi autoría escrito en Madrid, acaso cuarenta años después de que comprendiera algunas cosas que han sabido transfigurarse en una experiencia humana que ya no me pertenece o que ha entrado (definitivamente) en el espacio de la otredad.

¡Salud, poesía y libaciones! 

 

mi cuero estaqueado en la pampa

cierta mañana con cierto brillo

todavía sigue oreándose de este lado de la vida

de este lado del mar     

allende yo mismo

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